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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

“No se debe generalizar y eso ya todos lo saben”

Alguna vez escuché decir a un tío mío “Ya te dije un millón de veces que no seas exagerado”. Se trataba, obviamente, de una broma basada en la contradicción interna del pensamiento expresado en la frase. Bromas aparte, cada vez me encuentro con más personas que usan frases similares y no lo hacen en broma.

Recientemente, por ejemplo, alguien me dijo que “No se puede generalizar”, pero inmediatamente agregó “Y eso todos lo saben”. Decir que “todos lo saben” es, como queda claro, una generalización, precisamente lo que está persona dijo que no se podía hacer. Pero a esta persona no pareció importarle tal contradicción. De hecho, no creo que la haya visto.

La misma persona me dijo que, basada en lo que ella veía en su lugar de trabajo, ni allí ni en ningún otro lugar existían los problemas de los que estábamos hablando. A ver si queda claro: tras decirme que no se puede generalizar, esta persona usa su experiencia en un solo lugar y la generaliza a todos los otros lugares similares para luego llegar a sus propias conclusiones.

Más allá de la posible validez de las conclusiones, la ausencia de consciencia de la contradicción incrustada en el argumento hace pensar en el no pensar que ahora parece ser la norma para todo “diálogo” (o, quizá mejor, monólogos alternados.)

Y luego recibí el mensaje de una persona que decía algo con lo que estoy muy de acuerdo: una imagen vale más que mil palabras. Y para enfatizar y aclarar ese punto, esta persona escribió un mensaje de casi mil palabras y sin ninguna imagen.

A ver si nos entendemos: una imagen vale más que mil palabras (muy cierto), y para que lo entiendas te lo explico en mil palabras, pero sin ninguna imagen.

Otra vez, sentí que la obvia contradicción no había sido ni siquiera percibida, como si no existiese o como si fuese irrelevante al pensamiento o la comunicación.

Y ni que hablar de aquella persona que me envía un mensaje diciendo que “Dios ama a todos en el universo” y luego en el siguiente mensaje le pide a “Dios” que “aniquile con fuego” a aquellos que no están de acuerdo con la particular expresión de fe esa persona. ¡Vaya amor universal!

Quiero ser claro que no estoy hablando de ambigüedades en la comunicación (algo muy común y frecuente), ni tampoco de personas que cambian de opinión, con o sin motivo, y hoy dicen una cosa y mañana otra distinta. Eso es posible y, de hecho, es algo muy conocido: estoy hablando de personas que se contradicen a ellas mismas en una sola y misma frase y no lo saben.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué preocuparse si alguien se contradice y no toma consciencia de que lo dice es contradictorio? Ante todo, porque no pensar no es una broma, ya que estamos hablando de contradicciones que llevan a tomar decisiones y a la acción. Y además, porque el no pensar impide conocerse a uno mismo.

El innegable problema de mentes ansiosas, distraídas y vacías

Pocas dudas caben, si alguna, que vivimos en una época en la que nuestro cerebro prehistórico resulta de limita ayuda para entender y responder a impensables desafíos, para los que no fuimos diseñados. Encender fuego dentro de una cueva está a nuestro alcance. Salvar un planeta globalizado y tecnificado aparentemente no.

Y esas mentes nuestras que todavía usan ideas del siglo 19 enseñadas e impulsadas por personas del siglo 20 para tratar de entender el siglo 21 no solamente están cada vez más desconectadas de la realidad, sino que están cada vez más ansiosas, distraídas y vacías.

Tal afirmación, con todos casi ofensivos sobre la capacidad de nuestras mentes (aunque no es nuestra intensión ofender), se basa en la lista de libros y temas incluidos en el catálogo más reciente de publicaciones sobre la mente y el cerebro publicado por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT).

Uno de los libros propone, por ejemplo, que, ante la situación actual de nuestras mentes, deberíamos vivir toda la vida en un estado de jardín de infantes (kindergarten), para poder así dedicar nuestra vida a nuestras pasiones, juegos y amigos. (Me da la impresión de que muchas personas ya viven una vida en la que nunca han superado la etapa del jardín de infantes.)

Otro libro afirma, y con razón, que nuestra ignorancia ya ha llegado a tal nivel que hasta ignoramos nuestra ignorancia y, en el mejor de los casos, la confundimos con ausencia de conocimiento, aunque con mayor frecuencia se la confunde simplemente con conocimiento. (Un reciente estudio publicado por Harvard habla de la época de la “ignorancia agresiva”.)

Aún otro libro en el catálogo mencionado sostiene que tenemos mentes sin significado, en el sentido que no entendemos ni siquiera nuestras propias ideas o conceptos. Y otro libro más llega incluso a decir que nuestras mentes no tienen contenido. Mentes vacías, en otras palabras.

Nada de eso es nuevo. Ya en la antigüedad filósofos y pensadores se quejaban de adultos inmaduros, de vidas no examinadas, de pensamientos repetidos. pero no pensados; de charlatanería confundida con sabiduría y sabiduría rebajada a charlatanería.

Y ahora la tecnología parece vaciar nuestras mentes, como una especie de neutralizador neuronal, ya anticipado por Viaje a las Estrellas en “Daga de la Mente” (noviembre de 1966).

Pero aún hay más. El catálogo de MIT incluye libros que afirman que nuestras mentes ya no piensan, sino que solamente calculan. Por eso estamos ansiosos y distraídos continuamente, afirman otros libros.

Además, no nos interesa la verdad. En la época de la posverdad, los sentimientos y opiniones personales (incluso sin fundamento) reemplazan a la verdad y el pasado ya no se recuerda, sino que se imagina. Para eso, y para dejarnos sin privacidad, aparecieron las redes sociales.

En definitiva, vivimos con mentes infantiles, ignorantes, insignificantes, calculadoras, ansiosas, distraídas e indiferentes a la realidad. Y a eso llamamos “civilización” y “sociedad” y “progreso”. Aún peor, eso es lo que queremos perpetuar, exportar e imponer al mundo entero y a las siguientes generaciones.

¿Qué significa vivir en una época transplanetaria?

Entiendo (limitadamente) qué significa vivir en una sociedad post-verdad, en la que ya no escuchamos sino nuestras propias ideas, que aceptamos acríticamente. Y entiendo algo de qué significa vivir en una época post-democracia (los ejemplos abundan). Pero ¿qué significa vivir en una época post-planetaria? ¿Estamos cerca de que Viaje a las Estrellas sea una realidad?

Quizá sí. Y quizá estemos más cerca de lo que creemos (si es que ya no estamos allí y no lo sabemos). Pero vamos por partes.

En una reciente presentación, el Dr. Otto Scharmer, del Instituto de Tecnología de Massachussets y fundador del Instituto Presencing, compartió tres megatendencias que afectan “nuestra actual condición colectiva”. Son las tres tendencias que hemos mencionado más arriba.

Scharmer caracteriza la post-verdad como vivir atrapados dentro de nuestra “cámara de eco digital”. Y la post-democracia significa el resquebrajamiento de la sociedad y la constante búsqueda de “chivos expiatorios” para culparlos de nuestros problemas, sin asumir las responsabilidades propias.

Hasta allí, algo entiendo. Pero ¿qué significa una época post-planetaria? Pensé inicialmente que se trataba de viajes espaciales. Y es así, como lo demuestran los ejemplos que compartiremos más abajo. Pero aprendí que la época post-planetaria no es sólo ni primariamente salir del planeta, sino haberse desconectado del planeta.

En otras palabras, me da la sensación de que el aceleramiento de los viajes espaciales (estaciones espaciales, viajes a Marte) no se basa tanto en la capacidad tecnológica de salir del planeta, sino en el deseo de abandonar el planeta. Pero ¿por qué abandonarlo? ¿Tal mal estamos que ya no podemos salvarlo?

Hace tiempo escuché a alguien de un país latinoamericano diciendo: “Este país está tan mal que resulta más barato comprar uno nuevo que repararlo”. Me pregunto si la época post-planetaria en la que, como dice Scharmer, estamos entrando, significa que estamos tomando consciencia de resulta más económico “abandonar” el planeta que tratar de salvarlo.

Quizá por eso Elon Musk y Jeff Bezos están interesados en viajes espaciales y en la colonización del Sistema Solar. Quizá por eso se ha acelerado la carrera para regresar a la luna y para llegar a Marte. Y quizá por eso empresas como Orion Span no tienen problemas en encontrar a turistas espaciales para su hotel en la Estación Espacial Aurora (a lanzarse en 2021.)

Según la información difundida por Orion Span la semana pasada, 12 días en el espacio costarán 9,5 millones de dólares. Y ya se aceptan reservaciones, con un depósito de 80.000 dólares. Se espera que eventualmente Aurora se convierta en un “condominio espacial”, con personas viviendo allí de tiempo completo y, como consecuencia, que esa actividad establezca la industria inmobiliaria del espacio, con compra, venta o alquiler de apartamentos en la estación espacial.

Pero ¿es la época post-planetaria sólo para los multimillonarios que pueden pagar para salir el planeta?

Resulta aterrador pensar que estamos a punto de presenciar un “arrebatamiento tecnológico” por el cual algunos se van al “cielo” y el resto nos quedamos aquí enfrentando las tribulaciones de un planeta abandonado. 

A veces, el universo escucha nuestros pensamientos

Recientemente un buen amigo me invitó a almorzar para contarme detalles del progreso en un proyecto de ayuda a la comunidad que él comenzó hace décadas y que sigue creciendo tanto en impacto como en resultados. Pero el lugar que él eligió para el encuentro resultó ser un restaurante bastante concurrido y ruidoso, con pocas posibilidades de conversar con tranquilidad.

Sea como fuere, acepté la invitación, pensando en quizá sería mejor cambiar el lugar de la reunión o, de no ser posible, por lo menos pedir una mesa en algún rincón de manera que el ruido no fuese tan molesto y que, por eso, la conversación fuese más fluida.

Pero mientras yo iba de camino al restaurante, mi amigo me envió un mensaje diciendo él ya estaba allí y que ya había pedido una mesa. Obviamente, ya no había oportunidad ni de cambiar el lugar ni de cambiar la mesa. La conversación, me dije, se vería envuelta por un constante ruido de fondo.

Llegué al restaurante y, para mi asombro, estaba cerrado. Había carteles en la puerta indicando que el restaurante no estaba atendiendo al público. Y estaba todo vacío. Pensé que me había equivocado, pero no: yo estaba en el lugar correcto.

Entré al vestíbulo para evitar el ruido de la calle y llamar así a mi amigo, para preguntarle dónde estaba él. Pero antes de yo pudiese llamarlo, se acercó una de las meseras y me preguntó si yo estaba buscando a alguien. Le dije que sí y me respondió: “Su amigo lo está esperando”.

Y allí estaba él, junto a una mesa en el centro del restaurante, con el restaurante totalmente vacío excepto por nosotros dos y el personal de turno, y con una suave música de fondo que yo no había escuchado en visitas previas a ese mismo lugar.

Mi deseo de poder tener una conversación sin ruido de fondo repentinamente se cumplió, pero el tema me confundió. ¿Cómo hizo mi amigo para tener todo un restaurante a su disposición en una transitada esquina de la ciudad y justo al mediodía?

“No lo hice”, me respondió. ¿Y entonces cómo podía ser que el restaurante estuviese abierto sólo para nosotros dos?

“El universo me escuchó”, afirmó.

Resulta que, por cuestiones de sus actividades, mi amigo había llegado al restaurante casi dos horas antes de nuestro encuentro, luego de que se cancelase una cita previa. Y mientras esperaba la hora de nuestra reunión, le informaron que había un problema en la cocina y que si él quería quedarse podía hacerlo, pero debía hacer su pedido en ese momento.

Como ya nos conocemos bien, mi amigo pidió su almuerzo y el mío (que fueron preparados poco después de que yo llegase) y se dedicó a esperarme mientras hacía llamados y contactos. Mientras tanto, las otras personas se fueron. Y, por su paciencia, nos recompensaron no sólo con el restaurante vacío, sino incluso con deliciosos pastelitos sin costo adicional.

El universo nos escucha. Pero nosotros no siempre escuchamos al universo.

Comentario Semanal 26 de marzo de 2018 #772

Recientemente me decidí a tomar un curso en línea porque planteaba una pregunta interesante: Si eres tan inteligente, ¿por qué no eres feliz? Pero cuando me dispuse a escuchar la primera clase, no había sonido en el video. El profesor hablaba y yo podía escucharlo. Fue algo muy frustrante.

Revisé entonces las conexiones del sistema de altoparlantes conectado con la computadora, y, como era de esperar, todo estaba en orden. Obviamente, me aseguré de que los altoparlantes estuviesen encendidos, y la lucecita verde en el frente de uno de ellos así lo indicó. Traté una vez más de escuchar el video y una vez más sólo había silencio.

El misterio se profundizaba y entonces decidí abrir ese mismo video en una tableta, en vez de mirarlo en la computadora, y en la tableta todo funcionaba con normalidad. Pero para esta clase yo preferí usar la computadora porque me resulta más fácil para responder a los cuestionarios o completar las tareas.

El problema, entonces, estaba en la computadora. Usé entonces el programa detector de problemas para ver qué sucedía con mi computadora que me impedía escuchar el video de la clase que me iba a hacer feliz sin quitarme mi inteligencia. Y casi inmediatamente el programa detectó que yo estaba usando un “driver” genérico para el audio en vez de uno específico.

Instalé el nuevo “driver” y, luego de hacerlo, tuve que calibrar los altoparlantes (algo que yo jamás había hecho) para “optimizar” el sonido. Y hasta pude elegir qué clase de sonido yo quería que la computadora imite si, en vez de altoparlantes, yo me decidía a usar auriculares. Ya con todo listo volví a mi curso y… silencio.

Con la computadora descartada como la fuente del problema, la única otra opción que se me ocurrió fue revisar el navegador que yo estaba usando. Quizá, me dije, había algo en la configuración que impedía escuchar los videos. Una minuciosa revisión de la configuración no detectó ningún problema.

El siguiente paso fue determinar si alguna de las extensiones del navegador estaba bloqueando el audio, por el motivo que fuese. Supuse que la extensión que uso para bloquear avisos consideró al video de la clase como un aviso, así que desactivé esa extensión para el sitio web de la clase, volví al video… y nuevamente silencio.

Ya para ese momento el entusiasmo inicial de aprender más sobre la conexión (o no) entre inteligencia y felicidad comenzaba a disiparse. Pero decidí no darme por vencido en mi búsqueda de una y de la otra, por lo que hice lo que debería haber hecho desde el principio del problema: revisar el nivel del volumen del video. E inmediatamente descubrí que estaba en “mudo”.

Me sentí como un principiante de la vida. Ahí estaba yo, tratando de resolver los profundos misterios de la felicidad y la inteligencia, pero no viendo cosas sencillas. Comprendí entonces que la razón por la que uno, siendo inteligente, no es feliz, es que uno no es tan inteligente como cree.

¿Qué debemos hacer cuando nuestros dirigentes resultan nuestros peores enemigos?

Recientemente me encontré, sin haberlo planeado, con un dirigente comunitario de larga trayectoria y reconocimiento por su trabajo supuestamente en beneficio de la comunidad. Y digo “supuestamente” porque, según esta persona, nosotros nos merecemos vivir en la pobreza y la ignorancia. Por eso, ¿qué hacer cuando nuestros dirigentes resultan nuestros peores enemigos?

Me gustaría mucho que el encuentro arriba mencionado con el dirigente comunitario fuese sólo un invento de mi imaginación, pero no es así: fue algo muy real. Y me gustaría aún más que ese tipo de encuentros y de declaraciones fuesen solamente una excepción, pero no es así: se repiten con demasiada frecuencia.

En definitiva, según este dirigente, nosotros debemos ocuparnos de “sobrevivir” ya que no tiene sentido que “gente como nosotros” busque ir a la universidad. De hecho, dijo, “no nacimos para eso”. Según señaló, en vez de pensar en construir un futuro, deberíamos dedicarnos a preservar la tradición en la que hemos sido educados.

Le pregunté, con sincera curiosidad, de qué manera se puede preservar la tradición cuando el mundo ya no es lo que era, cuando el futuro cambió, y cuando la tradición de que la él hablaba es algo que sucedió en otro país y en otra época ya muy distante.

Su respuesta fue que yo debería asistir a su iglesia para escucharlo predicar (su interpretación del mensaje cristiano, agrego yo) y recibir así las respuestas que yo busco.

Debo aclarar que no me opongo ni por un momento a la posibilidad de la revelación divina (sea en el contexto religioso o espiritual que fuese), pero sí me opongo a quienes creen que su dogma equivale a esa revelación y que ellos son los únicos que puedan impartirla o controlarla. Y me disgusta profundamente que luego sean esas personas las que deciden que nosotros debemos vivir en pobreza e ignorancia.

Aún peor, son esas mismas personas las que luego aparecen en los programas de radio y televisión como “expertos”, “sermoneándonos” (en el peor sentido de la palabra) sobre nuestras vidas. Y además se los invita a cuanto comité o grupo de consulta existe, se los recompensa con subsidios y cada año reciben algún premio por sus “aportes”.

Mientras tanto, cuando se descuidan durante una conversación inesperada en un restaurante, revelan sus verdaderas intenciones, las de mantener tan oprimidos como ellos puedan a su propia comunidad, haciéndoles creer que no existen alternativas ni futuro e imponiéndose como el límite de lo que otros pueden alcanzar.

Debido al contexto de la conversación y porque las circunstancias no lo merecían, decidí que era muy prudente mantener la calma ante los disparates que este “dirigente” profería. Y luego llegó lo peor, con comentarios contra las mujeres y contra la comunidad LGBT, a la vez que este dirigente se autodefinía como “con un corazón abierto”.

¿Qué se puede hacer? Con esa clase de personas, poco y nada. Quizá dejar que la divinidad intervenga. Pero ya es hora de crear espacios sagrados de autodescubrimiento para los afectados por esos “dirigentes”.

It's not me: It's the retrovirus on my brain

Francisco Miraval

Some time ago, when I was given the opportunity of teaching philosophy, I asked my students to tell me what the did the day before the class, and then two days before, and we kept going until we found a day where nobody in the room remembered what we did on that day. We have reached the end of our collective, continuous memory.

That exercise helped to demonstrate the connection between memory and personal identity. It is obvious that each of us can say we are who we are because we remember our life (or at least parts of our lives). Yet, sooner or later, we will find a “gap” in our memories. If we take it seriously, we could even doubt about our own identity.

And now there is a new element which can create even more doubts about who we truly are, or we think we are. According to a study published last January in Cell (a specialized magazine focusing on experimental biology), our long-term memories are formed thanks to a virus that infected the brain of our ancestors hundreds of million of years ago.

And that virus, or its successors, act now as a platform for our neurons to communicate with each other and, therefore, to create our memories. (For technical details and explanations, please see the above-mentioned publication.)

So, it can be said that everything I remember about my past and also about my expectations about the future is the result of the HIV retrovirus infecting a mammal 400 million years ago. Thanks to that infection, we have now the Arc protein, which is the based for the neurochemical operations of our brains.

I can say, then, that I am not who I think I am. I am just the result of an old virus infection an extinct animal. According to the researchers, without that infection, our brain wouldn’t have the “plasticity” needed to create long-term memories.

In other words, the Arc proteins, needed to have memories, are similar to those retroviruses that infected our ancestors. In the same way that viruses spread their genetic material from cell to cell, Arc proteins encapsulate their ARN and transfer it from neuron to neuron, thus creating memories.

I feel now it’s not me remembering “my” past. After all, “I” don’t even now that a certain infection “created” the proteins now playing games with “my” neurons. Perhaps “I” don’t now it because there is no real “I” to know it.

Should I be upset to this new strike against my own sense of being human? Perhaps I should feel relieved. If fact, it doesn’t matter if I am upset or relieved because there are perhaps many more “viruses” infecting my brain and playing games with my mind.

Is there any reason why I should know that a brain infection that happened hundreds of millions of years ago is still affecting me? Perhaps we should realize how much we still don’t know about what it truly means to be human.

No soy yo: es un antiguo virus en mi cerebro

Francisco Miraval

En algún momento cuando tuve la oportunidad de enseñar filosofía, con frecuencia les pedí a mis estudiantes que me dijesen lo que habían hecho el día anterior, y luego dos días antes y así sucesivamente hasta que llegábamos a un “día” en el que nadie en la clase recordaba lo que había hecho.

El ejercicio ayudaba a demostrar la conexión entre memoria e identidad personal. Como es obvio, cada uno de nosotros decimos que somos nosotros porque asumimos que nuestros recuerdos son parte de nuestra vida. Pero tarde o temprano llegamos a una “laguna” en nuestros recuerdos, que, si la tomamos seriamente, nos lleva a dudar de nuestra propia identidad.

Pero ahora se suma un nuevo elemento a esas dudas sobre si realmente somos quienes decimos o creemos que somos. Según un estudio publicado en enero pasado en la revista especializada Cell (Célula), nuestra memoria, nuestros recuerdos a largo plazo se forman gracias a que en algún momento hace cientos de millones de años un virus infectó el cerebro de nuestros antepasados.

Y ese virus (o su sucesor) sirve ahora como la plataforma que usan las neuronas para comunicarse unas con otras y, como consecuencia, para formar los recuerdos.

Entonces, todo lo que yo creo que soy, lo que recuerdo de mi pasado, e incluso lo que recuerdo de mis expectativas del futuro, se reduce a que hace unos 400 millones de años los antepasados del retrovirus VIH infectaron a un mamífero que, gracias a esa infección, desarrolló las proteínas Arc que son la base de las operaciones neuroquímicas de los cerebros humanos actuales.

Entonces, ya no soy yo, sino una infección virósica del pasado remoto en animales extintos lo que me da mi identidad. Sin esa infección, dicen los investigadores, nuestro cerebro carecería de la plasticidad necesaria para formar recuerdos a largo plazo.

En otras palabras, las proteínas Arc sin las cuales no hay recuerdos “se parecen mucho” a aquellos retrovirus del pasado: así como los virus dispersan su material genético de una célula a la otra, las proteínas Arc encapsulan su ácido ribonucleico (ARN) y lo transfieren de una neurona a otra.

Dicho de otro modo (esto lo agrego yo), no estoy recordando mi pasado, ni padeciendo de una especie de infección en la que ciertas proteínas juegan con mis neuronas, todo sin que “yo” lo sepa, quizá porque no hay en definitiva ningún “yo” para saberlo.

No sé si sentirme enojado por este nuevo golpe de la ciencia a mi humanidad, o si sentirme aliviado. De hecho, no importa cómo me sienta porque ya no sé si soy yo el que siente enojo o alivio, o si algún otro virus (o sus descendientes) hasta ahora ocultos siguen jugando con mi cerebro.

A la vez, ¿de qué me sirve saber que mis recuerdos se basan en una infección cerebral ocurrida a cientos de millones de años? Quizá sólo sirva para pensar que aún quedan otros misterios a explorar hasta llegar un día a descubrir algún quiénes realmente somos.

What should we talk about when we are told “not to talk about that”?

Francisco Miraval

I was recently invited to talk to a group of community leaders and I decided to talk about one of the topics that I have been studying for many years: the emerging future. The presentation and the dialogue went well, even when of the participants said, “We shouldn’t be talking about that”.

I asked the participant –not in a confrontational way, but with sincere curiosity– what then should be the topic of a conversation among community leaders if we can’t talk about the future. The answer was clear and immediate: we should talk about “work” and about “practical things”.

I was tempted to ask the participants to raise their hands if they were over 18 to see how many “adults” were in the room. Obviously, I said nothing of that. I simply asked again, this time more firmly, what should be the topic of the dialogue if we can’t talk about the future. If, as it is clear, things are not working in the present and if the future is no longer a continuation of the past, why can’t we talk about the future?

I was not trying to “force” my presentation on the group. After all, what I was about to tell them I already knew it. I was more interested in listening to the group –most of them with college degrees and years of experience–, to see what they had to say about their experience of the tension between a present (almost) impossible to understand and a future (almost) impossible to anticipate.

My desires were fulfilled only up to a point because some participants “suddenly remembered” they had other meetings or places to go and others “suddenly” received phone calls they had to answer. A few decided to stay, and we had a good, solid, productive conversation.

Later, on my way back and with time to reflect, I understood two things. First, it was the case that participants didn’t want to listen to me or to talk about the future: they didn’t want to listen to themselves.

One of the participants told me that, despite his studies, degrees, and experience, in spite of all that and of his high position in the organization, he was still unable to understand what was happening in the community and. therefore, he was unable to respond in any meaningful way to the needs in the community.

In other words, that nameless feeling of sending that in the emerging future they will become obsoletes, instead of listening to that challenge, they decided not to listen, a natural reaction of protecting oneself by closing your mind, heart, and ears instead of challenging oneself in the new future.

Second, I also understood that if you are not in a safe, secure, comfortable place, it would be difficult for anybody to become aware of his/her adherence to obsolete ideas and of the need to mature as a person. And then I realized that I myself had to let go some of my own obsolete ideas.

¿De qué se habla cuando “de eso no se puede hablar”?

Francisco Miraval

Recientemente me invitaron a hablar ante un grupo de dirigentes de uno de los temas que más acapara mi atención desde hace mucho tiempo: el futuro emergente. Y la presentación y el diálogo estuvieron bien, incluso cuando uno de los participantes expresó “De eso no se habla”.

Le pregunté, entonces, no de manera controversial, sino con auténtica curiosidad, de qué deben hablar los dirigentes si no pueden hablar del futuro. Su respuesta fue clara e inmediata: debemos hablar del trabajo y de “cosas prácticas”.

Estuve tentado a pedirles a los participantes que levantasen sus manos aquellas personas en la sala que tuviesen más de 18 años para ver si de esa manera resulta posible identificar a algún adulto en la audiencia. Y hasta pensé que los robots inteligentes no necesitan realmente ser tan inteligentes para ser más inteligentes que los humanos.

Obviamente, no dije nada de eso, y volví a preguntar, esta vez con más firmeza, de qué se puede hablar si no se puede hablar del futuro. Si, como es obvio, las cosas no están funcionando en el presente, y si el futuro ya no es continuidad del pasado, ¿por qué no se puede hablar del futuro?

Debo aclarar que yo no estaba empecinado en proseguir con el tema porque, después de todo, lo que yo pensaba compartir yo ya lo sé. Me interesó mucho más escuchar lo que los miembros de este grupo, la mayoría de ellos con títulos universitarios y años de experiencia, tenían o querían decir sobre esa tensión entre un presente imposible de entender y un futuro imposible de anticipar.

Mis deseos, sin embargo, se cumplieron sólo de manera parcial, ya que “repentinamente” varios de los participantes se “acordaron” de reuniones o citas en las que tenían que estar y otros “repentinamente” recibieron llamados telefónicos. Unos pocos se quedaron y con ellos pudimos tener una conversación sincera y productiva.

Luego, ya regresando a la casa y con más tiempo para reflexionar, entendí dos cosas. Primero, no era que los participantes del grupo no querían escucharme o no querían escuchar el tema, sino que ellos no querían escucharse a ellos mismos.

Como uno de los participantes expresó, a pesar de sus estudios, títulos y experiencia, aún así esa persona, con un alto puesto en la organización, no podía entender lo que estaba sucediendo en la comunidad y, por eso, tampoco podía responder de una manera significativa a las necesidades comunitarias.

Dicho de otro modo, al intuir que hay cierta verdad en entender que el nuevo futuro nos hace automáticamente obsoletos, en vez de escuchar esa idea, prefirieron, casi como un acto de protección natural, cerrar sus oídos, mentes y corazones al desafío de reencontrarse con ellos mismos en un nuevo futuro.

Segundo, también entendí que, si no se está trabajando en un ambiente seguro, protegido y cómodo, es difícil tomar consciencia de estar adheridos a ideas obsoletas y de la necesidad de madurar.  Y en ese proceso, yo también tomé consciencia de mis propias ideas limitantes.

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