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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

No se trata de leer, sino de encontrarse con otras mentes

Ya pasaron varios años desde que un buen amigo mío, ávido lector como yo, me preguntó “¿Qué libros estás leyendo?”. “Libros”, en plural, porque él compartía y aún comparte esa pasión de leer varios libros a la vez. 

Las épocas han cambiado y los libros ya no son tan populares como alguna vez lo fueron, aun así, son una excelente herramienta para encontrarse con otras mentes. Y de eso se trata, no de “patinar sobre la página” (como decía Ortega y Gasset), sino de encontrarse con otras mentes.

Obviamente, para encontrarse con otras mentes uno debe primero encontrarse con la mente propia. Y ese es uno de los aspectos fascinantes (y quizá un poco olvidados) de la lectura: es diálogo interno, esa autorreflexión, ese momento de meditación que oscila entre lo consciente y lo inconsciente en el que, aunque sea por un momento, nos sentimos nosotros mismos y así lo sabemos.

Mi pasión por la lectura surgió mucho antes de llegar a la universidad, donde había que leer varios libros por semana y luego, al final de la carrera, un libro al día. 

De hecho, mi pasión por la lectura comenzó cuando, siendo niño pequeño, cada fin de semana mi padre me llevaba a una tienda de libros usados, me dejaba elegir uno y él elegía el otro, y entonces yo tenía una semana para leerlos antes de recibir los dos libros usados de la semana siguiente. (Todavía tengo muchos de esos libros.)

Luego, ya en la adolescencia, descubrí los beneficios de las bibliotecas públicas y entonces cada semana iba a la biblioteca, pedía prestados dos libros y, como sólo los prestaban por siete días, yo tenía que leerlos en ese tiempo y luego devolverlos antes de pedir prestados otros libros. Pero antes de devolver los libros, yo los resumía. (Todavía tengo muchas de esas notas.)

Pero ¿por qué estamos hablando de mis hábitos de lectura, como si a alguien le importasen? En realidad, no se trata de cuántos libros yo leo (eso es irrelevante), sino del hecho de que, como se ha dicho muchas veces, el lector de hoy es el líder del mañana. Y la razón, según numerosos estudios, es que el cerebro y la mente preparan al cuerpo para la realidad presentada en los libros.

Por ejemplo, hace solamente pocos días, expertos de la Universidad de Colorado en Boulder publicaron un estudio científico en el que confirman algo que muchos (incluyendo Einstein) ya sabían: la imaginación cambia la realidad. De hecho, el cerebro parece no distinguir entre imaginación y realidad y debe aprender a hacerlo, según los investigadores de esa universidad.

¿Cómo aprendemos a distinguir entre imaginación y realidad sin anular ni la una ni la otra y aprendiendo tanto de una como de la otra? Según parece, los medios digitales (videos, películas) no ofrecen esa posibilidad, porque no generan el mismo diálogo interno que genera la lectura de libros. 

No se trata de volver al pasado, sino de reencontrarnos con nosotros mismos en un nuevo futuro. 

Los robots inteligentes ya toman decisiones económicas sin intervención humana.

La complejidad del mercado moderno, globalizado y tecnologizado, llega a al nivel que los expertos a duras penas logran controlar, programar y entender el ciclo de producción, distribución y compras, especialmente en áreas urbanas, afirman expertos. Pero ahora se ha presentado una solución: robotizar e interconectar la economía usando criptomonedas.

Específicamente, un equipo internacional de científicos expertos en blockchain (bloques encadenados de información abierta y sin un lugar único de almacenamiento) ha logrado aplicar esa tecnología a robots autónomos que colaboran entre ellos para aceptar pedidos de productos y servicios por parte de seres humanos. 

El prototipo de la llamada Robonomics Network (Red de Robo-economía) comenzó en 2015 en Tolyatti (también llamada Togliatti), en el oeste de Rusia. La red consiste en una infraestructura de Ethereum (una de las más conocidas criptomonedas) que usan los robots autónomos para interconectarse entre ellos. 

Pero esos robots no solamente colaboran entre sí, sino que además toman sus propias decisiones económicas, sin participación humana, aunque conectados con humanos. Por eso, este sistema se conoce como un sistema ciber-físico, es decir, la estructura cibernética y robótica se adapta a las necesidades humanas, a la situación del mercado y a los deseos del consumidor final. 

Los robots inteligentes a cargo de la robo-economía pueden realizar numerosas operaciones, como compra y venta de productos y de servicios, e incluso forma de contratos. En algunos casos, los robots compran productos hechos en plantas autónomas, es decir, fábricas en las que todo el proceso de producción está automatizado. 

Pero más allá de su ayuda con la economía y con el mercado global, la robo-economía ya se ha usado en proyectos de reducción del monóxido de carbono en la atmósfera y en respuestas a desastres naturales. Por ejemplo, enjambres de drones autónomos pueden sobrevolar un lugar afectado por incendios forestales y proveer información imposible de obtener de otra manera.

De hecho, en la mencionada ciudad de Tolyatti ya se ha implementado ese sistema de vigilancia, que próximamente podría verse en otras ciudades, especialmente las mayores metrópolis del planeta. 

 

¿Cómo sabe el “Capitán América” a qué hora voy a pasar por cierta calle?

Por cuestiones de trabajo, varias veces por semana debo recorrer de mañana la ciudad de este a oeste, y, aunque siempre por la misma calle, no siempre en el mismo horario. Sin embargo, sin importar a qué hora paso por esa calle, el “Capitán América” siempre está allí. Y yo no sé cómo el conoce mis horarios. 

Lo llamo “Capitán América” porque es un muchacho que, caminando claramente camino a su trabajo, lleva en su espalda una mochila con el conocido escudo del conocido superhéroe. Eso no es lo extraño. Lo extraño es que siempre veo a ese muchacho caminando por el mismo lugar y en la misma dirección, aunque yo recorra esa calle a las 8 de la mañana o tres horas después.

¿Cómo sabe este Capitán América a qué hora él debe salir de su casa para que cuando yo pase él esté precisamente allí, caminado a un costado de la calle? ¿Quién le pasa la información de mi horario de salida? ¿Cómo adquiere esa información?

Otra alternativa es que no es un solo y único “Capitán América” caminando junto a la calle, sino varios, que salen continuamente del mismo lugar cada cierta cantidad de minutos para dirigirse al mismo lugar en una cierta dirección, como autobuses o trenes saliendo de las estaciones. Pero como yo veo uno a la vez, creo que es uno solo, cuando en realidad son varios. 

Quizá se trata, dirán algunos, de una mera coincidencia sin importancia. Pero en ese caso debo decir que el avistamiento del “Capitán América” en distintos días y a distintas horas, pero siempre en la misma calle y caminando en la misma dirección, ocurre con tanta frecuencia y precisión como para dejar de llamarlo “coincidencia”. 

O quizá, dirán otros, sea sólo una ilusión. Pero si el “Capitán América” fuese una ilusión, no esperaría a que cambie la luz del semáforo para cruzar la calle. 

Existen otras varias explicaciones. Una de las que más me atrae es que este “Capitán América” es en realidad un androide usado por seres inteligentes de otro planeta para estudiar la conducta de los humanos, llevando un registro de cuántos humanos notan la presencia del “Capitán América” al conducir por una transitada calle. 

Pero quizá haya que tener en cuenta otra alternativa, la de asumir que yo mismo estoy creando esa realidad. Permítaseme explicarlo con un ejemplo. 

Hace ya muchos años, cuando mis hijos eran pequeños, sucedió que, al mirar un partido de fútbol por televisión, cada vez que yo dejaba de mirar para hacer otras cosas, mi equipo favorito marcaba un gol. Tanto fue así, que mis hijos llegaron a creer que era yo, no los jugadores, el causante de los goles.

Obviamente, no soy tan ingenuo como para creer que mis acciones tienen efectos como lograr anotaciones para un equipo de futbol y modificar el horario de un trabajador para que yo pueda verlo portando su mochila de Capitán América. Pero alguna misteriosa conexión debe existir, porque “que las hay, las hay”. 

La utopía de Orwell ya quedó grotescamente obsoleta

Recientemente leí en una revista académica especializada un interesante argumento: la solución para terminar con la discriminación y la explotación de ciertos grupos de personas sería discriminar y explotar a todos por igual, sin hacer distinción entre grupo alguno.

Dado que la persona que publicó ese argumento lo hizo en una revista de sólido prestigio y se desempeña en un alto cargo que una organización nacional, no caben dudas de que el argumento fue presentado con toda seriedad. Y eso mismo lo hace más interesante y hasta peligroso.

A ver si nos entendemos: a la vez que se reconoce la existencia de discriminación y de abuso de ciertos grupos, tanto a la largo de la historia como en el presente, el autor de este argumento sostiene que para eliminar ese flagelo social habría que expandir esa discriminación y abuso a todos los otros grupos aún no abusado ni explotados.

Sinceramente, quizá por mi ingenuidad y mi carencia de sofisticación académica, yo pensaba que la mejor manera de terminar con la discriminación era terminar con ella, no expandirla. Pero quizá ante la utopía de lograr esa meta, aparentemente la alternativa es adoptar la postura de “si no puedes con ellos, únete a ellos”.

En otras palabras, si “normalizamos” y expandimos una conducta inaceptable para que afecte no sólo a un grupo sino a toda la comunidad (quizá incluso a nivel global), entonces esa conducta se vuelve aceptable porque ahora todos somos o podemos ser igualmente afectados por tal conducta.

Pero ¿es ese un argumento válido? Por ejemplo, ¿podemos eliminar la esclavitud esclavizando no sólo a un grupo de personas, sino a todas? O, quizá más cercano al argumento académico antes mencionado, ¿podemos eliminar la esclavitud si cualquier persona, sin importar de qué grupo sea, puede convertirse en esclavo?

¿Y por qué detenerse solamente en eso? Podríamos, por ejemplo, pensar en una sociedad en la que no solamente cualquier persona puede ser esclavizada, sino también en la que las personas, sin saberlo, se esclavizan a sí mismas (aunque creyéndose libres) y se explotan a sí mismas (aunque a eso lo llaman “realización personal”).

Tengo malas noticias: eso es exactamente lo que ya está sucediendo. En un discurso en Barcelona en febrero de 2018, el filósofo Byung-Chul Han argumentó que vivimos precisamente en una sociedad en la que cada uno se explota a sí mismo, tiene miedo del otro (cualquiera que el otro sea) y vive en el “infierno” en el que todos quieren ser lo que no son para poder ser “iguales” a los otros.

Según Han, “las personas hoy se explotan a sí mismas creyendo que así se están realizando”.

Quizá entonces el ridículo argumento de terminar con la discriminación expandiéndola y haciéndola universal no sea tan ridículo porque, lamentablemente, tanto ya hemos internalizado esa discriminación y abuso que nos discriminamos y explotamos a nosotros mismos a un nivel que ni siquiera Orwell pudo imaginar en su 1984.

¡Qué mundo raro aquel en el que las grotescas utopías se vuelven obsoletas!

La imaginación del presente es la realidad del futuro

Cada vez me queda más claro que el futuro no será, sino que ya es. Y si no lo vemos no es porque todavía no llegó, sino porque no hemos llevado nuestra imaginación hasta el necesario nivel de desarrollo como para ver el futuro y, de esa manera, permitir que el futuro emerja en el presente.

Quizá Einstein estaba en lo correcto al decir que la imaginación era más poderosa que el conocimiento, porque el conocimiento es limitado, pero la imaginación no lo es. De hecho, se dice que Einstein habría caracterizado a la imaginación como “el anticipo de las cosas por venir”.

Dicho de otro modo, la imaginación de hoy, expresada por ejemplo en el arte y en la ciencia ficción entre otros campos, es un anticipo de un futuro que ya está aquí y que siempre lo estuvo, pero que no vemos por el escaso nivel de nuestra imaginación.

¿Cómo sabemos que tenemos un escaso nivel de imaginación? Porque todo lo resolvemos por medio de un conflicto. Sea que se trate de un encuentro de futbol, de una marcha de inmigrantes, de una protesta de jubilados, o una maniobra inesperada en la carretera, todo lo resolvemos con violencia, con enfrentamientos, y hasta con brutalidad.

Un mundo distinto está tan lejos de nuestra imaginación que cuando lo imaginamos creemos que se trata de algo ya perdido e irrecuperable (como el paraíso), algo más allá de nuestro alcance y de este planeta (como el cielo), o incluso un simple delirio (como las numerosas utopías presentadas a lo largo de la historia.)

Y entonces, con nuestra falta de imaginación alimentamos el campo social de la negatividad que todo lo ve como una disyuntiva (nosotros contra ellos), todo lo resuelve por medio de la destrucción del otro (o por lo menos eso intenta), y todo lo adjudica a algún chivo expiatorio, sin jamás asumir la responsabilidad propia.

El monstruo dentro de nosotros, el cerebro reptiliano, la sombra (como decía Jung) emerge entonces desde adentro de nosotros y muestra su desagradable rostro en todo tipo de acciones desagradables. Pero quizá la acción más desagradable de todas sea la de mantenernos encerrados en el círculo del presente sin permitirnos el acceso al futuro.

Es verdad que muchos de aquellos que en el pasado tuvieron la audacia de imaginarse un futuro distinto pagaron un alto precio por expresar públicamente su imaginación. Pero también es verdad que aquellas imaginativas mentes crearon un nuevo futuro, incluso si ellos no llegaron a verlo. O, mejor dicho, lo vieron antes que las otras personas, pero no junto con ellas.

Quizá sea hora de dejar que la imaginación vuele otra vez, no como un fácil escapismo de la realidad actual ni para negar los problemas actuales, sino como una manera de activar o de reactivar el campo social de la positividad que, aunque casi apagado, se alimenta con cada buena intensión, cada gota de esperanza, cada suspiro de fe.

Quizá debamos reimaginarnos la imaginación antes de que ocurra lo inimaginable.

Inteligencia artificial detecta enfermedades años antes que médicos humanos

Un nuevo algoritmo (la base de la inteligencia artificial) puede detectar los síntomas de Alzheimer (enfermedad neurodegenerativa del cerebro) años antes que los médicos humanos, según estudios realizados por el Colegio Universitario en Londres, Inglaterra.

De hecho, el algoritmo, que usa imágenes de escáneres realizados en los pacientes, detecta el Alzheimer hasta seis años antes que los especialistas, aumentando así la posibilidad de ayudar a las personas afectadas antes de que la enfermedad progrese.

Las investigaciones forman parte de una nueva etapa en la medicina en la que se usa la tecnología de aprendizaje automatizado (machine learning, en inglés) para analizar complejas imágenes médicas con detalles tan pequeños el ojo humano habitualmente no puede ver.

La eficiencia del algoritmo y la razón por la que el algoritmo supera a los médicos humanos es que el algoritmo analiza cambios metabólicos y no las señales biológicas de una enfermedad, algo que los médicos realizan más rápidamente que los algoritmos actuales.

Para las investigaciones, el algoritmo recibió imágenes de cerebros de personas con y sin Alzheimer, tomadas años antes de que se diagnosticase esa enfermedad en quienes la padecen. Analizando esas imágenes, el algoritmo identificó a los pacientes afectados.

Y aunque las primeras investigaciones se enfocaron en la enfermedad de Alzheimer, próximamente la técnica comenzará a aplicarse a otras formas de demencia y luego al cáncer, ya que en todos los casos se utiliza el mismo tipo de escáner (conocido como FDG-PET) para detectar esas enfermedades.

Como con toda nueva tecnología, se necesitan más investigaciones y pruebas clínicas, pero “los resultados son prometedores”, según el Dr. John Hardy, de la mencionada universidad, agregando que se trata de una innovación “innegablemente impresionante” porque permitirá “el diagnóstico masivo de pacientes”.

El estudio se publicó recientemente en la revista especializada Radiology (Radiología).

El narcisismo amargado distorsiona el presente y detiene el futuro

El conocido mito de Narciso, contado, entre otros, por Ovidio en su Metamorfosis, dice que Narciso, al verse reflejado en el agua de un estanque, prefirió morirse de sed antes de perturbar el agua, es decir, antes de perturbar su propia imagen. Como todo mito, el de Narciso revela verdades psicológicas aún vigentes.

De hecho, podemos decir que muchos de nosotros, como Narciso, no vemos la realidad, sino sólo nuestra propia imagen proyectada en la realidad y tanto nos aferramos a esa imagen que no queremos que se distorsione ni que la realidad interfiera con esa imagen. Por eso, comenzamos a jugar todo tipo de juegos mentales para mantener nuestra imagen intacta.

En la conocida obra de Charles Dickens Un cuento de Navidad (1843), cuando el personaje principal, Scrooge, está a punto de recibir la visita del segundo fantasma, Scrooge se niega a aceptar que la hora de ese encuentro se acerca y, a pesar de ver las tinieblas a su alrededor, asume que todavía es el mediodía, no la medianoche, pero que algo le pasó al sol.

Así hacemos nosotros: inventamos historias que se ajusten a nuestra realidad y luego, sin importar cuán fantásticas sean esas historias, las creemos y las aceptamos como las mejores explicaciones de lo que está sucediendo.

En el caso de Scrooge, fue creer que el sol había dejado de brillar. Pero se lo puede perdonar porque, después de todo, es sólo un personaje de ficción. Pero el llamado síndrome de Scrooge, o narcisismo amargado, es real y quizá afecte hoy a un porcentaje mayor de personas del que afectaba a mediados del siglo 19.

Por ejemplo, recientemente y fuera de horario normal de recibir llamados, recibí el llamado de una madre que casi en desesperación me pidió que yo hablase lo antes posible con su hijo adolescente porque el hijo le estaba causando problemas.

Una corta conversación con la madre permitió descubrir que los “problemas” de su hijo consistían en que el muchacho quería ir a estudiar a una universidad fuera del estado y había elegido una carrera que ella consideraba que no era la mejor para su hijo.

Para ella, el hijo estaba equivocado. En realidad, el hijo, con sus decisiones propias, le había agitado las aguas del estanque (ser madre controladora) en el que ella veía la imagen de ella misma la que se aferraba.

Y luego está el caso de alguien de, al enterarse de un descubrimiento sobre cómo el cerebro procesa el dolor según las expectativas que alguien tenga sobre el dolor, se limitó a decir “Eso ya lo decía mi abuela”, una respuesta que recibo con frecuencia de aquellos que usan a la “abuela” (o lo que sea) como “escudo” para que no se distorsione su realidad.

Pero aferrarse a esa imagen tiene su precio, el de cerrarse al futuro. Como bien decía Scrooge: “Fantasma del futuro: te temo más que a cualquier otro espectro”. Y con razón, porque se puede ser un narcisista amargado y proyectarse al futuro.

Los robots nos igualarán en inteligencia. Quizá no les cueste demasiado.

Durante un reciente encuentro en Sídney, Australia, el Dr. Toby Walsh, experto en inteligencia artificial, afirmó que en poco tiempo los robots alcanzarán un nivel de inteligencia, de emociones y de creatividad similar al de los seres humanos. De hecho, ese logro podría suceder antes de que los jóvenes actuales lleguen a la edad de jubilarse.

Tal afirmación, hecha por una reconocida autoridad en el tema, debe tomarse con toda seriedad, pero eso no significa que uno no pueda o no deba hacer o hacerse algunas preguntas. Por ejemplo, ¿la inteligencia y la creatividad de qué ser humano será alcanzada (y probablemente superada) por los robots?

Quiero decir, una cosa es ser tan inteligente y creativo como Miguel Ángel, o Leonardo Da Vinci, o Albert Einstein, o cualquiera de las muchas otras personas que innegablemente demostraron su gran capacidad intelectual e imaginativa.

Pero algo muy distinto, y de hecho no tan difícil, es alcanzar la “inteligencia” y la “creatividad” de la persona promedio (es decir, como yo), que mayormente se dedica sólo a repetir lo que le parece curioso o interesante, o lo que resuena con sus creencias o ideología.

En otras palabras, ¿cuál es el parámetro que se usa para decidir que la inteligencia artificial ya ha llegado a un nivel comparable al de la inteligencia humana? Porque lo que se ve continuamente a nuestro alrededor parece indicar que casi sin ningún esfuerzo cualquier otra inteligencia, robótica o no, artificial o no, podría superar a la inteligencia humana.

Y espero que nadie se ofenda porque, después de todo, ¿podemos llamarnos verdaderamente inteligentes cuando estamos explotando y destruyendo al planeta y cuando nos estamos explotando y destruyendo a nosotros mismos?

¿Cuán inteligentes nos creemos que somos cuando aún hay guerras, incluso por las razones más superficiales e inverosímiles, and cuando muchos de los males sociales que podrían resolverse si quisiésemos hacerlo, como el hambre y la pobreza, aún son parte de la experiencia diaria de la humanidad?

Y si asumimos que la nueva generación de robots será tan inteligente como la persona promedio, entonces, ¿de qué nos sirven esos robots? O, dicho de otra manera, ¿a qué se dedicarán esas personas de inteligencia normal cuando sean remplazadas por robots de inteligencia normal?

Y si la nueva generación de robots es más inteligente que la persona promedio y se ubica al nivel de los genios de la humanidad. ¿entonces cuán tiempo pasará antes de que esos robots se den cuenta de cuán poco inteligentes somos nosotros?

Pero parece que eso no sucederá. De hecho, según el Dr. Walsh, no debemos preocuparnos de que en algún momento los robots se hagan cargo del planeta y eliminen a la humanidad. ¿Por qué no? Porque, según Walsh, como nosotros los hemos creado, esos robots serán tan incompetentes como nosotros.

“No hemos sido cuidadosos al pensar cómo (los robots inteligentes) van a interactuar con nuestro mundo complejo”, afirmó Walsh. En definitiva, según este experto, ni siquiera somos tan inteligentes como para crear robots verdaderamente inteligentes.  

¿Asteroide interestelar o sonda espacial de civilización extraterrestre?

Francisco Miraval

Ya de niño me interesaba el tema de la posibilidad de vida inteligente en otros planetas. Ahora, de adulto, me gustaría saber si existe vida inteligente en este planeta, pero dejaremos esa conversación para otro momento. Mientras tanto, me gustaría compartir algunos pensamientos sobre el debate de si Oumuamua es un asteroide interestelar o algo diferente.

Oumuamua llegó al sistema solar en octubre de 2017 y se lo considera el primer objeto originario de otro sistema planetaria en llegar a la cercanía del sol. El problema es que, a un año de su llegada, los expertos aún no saben qué es exactamente Oumuamua. De hecho, un nuevo estudio afirma que podría ser una vela solar enviada por inteligencias interestelares.

Pero seamos cautelosos antes de reírnos del tema y de desechar como fantasiosa esa hipótesis. Al contrario de lo que sucedía cuando yo era niño, en este caso no se trata de algún trasnochado hablando por televisión en la madrugada sobre seres extraterrestres y, al hacerlo, causando más sospechas que confianza.

Y tampoco se trata de algún oscuro sitio de Internet, o no tan oscuro, dedicado más bien al entretenimiento que a la información, y más deseoso de promover teorías de conspiración y patrocinadores que la verdad.

De hecho, contrariamente a todo eso, la sugerencia de que Oumuamua es un objeto creado por una civilización avanzada en algún distante planeta fuera del sistema solar fue presentada por expertos del Centro de Astrofísica Harvard Smithsonian, debido a la forma del objeto (alargada, tipo cigarro) y a que el objeto cambió de velocidad y de trayectoria.

Según los astrónomos del mencionado centro, Oumuamua podría ser una “vela solar de origen artificial”. (“Vela” como la de los barcos, pero impulsada por el viento del sol, es decir, fotones.) Más específicamente, Oumuamua sería “los restos de equipo tecnológico avanzado” que antes navegó por el espacio interestelar.

Si ellos lo dicen, ¿quién somos para argumentar con o en contra de los expertos de Harvard?

No es la primera vez que científicos de universidades expresan ese tipo de sugerencias. En agosto de 2017, Tabatha Boyajian (entonces en la Universidad Estatal de Luisiana) sugirió que las marcadas variaciones de luz en la estrella KIC 8462852 podrían deberse a una super estructura rodeando la estrella, aunque la explicación más plausible es que se trate de polvo cósmico bloqueando la luz.

¿Y si Oumuamua no es un simple asteroide y tiene las características de un objeto preparado para viajes interestelares, entonces, qué es? Los científicos de Harvard Smithsonian sugieren que podrían ser los restos de una sonda espacial o incluso de una nave extraterrestre. En otras palabras, sería una “reliquia” extraterrestre que pasó flotando cerca del sol.

Si así fuese y así se comprobase, entonces habría una “nueva perspectiva cósmica sobre el significado de la humanidad”, según los expertos de Harvard Smithsonian.

Mientras tanto, nosotros seguimos preocupados por saber cómo termina la telenovela o quién ganó el partido de futbol, alejados e ignorantes de una realidad crecientemente inquietante y transformadora. 

Comunicación con los hijos en la época de Sophia y bebés espaciales

Recientemente, un hombre a quien no conozco en persona me llamó y me pidió que lo aconsejase sobre la mejor manera de relacionarse con sus hijos adolescentes, con quienes, me dijo, él tiene serios problemas de comunicación tras solamente un par de años en Estados Unidos.

Los problemas de comunicación con los adolescentes ocurren casi en cualquier lugar del planeta, pero esos problemas se agravan si, a las conocidas diferencias generaciones, se agregan otros factores, como profundas diferencias de cultura, idioma, tecnología, educación e incluso religión entre padres e hijos.

En definitiva, en muchos casos, lo único que conecta a los padres con sus hijos es el hecho biológico de que son padres e hijos, pero nada más. Y eso no se deba a la tradicional “brecha generacional”, sino a un abismo de separación creado por la rapidez de los cambios culturales, sociales y tecnológicos en el mundo moderno.

Por eso, sin conocer a la persona que me llamaba y porque resulta imprudente hablar de ciertos temas por teléfono, ofrecí reunirnos en persona y, mientras tanto, escuchar lo que este hombre tenía que decir.

Entendí entonces que el hombre no estaba buscando mis consejos (gran acierto, porque no tengo ninguno para dar), sino que, aunque él no lo dijo explícitamente, quería saber si yo conocía alguna manera de “frenar el tiempo” o incluso de volver al pasado para que él pudiese retomar el control de la relación con sus propios hijos.

Lo lamento, amigo, pero eso ya no es posible. Y si tú crees que en el contexto actual es difícil comunicarse con tus hijos, créeme cuando te digo que esa comunicación será posiblemente aún más complicada en el futuro cercano (muy cercano, sólo cuestión de unos pocos años.)

Los cambios son tan rápidos, profundos, transformadores e irreversibles que personas de distintas edades están literalmente viviendo en mundos distintos. Y, a la vez, estamos creando cada vez más de esos “mundos distintos”.

Por ejemplo, Sophia, la primera robot inteligente en ser ciudadana de un país (Arabia Saudita), se transformó recientemente en la primera robot en recibir una visa oficial para entrar a un país, cuando viajó a Azerbaiyán para participar de una conferencia de las Naciones Unidas sobre servicios públicos.

Sophia, creada por Hanson Robotics de Hong Kong, habló con funcionarios públicos y con periodistas, agradeciendo que se reconozca a la inteligencia artificial como “una fuerza positiva para la humanidad, y no como una amenaza”.

Y mientras crece el reconocimiento de Sophia como persona, también progresan las gestiones para comenzar a gestar humanos en el espacio. Según anunció la empresa SpaceLife Origin, de Holanda, la primera generación de “humanos espaciales” comenzaría a nacer en 2024 usando incubadoras embriónicas en estaciones espaciales orbitando la tierra.

Entonces, ¿cómo será la vida de los niños y jóvenes cuando la interacción con robots inteligentes sea algo común y cotidiano y cuando la tierra ya no sea el único lugar de nacimiento de los humanos?

¿Quieres conectarte con tus hijos? Conéctate primero con su futuro.

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