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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Nada se puede hacer cuando nuestros propios dirigentes son nuestros peores enemigos

La tarea parecía sencilla: conversar con una cierta dirigente comunitaria para presentarle un proyecto gratuito de capacitación y desarrollo personal a largo plazo, enfocado en solidificar las bases financieras de la familia. Pero ni la tarea fue sencilla ni hubo comunicación.

“Voy a ser clara, Francisco”, me dijo esta persona que supervisa decenas de programas comunitarios en la ciudad en la que vivo. “Dios nos trajo aquí para ser pobres y no debemos ayudar a nadie a que salga de la pobreza porque no es lo que Dios quiere”. 

Ni estadísticas, ni razonamientos, ni historias personales, ni siquiera una apelación al sentido común sirvieron por lo menos para establecer un diálogo con esa persona. Para ella, no había nada que escuchar ni que debatir. Se mantuvo tan cerrada en sus opiniones como Alexei Karenin con las suyas, ambos creyendo cumplir con lo que “Dios” quiere para nosotros. 

Pero ese no fue el único caso. Recientemente me pidieron hablar con un conocido dirigente, supervisor de un masivo proyecto comunitario al noroeste de mi lugar de residencia. Se trata de una persona de gran influencia en la región. Y una vez más, la meta era establecer una cooperación para facilitar el acceso de la comunidad con el nuevo futuro.

La respuesta fue inmediata: “Eso (el futuro) no existe y la comunidad no lo necesita”. Tampoco en este caso hubo diálogo, ya que todo intento de hablar fue respondido con un aumento en el volumen de voz del (supuesto) dirigente, indicando así que no tenía intención alguna de escuchar. 

Aunque sin apelar a ninguna divinidad, quedó muy claro que él “cerraría la puerta” a todo intento de comunicación con “su” comunidad.

Y esos son nuestros líderes. Lucen como nosotros, hablan como nosotros, comen lo que nosotros comemos, van a los lugares a los que nosotros vamos, pero están en contra de nosotros. Nos mantienen pobres (como el primer caso) y aislados (como el segundo caso). 

No los hemos elegido. Nadie los votó. Ellos mismos se adjudicaron el lugar que ahora ostentan. Y nosotros los dejamos que allí se queden. Los reverenciamos cuando pasan. Los aplaudimos. Nos tomamos fotografías con ellos. Los escuchamos con admiración y no osamos cuestionarlos. Tratamos como salvadores a quienes son nuestros peores enemigos. 

Se trata de mentes cerradas que se han acostumbrado a escuchar una sola voz (la suya propia, a la que consideran como “la” verdad) y que, incluso inconscientemente, manipulan a otros para que acepten esa “verdad”, aunque esa “verdad” signifique para nosotros quedarnos pobres, aislados, ignorantes, desesperanzados y separados del futuro. 

Esos “dirigentes” luchan contra falsas amenazas, crean conflictos inexistentes, pelean contra enemigos ficticios. Y no tienen seguidores, sino sólo adictos quienes, por eso mismo, permanecen ciegos a los verdaderos enemigos de sus vidas. 

Y mientras esas mentes y corazones pequeños nos “dirigen”, la inteligencia artificial ya lee la mente humana, los científicos buscan otro planeta porque esta quizá ya no tenga salvación, y el nuevo futuro ya es una realidad. ¡Por favor, abramos los ojos!

Nos queda medio siglo antes que los súper robots nos remplacen (pero ya nos vigilan)

Francisco Miraval

Me molesta, debo confesarlo, mirar una serie de televisión que supuestamente es sólo ficción para luego enterarme que, aunque la trama es ficción, la tecnología que se muestra no lo es. Pero lo que realmente me molesta es que esa tecnología se muestra varios años antes de que su existencia se confirme públicamente.

Ese es el caso, por ejemplo, de la serie Person of Interest (CBS, de 2011 a 2016), en el que se muestran imágenes, supuestamente de ficción, de un programa de computación desarrollado por un genio multimillonario que permite identificar a personas que van a cometer crímenes violentos antes de que los cometan.

Pero ahora, tres años después del final de esa serie, Yoshua Bengio, un científico canadiense experto en computadoras (y, de hecho, uno de los fundadores de la tecnología ahora usada en inteligencia artificial) publicó imágenes que muestran el uso en China, en la realidad y en la vida diaria, de un programa de computación de reconocimiento de personas muy similar al anticipado en Person of Interest. 

En otras palabras, lo que hasta hace poco tiempo era algo de ficción (¿lo era?), ahora resulta algo muy real. Y seguramente no sólo en China. De hecho, Bengio, en declaraciones a Bloomberg, advirtió que la situación (de ser vigilados por inteligencia artificial) “es cada vez más y más atemorizante”. 

El programa en cuestión que se usa en China es una red neural que, por medio de reconocimiento facial y procesamiento de lenguajes naturales (incluyendo traducción de idiomas) puede determinar la identidad de una persona y anticipar “conductas antisociales” por parte de esa persona, desde cruzar la calle en el lugar indebido o ser descortés en el transporte público hasta no pagar deudas o hablar contra del gobierno.

Bengio, junto con algunos de sus colegas y con reconocidos empresarios, dijo que las nuevas tecnologías, “por ser cada vez más poderosas, sólo llevan a una concentración cada vez mayor de poder y riqueza”. En definitiva, la inteligencia artificial ya nos vigila y eso, afirmó el científico canadiense, “es malo para la democracia, para la justicia social y para el bienestar de la mayoría de las personas”.

¿Cuán malo es que la inteligencia artificial nos vigile? Quizá tan malo como el hecho de que quizá nos reemplace en no más de 50 años, según el científico Luca de Ambroggi, investigador en jefe de AI Solutions, dependiente de Transformative Technologies, en Londres. 

Según Ambroggi, la combinación de inteligencia artificial y robótica ha progresado tan rápidamente durante la última década que se puede anticipar que hacia el 2070 o antes esos robots serán superiores a los humanos y, por lo tanto, dijo el mencionado científico, los robots desplazarán y remplazarán a los humanos (a menos, agrego yo, que alguien viaje desde el futuro para impedirlo – Terminator – o que escape de la ilusión tecnológica – The Matrix –).

Si no fuese porque científicos del más alto nivel hablan del tema, sería casi ridículo mencionar el tema. Pero ¿a quién creerle, a la ficción en televisión? 

Hemos perdido la capacidad de comunicarnos racional e inteligiblemente

Como todos los años, recientemente le tocó pagar los impuestos municipales de mi negocio y, para hacerlo, entré en el sitio web de la ciudad en la que resido, confiando en realizar el pago en línea. Pero, según una respuesta automática, el trámite había sido denegado porque la información que yo usé era incorrecta.

Comencé entonces todo el procedimiento otra vez, cuidadosamente verificando cada número, cada detalle, cada palabra. Pero de nada sirvió. Una vez más, el mensaje automático decía que la información era incorrecta, aunque no lo era. De hecho, es la misma información que uso año tras año desde que habría el negocio hace más de dos décadas.

Llamé entonces a la municipalidad y solicité una explicación. Me dijeron que probablemente era sólo una cuestión de actualizar los registros que ellos tenían. Para hacerlo, yo sólo debía enviar por email copias de documentos oficiales que verificasen la información de mi negocio. Así lo hice y recibí entonces un mensaje indicando que en 48 horas el problema estaría solucionado.

Dos días después, confiando en la veracidad de ese mensaje, reinicié el trámite en línea, pero una vez más fue rechazado y por el mismo motivo. Para evitar nuevos retrasos y posibles multas, fui en persona a las oficinas municipales y expliqué el problema. 

“Lo que pasa, Sr. Miraval”, me dijo un empleado, “es que, a pesar de que el sistema le pide el número de impuestos de su negocio y el suyo personal, usted no debe usar ninguno de esos, sino el número contribuyente impositivo que nosotros le dimos”.

“¿Ustedes me dieron un número para pagar impuestos?”, pregunté. “¿Cuándo fue eso y cómo lo obtengo?”

El empleado entonces me dijo que, como ahora todos los pagos eran digitales, el número que yo necesitaba usar había sido incluido en un mensaje en la cuenta en línea a la que yo, para acceder, necesita el número que yo no sabía que existía.

A ver si puedo ser claro: la municipalidad cambió el sistema para pagar impuestos y el número necesario para acceder al sistema estaba dentro del sistema. ¿Cómo puedo conocer ese número si es precisamente lo que necesito para entrar al sistema donde está el mensaje con el número? 

Por alguna razón, quizá el mensaje de incredulidad, horror y enojo expresado en mi rostro, el empleado se fijó en su computadora y me dio el número por escrito. Ya de regreso en mi oficina, volví al sitio web en cuestión, ingresé el número y… una vez más fracasé.

Llamé nuevamente a la municipalidad y les expliqué la situación. Y la empleada que atendió mi llamado me dijo: “Usted no tiene que usar todo el número que le dimos, sino sólo los primeros ocho dígitos”. 

“¿Y por qué no me dijeron eso antes?”, quise preguntar, pero no lo hice, temiendo que hubiese algún otro código desconocido y secreto. 

Finalmente, el trámite se completó sin problemas, pero algo quedó muy claro: ya no sabemos, ni queremos ni podemos comunicarnos razonable e inteligentemente.

El cierre del gobierno refleja (lamentablemente) el cierre de las mentes

En Estados Unidos, todos hablan del cierre parcial del gobierno federal, que comenzó hace casi un mes. Pero pocos, muy pocos, hablan del cierre total de la mente estadounidense, que comenzó hace décadas, como bien lo anticipó en su momento el filósofo Allan Bloom. 

Aunque sin estar de acuerdo en todo (o incluso en gran parte) de lo que Bloom dijo en 1987 en su conocido libro El Cierre de la Mente Estadounidense, estamos de acuerdo (por nuestra propia experiencia en docencia universitaria) que muchos carecen de “puntos de referencia” para desarrollar un pensamiento crítico o incluso para entender los eventos actuales. 

O, como ya lo había dicho Goethe (que aquí parafraseamos), quien no conoce 3000 años de historia sólo deambula por el mundo sin saber exactamente lo que sucede. 

Para Bloom, ese “no saber”, ese “viajar por el mundo sin pensar críticamente”, lleva a una vida de “nihilismo al estilo estadounidense”, es decir, vivir “con opiniones fuertes y fanáticas”, y, por eso mismo, sin pensar. 

En su novela Adulterio (de 2012), Paulo Coelho le hace decir a la protagonista casi al principio del libro: “Me duermo pensando. Quizá tengo realmente un serio problema”. Cuando el pensar, tal cual magistralmente lo retrata Coelho, se percibe como “un serio problema”, entonces no quedan dudas que vivimos en nihilismo, al que Bloom califica de “deshumanizante”.

En definitiva (y sin hacer política, sino un superficial y efímero intento de filosofía), analizar qué se cierra (el gobierno, por ejemplo) debería llevarnos más allá de la coyuntura a pensar qué se cerró, qué se ocultó, qué se olvidó antes para que el cierre actual haya tenido lugar. 

Porque aquello que se cerró, se ocultó y se olvidó antes permanecerá cerrado, oculto y olvidado, aunque el gobierno se reabra, como especie permanente e invisible nube de olvido, como vapor subiendo del Leteo, preparando el próximo cierre, y el siguiente, y el otro después de ese, hasta que ya todo quede cerrado, oculto y olvidado. 

Entonces, ya no podrá hablarse de cierre o de ocultamiento o de olvido alguno, porque olvidarse significa recordar que nos olvidamos de algo, ocultar implica la posibilidad de descubrir, y cerrar quiere decir que existe la opción de abrir. Pero si no sabemos ni recordamos quienes somos o quienes alguna vez fuimos, y ya nadie nos recuerda, el cierre puede ser permanente. 

En la antigüedad, los egipcios, cuando querían arruinarle la vida eterna a alguna persona (ellos creían en la vida después de la muerte), los egipcios borraban los nombres y los rostros de los fallecidos de los monumentos erigidos a esas personas, para que nadie los recordase y, en definitiva, para que ellos mismos perdiesen la memoria de su propia identidad. 

En nuestra época sucede algo similar, pero esa pérdida de la memoria y de la identidad es autoimpuesta, como lo explica el filósofo Byung-Chul Han. Nos vemos en el espejo, pero no sabemos quiénes somos ni como nos llamamos. Algo importante se cerró hace décadas y ya lo hemos olvidado. 

¿Qué vemos, cuando sólo nos vemos a nosotros mismos?

Decía Anais Nin que “no vemos las cosas como son, sino como somos”. Y, más recientemente, Byung-Chul Han afirmó en La Sociedad del Cansancio que los humanos de nuestra época hemos perdido la capacidad de “demorarnos” frente a objetos a los que ya no les prestamos la debida atención, como las obras de arte.

A esa combinación de ver las cosas como somos (todo es según el color de los lentes con los que uno mira) y de ya no “demorarse” con las cosas, se le debe agregar un tercer e innegable elemento, el narcisismo hedonista, que no solamente ya no reconoce a los objetos como tales, sino que sólo busca que la realidad provea placer, aunque sea efímero.

Hace algunas semanas, al visitar un conocido museo, tuve la oportunidad de ver todos esos elementos en acción. Llegué temprano para estar entre los primeros en entrar y, cuando finalmente se abrieron las puertas, me encontré con una inesperada y caótica estampida de “personas” que alocadamente corrieron a ver una famosa obra de arte. 

No corrí (no es una de mis especialidades y mucho menos dentro de un museo), pero caminé lo más rápido que pude para llegar al lugar. Y allí presencié exactamente lo que advirtió Han: ya nadie se demora. 

En vez de mirar o admirar la obra de arte, la gran mayoría que aquellos que en tropel habían llegado al lugar le dedicaban unos pocos segundos a tomarse una “selfie”, haciendo inevitablemente el símbolo de la “V” con sus manos y, en muchos casos, incluso tapando con su rostro la obra de arte.

Claramente, se trataba de una expresión de desdén hacia las creaciones exhibidas en el museo, como diciendo: “Aquí no existe nada bello ni importante y lo único que vale la pena ser retratado soy yo”. 

Por eso, sólo segundos después de haber capturado su “selfie”, estos humanos posmodernos ya habían abandonado el lugar, posiblemente para dirigirse a otro sitio (pintura, escultura, iglesia, puente, monumento, o lo que sea) al que pudiesen cubrir con su propia imagen, imponiendo así su narcisismo a la realidad. 

Quizá por eso esas personas hacían el símbolo de la “V”, que generalmente se asocia con la victoria, para marcar su victoria personal sobre la historia, sobre la cultura, sobre la creatividad, sobre la belleza, sobre la espiritualidad. 

O quizá el símbolo de la “V”, también asociado con la paz, indicaba que el anteponerse uno mismo a la realidad causa cierta paz interior, aunque esa paz sea momentánea, porque para no ver las cosas, sino sólo vernos (Nin) y para no demorarnos con las cosas (Han) necesitamos correr inmediatamente a algo más frente a lo cual retratarnos. 

Y eso es exactamente lo que estas personas hacían: correr de un lugar a otro para tomarse sus selfies, sin nunca detenerse y moviéndose más rápido que una abeja recolectando polen. Pero al menos la abeja contribuye abnegadamente a la colmena y no publica imágenes en las redes sociales sólo para ventilar su frágil ego. 

No se trata de leer, sino de encontrarse con otras mentes

Ya pasaron varios años desde que un buen amigo mío, ávido lector como yo, me preguntó “¿Qué libros estás leyendo?”. “Libros”, en plural, porque él compartía y aún comparte esa pasión de leer varios libros a la vez. 

Las épocas han cambiado y los libros ya no son tan populares como alguna vez lo fueron, aun así, son una excelente herramienta para encontrarse con otras mentes. Y de eso se trata, no de “patinar sobre la página” (como decía Ortega y Gasset), sino de encontrarse con otras mentes.

Obviamente, para encontrarse con otras mentes uno debe primero encontrarse con la mente propia. Y ese es uno de los aspectos fascinantes (y quizá un poco olvidados) de la lectura: es diálogo interno, esa autorreflexión, ese momento de meditación que oscila entre lo consciente y lo inconsciente en el que, aunque sea por un momento, nos sentimos nosotros mismos y así lo sabemos.

Mi pasión por la lectura surgió mucho antes de llegar a la universidad, donde había que leer varios libros por semana y luego, al final de la carrera, un libro al día. 

De hecho, mi pasión por la lectura comenzó cuando, siendo niño pequeño, cada fin de semana mi padre me llevaba a una tienda de libros usados, me dejaba elegir uno y él elegía el otro, y entonces yo tenía una semana para leerlos antes de recibir los dos libros usados de la semana siguiente. (Todavía tengo muchos de esos libros.)

Luego, ya en la adolescencia, descubrí los beneficios de las bibliotecas públicas y entonces cada semana iba a la biblioteca, pedía prestados dos libros y, como sólo los prestaban por siete días, yo tenía que leerlos en ese tiempo y luego devolverlos antes de pedir prestados otros libros. Pero antes de devolver los libros, yo los resumía. (Todavía tengo muchas de esas notas.)

Pero ¿por qué estamos hablando de mis hábitos de lectura, como si a alguien le importasen? En realidad, no se trata de cuántos libros yo leo (eso es irrelevante), sino del hecho de que, como se ha dicho muchas veces, el lector de hoy es el líder del mañana. Y la razón, según numerosos estudios, es que el cerebro y la mente preparan al cuerpo para la realidad presentada en los libros.

Por ejemplo, hace solamente pocos días, expertos de la Universidad de Colorado en Boulder publicaron un estudio científico en el que confirman algo que muchos (incluyendo Einstein) ya sabían: la imaginación cambia la realidad. De hecho, el cerebro parece no distinguir entre imaginación y realidad y debe aprender a hacerlo, según los investigadores de esa universidad.

¿Cómo aprendemos a distinguir entre imaginación y realidad sin anular ni la una ni la otra y aprendiendo tanto de una como de la otra? Según parece, los medios digitales (videos, películas) no ofrecen esa posibilidad, porque no generan el mismo diálogo interno que genera la lectura de libros. 

No se trata de volver al pasado, sino de reencontrarnos con nosotros mismos en un nuevo futuro. 

Los robots inteligentes ya toman decisiones económicas sin intervención humana.

La complejidad del mercado moderno, globalizado y tecnologizado, llega a al nivel que los expertos a duras penas logran controlar, programar y entender el ciclo de producción, distribución y compras, especialmente en áreas urbanas, afirman expertos. Pero ahora se ha presentado una solución: robotizar e interconectar la economía usando criptomonedas.

Específicamente, un equipo internacional de científicos expertos en blockchain (bloques encadenados de información abierta y sin un lugar único de almacenamiento) ha logrado aplicar esa tecnología a robots autónomos que colaboran entre ellos para aceptar pedidos de productos y servicios por parte de seres humanos. 

El prototipo de la llamada Robonomics Network (Red de Robo-economía) comenzó en 2015 en Tolyatti (también llamada Togliatti), en el oeste de Rusia. La red consiste en una infraestructura de Ethereum (una de las más conocidas criptomonedas) que usan los robots autónomos para interconectarse entre ellos. 

Pero esos robots no solamente colaboran entre sí, sino que además toman sus propias decisiones económicas, sin participación humana, aunque conectados con humanos. Por eso, este sistema se conoce como un sistema ciber-físico, es decir, la estructura cibernética y robótica se adapta a las necesidades humanas, a la situación del mercado y a los deseos del consumidor final. 

Los robots inteligentes a cargo de la robo-economía pueden realizar numerosas operaciones, como compra y venta de productos y de servicios, e incluso forma de contratos. En algunos casos, los robots compran productos hechos en plantas autónomas, es decir, fábricas en las que todo el proceso de producción está automatizado. 

Pero más allá de su ayuda con la economía y con el mercado global, la robo-economía ya se ha usado en proyectos de reducción del monóxido de carbono en la atmósfera y en respuestas a desastres naturales. Por ejemplo, enjambres de drones autónomos pueden sobrevolar un lugar afectado por incendios forestales y proveer información imposible de obtener de otra manera.

De hecho, en la mencionada ciudad de Tolyatti ya se ha implementado ese sistema de vigilancia, que próximamente podría verse en otras ciudades, especialmente las mayores metrópolis del planeta. 

 

¿Cómo sabe el “Capitán América” a qué hora voy a pasar por cierta calle?

Por cuestiones de trabajo, varias veces por semana debo recorrer de mañana la ciudad de este a oeste, y, aunque siempre por la misma calle, no siempre en el mismo horario. Sin embargo, sin importar a qué hora paso por esa calle, el “Capitán América” siempre está allí. Y yo no sé cómo el conoce mis horarios. 

Lo llamo “Capitán América” porque es un muchacho que, caminando claramente camino a su trabajo, lleva en su espalda una mochila con el conocido escudo del conocido superhéroe. Eso no es lo extraño. Lo extraño es que siempre veo a ese muchacho caminando por el mismo lugar y en la misma dirección, aunque yo recorra esa calle a las 8 de la mañana o tres horas después.

¿Cómo sabe este Capitán América a qué hora él debe salir de su casa para que cuando yo pase él esté precisamente allí, caminado a un costado de la calle? ¿Quién le pasa la información de mi horario de salida? ¿Cómo adquiere esa información?

Otra alternativa es que no es un solo y único “Capitán América” caminando junto a la calle, sino varios, que salen continuamente del mismo lugar cada cierta cantidad de minutos para dirigirse al mismo lugar en una cierta dirección, como autobuses o trenes saliendo de las estaciones. Pero como yo veo uno a la vez, creo que es uno solo, cuando en realidad son varios. 

Quizá se trata, dirán algunos, de una mera coincidencia sin importancia. Pero en ese caso debo decir que el avistamiento del “Capitán América” en distintos días y a distintas horas, pero siempre en la misma calle y caminando en la misma dirección, ocurre con tanta frecuencia y precisión como para dejar de llamarlo “coincidencia”. 

O quizá, dirán otros, sea sólo una ilusión. Pero si el “Capitán América” fuese una ilusión, no esperaría a que cambie la luz del semáforo para cruzar la calle. 

Existen otras varias explicaciones. Una de las que más me atrae es que este “Capitán América” es en realidad un androide usado por seres inteligentes de otro planeta para estudiar la conducta de los humanos, llevando un registro de cuántos humanos notan la presencia del “Capitán América” al conducir por una transitada calle. 

Pero quizá haya que tener en cuenta otra alternativa, la de asumir que yo mismo estoy creando esa realidad. Permítaseme explicarlo con un ejemplo. 

Hace ya muchos años, cuando mis hijos eran pequeños, sucedió que, al mirar un partido de fútbol por televisión, cada vez que yo dejaba de mirar para hacer otras cosas, mi equipo favorito marcaba un gol. Tanto fue así, que mis hijos llegaron a creer que era yo, no los jugadores, el causante de los goles.

Obviamente, no soy tan ingenuo como para creer que mis acciones tienen efectos como lograr anotaciones para un equipo de futbol y modificar el horario de un trabajador para que yo pueda verlo portando su mochila de Capitán América. Pero alguna misteriosa conexión debe existir, porque “que las hay, las hay”. 

La utopía de Orwell ya quedó grotescamente obsoleta

Recientemente leí en una revista académica especializada un interesante argumento: la solución para terminar con la discriminación y la explotación de ciertos grupos de personas sería discriminar y explotar a todos por igual, sin hacer distinción entre grupo alguno.

Dado que la persona que publicó ese argumento lo hizo en una revista de sólido prestigio y se desempeña en un alto cargo que una organización nacional, no caben dudas de que el argumento fue presentado con toda seriedad. Y eso mismo lo hace más interesante y hasta peligroso.

A ver si nos entendemos: a la vez que se reconoce la existencia de discriminación y de abuso de ciertos grupos, tanto a la largo de la historia como en el presente, el autor de este argumento sostiene que para eliminar ese flagelo social habría que expandir esa discriminación y abuso a todos los otros grupos aún no abusado ni explotados.

Sinceramente, quizá por mi ingenuidad y mi carencia de sofisticación académica, yo pensaba que la mejor manera de terminar con la discriminación era terminar con ella, no expandirla. Pero quizá ante la utopía de lograr esa meta, aparentemente la alternativa es adoptar la postura de “si no puedes con ellos, únete a ellos”.

En otras palabras, si “normalizamos” y expandimos una conducta inaceptable para que afecte no sólo a un grupo sino a toda la comunidad (quizá incluso a nivel global), entonces esa conducta se vuelve aceptable porque ahora todos somos o podemos ser igualmente afectados por tal conducta.

Pero ¿es ese un argumento válido? Por ejemplo, ¿podemos eliminar la esclavitud esclavizando no sólo a un grupo de personas, sino a todas? O, quizá más cercano al argumento académico antes mencionado, ¿podemos eliminar la esclavitud si cualquier persona, sin importar de qué grupo sea, puede convertirse en esclavo?

¿Y por qué detenerse solamente en eso? Podríamos, por ejemplo, pensar en una sociedad en la que no solamente cualquier persona puede ser esclavizada, sino también en la que las personas, sin saberlo, se esclavizan a sí mismas (aunque creyéndose libres) y se explotan a sí mismas (aunque a eso lo llaman “realización personal”).

Tengo malas noticias: eso es exactamente lo que ya está sucediendo. En un discurso en Barcelona en febrero de 2018, el filósofo Byung-Chul Han argumentó que vivimos precisamente en una sociedad en la que cada uno se explota a sí mismo, tiene miedo del otro (cualquiera que el otro sea) y vive en el “infierno” en el que todos quieren ser lo que no son para poder ser “iguales” a los otros.

Según Han, “las personas hoy se explotan a sí mismas creyendo que así se están realizando”.

Quizá entonces el ridículo argumento de terminar con la discriminación expandiéndola y haciéndola universal no sea tan ridículo porque, lamentablemente, tanto ya hemos internalizado esa discriminación y abuso que nos discriminamos y explotamos a nosotros mismos a un nivel que ni siquiera Orwell pudo imaginar en su 1984.

¡Qué mundo raro aquel en el que las grotescas utopías se vuelven obsoletas!

La imaginación del presente es la realidad del futuro

Cada vez me queda más claro que el futuro no será, sino que ya es. Y si no lo vemos no es porque todavía no llegó, sino porque no hemos llevado nuestra imaginación hasta el necesario nivel de desarrollo como para ver el futuro y, de esa manera, permitir que el futuro emerja en el presente.

Quizá Einstein estaba en lo correcto al decir que la imaginación era más poderosa que el conocimiento, porque el conocimiento es limitado, pero la imaginación no lo es. De hecho, se dice que Einstein habría caracterizado a la imaginación como “el anticipo de las cosas por venir”.

Dicho de otro modo, la imaginación de hoy, expresada por ejemplo en el arte y en la ciencia ficción entre otros campos, es un anticipo de un futuro que ya está aquí y que siempre lo estuvo, pero que no vemos por el escaso nivel de nuestra imaginación.

¿Cómo sabemos que tenemos un escaso nivel de imaginación? Porque todo lo resolvemos por medio de un conflicto. Sea que se trate de un encuentro de futbol, de una marcha de inmigrantes, de una protesta de jubilados, o una maniobra inesperada en la carretera, todo lo resolvemos con violencia, con enfrentamientos, y hasta con brutalidad.

Un mundo distinto está tan lejos de nuestra imaginación que cuando lo imaginamos creemos que se trata de algo ya perdido e irrecuperable (como el paraíso), algo más allá de nuestro alcance y de este planeta (como el cielo), o incluso un simple delirio (como las numerosas utopías presentadas a lo largo de la historia.)

Y entonces, con nuestra falta de imaginación alimentamos el campo social de la negatividad que todo lo ve como una disyuntiva (nosotros contra ellos), todo lo resuelve por medio de la destrucción del otro (o por lo menos eso intenta), y todo lo adjudica a algún chivo expiatorio, sin jamás asumir la responsabilidad propia.

El monstruo dentro de nosotros, el cerebro reptiliano, la sombra (como decía Jung) emerge entonces desde adentro de nosotros y muestra su desagradable rostro en todo tipo de acciones desagradables. Pero quizá la acción más desagradable de todas sea la de mantenernos encerrados en el círculo del presente sin permitirnos el acceso al futuro.

Es verdad que muchos de aquellos que en el pasado tuvieron la audacia de imaginarse un futuro distinto pagaron un alto precio por expresar públicamente su imaginación. Pero también es verdad que aquellas imaginativas mentes crearon un nuevo futuro, incluso si ellos no llegaron a verlo. O, mejor dicho, lo vieron antes que las otras personas, pero no junto con ellas.

Quizá sea hora de dejar que la imaginación vuele otra vez, no como un fácil escapismo de la realidad actual ni para negar los problemas actuales, sino como una manera de activar o de reactivar el campo social de la positividad que, aunque casi apagado, se alimenta con cada buena intensión, cada gota de esperanza, cada suspiro de fe.

Quizá debamos reimaginarnos la imaginación antes de que ocurra lo inimaginable.

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