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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

La fusión de tecnologías, ¿incluye o excluye a los humanos?

La pregunta de esta semana es simple y directa: ¿estamos o estaremos nosotros, los humanos, incluidos o excluidos de la ley de la fusión de tecnologías?

Debo confesar que no sé si esa ley existe, o si ese es el nombre que se le aplica a esa ley o proceso. Pero queda claro que la tecnología se va fusionando ya que en la actualidad un solo aparato realiza las mismas tareas que antes realizaban por separado numerosos aparatos.

Pero la ley de fusión de la tecnología tiene aún otro nivel, otro paso, y es el de la interconexión entre sí de todos esos aparatos.

Algunos ejemplos ayudarán para ilustrar lo que acabamos de decir. Primero, aún recuerdo los días en los que para escuchar radio se necesitaba una radio, Las series se miraban en la televisión y las películas en el cine. Para ir de un lugar a otro se consultaban mapas impresos. Y la cámara fotográfica y la grabadora de videos eran aparatos por separado.

En la actualidad, todas esas funciones y muchas más se concentran en un solo teléfono inteligente, o en una tableta. Lo que antes se hacía por separado con distintos artefactos, ahora se hace en un solo lugar y con el mismo artefacto. Pero esa es solamente la primera mitad de la ley de fusión de tecnologías (una ley que debe aparecer como algo obvio.)

La otra mitad de esa ley es la interconexión entre aparatos inteligentes, desde el carro indicándole al mecánico que el carro tiene problemas hasta el refrigerador haciendo automáticamente la lista de compras de los elementos necesarios, pero no presentes, dentro de ese refrigerador. Y, otra vez, mucho más.

Dicho de otro modo y más brevemente, vivimos en un mundo en el que un solo aparato hace lo que antes hacían muchos aparatos y en el que cada aparato está interconectado con los otros. Entonces, para reiterar la pregunta del principio, ¿somos nosotros los humanos parte (actual o futura) de ese proceso de integración o fusión tecnológica, o estamos excluidos?

Para el Dr. Toby Walsh, profesor de inteligencia artificial de la Universidad de New South Wales en Australia, la respuesta llegará en no más de cuatro décadas, hacia 2060, momento en el que Walsh anticipa la inteligencia artificial será por lo menos tan inteligente como los humanos.

Para Ray Kurzweil, el conocido futurista ahora trabajando para Google, la respuesta podría llegar antes, quizá en poco más de diez años, cuando “la porción no biológica de nuestra inteligencia predominará”.

Sea cuando fuere que tengamos una respuesta definitiva a nuestra relación con la tecnología, quizá la alternativa presentada en la pregunta con la que iniciamos esta columna sea de alguna manera falsa, porque si nos fusionamos nosotros también con la tecnología, dejaremos de ser humanos (por lo menos, tal como lo somos ahora). Y, si no lo hacemos, probablemente la humanidad deje de ser.

Lo cierto es que el futuro ya no es continuidad del pasado, pero seguimos viviendo como si lo fuese.

“Ante todo somos humanos”, pero ¿realmente lo somos?

“Recuerda que ante todo somos humanos”, decía la última línea de un mensaje que alguien recientemente me envió. Pero ¿qué significa recordar nuestra propia humanidad? Y si tenemos que recordarla, ¿no significa eso mismo que ya nos hemos olvidado de lo que significa ser un ser humano?

El buen y bien intencionado consejo me dejó pensando que quizá ya no sabemos lo que es ser humano y que quizá nunca lo supimos. O, si lo sabíamos, ya nos hemos olvidado y, aún peor, nos olvidamos de que nos olvidamos y lo que antes sabíamos ahora está recubierto por dos mantos de olvido.

Pero ¿qué significa ser humano? ¿Estudiar durante años para luego tener tantas deudas que al final de la vida uno estuvo trabajando todo el tiempo nada más que para pagar deudas? ¿ver como aquellos que tienen poder de decisión sobre nuestras vidas y sobre nuestro futuro deciden siempre a favor de ellos y no de nosotros?

¿Acaso ser humano significa estar en guerra constantemente entre nosotros y dedicarle más tiempo, dinero y recursos a la destrucción que a la vida? ¿De qué me sirve recordarme a mí mismo que ante todo soy humano si nosotros mismos estamos destruyendo el único planeta que conocemos?

Y si soy realmente humano, ¿por qué entonces las llamadas “etiquetas étnicas” que se me adjudican según el color de piel, o lugar de nacimiento, o idioma que hablo, o tantos otros factores reales o ficticios determinan mi identidad? Y por esa identidad ficticia, mis ingresos son más bajos y mis gastos más altos que aquellos que deciden sobre mi “humanidad”.

Además, ¿vale la pena ser humano si muchos de los nuevos “influencers” y “celebridades” en los medios sociales no son humanos sino realidad virtual creada por inteligencia artificial, como Hatsune Miku, Lil Miquela y la modelo Shudu?

Uno se pregunta cuánto falta para que nos demos cuenta de que la inteligencia artificial es real y que probablemente sea más real que nuestra propia inteligencia, que parece cada vez más una ilusión y autoengaño.

Es verdad que la humanidad es capaz de grandes sacrificios y de grandes logros, así como de grandes actos de creatividad. Así lo hemos visto a lo largo de la historia y así lo vemos ahora. Pero también es verdad que los humanos somos capaces de los más atroces actos de crueldad e intolerancia hacia otros humanos. Entonces, ¿de qué sirve ser humano?

Alguien dirá: “Deja de hacer tantas preguntas incoherentes y dedícate a disfrutar de la vida”. ¿Pero acaso disfrutar de la vida significa acallar el cuestionamiento y cerrar los ojos a la realidad? ¿Son la mente y el corazón cerrados la nueva y única forma de ser humano?

En una época en la que ya no podemos ni reírnos de nosotros mismos porque hasta eso está mal visto, la pregunta por nuestra propia humanidad, aunque ignorada y olvidada, es más urgente y necesaria que nunca, si es que algún día queremos finalmente salir de la prehistoria de la humanidad.

Perder la capacidad de asombrarse equivale a perder la capacidad de pensar

Recientemente me invitaron a hacer una presentación sobre el tema del futuro emergente y, tras las formalidades iniciales, me enfoqué en la inteligencia artificial y en los robots inteligentes, ante lo cual los participantes en la presentación respondieron con total indiferencia y silencio.

Les mencioné entonces a Sophia, la primera robot en ser ciudadana de un país (Arabia Saudita) y a Pepper, un robot sacerdote en Japón. Bostezos y más silencio.

Hablamos entonces de que el futuro ya no es continuidad del pasado, que vivimos en una sociedad de obsolescencia preprogramada y que, por eso, todo lo que tenemos y todo lo que conocemos ya resulta obsoleto en el mismo momento que lo adquirimos, sean cosas o conocimientos, Nada. Ninguna respuesta.

Para cambiar un poco la situación y fomentar el diálogo, mencioné algunos ejemplos, como el hotel espacial que la empresa Orion Span colocará en órbita en los próximos meses, o la propuesta de la empresa francesa, Akka Technologies de construir un tren volador (una aeronave comercial que contiene dos partes: la cabina donde viajan los pasajeros y, por separado, el resto del avión. Ambas partes se une al despegar y se separan al aterrizar.)

Nada. Nadie reaccionó.

Entiendo muy bien que las urgencias de la vida diaria a veces nos impiden prestar atención a lo que está sucediendo y a la realidad emergente. Y sé, por muchas experiencias acumuladas a lo largo de los años, que escuchar mis presentaciones no siempre resulta divertido o atrayente. Pero pocas veces experimenté ese nivel de apatía ante un grupo de adultos al que fui invitado a hablar.

Decidí entonces emplear una nueva estrategia, contar historias y anécdotas personales, confiando que de esa manera finalmente habría algo de diálogo. Mencioné, por ejemplo, el impacto psicológico y cultural de mi primer viaje a Estados Unidos hace ya varias décadas. Y dije que aún recuerdo la primera vez que usé un fax, sin entender mucho lo que yo estaba haciendo.

Si un hipopótamo vestido de bailarina hubiese estado frente a ese grupo dando una clase de cocina, el resultado hubiese sido el mismo: apatía total. Algo claramente no era normal. Algo estaba sucediendo.

Dejé de lado el tema y busqué una conversación directa con los participantes, preguntándoles los nombres, la zona de la ciudad en la que vivían y las razones que los habían llevado a asistir a la presentación. Obtuve algunos nombres y alguna sonrisa piadosa, además de innumerables miradas al techo. Pero nada más.

Luego, repentinamente, alguien recibió un llamado telefónico y lo respondió. Hubo un breve intercambio en el teléfono, al que no le presté mayor atención, y luego la persona que había recibido el llamado se incorporó y le avisó al resto del grupo: “Ya arreglaron el aire acondicionado en nuestro edificio. Ya podemos irnos”. Y se fueron todos casi inmediatamente.

Obviamente, me sentí engañado. Me habían llevado para entretener, no para dialogar. Por eso, decidí asombrarme de mi propia ingenuidad y, de esa manera, obligarme a reflexionar sobre lo vivido.

Ahora que el mundo cambió, ¿en qué nos estamos transformando?

Pocas dudas caben que hace ya algún tiempo el mundo cambió y ya no vivimos en el mundo que antes nos parecía natural y que tan bien conocíamos. Las cosas ahora son distintas y tenemos, por eso, más interrogantes que certezas. De allí, entonces, la pregunta, ¿en qué nos estamos transformando?

La pregunta por la transformación de la humanidad en algo distinto de lo que somos ahora es tan antigua como la humanidad misma. Hace dos milenios, Ovidio escribió sobre tema y hace un siglo, lo mismo hizo Kafka. Pero uno de los análisis más interesantes de la transformación humana, sus causas y sus consecuencias, lo ofrece Lucio Apuleyo.

Apuleyo vivió hace unos 1800 años y su libro se titulaba, muy apropiadamente, Transformaciones. En ese escrito, Apuleyo (que estudió filosofía, abogacía y religión) cuenta la historia de un hombre (quizá el mismo) que un día, por un desliz, se transformó en un burro, pero sin perder la consciencia de ser humano.

Queriendo llegar a ser un águila para estar junto a su amante, el hombre en cuestión, por un hechizo mal hecho, terminó siendo un burro, un asno de carga, y, por lo tanto, tratado como tal: golpeado, abusado, sobrecargado, perseguido. Aún peor, su consciencia humana seguía intacta, pero, a pesar de ello, no podía comunicarles a los otros su apremiante situación.

Eventualmente, elevó con su pensamiento una silenciosa plegaria a los dioses y una de las diosas, comparecida de la situación de ese hombre, intervino para devolverle la humanidad. Y aunque volvió a ser humano, ya no era el mismo de antes, porque la experiencia lo había transformado y, por eso, su reencuentro con los seres humanos no resultó sencillo.

En definitiva, nos encontramos con esta secuencia: de humano a burro de carga (por un error humano) y de burro a humano transformado (por la intervención divina), pero siempre sin perder la consciencia de ser un ser humano.

Eso fue hace 1800 años, cuando se enseñaba que la humanidad podía perderse en cualquier momento (debido precisamente a otros seres humanos) y que sólo podía recuperarse si la ayuda de los dioses.

Pero nuestra época es distinta. Al contrario de lo que sucedía en el pasado, perdemos nuestra humanidad y a la vez nuestra consciencia humana. Ya ni pensamos ni recordamos lo que significa ser un ser humano. Y difícilmente acudamos a la divinidad (cualquier divinidad) para que nos transforme en seres humanos transformados.

Entonces, ¿en qué nos estamos transformando? Quizá nos estamos transformando en burros, en bestias de carga, en trabajadores sin conciencia humana que solamente servimos como herramientas para lo peor de la humanidad. Y no se trata de una transformación física (no somos literalmente asnos), sino psicológica, mental, espiritual. Monstruosidades buenas para nada, como diría Kafka.

Quizá la situación ya sea irreversible. Quizá el campo social de la negatividad impere desde ahora sin rivales ni alternativas. O quizá exista todavía alguna divinidad dispuesta a escuchar una silenciosa plegaria y a ayudarnos de dejar de ser demasiado humanos.

Algunas lecciones que me hubiese gustado haber aprendido antes

Las lecciones que aquí comparto debería haberlas aprendido hace mucho tiempo, pero recién ahora lo he hecho. Por eso quiero compartirlas, con la esperanza de que otros no deban esperar tanto en la vida como me sucedió a mí para aprender y para implementar esas lecciones.

Ante todo, acabo de aprender que lo contrario de una mente abierta no es una mente cerrada, sino una mente vacía.

Esa expresión me hizo pensar en que muchas veces erróneamente asumimos que lo que nosotros pensamos es todo lo que existe para pensar y que, por eso, no existe nada más que pueda desafiar nuestros pensamientos o creencias, y entonces “vaciamos” la mente de toda idea o experiencia que contradiga nuestras ideas o que no se ajuste a nuestras doctrinas.

Dicho de otro modo, una mente vacía quiere y busca permanecer vacía, no por una decisión consciente de desaprender lo viejo para aprender algo nuevo, sino por una decisión probablemente consciente de no aprender nada porque se asume que ya se sabe todo o que no hay nada para aprender.

Ya en la antigüedad se advertía sobre los peligros de dejar la “casa” vacía, porque uno nunca sabe qué o quién llegará para usurparla.

También aprendí otra frase similar: de nada sirve tener buenos ojos si la ceguera está en el cerebro. Esta frase, obviamente, se relaciona con la que dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero el enfoque es un poco distinto.

Básicamente, la ceguera cerebral es algo de lo que todos padecemos y no necesariamente por deficiencias morales o por incapacidad intelectual. Podríamos decir, pero no para excusar nuestra propia responsabilidad, que todos tenemos puntos ciegos en nuestro cerebro.

Así lo demuestra el famoso experimento en el que se les pide a los estudiantes que cuenten cuántos pases se realizan en un juego de baloncesto y los estudiantes están tan concentrados en esa tarea que no advierten que alguien disfrazado de gorila está en el campo de juego. Vemos lo que vemos, es decir, lo que podemos ver y lo que queremos ver.

Como decía Annais Nin, no vemos las cosas como son, sino como somos.

Y finalmente aprendí otra frase. Todos escuchamos que si le damos un pescado a un hombre, ese hombre comerá por un día y si le enseñamos a pescar, comerá todos los días. Esa frase es conocida. Lo que yo no había entendido que el sentido profundo de la frase es el acto de enseñar, no de pescar.

Si le enseñamos a alguien a pescar, por el hecho de habérselo enseñado, ahora nosotros sabremos cómo enseñarle a otros y el hombre en cuestión habrá aprendido a enseñar él mismo a otros, es decir, lo que habitualmente se conoce como plasticidad transgeneracional.

Pero no hay enseñanza posible con un cerebro ciego ni con una mente vacía o con un corazón cerrado. Y no podemos permanecer ni ciegos, ni vacíos ni cerrados en un momento crítico y transformacional de nuestra historia humana.

Salir de la cueva siempre resulta más difícil que entrar

El rescate de los niños atrapados en una cueva en Tailandia captura la atención del mundo. Profundamente deseamos que todos esos niños pueden ser rescatados para que logren retornar a sus familias y a sus vidas lo antes posible, sin tener que lamentar ninguna otra muerte entre los rescatistas.

Pero no quiero hablar de la situación en sí, sino de un solo elemento puntal: la entrada y la salida de la cueva. Entre la interminable avalancha de información sobre este tema, en un momento consultaron a un buzo experto en cuevas y el buzo afirmó que, cuando él entrena a otros buzos, siempre les dice que es más fácil entrar a una cueva que salir de ella.

De hecho, dijo el experto, el entrenamiento se enfoca en cómo salir de la cueva, no en cómo entrar.

Ese concepto me hizo pensar en la gran verdad que allí se encierra: existen muchos ejemplos de lugares, actividades y hábitos en los que resulta fácil entrar, pero difícil salir. Por ejemplo, prácticamente no tenemos que hacer nada para subir de peso, pero luego no resulta tan sencillo perder todo ese exceso peso que hemos acumulado.

Y algo similar ocurre con las deudas. Resulta muy sencillo recibir y activar una tarjeta de crédito. Prácticamente no debemos hacer nada, ya que esas solicitudes llegan solas por correo o por email. Pero con esa misma facilidad caemos en deudas de las que posteriormente resulta muy difícil salir.

En definitiva, con un poco de reflexión y de imaginación podremos encontrar numerosos ejemplos en nuestras propias vidas de situaciones en las que fue fácil entrar (relaciones, empleo), pero de las que resulta difícil salir, sin importar cuán apremiante sea la situación ni cuán urgente sea resolverla.

Pero existe un elemento más en la historia de los niños atrapados en Tailandia. Según el buzo antes mencionado, para salir de la cueva se necesita la ayuda de profesionales. Y eso me llevó a pensar en otra cueva, en este caso una cueva alegórica en la que los allí encerrados necesitan a alguien que los “rescate”.

Pero esta cueva alegórica, de la que habla Platón, es distinta que la de Tailandia, porque en Tailandia los niños saben que están atrapados y esperan ser rescatados. Pero en la cueva (o caverna) de Platón, quienes allí están encerrados no son conscientes de su encierro ni esperan que nadie los rescate, los libere.

Platón no dice cómo llegaron los habitantes de su ficticia cueva a ese lugar, pero en realidad es detalle no tiene tanta importancia, porque, como dijimos antes, entrar a la cueva es sencillo. Salir es el problema porque a veces estamos tan profundamente encerrados y por tanto tiempo que hasta nos olvidamos de nuestro propio encierro y rechazamos la mano amiga que busca sacarnos de la cueva.

De la misma manera que esperamos que los 12 niños encerrados en la cueva de Tailandia sean rescatados, también confiamos que muchos encerrados dentro de cuevas de su propia creación algún día sean rescatados.

El autoengaño de encerrarse dentro de una cámara de eco

Se dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír ni peor ciego que el que no quiere ver. Dicho de otro modo, una voluntad cerrada también cierra nuestras mentes y corazones. Y esta verdad es tan antigua y conocida que hace ya dos milenios un predicador itinerante instaba a quienes tuviesen oídos, a oír.

Más cerca en el tiempo, Henry David Thoreau expresó que “lo importante no es lo que miras, sino lo que ves”.

Pero nada podremos llegar a ver o a escuchar, ni siquiera teniendo ojos u oídos, si simplemente no queremos ni ver ni escuchar. ¿Y qué no queremos ni ver ni escuchar? En la gran mayoría de los casos, no queremos ni ver ni escuchar nada que contradiga lo que pensamos o lo que esperamos, o que esté en desacuerdo con nuestra versión del mundo.

En otras palabras, como bien dice el sacerdote franciscano Richard Rohr, nos hemos vuelto adictos a nuestras propias ideas y esa adicción se ha transformado en la adicción más poderosa de nuestro tiempo, y, por eso mismo, en la más difícil de reconocer y de enfrentar.

Permítase compartir un ejemplo. Recientemente, al estar casualmente de visita en un parque, observé a una niña de no más de cuatro o cinco años subirse por sí sola a un árbol, mientras su padre, distraído por una conversación, no la veía. Tan pronto como su padre la vio, le ordenó que se bajase, lo que la niña hizo inmediatamente. (En ningún momento, debo decir, la niña corrió ningún peligro).

Al llegar al suelo, la niña se dio vuelta, le “pegó” con su mano al árbol y dijo “Malo, árbol. Malo”. En su mente, el árbol había sido claramente cómplice de que su padre la hubiese descubierto haciendo algo que ella no debería haber hecho. Y esa complicidad merecía entonces el castigo de “retarlo”.

Obviamente, se le perdona a una niña pequeña que actúe de esa manera, creyendo que objetos inanimados (¿inanimados?) tienen intensiones propias y culpando a esos objetos en vez de asumir la responsabilidad propia por las acciones realizadas o por los resultados de esas acciones.

Pero esa misma conducta la vemos una y otra vez en adultos quienes, ya décadas alejados de su niñez, insisten en buscar a chivos expiatorios o a los “verdaderos culpables” de lo que les pasa, sin jamás hacerse responsables de sus acciones y negándose a escuchar otros puntos de vista, excepto los suyos propios.

Alguien escribió hace tiempo que cuando uno es niño, uno actúa y piensa como niño, pero cuando uno es adulto, uno deja de lado las cosas de niño. O debería hacerlo, agrego yo. Según el padre Rohr, pocos en nuestra época llegan a esa “segunda etapa” de sus vidas.

¿Cómo escapamos de esta cámara de eco, de esta versión neurótica, narcisista y tecnológica de la caverna de la que hablaba Platón? Obviamente, no me corresponde a mí dar ninguna respuesta, excepto decir que debemos desafiar nuestros pensamientos y creencias.

¿A quién le importa que la diosa Cura salió a caminar por el río y creó la humanidad?

En estos días en los que las espaldas de ciertas chaquetas se usan para indicar si a uno le importan o no le importan ciertos temas, cabe recordar que el debate sobre lo que a uno debe importarle o no, especialmente si el tema son otras personas, es tan antiguo como la humanidad misma, cuando alguien preguntó si acaso él debía preocuparse por su hermano.

Pero, en otro contexto, el “importarle” algo a uno, es decir, preocuparse por algo, o prestarle atención, o incluso admirar a algo, parece ser un elemento clave en lo que significa ser un ser humano. Así por lo menos lo revela una fábula (220) compartida por Higino, un escritor romano que vivió hace 2000 años.

Según la fábula, un día la diosa romana Cura (cuyo nombre no tiene relación alguna ni con sanación ni con los sacerdotes católicos) salió a caminar por el río, tomó un trozo de arcilla y decidió así formar a los seres humanos.

Le pidió entonces a Júpiter que le diese su espíritu a la nueva criatura y Júpiter así lo hizo. Surgió entonces una disputa sobre qué nombre se le daría a la nueva creación, ya que Cura quería darle su nombre por ser la creadora, Júpiter y la Tierra los suyos, por haber contribuido los materiales de la creación.

Los dioses entonces acudieron a Saturno, el dios más viejo, quien decidió que, cuando un ser humano muriese, Júpiter recibiría el espíritu, por haberlo dado para la creación, y la Tierra el cuerpo, por el mismo motivo. Y la criatura se llamaría “humano” (homo, en latín) por haber salido del suelo (humus). Pero ¿qué le correspondería a Cura, la creadora de los humanos?

En latín, “cura” significa cuidado, atención, solicitud, asunto u objeto de atención, inquietud, preocupación e incluso amor. (La palabra “care” en inglés se acerca bastante a la noción de “cura” en latín.)

Saturno (Cronos en griego, el dios del tiempo) determinó entonces que, por haber sido formado por Cura, el nuevo ser (nosotros) debe ser poseído por Cura cada día de su vida mientras viva. En definitiva, según la fábula, fuimos formados o creados de tal manera que vivimos cada día en un contexto de cuidado, atención, solicitud, inquietud, preocupación.

Alguien podría decir que las fábulas son fábulas y que, como tales, no merecen atención, mucho menos en nuestra época tecnocientífica, postmoderna, globalizada y narcisista.

Pero, como mínimo, esta fábula queda como testimonio que hace dos milenios se reflexionaba sobre la multidimensionalidad de la realidad humana, la temporalidad de nuestra existencia y el hecho que, mientras vivamos, viviremos impulsados por esa mezcla de inquietud, preocupación, atención, cuidado y amor.

Un contemporáneo de Higino, el poeta romano Ovidio, escribió Metamorfosis, explicando cómo los seres humanos podrían llegar a ser dioses si eran adoptados por un dios o una diosa. Casi dos milenios después, Frank Kafka escribió su Metamorfosis, explicando que nos estamos transformando en monstruos. Pero eso ya lo sabemos sin importar que audaz mensaje proclame nuestra espalda.

Cuánto más expandas tu pasado, más expandirás tu futuro

En el último capítulo de su libro escrito en 1932 sobre los filósofos del siglo 18, el historiador estadounidense Carl Becker argumenta (en mi opinión, acertadamente) que cuánto más una expanda la consciencia de su propio pasado (tanto a nivel personal como histórico), más expandirá uno su propio futuro.

Específicamente, dice Becker, “Cuánto más del pasado uno trae al presente consciente, más de un hipotético futuro se agolpa en el presente”.  Goethe decía algo similar cuando afirmaba que se deben conocer 3000 años de historia para no vagabundear en la oscuridad del presente. Y Agustín de Hipona, en sus Confesiones, hablaba de la memoria como punto de partida del futuro.

Para citar nuevamente a Becker: “Si nuestros recuerdos del pasado son cortos y vacíos, nuestras anticipaciones del porvenir también probablemente lo serán”. O, como Becker lo explica: “Las riquezas y extensión de uno (el futuro) dependen de esas mismas características en el otro (el pasado)”.

Pero si aceptamos lo que dice Becker, es decir, que la duración y profundidad de nuestro pasado determina o por lo menos anticipa con cierta probabilidad la duración y profundidad de nuestro futuro, ¿qué significa eso para nosotros, ciudadanos del siglo 21 que vivimos atrapados en un efímero presente, tan efímero que se vuelve inmediatamente obsoleto?

¿Significa eso que nuestro futuro también será efímero y automáticamente obsoleto? En mi opinión (basada en años de estudios y lecturas sobre el tema), sí.

Si todo aquello de lo cual tenemos consciencia es el “hoy” y, aún peor, un “hoy” descontextualizado y sin historia (como si lo que sucede hoy hubiese surgido espontáneamente), entonces tampoco tendremos consciencia del futuro emergente, que ya no es continuidad del pasado ni puede entenderse a partir del pasado.

En otras palabras, el pasado, lejos de ser algo que ya pasó, es, argumenta Becker, la consciencia presente de lo que ya pasó. Desde esa perspectiva, todo pasado y toda historia son presente. Y por eso mismo, el futuro no es algo que todavía no pasó, sino algo que ya existe en el presente, tengamos o no consciencia de esa existencia.

Pero si ni siquiera tenemos consciencia de nosotros mismos, si vivimos en un perpetuo estado de autoalienación, si combatimos nuestra transformación (metamorfosis) como la oruga combate la suya creyéndola una enfermedad, entonces jamás podremos conocer nuestro pasado ni conectarnos con la fuente de lo que somos. Por eso mismo, no podremos conectarnos con la mejor versión futura de nosotros mismos para traerla al presente.

Eso no significa que vivamos vidas desagradables, problemáticas o miserables. Ni tampoco nos hace malas personas (o buenas). Sólo significa que hemos adoptado un modelo de eventos autolimitante.

Como dice Becker, “la memoria del pasado y la anticipación del futuro trabajan juntas, sin disputarse ni prioridad ni liderazgo”. Desde esa perspectiva la consciencia del presente es un patrón de pensamiento en el que instantáneamente se entrelazan los recuerdos y las anticipaciones.

Más sucintamente, si no recordamos a nuestros abuelos (o nuestros ancestros) no podremos pensar en nuestros nietos (posteridad.)

“Todavía somos esclavos” afirmó asombrada la mujer

Recientemente me invitaron a participar de un encuentro de dirigentes comunitarios de varias organizaciones y grupos para desarrollar un proyecto en común. En la segunda hora del encuentro y sin previo aviso, una de las participantes se paró y anunció “Todavía somos esclavos”, para el asombro de ella misma y del resto de los congregados.

La mujer, una veterana dirigente afroamericana, contó entonces que cuando ella era una niña, sus abuelos cultivaban la mayoría de sus frutas y verduras en lo que en aquella época eran las afueras de la ciudad. Luego, ya en su juventud, esos cultivos fueron prohibidos por las autoridades locales, por lo que la tarea se trasladó a un jardín comunitario.

Y hace pocas semanas ese jardín fue cerrado, debido a la falta de cooperación entre el dueño del lugar y las autoridades locales sobre uso del agua para regar las plantas.

Al reflexionar sobre ese hecho, la dirigente afirmó que su pueblo (y, agrego yo, lo mismo les pasa a muchos otros pueblos) que, aunque supuestamente libres, ni siquiera pueden producir sus propios alimentos o decidir qué van a comer. De esa manera, dijo, no solamente las comidas tradicionales, sino también las historias que acompañan a esas comidas se van perdiendo.

Y una vez que se pierde la memoria propia y comunitaria, cuando uno ya no sabe lo que come ni por qué lo come, y, aún peor, uno ni siquiera sabe quién es uno mismo, por más libre que uno se sienta, por más oportunidades que uno tenga, uno se ha vuelto esclavo.

La dirigente estableció un breve paralelismo con la esclavitud de la comunidad africana y afroamericana en Estados Unidos, pero inmediatamente regresó al presente, afirmando que “nuestra esclavitud” (sus palabras) es aún peor, porque por lo menos los esclavos del pasado se sabían esclavos, mientras que nosotros nos creemos libres.

Esas expresiones me recordaron un artículo de febrero de este año en el que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (que reside en Alemania) afirma que “Ahora uno se explota a sí mismo y uno cree que está realizándose”.

Específicamente, dijo Han, la sociedad que Orwell describe en su famoso libre 1984 era “una sociedad consciente de que estaba siendo dominada”. Pero hoy, según este filósofo, “no tenemos ni consciencia de la dominación”.

Para Han, ahora vivimos en una constante autoexplotación y “con pavor hacia el otro”. Por eso, vivimos “en el desierto o el infierno de lo igual”. Y entonces, ¿en qué sentido somos esclavos? En que ya no podemos ser distintos porque ser distintos significa ser iguales a todos los que quieren ser distintos. Aún peor, ser distinto ahora equivale a “diferencias comercializables”.

¿Cómo se sale entonces de ese encierro que lleva a abolir la realidad? Han propone una fórmula sencilla: cultivar un jardín propio como una manera de retomar el contacto con la realidad de “colores, olores y sensaciones”, es decir, con lo otro, lo distinto, lo diferente.

Intuitivamente, la dirigente afroamericana ya lo sabía. Esa es la verdadera sabiduría.

 

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