Menu

Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

¿Cómo te comunicarás con una inteligencia artificial cien veces más inteligente que tú?

La pregunta es seria y en serio: ¿cómo te comunicarás, o cómo te entenderás, con una inteligencia artificial cien veces más inteligente que tú? Y eso sólo hasta que la inteligencia artificial, precisamente por su alto nivel de inteligencia, construya o desarrolle otra inteligencia artificial cientos de veces más inteligente que la primera.

Debo aclara que no se trata ni de ciencia ficción ni de teoría de conspiración. Y es una lástima que haya que aclararlo. Tampoco se trata de algo que se espera en el futuro lejano ni de algo que ocurre en algún lugar secreto o desconocido. De hecho, es algo actual y que sucede en Colorado, el estado donde vivo.

Durante una reciente presentación en el Instituto Da Vinci (cerca de Denver), Steve Kommrusch, estudiante de doctorado en la Universidad Estatal de Colorado en Fort Collins y coordinador local del Instituto de Investigaciones sobre Máquinas Inteligentes en esa ciudad, afirmó varias veces que el coeficiente intelectual de la inteligencia artificial superará al de los humanos.

¿Cuán grande será esa diferencia? La inteligencia artificial que ahora ya se está desarrollando, sostuvo Kommrusch, tendrá un coeficiente intelectual de 10.000 puntos, comparado con coeficiente intelectual promedio de 100 puntos en Estados Unidos. Es decir, la inteligencia artificial será cien veces más inteligente que nosotros.

Y eso es sólo en cuanto al nivel de inteligencia, no en cuanto a la capacidad de acceder y procesar información, que también será (de hecho, ya es) superior al de los humanos.

Cabe mencionar que el coeficiente intelectual de algunos de los genios modernos, como Einstein y Stephen Hawking, se ubica entre los 160 y los 190 puntos, con muy pocas personas llegando a los 200 puntos y nadie que se haya medida con certeza por encima de los 250 o quizá los 300 puntos.

Según Kommrusch, la nueva inteligencia artificial estará tan separada de nosotros en cuanto al nivel de inteligencia como nosotros lo estamos de las hormigas.

El tema de los niveles de inteligencia ya se había explorado en la película Planeta Prohibido (1956), en la que la persona más inteligente entre los humanos era un simplón comparado con los (ficticios) Krell, que su vez, con toda su súper inteligencia, jamás pudieron entender a la inteligencia artificial planetaria que ellos mismos habían creado.

Entonces, ¿cómo nos comunicaremos con esa inteligencia artificial? O quizá la verdadera pregunta sea esta: ¿cómo se comunicará esa inteligencia artificial con nosotros, de la misma manera que nosotros nos comunicamos con las hormigas?

Hace medio siglo, ese debate era teórico y enmarcado popularmente en el contexto de ciencia ficción. Ahora, es un debate real en el contexto académico, en el que científicos, ingenieros y filósofos buscan respuestas.

Mientras tanto, nosotros seguimos tan ignorantes de la nueva realidad como las hormigas lo están de nuestros viajes espaciales. Eso no significa que no vamos a sobrevivir. Eso significa que no estamos conscientes de las verdaderas dimensiones de la realidad. Pero. si somos honestos, nunca lo hemos estado ni nos interesa estarlo.

Cuanto mejor la pregunta, mejor será la respuesta

Cuando yo todavía estaba estudiando en la universidad, mi mentor (el Dr. Armando Vivante) se negó consistentemente a responder mis preguntas, argumentando que yo no sabía lo que estaba preguntando porque, si lo hubiese sabido, entonces yo no hubiese hecho esa pregunta. Me llevó años entender la sabiduría de ese enfoque.

Recordé aquellos intercambios al leer recientemente (pero ¿dónde?) que la dimensión de las respuestas en nuestra vida está determinada por el tamaño de nuestras preguntas. Si nuestras preguntas son pequeñas o irrelevantes, las respuestas también lo serán o no habrá respuesta alguna.

Por el contrario, si las preguntas son significativas y suficientemente comprehensivas, entonces las respuestas también lo serán. Lamentablemente, creo que vivimos en una época en la que las preguntas ya no se hacen para obtener respuestas, sino precisamente para impedir las respuestas.  Pero no nos exime de hacer preguntas.

De hecho, uno de los mejores ejemplos de hacer preguntas con el propósito de avanzar en el conocimiento, en vez de sólo confirmar lo que uno ya sabe o tratar de demostrar los errores del otro, son aquellas preguntas que Sócrates no se cansaba de hacer y que tanto molestaban (y con razón) a sus interlocutores.

Se trataba de preguntas honestas, aunque multidimensionales, que obligaban a descubrir aspectos previamente no detectados en lo que se decía o lo que se creía, así como a tomar consciencia de las consecuencias no pensadas de las creencias o ideas a las que uno se adhiere.

Lo interesante del caso es que esas preguntas llevaron a que Sócrates entendiese que la verdadera sabiduría consistía en el reconocimiento de la ignorancia propia, contrariamente a lo que sucede hoy, cuando la ignorancia se confunde con “sabiduría” y arrogantemente se proclama como si lo fuese.

Por eso, las preguntas, cada vez más empequeñecidas en su alcance y expectativas, ya no buscan respuestas ni están abiertas a opciones no anticipadas. Las preguntas se han vuelto unidimensionales y todas las respuestas se reducen a un “sí” o un “no”, correcto o incorrecto, aceptable o inaceptable, sin matices ni alternativas intermedias.

Pero ¿qué pasaría si dejásemos de simplemente descargar información y realmente nos abriésemos al diálogo en vez de participar de monólogos alternados en el que ninguno escucha al otro porque no hay intención alguna de escucharlo?

¿Qué pasaría si volviésemos a hacer preguntas de tal tamaño que sus respuestas no pueden ser ni anticipadas ni calculadas, por lo que sólo podrán ser creadas por medio del mismo diálogo que generó las preguntas?

Quizá entonces entenderíamos algo que mi mentor me dijo alguna vez, aunque sólo tiempo después lo entendí: la pregunta es más importante que la respuesta y, si uno realmente sabe qué preguntar, entonces uno ya tiene la respuesta. El problema es que ni siquiera sabemos qué preguntar.

Mientras tanto, en nuestra vida diaria, seguimos con preguntas y respuestas pequeñas, a la vez que la “vida diaria” es cada vez más la ficción a la que nos aferramos por no querer enfrentarnos a las grandes preguntas.

Desconocemos el pasado, desvirtuamos el presente, distorsionamos el futuro

La semana pasada participé de conversaciones con personas en puestos importantes en la comunidad (empresarios de alto nivel, académicos, directores ejecutivos, líderes religiosos) quienes una y otra vez demostraron desconocer el pasado, desvirtuar el presente y distorsionar el futuro y, aún más preocupante, sin ninguna consciencia de que eso es lo que hacen.

Obviamente, yo hago exactamente lo mismo con respecto al pasado, al presente y al futuro, aunque creo que con un poco más de consciencia de que mi ignorancia de lo que pasó, lo que pasa y lo que pasará matiza mi entendimiento de la realidad. E incluso esa “consciencia” quizá no sea otra cosa que un deseo o un autoengaño.

Sea como fuere, si la persona a cargo de proyectos comunitarios no sabe nada de la comunidad, la persona a cargo de programas para jóvenes ni es joven ni tiene contacto con jóvenes y la persona a cargo de las clases de inglés ni siquiera domina ese idioma, entonces uno se siente viviendo en una versión psicodélica del mundo orwelliano.

Don Quijote tenía razón cuando veía gigantes que sólo él veía. Después de todo, ¿quién quiere ver molinos en una realidad que ya no tiene sentido? Por lo menos, los gigantes imaginarios motivan a la acción, a la quijotada, a descubrir mundos que de otra manera permanecerían cerrados. Pero ¿qué tiene que ver esto con ignorar u olvidar el tiempo pasado, presente y futuro?

Todo y nada a la vez.  El escrito español Enrique Santín afirmó alguna vez que “El pasado se recuerda. El presente se vive. El futuro se piensa”. Lamentablemente, nosotros no hacemos ninguna de esas tres cosas.

Ante todo, desconocemos el pasado porque lo llamamos “pasado” es sólo la versión presente de lo que algunos consideran que sucedió antes. Y en la mayoría de los casos ese “pasado” es sólo una nostalgia de lo perdido o una justificación del presente. Aún peor, ni siquiera estudiamos esa versión del pasado. Nos olvidamos del pasado y nos olvidamos del olvido.

Y en cuanto a “vivir” el presente, si “vivir” significa transformarse en ese monstruo indeseable que tan bien describió y anticipó Kafka en su Metamorfosis, si a eso hemos reducido la vida (ser un engranaje cada vez más obsoleto en una maquinaria cada vez más compleja), entonces “vivir” no es nada más que un mero accidente. Y muchos así lo creen y así lo sienten.

Con respecto al futuro, muchas personas ni siquiera saben que lo que ellos consideran “futuro” ya sucede en el presente. Y, por esa ignorancia, afirman que ese futuro (que ya llegó) nunca va a llegar porque algo o alguien (Dios, el gobierno, las grandes corporaciones) no lo va a permitir.

Y entonces, atrapados en un presente sin sentido y habiéndose olvidado de un pasado que nunca conocieron, buscan perpetuar el presente para recrear un pasado más imaginario que los gigantes de Don Quijote. Por eso, ya no les queda lugar en sus mentes, corazones y voluntad para pensar en el futuro.

¿Qué dejamos de ver cuando sólo vemos lo que vemos?

Cuando yo era niño y estaba aprendiendo a jugar ajedrez (excepto por lo movimientos, nunca aprendí, dicho de sea paso), un día me encontré jugando con otro niño y repentinamente se agruparon varias personas junto a la mesa, sin que yo supiese por qué. De hecho, se sonreían y hasta me animaban. Poco después, el misterio quedó resuelto.

Perdí esa partida, como tantas otras, y uno de los inesperados espectadores me miró y me dijo: “Estuviste a punto de ganar, pero no lo viste”.

Según pude entender, me hubiesen bastado uno o dos movimientos para derrotar a mi adversario, pero nunca vi esas opciones y, por eso mismo, nunca las implementé.

Aquella historia (verdadera) regresó a mi mente tras el reciente encuentro con una persona que buscó mi opinión sobre un cierto tema. El pedido me intrigó porque, después de todo, esa persona asume que yo puedo aportar algo valioso al entendimiento del tema, pero no es así.

Sea como fuere, acepté escuchar la descripción del problema y, durante esa descripción, la mencionada persona repitió una y otra vez: “Yo veo esto” o “Yo veo aquello”. Y luego llegó el turno de compartir mi “opinión”.

No opiné, sino que simplemente le pregunté: ¿Qué dejas de ver cuando ves todo lo que ves? ¿Qué no ves por enfocar tu vista en lo que ves?

Por ejemplo, la luz del sol es tan brillante que nos impide ver las estrellas. Eso no significa que las estrellas no estén allí o que sólo “aparezcan” cuando el sol “desaparece”. Solo indica que la misma luz que nos permite ver ciertas cosas nos impide ver otras y solamente tomamos consciencia de esas otras cosas cuando la intensa luz disminuye o se bloquea (como en un eclipse).

Algo similar sucede cuando enfocamos toda nuestra “luz” mental, nuestra energía mental, en un tema: todo lo que vemos lo vemos con claridad, pero, por eso mismo, dejamos de ver todo un universo del que el tema en cuestión forma parte.

Quizá por eso, en muchos casos, las mejores soluciones y las ideas más creativas surgen precisamente cuando no le estamos prestando atención a un tema. Por el contrario, concentrar toda nuestra energía mental en un solo punto puede ser contraproducente.

Desde una perspectiva similar, Hegel decía que lo conocido, precisamente por ser conocido, no es conocido. ¿Cuántos objetos hay en nuestras casas que vemos todos los días, que sabemos que están allí, y que, sin embargo, siguen siendo desconocidos? ¿Cuántos “conocidos” hay en nuestras vidas que en realidad son perfectos desconocidos?

Aún más, ¿cuántas oportunidades de triunfar que estuvieron a nuestro alcance hemos desperdiciado por enfocarnos en lo que vemos (las piezas de ajedrez sobre el tablero, por ejemplo) en vez de ver lo que no vemos (a dónde podrían moverse esas piezas, por ejemplo)?

Por eso, por sólo ver lo que vemos, gran parte de la humanidad vive con frecuencia en “un futuro que nunca llegará a ser presente”, decía el poeta y teólogo alemán August Niemeyer.

Tristeza, muerte se entremezclan en las mentes de niños y jóvenes

Al salir recientemente de una tienda, me encontré con dos estudiantes de una escuela primaria, claramente hermano y hermana, que estaban conversando entre ellos y que, por eso mismo, me permitió escuchar su conversación por unos pocos segundos antes de que se alejasen de mí.

“Estoy triste”, dijo el niño, probablemente de unos 10 años.

“¿Es una tristeza como cuando alguien se muere o una tristeza como cuando algo malo a pasar?”, le preguntó su hermana, quizá sólo un par de años mayor que el niño.

No pude menos que detenerme y pensar durante algunos minutos lo que yo acababa de escuchar. Sólo después pude seguir mi camino.

Me pregunté una y otra vez a mí mismo, pero sin obtener una respuesta clara, en qué contexto se justifica que cuando un niño de 10 años afirma estar triste la mejor pregunta que le puede hacer su hermana es si esa tristeza se relaciona con una muerte reciente o con una inminente tragedia.

Tanto el rostro del niño, que nunca levantó la vista del suelo, como el tono de voz de la conversación revelaban que se trataba de una conversación seria. No había ni risas ni sonrisas. No parecía el preludio de una broma por parte del niño ni, eso sentí, una exageración por parte de la jovencita.

Debo confesar que cuando el niño dijo “Estoy triste” inmediatamente pensé que su siguiente frase sería algo relacionado con la escuela, quizá una calificación baja, o alguna sanción disciplinaria. O quizá alguna pelea con un compañero o un amigo que ya no iba a esa escuela.

Pero cuando la jovencita conectó la expresión de su hermano con una pregunta sobre la muerte o sobre una desgracia, quedó claro que la tristeza del niño dejó de ser una mera circunstancia escolar adversa para transformarse en una tristeza existencial. Algo amenazaba su propio ser. Y su hermana lo captó perfectamente.

¿Qué puede hacer que un niño o una niña todavía en la escuela primaria (en Colorado, en Estados Unidos) sienta tristeza porque su propio ser corre peligro?

Lamentablemente, la lista es larga e incluye desde tiroteos en las escuelas hasta el creciente impacto de la epidemia de opioides, hasta un alto nivel de incertidumbre laboral que hace que, a pesar de la bonanza económica, la mitad de las personas en este país no cuenten con los recursos necesarios como para satisfacer sus necesidades mínimas, o estén cerca de llegar a esa situación.

Todo eso es verdad, pero no creo que el niño en cuestión estuviese pensando en tiroteos, opioides o economía, sino en algo más profundo, más personal, más visceral, y, como bien lo intuyó su hermana, más cercano a la muerte que a la vida.

Y eso es lo que me preocupó, porque en Colorado el suicidio supera a los accidentes automovilísticos como la principal causa de muerte de menores de edad. Y cada vez son más los niños/as que toman esa irreversible decisión.

¡Por Dios! ¿Qué clase de horrible monstruosidad social hemos creado?

¿Qué le dejaremos a las generaciones futuras con nuestros ojos cerrados al futuro?

Con su humor característico, Mark Twain alguna vez preguntó: “¿A quién le vas a creer, a mí o a tus mentirosos ojos?” Y, aunque llena de comicidad, la pregunta de Twain no es tan inocente como parece porque, después de todo, vemos con el cerebro, no con los ojos.

Anais Nin expresó un pensamiento similar al decir que “No vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos”. Y ese pensamiento ha sido comprobado una y otra vez por numerosos estudios que demuestran que, más allá de lo que nos llegue a la retina, circunstancias externas y procesos internos limitan y alteran lo que vemos y lo que entendemos.

En definitiva, vemos desde el pasado, pero vivimos en una época en la que el futuro ya no es continuidad del pasado. Y vemos desde nuestros prejuicios y desde nuestra ignorancia, por lo que, aún con buenas intenciones, se nos escapa la realidad.

Bien sabía Twain que nuestros propios ojos nos engañan y bien sabía Nin que sólo nos vemos a nosotros mismos incluso cuando creemos que vemos las cosas. Y no se trata de un idealismo o de un solipsismo (aunque podría serlo), sino de algo más práctico, como ser uno mismo la medida de todas las cosas, como ya lo enseñaba Protágoras.

Por eso, ya desde la antigüedad, se nos instaba a reflexionar sobre nuestras propias ideas y creencias, a reconocer los límites de nuestro conocimiento, saber que no sabemos nada (Sócrates), a entender que mucho y quizá todo lo que creemos que sabemos es simplemente repetición de algo que nos dijeron o que escuchamos y que en realidad nunca hemos pensado o analizado por nosotros mismos.

Como consecuencia, seguimos encerrados dentro de una paradójica realidad en la que el encierro significa que deambulamos sin rumbo fijo, como el barco sin timón llevado por el viento en medio el mar o como el césped que se mueve para un lado o para el otro según la dirección de la brisa.

Aún peor, estudio tras estudio indica que luego pasamos esas mismas limitaciones e incertidumbres a la siguiente generación, sin entender que esa generación, por el futuro (transhumano) que le espera, enfrentará desafíos y situaciones más difíciles y complicadas que las que nosotros jamás enfrentamos o soñamos. Dicho de otro modo, nuestro legado para las generaciones futuras es quitarles ese futuro.

De hecho, según recientes estudios, los tres “elementos” que con mayor frecuencia los hijos heredan de sus padres son depresión, inseguridad (de uno mismo) y pobreza (en un sentido material y financiero). No resulta entonces extraño que en varios lugares del mundo “civilizado” el suicidio haya superado a los accidentes automovilísticos como la principal causa de muerte de niños y jóvenes de 10 a 24 años.

Es verdad que nuestro cerebro paleolítico y nuestras instituciones medievales de poca ayuda nos resultan en el contexto tecnológico actual (Edward Osborn Wilson, biólogo estadounidense). Por eso, ya es hora de dejar de creer en nuestros ojos mentirosos y ver la realidad.

¿Cuál será el resultado de menos maestros humanos y más maestros robots?

Los maestros robots ya no son una novedad, pero lo que resulta novedoso es que cada vez con mayor frecuencia esos maestros robots reemplazan a los maestros humanos. Y lo más interesante es que los niños se entienden mejor con los robots que con los humanos.

Sea como fuere, los expertos dicen que en una década o década y media los maestros robots serán tan comunes en las clases como hoy lo son los humanos. Y la pregunta que surge es qué aprenderán y qué llegarán a ser aquellos niños que pasarán sus años formativos con robots.

Antes siquiera de adentrarnos en esa pregunta sería bueno considerar por qué los robots reemplazan a los humanos. Y las razones son varias. Ante todo, existen alternativas con mejores salarios y mucho menos estresantes que lidiar con el ambiente escolar, por lo que muchos jóvenes prefieren esas alternativas a la docencia.

Y luego está el tema de la violencia escolar, desde las penosas masacres a las que, lamentablemente, ya estamos casi acostumbrados, hasta la violencia entre los estudiantes, o de los padres a los maestros, o la discriminación hacia los estudiantes. padres o docentes de minorías. Muchos docentes simplemente no toleran ese ambiente.

También se debe considerar que la creciente tecnologización de la enseñanza (y de la vida en general) ya había comenzado a desplazar a los docentes. Recuerdo haber leído, pero no recuerdo dónde, que en China muchos jóvenes de entre 18 a 21 años no van a la universidad, y no porque no quieran estudiar, sino porque ya saben más que sus profesores por lo que aprenden en línea.

Pero existe un elemento más: el costo. Will, el humano digital que enseña en escuelas en Auckland, Nueva Zelanda, es gratis. Aún más, los niños pueden conversar con Will desde casi cualquier artefacto (computadora, laptop, teléfono) en cualquier momento. Y lo pueden hacer simultáneamente, algo imposible para un solo maestro.

Y Keeko, el robot de 60 cm que se usa en 600 jardines de infantes en China cuesta unos 1500 dólares, una fracción del salario anual de los docentes (quienes, dicho sea de paso, no son los profesionales mejor pagados.) Y, al contrario de lo que sucede con los maestros humanos, Keeko no pide ni necesita vacaciones o días por enfermedad.

Así que, tanto desde el punto de vista tecnológico como económico, tiene sentido, parece, que los robots reemplacen a los humanos dentro de las aulas. Pero ¿qué precio pagaremos en esa transición?

Me gustaría saber qué dirían Jean Piaget o Paulo Freire sobre el tema. ¿Ayudarán los robots al desarrollo cognitivo de los niños y pasarán esos niños por las cuatro etapas del desarrollo enumeradas por Piaget? ¿Lograremos movernos más allá de una educación bancaria y opresora, como denunciaba Freire?

Y una pregunta más: ¿qué pasará en pocos años con nosotros, los adultos, que no hemos sido educados con maestros robots? Quizá sea mejor no pensarlo, pero, por otra parte, sería mejor prepararse para ese (¿inevitable?) futuro antes de que llegue.

¿Qué me conviene más, ser profesor de idiomas o lavaplatos en un restaurante?

Recientemente alguien me hizo llegar un aviso sobre una cierta municipalidad cerca de donde vivo que buscaba profesores de español para adultos. Dada que esa es una de las tareas a las que me dedico (y algo que me agrada mucho hacer), decidí leer el aviso con atención.

Básicamente, la ciudad en cuestión pedía a alguien con experiencia en educación de adultos y con especialización en personas de la tercera edad. El instructor debía ser capaz de enseñar todos los niveles de español (desde el básico al avanzado) y en todas las modalidades (escribir, escuchar, hablar).

Además, el instructor debía desarrollar su propio currículo y contar con su propio material. Y también debía coordinar actividades dentro y fuera del centro de instrucción para que los participantes en el curso tuviesen oportunidades de practicar su español. Y también el instructor debía estar disponible para consultas con sus estudiantes fuera del horario de clases.

A pesar de las exigencias y responsabilidades, aun así, me interesó seguir leyendo la descripción del trabajo porque, después de todo, siempre es bueno explorar una oportunidad que permita acercar a las personas de distintas culturas, confiando que de allí surgirá eventualmente un diálogo creativo y respetuoso.

Llegué entonces a la sección de requisitos académicos y experiencia previa y me alegró contar con todos esos requisitos. Y luego estaba el párrafo sobre la compensación ofrecida. Iluso yo, pensé que la compensación sería acorde a todo lo que se pedía. Sin embargo, pronto descubrí que sólo se ofrecía un pago máximo de 12 dólares por hora y no más de 10 a 15 horas por semana.

El tema hubiese terminado ahí, pero como ya estaba al final del aviso, instintivamente seguí leyendo el siguiente. Allí se pedía a alguien para lavar platos en un restaurante de la misma ciudad. No había requisitos de idioma ni tampoco se exigía experiencia previa. Además, el puesto era de tiempo completo y con beneficios. Y con un salario inicial de entre 14 a 18 dólares por hora.

Me quedé entonces pensando no en las cifras en cuestión (ambas exiguas, sin importar desde donde se las mire), sino en la actitud que hace que una cierta municipalidad valore más y compense mejor a personas sin experiencia ni estudios que a aquellas otras personas a las que la misma ciudad les exige tanto experiencia como estudios para obtener un trabajo.

¿Qué mensaje envía esa actitud con respecto al presente y al futuro?

Ciertamente, unos pocos dólares en una oferta de empleo con salarios decididamente bajos no significan nada en el contexto de una sociedad en la que ni el talento, ni los estudios, ni la experiencia, ni la honestidad garantizan buenos ingresos. (Dije “buenos”, no “grandes”). Pero es alarmante que la dedicación y los conocimientos reciban “oficialmente” menos reconocimiento que la ignorancia o la inexperiencia.

¿O será que nos quieren ignorantes e inexpertos precisamente para que nos peleemos entre nosotros por dos o tres dólares aquí o allá, mientras los millones pasan por otro lado?

¿Habrá pasado el punto de no retorno para la estupidez humana?

A veces las personas me preguntan si yo creo que existe vida inteligente en otros planetas. Siempre respondo diciendo que mis dudas no son sobre inteligencia extraterrestre, sino sobre la posibilidad de vida inteligente en este planeta. Después de todo, las pruebas abundan en todos los niveles y en todos los rincones de la tierra sobre la poca inteligencia que colectivamente demuestra la humanidad.

Con decenas de miles de años de evolución y con milenios ya como una “civilización”, y con toda la tecnología que tenemos a nuestra disposición, parece que poco hemos hecho para resolver los problemas que más aquejan a la humanidad y, por el contrario, hemos agravado tanto esos problemas que hasta el planeta se ve afectado. Mientras tanto, seguimos eligiendo a los mismos políticos, o a sus clones, mirando las mismas telenovelas, y contando “Me Gusta” para darle sentido a nuestras vidas.

Por razones obvias (ya que la ley que ahora voy a mencionar se aplica perfectamente a mí), yo no sabía que hace ya cuatro décadas (1976), un profesor italiano radicado en Estados Unidos, Carlo Cipolla, desarrolló lo que se conoce como las Cinco Leyes Básicas de la Estupidez Humana. Y esas leyes, que aquí compartimos, no son ciertamente para irritar a nadie, sino para tomar consciencia de hasta donde hemos llegado.

Esas “leyes” dicen que inevitablemente se subestima el número de personas estúpidas en un determinado lugar, que las características de una persona (raza, etnicidad, nacionalidad, educación, nivel socioeconómico, y otras) no ayudan a predecir el nivel de estupidez de esa persona, que una persona estúpida causa grandes problemas y no genera ningún beneficio, que las personas inteligentes no anticipan las graves consecuencias de asociarse con personas estúpidas, y que la estupidez humana es el peligro más grande para la humanidad. (No se enojen conmigo. Eso es lo que dijo el Dr. Cipolla.)

Para prueba de la veracidad de esas leyes, basta leer los comentarios que las personas dejan sobre los productos o servicios que usan. Recientemente, por ejemplo, alguien le dio “una estrella” a un cierto restaurante italiano porque esa persona fue por error a otro restaurante, no al que quería ir.

Y comentando sobre una cierta marca de pintura de interiores, alguien le dio una estrella a esa marca y justificó esa decisión diciendo que al abrir la lata de pintura se le cayó la lata, provocando “un desastre” que le “arruinó la experiencia”, por lo que sugirió que otros ya no compren esa marca.

¿En qué planeta si alguien va al restaurante equivocado la culpa la tiene el restaurante al que uno debía ir? ¿O si alguien no es cuidadoso con una lata de pintura la culpa la tiene la lata? Sin dudas,  en el nuestro.

Como bien dice Milan Kundera tanto en La Insoportable Levedad del Ser como en El Arte de la Novela, vivimos en “el planeta de la inexperiencia”, es decir, nos dedicamos a “fabricar vagas fantasías” sin nunca llegar ni a la madurez ni a la sabiduría.

La fusión de tecnologías, ¿incluye o excluye a los humanos?

La pregunta de esta semana es simple y directa: ¿estamos o estaremos nosotros, los humanos, incluidos o excluidos de la ley de la fusión de tecnologías?

Debo confesar que no sé si esa ley existe, o si ese es el nombre que se le aplica a esa ley o proceso. Pero queda claro que la tecnología se va fusionando ya que en la actualidad un solo aparato realiza las mismas tareas que antes realizaban por separado numerosos aparatos.

Pero la ley de fusión de la tecnología tiene aún otro nivel, otro paso, y es el de la interconexión entre sí de todos esos aparatos.

Algunos ejemplos ayudarán para ilustrar lo que acabamos de decir. Primero, aún recuerdo los días en los que para escuchar radio se necesitaba una radio, Las series se miraban en la televisión y las películas en el cine. Para ir de un lugar a otro se consultaban mapas impresos. Y la cámara fotográfica y la grabadora de videos eran aparatos por separado.

En la actualidad, todas esas funciones y muchas más se concentran en un solo teléfono inteligente, o en una tableta. Lo que antes se hacía por separado con distintos artefactos, ahora se hace en un solo lugar y con el mismo artefacto. Pero esa es solamente la primera mitad de la ley de fusión de tecnologías (una ley que debe aparecer como algo obvio.)

La otra mitad de esa ley es la interconexión entre aparatos inteligentes, desde el carro indicándole al mecánico que el carro tiene problemas hasta el refrigerador haciendo automáticamente la lista de compras de los elementos necesarios, pero no presentes, dentro de ese refrigerador. Y, otra vez, mucho más.

Dicho de otro modo y más brevemente, vivimos en un mundo en el que un solo aparato hace lo que antes hacían muchos aparatos y en el que cada aparato está interconectado con los otros. Entonces, para reiterar la pregunta del principio, ¿somos nosotros los humanos parte (actual o futura) de ese proceso de integración o fusión tecnológica, o estamos excluidos?

Para el Dr. Toby Walsh, profesor de inteligencia artificial de la Universidad de New South Wales en Australia, la respuesta llegará en no más de cuatro décadas, hacia 2060, momento en el que Walsh anticipa la inteligencia artificial será por lo menos tan inteligente como los humanos.

Para Ray Kurzweil, el conocido futurista ahora trabajando para Google, la respuesta podría llegar antes, quizá en poco más de diez años, cuando “la porción no biológica de nuestra inteligencia predominará”.

Sea cuando fuere que tengamos una respuesta definitiva a nuestra relación con la tecnología, quizá la alternativa presentada en la pregunta con la que iniciamos esta columna sea de alguna manera falsa, porque si nos fusionamos nosotros también con la tecnología, dejaremos de ser humanos (por lo menos, tal como lo somos ahora). Y, si no lo hacemos, probablemente la humanidad deje de ser.

Lo cierto es que el futuro ya no es continuidad del pasado, pero seguimos viviendo como si lo fuese.

View older posts »

ArCHIVOS

Comments

There are currently no blog comments.