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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Cuánto más expandas tu pasado, más expandirás tu futuro

En el último capítulo de su libro escrito en 1932 sobre los filósofos del siglo 18, el historiador estadounidense Carl Becker argumenta (en mi opinión, acertadamente) que cuánto más una expanda la consciencia de su propio pasado (tanto a nivel personal como histórico), más expandirá uno su propio futuro.

Específicamente, dice Becker, “Cuánto más del pasado uno trae al presente consciente, más de un hipotético futuro se agolpa en el presente”.  Goethe decía algo similar cuando afirmaba que se deben conocer 3000 años de historia para no vagabundear en la oscuridad del presente. Y Agustín de Hipona, en sus Confesiones, hablaba de la memoria como punto de partida del futuro.

Para citar nuevamente a Becker: “Si nuestros recuerdos del pasado son cortos y vacíos, nuestras anticipaciones del porvenir también probablemente lo serán”. O, como Becker lo explica: “Las riquezas y extensión de uno (el futuro) dependen de esas mismas características en el otro (el pasado)”.

Pero si aceptamos lo que dice Becker, es decir, que la duración y profundidad de nuestro pasado determina o por lo menos anticipa con cierta probabilidad la duración y profundidad de nuestro futuro, ¿qué significa eso para nosotros, ciudadanos del siglo 21 que vivimos atrapados en un efímero presente, tan efímero que se vuelve inmediatamente obsoleto?

¿Significa eso que nuestro futuro también será efímero y automáticamente obsoleto? En mi opinión (basada en años de estudios y lecturas sobre el tema), sí.

Si todo aquello de lo cual tenemos consciencia es el “hoy” y, aún peor, un “hoy” descontextualizado y sin historia (como si lo que sucede hoy hubiese surgido espontáneamente), entonces tampoco tendremos consciencia del futuro emergente, que ya no es continuidad del pasado ni puede entenderse a partir del pasado.

En otras palabras, el pasado, lejos de ser algo que ya pasó, es, argumenta Becker, la consciencia presente de lo que ya pasó. Desde esa perspectiva, todo pasado y toda historia son presente. Y por eso mismo, el futuro no es algo que todavía no pasó, sino algo que ya existe en el presente, tengamos o no consciencia de esa existencia.

Pero si ni siquiera tenemos consciencia de nosotros mismos, si vivimos en un perpetuo estado de autoalienación, si combatimos nuestra transformación (metamorfosis) como la oruga combate la suya creyéndola una enfermedad, entonces jamás podremos conocer nuestro pasado ni conectarnos con la fuente de lo que somos. Por eso mismo, no podremos conectarnos con la mejor versión futura de nosotros mismos para traerla al presente.

Eso no significa que vivamos vidas desagradables, problemáticas o miserables. Ni tampoco nos hace malas personas (o buenas). Sólo significa que hemos adoptado un modelo de eventos autolimitante.

Como dice Becker, “la memoria del pasado y la anticipación del futuro trabajan juntas, sin disputarse ni prioridad ni liderazgo”. Desde esa perspectiva la consciencia del presente es un patrón de pensamiento en el que instantáneamente se entrelazan los recuerdos y las anticipaciones.

Más sucintamente, si no recordamos a nuestros abuelos (o nuestros ancestros) no podremos pensar en nuestros nietos (posteridad.)

“Todavía somos esclavos” afirmó asombrada la mujer

Recientemente me invitaron a participar de un encuentro de dirigentes comunitarios de varias organizaciones y grupos para desarrollar un proyecto en común. En la segunda hora del encuentro y sin previo aviso, una de las participantes se paró y anunció “Todavía somos esclavos”, para el asombro de ella misma y del resto de los congregados.

La mujer, una veterana dirigente afroamericana, contó entonces que cuando ella era una niña, sus abuelos cultivaban la mayoría de sus frutas y verduras en lo que en aquella época eran las afueras de la ciudad. Luego, ya en su juventud, esos cultivos fueron prohibidos por las autoridades locales, por lo que la tarea se trasladó a un jardín comunitario.

Y hace pocas semanas ese jardín fue cerrado, debido a la falta de cooperación entre el dueño del lugar y las autoridades locales sobre uso del agua para regar las plantas.

Al reflexionar sobre ese hecho, la dirigente afirmó que su pueblo (y, agrego yo, lo mismo les pasa a muchos otros pueblos) que, aunque supuestamente libres, ni siquiera pueden producir sus propios alimentos o decidir qué van a comer. De esa manera, dijo, no solamente las comidas tradicionales, sino también las historias que acompañan a esas comidas se van perdiendo.

Y una vez que se pierde la memoria propia y comunitaria, cuando uno ya no sabe lo que come ni por qué lo come, y, aún peor, uno ni siquiera sabe quién es uno mismo, por más libre que uno se sienta, por más oportunidades que uno tenga, uno se ha vuelto esclavo.

La dirigente estableció un breve paralelismo con la esclavitud de la comunidad africana y afroamericana en Estados Unidos, pero inmediatamente regresó al presente, afirmando que “nuestra esclavitud” (sus palabras) es aún peor, porque por lo menos los esclavos del pasado se sabían esclavos, mientras que nosotros nos creemos libres.

Esas expresiones me recordaron un artículo de febrero de este año en el que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (que reside en Alemania) afirma que “Ahora uno se explota a sí mismo y uno cree que está realizándose”.

Específicamente, dijo Han, la sociedad que Orwell describe en su famoso libre 1984 era “una sociedad consciente de que estaba siendo dominada”. Pero hoy, según este filósofo, “no tenemos ni consciencia de la dominación”.

Para Han, ahora vivimos en una constante autoexplotación y “con pavor hacia el otro”. Por eso, vivimos “en el desierto o el infierno de lo igual”. Y entonces, ¿en qué sentido somos esclavos? En que ya no podemos ser distintos porque ser distintos significa ser iguales a todos los que quieren ser distintos. Aún peor, ser distinto ahora equivale a “diferencias comercializables”.

¿Cómo se sale entonces de ese encierro que lleva a abolir la realidad? Han propone una fórmula sencilla: cultivar un jardín propio como una manera de retomar el contacto con la realidad de “colores, olores y sensaciones”, es decir, con lo otro, lo distinto, lo diferente.

Intuitivamente, la dirigente afroamericana ya lo sabía. Esa es la verdadera sabiduría.

 

¿Detrás de qué círculo de excusas nos escondemos del nuevo futuro?

Recientemente tuve el privilegio de hacer una presentación comunitaria sobre el futuro emergente y esa presentación me permitió escuchar una vez más una larga lista de excusas que invocamos (porque yo me incluyo) para negarnos a ser parte del nuevo futuro y para escondernos en un pasado que sólo existe en nuestra nostálgica imaginación.

“No entiendo nada sobre la inteligencia artificial”, expresó uno de los participantes. Le pregunté entonces qué había leído o escuchado sobre la inteligencia artificial, y me respondió: “Nada, porque no entiendo nada. ¿Para qué voy a leer?”

En otras palabras, no entiende nada sobre el tema porque no se ha informado sobre ese tema, pero a la vez no se ha informado porque asume que no entiende nada. Un interesante círculo de excusas que con cada repetición se vuelve a la vez más profundo y menos visible.

Y luego otro participante comentó: “Yo no puedo ahorrar porque no tengo dinero”. Obviamente, no tiene dinero porque no puede ahorrar, pero esa segunda parte de la ecuación no fue mencionada y probablemente no fue tenida en cuenta por el participante en el encuentro como algo inseparable de lo que ya había dicho.

Además, se repitieron conocidas excusas que amablemente buscan racionalizar y justificar mantener la mente, el corazón y la voluntad cerrados. “Eso no es lo que me enseñó mi abuela”, aseveró una persona. “Mi pastor (sacerdote) dice que no”, enfatizó otra. “Mi hijo me dijo que no es así”, declaró alguien más.

Preguntarles “¿Y usted qué piensa?” resultó equivalente a pedirles que repitiesen las mismas excusas que ya habían expresado. Y allí seguían y seguíamos, tan encerrados dentro de la caverna de nuestros propios pensamientos como aquellos desdichados encerrados dentro de la famosa caverna de la que hablar Platón en La República.

Alguien dijo que la mayor adicción moderna no es la adicción a las drogas o los vicios, sino la adicción a nuestros propios pensamientos. Y es verdad. Nos volvemos adictos a nuestros propios pensamientos y, como toda adicción que se precie de tal, ni siquiera sabemos que somos adictos.

Damos vueltas en círculos dentro la cámara del eco para escuchar una y otra vez lo que pensamos, con la paradoja que los pensamientos no pensados, es decir, aquellos aceptados acríticamente, son los que aceptamos porque se adecuan a nuestras necesidades o a nuestra realidad. Y por eso los llamamos “verdad”.

Pero el nuevo futuro exige desafiar nuestros pensamientos (y creencias, acciones, conductas, esperanzas y sospechas). De lo contrario no sería ni “nuevo” ni futuro, sino una mera extensión del pasado o una infinita repetición del presente.

No necesito que me enseñen cómo deletrear “banana”, pero escribamos “futuro” juntos

Recientemente, para satisfacer mi deseo de comer una cierta fruta, fui a una muy conocida cadena de supermercados a comprar esa fruta. Como esa era mi única compra, decidí evitar el cajero humano e ir directamente a la caja de pago automático. Puse la fruta en el lugar correspondiente para pesarla y en ese mismo instante me interrumpió un empleado.

Sin previo aviso, el hombre (blanco, anciano), me dijo que él podía ayudarme a deletrear “banana”. Sinceramente pensé que era una broma, por lo que me reí y lo ignoré. Pero entonces me dijo que si yo no sabía escribir “banana”, él lo haría por mí.

Tuve deseos de preguntarle si él iba a escribir “banana” en inglés o en español y si él sabía si “banana” se escribía con hache o sin hache. Pero no hice nada de eso. Simplemente le pregunté (en inglés): ¿Cuál es el problema? ¿Hay algún problema conmigo?

Al escucharme hablar en inglés, el empleado de la conocidísima cadena de supermercados hizo algo inesperado: salió corriendo tan rápido como pudo. Se alejó de mí y se “refugió” detrás de uno de los mostradores. Y allí se quedó, escondido.

El incidente me molestó, pero no sólo porque un ignorante de la realidad asume que si alguien no se parece a él la otra persona es analfabeta y él tiene la “obligación” de “ayudar” a esa otra persona. Lamentablemente, el mundo está lleno de personas con ese tipo de prejuicios (cada uno de nosotros incluidos).

Se dice que no vemos las cosas como son, sino que vemos las cosas como somos. Y es verdad.

La verdadera molestia surgió más bien de una cierta urgencia existencial. Porque mientras que algunos creen que somos analfabetos y nos tratan como tales, el mundo se mueve rápidamente en una dirección en la que los (falsos) conocimientos de los prejuiciosos no van a ser suficientes para ser parte del nuevo futuro.

Así por lo menos lo demuestran los anuncios realizados durante el Foro C2 en Montreal la semana pasada, donde se habló de inteligencia artificial y de blockchain (bloques encadenados). Básicamente, los expertos afirmaron que todas las industrias y organizaciones serán transformadas en el futuro cercano.

De hecho, en ese foro se habló de cómo la inteligencia artificial ya ayuda a proyectos humanitarios y de caridad, y a iniciativas de cambios globales. Además, se presentaron nuevas tecnologías de bioimpresoras para imprimir órganos humanos.

Además, material desarrollado por MIT permite que ese material se programe y ensamble a sí mismo (por ejemplo, eventualmente un carro podría construirse a sí mismo, sin máquinas que lo construyan.) En 2020, la inteligencia artificial dominará todos los aspectos de la economía y de las finanzas, con consecuencias todavía desconocidas para los humanos. Y ese cambio se está acelerando.

Como bien se dijo en el foro en Montreal, el futuro es una realidad presente.

Yo sé escribir “banana”. Pero señor, ¿usted sabe escribir “futuro”? (Se escribe “poderosa innovación de transformación mundial”.)  ¿Qué le parece si lo escribimos juntos?

 

No nos apresuremos a negar la posibilidad de pulpos extraterrestres inteligentes

Hace sólo una semana (13 de mayo de 2018), más de 30 científicos de universidades de todo el mundo publicaron un artículo en una revista especializada analizando la causa de la llamada “explosión cámbrica” (la “explosión” de vida en la tierra hace 500 millones de años). Y la conclusión es que esa causa no sería de origen terrestre, sino cósmico (extraterrestre.)

El reporte, a cargo del Dr. Edward Steele y sus numerosos colaboradores, fue publicado en la revista Progreso en Biofísica y Biología Molecular y afirma que la llegada de virus del espacio habría causado una “diversificación evolucionaria” en la tierra. Y, en ese contexto, la inteligencia de los pulpos (cefalópodos) sería una indicación de su origen cósmico.

Dicho de otro modo, los pulpos son inteligentes porque su inteligencia vino del espacio exterior, ya que de otra manera resulta difícil explicar la evolución de la compleja inteligencia de los pulpos.

En definitiva, agrego yo, los pulpos serían los seres extraterrestres inteligentes que siempre estuvimos buscando (o quizá sus distantes descendientes.)

Obviamente, tan pronto como el artículo se publicó, científicos, expertos y comentaristas se apresuraron a decir que la hipótesis de un origen extraterrestre de los pulpos es, en el mejor de los casos, inaceptable y, en el peor de los casos, simplemente ridícula. Después de todo, ¿quién se atrevería a decir que los pulpos son inteligentes porque provienen del espacio?

Personalmente, no sé de dónde provienen los pulpos. Esa es una de las muchísimas cosas que no sé. Pero sí que en algún momento los “expertos” y los “científicos” afirmaban que la tierra era plana. Y cuando ya fue imposible negar que la tierra es redonda, esos mismos “expertos” y “científicos” afirmaban que la tierra era el centro del universo.

Eventualmente, la tierra perdió su lugar de privilegio en el centro del universo, pero entonces (hasta mediados del siglo pasado) se creía que nuestra galaxia, la Vía Láctea, era todo el universo.

Y se necesitaron varias décadas de experimentos para que reluctantemente se aceptase que la Vía Láctea es sólo una de las incontables galaxias del universo. Y quizá nuestro universo sea sólo uno en una pluralidad de universos.

Y hasta hace sólo un par de siglos se rechazaba el origen espacial de los meteoritos. Los científicos decían que piedras pesadas no podían elevarse tan alto como para caer del cielo y que, si eso sucediese, esas piedras simplemente caerían, pero no se quemarían. Así, los “expertos” descartaban los reportes y observaciones de meteoritos cayendo a la tierra.

Y fue sólo en el siglo pasado cuando finalmente se aceptó la teoría de que los continentes se mueven, a pesar de que esa hipótesis ya había sido propuesta mucho tiempo antes. Pero, cuando se propuso, fue tan ridiculizada como la hipótesis de meteoritos cayendo del cielo o de pulpos extraterrestres.

Por eso, decir “Eso no puede ser así” resulta peligroso, porque revela más una lealtad a ciertas ideas y grupos que una apertura a una nueva forma de ver la realidad.

¿Qué palabra o idea te impide avanzar?

Recientemente, y por casualidad, tuve la posibilidad de conversar con un educador, ya jubilado, a quien le pedí que me diese su definición de “educación”. El veterano docente inmediatamente respondió que, para él, educación consiste en determinar cuáles son las palabras que se interponen en el progreso de los estudiantes y ayudar a esos estudiantes a superar ese obstáculo.

Siempre hablando sobre estudiantes en los primeros grados de la escuela primaria, este educador compartió varios ejemplos sobre estudiantes que, cuando llegan a una palabra que no conocen, allí se quedan, sin saber qué hacer e incluso sin pedir ayuda.

Pero esos son los casos más fáciles de resolver, me dijo el educador, porque el estudiante reconoce que repentinamente se encontró con algo que él o ella no sabe. Por eso, en el contexto adecuado y las técnicas correctas, se puede ayudar a ese estudiante a aprender y entender la “nueva” palabra.

Otro caso, un poco más complejo, es el de aquel estudiante que, cuando llega a una cierta palabra (sea en la escuela o en la vida en general) cree que ya conoce lo que esa palabra significa, cuando en realidad conoce un solo significado de la palabra. Como consecuencia, el estudiante llega a conclusiones erróneas (y en muchos casos absurdas y cómicas) sobre lo que lee o escucha.

Estos casos son más difíciles de resolver porque el estudiante involucrado asume que entendió lo que leyó o escuchó, cuando en realidad no lo entendió. Y el tema también es complicado porque los niños pequeños, dijo el educador, no siempre entienden con facilidad que una misma palabra puede tener más de un significado. (Piénsese en todos los significados de “uno”.)

Basándose en la sabiduría y experiencia acumulada a lo largo de los años y, dicho sea de paso, en varios títulos universitarios avanzados, el veterano educador me indicó que existe un caso aún más complicado que el del estudiante que no sabe el significado de una palabra o que sólo conoce un significado de una palabra con múltiples significados. Y ese caso aún más complicado, me dijo, es el de los adultos, y especialmente los adultos profesionales.

¿Por qué? Porque al contrario de lo que lo hacen los niños (dejan de leer si no entienden una palabra), los adultos siguen leyendo y crean sus propios significados para las palabras o ideas que no entienden. El problema se agudiza entre los profesionales porque no pueden admitir que no saben algo.

Y entonces, dijo, esos adultos profesionales, en vez de trastabillar en la piedra de su ignorancia, siguen caminado por el camino de la ignorancia, creyendo que saben.

Parte de la razón, afirmó el educador, es que no se les ha enseñado a esos adultos (o no lo han querido aprender) a tomarse un momento de reflexión, de mirar hacia adentro, cuando se encuentran frente a un “pequeño misterio”, como el significado de una palabra o una idea desconocida.

Cada palabra o idea que te hace trastabillar es una gran oportunidad de autodescubrimiento.

Una percepción limitada crea una realidad limitada y sus consecuencias

Parafraseando a Ortega y Gasset, podríamos decir que “yo soy yo y mis consecuencias”, es decir, las consecuencias (muchas veces no asumidas) de vivir en una realidad limitada por mis propios pensamientos, de creer que esa realidad parcial es la realidad total, y de insistir que todo y todos deben entonces ajustarse a esa realidad.

Un reciente incidente en la Universidad Estatal de Colorado en Fort Collins ilustra ese enfoque.

Durante una visita guiada a esa universidad, la madre de uno de los futuros estudiantes llamó a la policía informando que dos jóvenes que no formaban parte del grupo se habían unido al grupo y actuaban de manera extraña. Y uno de ellos, dijo la mujer, seguramente era mexicano. La policía llegó, detuvo a los muchachos por un tiempo, y los interrogó.

Resultó ser que todo lo que la mujer había dicho era falso. Los estudiantes eran parte del grupo (habían llegado tarde al lugar tras viajar siete horas hasta la universidad), simplemente no sabían qué responder a las preguntas que les hacían (me ha pasado más de una vez) y no eran mexicanos, sino nativos de Nuevo México en su primera visita a la universidad.

No me quedan dudas de lo sucedido: la mujer (no identificada) vio a dos jóvenes que no iban vestidos de la manera que para ella es “normal”, ni actuaban de la manera que para ella es “normal”, ni respondían de la misma manera que para ella es “normal” y, entonces, hizo lo que cualquiera haría en esas circunstancias: llamar a la policía.

Pero resulta que los estudiantes provienen de una familia humilde, que su único deseo era visitar la universidad y que no estaban preparados para participar en la miríada de preguntas a las que uno tiene que responder al inicio de la visita para presentarse. (Debo confesar que a mí tampoco no me gustan mucho esas dinámicas grupales para “quebrar el hielo.”)

Eso era todo. Los muchachos estaban donde debían estar y estaban haciendo lo que debían hacer. Pero, por no parecerse a los otros, los “otros” asumieron que era mejor llamar a la policía. Así como muchas universidades tratan a “los que no son como yo”. Me ha pasado personalmente en más de una ocasión, pero no voy a dar detalles.

En su libro El Canto del Pájaro, Anthony De Mello comparte la historia de dos diablitos que un día se encontraron con un pedazo de verdad tirado en el suelo. Uno de los diablitos se asustó y pensó que era mejor esconderlo. El otro, más sabio, le dijo que era mejor dejar ese pedazo de verdad donde estaba porque “vendrá un humano y creerá que esa la verdad completa”.

Obviamente, creer que “mi” verdad es “la” verdad no solamente es una clara indicación de narcicismo y de encierro intelectual, sino también de inmadurez personal. En un mundo globalizado e interconectado, asumir que existe una sola manera de pensar y vivir y que esa manera es la propia representa una inexcusable arrogancia.

Las máquinas ya leen nuestra mente y nosotros no leemos las de ellas

Hace 90 años, Carl Jung escribía, citando a Heráclito, que la humanidad corre en la dirección opuesta a la que quiere o debe dirigirse. Mi mente pequeña de poco sirve para entender las ideas de uno u otro destacado pensador, pero eso no significa que de alguna manera uno no pueda sentir, aunque no verbalizar, la verdad de esa afirmación.

Todo indicaría que, tras miles de años de progreso, evolución, civilización, o como quiera llamárselo, ya deberíamos haber resuelto muchos de los problemas que nos aquejan y ya deberíamos haber alcanzados las metas por las que trabajaron y que sólo podían soñar nuestros antepasados.

Pocas dudas quedan que en nuestra época contamos con los conocimientos, la ciencia y la tecnología como para terminar con el hambre y la pobreza a nivel mundial. Y quizá hasta podamos brindar una educación decente (es decir, liberadora) a casi todos en el planeta, así como servicios médicos a muchos, sino a todos.

Pero ese mismo “progreso” que nos ha llevado a la globalización de la tecnociencia, también parece habernos llevado al olvido del pasado y la incertidumbre del futuro, es decir, a vivir sin saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos, pero habiéndonos olvidado de ambas preguntas y luego habiéndonos olvidado de nuestro propio olvido.

Después de todo, ¿quién tiene tiempo o deseos de leer 2500 años de pensamiento occidental? Seamos honestos: ni siquiera nos tomamos pocos minutos para meditar, aunque estudio tras estudio demuestra que unos pocos minutos de meditación diaria generan importantes beneficios para la mente y para el cuerpo.

Queremos perpetuar un pasado que nunca existió, que es sólo el invento de una melancólica y nostálgica imaginación. Queremos imponerles a otros, incluso por la fuerza, la idea de que nuestro presente es el único que merece ser vivido y que cualquier otra expresión del presente, por apartarse de la nuestra, merece ser discontinuada. Y, por eso, no queremos abrirnos al futuro.

De hecho, tanto no queremos abrirnos al futuro que creemos que si no logramos nuestros objetivos (a nivel personal, comunitario, o nacional), la única alternativa es el fin del mundo. Nos creemos en control del Apocalipsis (entendido en la versión de Hollywood.) Y por eso nos gusta propagar el miedo y hasta nos acostumbramos a vivir con miedo.

Obviamente, no todos somos así. Existe un considerable número de personas que, como Heráclito y Jung, son conscientes de lo que otros permanecen inconscientes. Son conscientes que estamos yendo precisamente en la dirección opuesta a la proclamamos ir. Y estamos corriendo en esa dirección.

Y mientras nosotros no nos conocemos a nosotros mismos, las máquinas, como AlterEgo (creada por estudiantes de MIT), pueden leer nuestros pensamientos inconscientes al detectar pequeños movimientos neuromusculares en nuestros rostros.

AlterEgo sabe lo que pensamos cuando nosotros no sabemos lo que pensamos ni tampoco sabemos lo que piensa AlterEgo (asumiendo que piensa).

Quizá un día los descendientes de AlterEgo descubrirán por qué los humanos, a pesar de nuestro potencial, sólo somos realmente buenos en autodestruirnos.

“No se debe generalizar y eso ya todos lo saben”

Alguna vez escuché decir a un tío mío “Ya te dije un millón de veces que no seas exagerado”. Se trataba, obviamente, de una broma basada en la contradicción interna del pensamiento expresado en la frase. Bromas aparte, cada vez me encuentro con más personas que usan frases similares y no lo hacen en broma.

Recientemente, por ejemplo, alguien me dijo que “No se puede generalizar”, pero inmediatamente agregó “Y eso todos lo saben”. Decir que “todos lo saben” es, como queda claro, una generalización, precisamente lo que está persona dijo que no se podía hacer. Pero a esta persona no pareció importarle tal contradicción. De hecho, no creo que la haya visto.

La misma persona me dijo que, basada en lo que ella veía en su lugar de trabajo, ni allí ni en ningún otro lugar existían los problemas de los que estábamos hablando. A ver si queda claro: tras decirme que no se puede generalizar, esta persona usa su experiencia en un solo lugar y la generaliza a todos los otros lugares similares para luego llegar a sus propias conclusiones.

Más allá de la posible validez de las conclusiones, la ausencia de consciencia de la contradicción incrustada en el argumento hace pensar en el no pensar que ahora parece ser la norma para todo “diálogo” (o, quizá mejor, monólogos alternados.)

Y luego recibí el mensaje de una persona que decía algo con lo que estoy muy de acuerdo: una imagen vale más que mil palabras. Y para enfatizar y aclarar ese punto, esta persona escribió un mensaje de casi mil palabras y sin ninguna imagen.

A ver si nos entendemos: una imagen vale más que mil palabras (muy cierto), y para que lo entiendas te lo explico en mil palabras, pero sin ninguna imagen.

Otra vez, sentí que la obvia contradicción no había sido ni siquiera percibida, como si no existiese o como si fuese irrelevante al pensamiento o la comunicación.

Y ni que hablar de aquella persona que me envía un mensaje diciendo que “Dios ama a todos en el universo” y luego en el siguiente mensaje le pide a “Dios” que “aniquile con fuego” a aquellos que no están de acuerdo con la particular expresión de fe esa persona. ¡Vaya amor universal!

Quiero ser claro que no estoy hablando de ambigüedades en la comunicación (algo muy común y frecuente), ni tampoco de personas que cambian de opinión, con o sin motivo, y hoy dicen una cosa y mañana otra distinta. Eso es posible y, de hecho, es algo muy conocido: estoy hablando de personas que se contradicen a ellas mismas en una sola y misma frase y no lo saben.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué preocuparse si alguien se contradice y no toma consciencia de que lo dice es contradictorio? Ante todo, porque no pensar no es una broma, ya que estamos hablando de contradicciones que llevan a tomar decisiones y a la acción. Y además, porque el no pensar impide conocerse a uno mismo.

El innegable problema de mentes ansiosas, distraídas y vacías

Pocas dudas caben, si alguna, que vivimos en una época en la que nuestro cerebro prehistórico resulta de limita ayuda para entender y responder a impensables desafíos, para los que no fuimos diseñados. Encender fuego dentro de una cueva está a nuestro alcance. Salvar un planeta globalizado y tecnificado aparentemente no.

Y esas mentes nuestras que todavía usan ideas del siglo 19 enseñadas e impulsadas por personas del siglo 20 para tratar de entender el siglo 21 no solamente están cada vez más desconectadas de la realidad, sino que están cada vez más ansiosas, distraídas y vacías.

Tal afirmación, con todos casi ofensivos sobre la capacidad de nuestras mentes (aunque no es nuestra intensión ofender), se basa en la lista de libros y temas incluidos en el catálogo más reciente de publicaciones sobre la mente y el cerebro publicado por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT).

Uno de los libros propone, por ejemplo, que, ante la situación actual de nuestras mentes, deberíamos vivir toda la vida en un estado de jardín de infantes (kindergarten), para poder así dedicar nuestra vida a nuestras pasiones, juegos y amigos. (Me da la impresión de que muchas personas ya viven una vida en la que nunca han superado la etapa del jardín de infantes.)

Otro libro afirma, y con razón, que nuestra ignorancia ya ha llegado a tal nivel que hasta ignoramos nuestra ignorancia y, en el mejor de los casos, la confundimos con ausencia de conocimiento, aunque con mayor frecuencia se la confunde simplemente con conocimiento. (Un reciente estudio publicado por Harvard habla de la época de la “ignorancia agresiva”.)

Aún otro libro en el catálogo mencionado sostiene que tenemos mentes sin significado, en el sentido que no entendemos ni siquiera nuestras propias ideas o conceptos. Y otro libro más llega incluso a decir que nuestras mentes no tienen contenido. Mentes vacías, en otras palabras.

Nada de eso es nuevo. Ya en la antigüedad filósofos y pensadores se quejaban de adultos inmaduros, de vidas no examinadas, de pensamientos repetidos. pero no pensados; de charlatanería confundida con sabiduría y sabiduría rebajada a charlatanería.

Y ahora la tecnología parece vaciar nuestras mentes, como una especie de neutralizador neuronal, ya anticipado por Viaje a las Estrellas en “Daga de la Mente” (noviembre de 1966).

Pero aún hay más. El catálogo de MIT incluye libros que afirman que nuestras mentes ya no piensan, sino que solamente calculan. Por eso estamos ansiosos y distraídos continuamente, afirman otros libros.

Además, no nos interesa la verdad. En la época de la posverdad, los sentimientos y opiniones personales (incluso sin fundamento) reemplazan a la verdad y el pasado ya no se recuerda, sino que se imagina. Para eso, y para dejarnos sin privacidad, aparecieron las redes sociales.

En definitiva, vivimos con mentes infantiles, ignorantes, insignificantes, calculadoras, ansiosas, distraídas e indiferentes a la realidad. Y a eso llamamos “civilización” y “sociedad” y “progreso”. Aún peor, eso es lo que queremos perpetuar, exportar e imponer al mundo entero y a las siguientes generaciones.

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