Menu

Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

El apego emocional a la ilusión quita toda prioridad de la realidad

Recuerdo aquella época cuando, todavía en mis primeros grados de la escuela primaria, me gustaba mirar una vez por semana en un pequeño televisor en blanco y negro un programa de lucha libre. Pero un día dejé de mirarlo cuando, para horror de mi mente infantil, uno de los luchadores quedó ensangrentado (a pesar de que yo lo veía solamente en blanco y negro).

Mi reacción emocional ante la sangre corriendo por el rostro del luchador enmascarado fue tan inmediata que recuerdo haber apagado el televisor (el único que había en toda la casa) y haberme ido a mi habitación, alarmado y disgustado por el “espectáculo”.

También recuerdo que años después, cuando uno de esos luchadores enmascarados de mi infancia se jubiló, le hicieron una entrevista para uno de los periódicos locales y en esa entrevista reveló que aquella pelea que lo había dejado ensangrentado era, como todas las otras peleas de su carrera, solamente una actuación en la que nunca hubo sangre real. Todo había sido una ilusión.

Me sentí, entonces, nuevamente disgustado, pero esta vez conmigo mismo, al reconocer que mis sentimientos y mi entendimiento de la realidad habían sido inteligentemente manipulados por actores. Mi única defensa fue recordar que, en el momento del incidente, yo era un niño pequeño incapaz de distinguir plenamente entre realidad y actuación.

Aquel incidente, que durante años quedó ignorado en algún polvoriento rincón de mi memoria, retornó inesperadamente a mi mente cuando leí en los últimos días un reporte indicando que, en Estados Unidos, entre 10 millones a 40 millones de personas, según distintas estadísticas, faltarían a sus trabajos para poder ver o por haber visto el final de una conocida serie de ficción.

Se trata de millones y millones de trabajadores, y no de niños de 6 años, para quienes saber quién se queda con un cierto trono imaginario es más importante, aunque sea por un día, que las obligaciones y responsabilidades de la vida diaria. Y esa prioridad que se le adjudica a la fantasía se basa en el apego emocional hacia los personajes de ficción.

Recuerdo haber leído cómo, tras el episodio final de la serie Friends en mayo de 2004, durante varias semanas los servicios de salud mental y de consejería psicológica en Florida y en otros estados se vieron desbordados por llamados o visitas de personas que reaccionaron ante el final de Friends con la misma sintomatología que hubiesen reaccionado ante el fallecimiento de una persona real cercana a ellos.

Situaciones similares se vivieron tras la cancelación o finalización de otras series e incluso tras la “muerte” de personajes de ficción, que numerosos televidentes erróneamente creían que se correspondía con la muerte real del actor o actriz que representaba a ese personaje.

En definitiva, las llamadas relaciones parasociales (relaciones psicológicamente activas entre una persona real y un personaje de ficción) son, paradójicamente, muy reales. De hecho, son tan reales que esconden la realidad y, por eso, se vuelven la realidad. Los enmascarados siguen engañándonos con sus actuaciones.  

¿Cómo se resuelve un rompecabezas que cambia cada vez que se agrega una pieza?

Creo que hay algo peor y más complicado que tratar de resolver un rompecabezas sin una imagen completa que sirva como guía y es tratar de resolver un rompecabezas que cambia cada vez que uno le agrega una pieza, de modo que aún teniendo todas las piezas no existe ni existirá una imagen completa para guiarse.

Hagamos ese ejercicio mental. Pensemos que tenemos todas las piezas de un rompecabezas y que ya hemos conectados varias de esas piezas entre sí, aunque las que faltan conectar son muchísimas más. Y supongamos que cada vez que conectamos una pieza más, la imagen de las piezas ya conectadas cambia, precisamente porque un nuevo elemento ha sido agregado.

Asumamos también que tenemos una idea bastante clara del modelo final y que eso nos ayuda a elegir la siguiente pieza que queremos agregar al rompecabezas. Pero una vez que esa pieza está en su lugar, todo cambia, por lo que ninguna imagen puede tomarse como la imagen definitiva.

Para complicar aún más el tema, otras personas también están constantemente agregando (o quitando) piezas del rompecabezas, a veces acertadamente (es decir, en concordancia con la imagen modelo) y a veces alocadamente (aunque eso no significa que no surgirá una nueva imagen).

En definitiva, las piezas se agregan una por una, sin ningún orden en particular y sin que necesariamente la nueva pieza se conecte como uno hubiese anticipado con las piezas ya conectadas. Y cada nueva pieza cambia toda la imagen. 

¿Es posible en esas condiciones resolver el rompecabezas? Ciertamente lo es, aunque no existen garantías que se podrá llegar a un “final”, con todas las piezas ya estáticas y con una imagen inmóvil, más parecida a un cuadro que a algo en movimiento.

Pero ¿para qué sirve este experimento? Sirve entender lo que está actualmente sucediendo con los avances científicos y tecnológicos relacionados con la búsqueda de la inmortalidad humana y, más específicamente, con la llegada de un transhumanismo tecnocientífico. 

Como en el rompecabezas de nuestro experimento mental, muchas de las “piezas” para llegar (potencialmente) a la inmortalidad ya están surgiendo, como conexiones entre cerebros y computadoras, conexiones tecnológicas entre cerebros, súper computadoras cuánticas y hasta nuevas clases de materiales y de estados de la materia hasta ahora impensables. 

Pero cada vez que una nueva pieza se agrega al rompecabezas de la tecno-inmortalidad humana, todo el rompecabezas cambia, al punto que en muchos casos ya no se ve la interconexión entre todas las piezas. No es que la interconexión se ha perdido, sino que la imagen que conecta a las piezas ha cambiado. 

Para la persona desatenta, los distintos anuncios de avances científicos y tecnológicos parecen carecer de una meta unificadora, de una “imagen guía”. Pero esa imagen existe y día tras día se vuelve más y más clara, para delicia de Ray Kurzweil. 

Obviamente, siguiendo con el ejemplo antes propuesto, no hay garantías que se llegará a resolver el rompecabezas de manera definitiva. Pero ¿y si el rompecabezas se resuelve y nos volvemos inmortales? 

El “segundo génesis” de la humanidad es inminente. Y no estamos preparados

El “segundo génesis” de la humanidad no solamente es inevitable, sino que es inminente, e incluye la confirmación científica de la existencia de vida extraterrestre, modificando así todos los aspectos de nuestra vida en este planeta, afirma un renombrado científico australiano. 

Según el Dr. Cathal D. O’Connell, investigador y director del Centro BioFab3D en el Hospital St. Vincent de la Universidad de Melbourne, Australia, una serie de “remarcables descubrimientos” durante las últimas dos décadas (incluyendo la identificación de miles de exoplanetas) ha cimentado la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre.

Los cálculos actuales, dice O’Connell, indican que existen por lo menos 40 mil millones de planetas como la tierra en el universo observable por la ciencia, una cantidad suficiente para indicar que la vida es “inevitable”. 

Y cuando la existencia de esa vida se confirme, esa confirmación significará un “segundo génesis” para la humanidad, porque obligará a repensar todos los aspectos de la vida humana, desde la biología y la psicología hasta la teología y la filosofía.

Ese “segundo génesis” podría profundizarse y ramificarse de maneras aún imposibles de predecir si la vida hallada en otro planeta es totalmente distinta de la que conocemos, por ejemplo, una vida no basada en el ADN. 

Pero ¿qué significa que la confirmación del hallazgo de vida extraterrestre es “inminente”? ¿Qué factor o elemento sirve de base a O’Connell para realizar tan profunda observación? En sus propias palabras: “La antigua pregunta ‘¿Estamos solos?’ se ha graduado de ser un debate filosófico a ser una hipótesis (científicamente) verificable”.

¿Cómo y cuándo se verificará esa hipótesis? A partir de 2021, dice el científico australiano, cuando el telescopio espacial “James Webb” comience a analizar en detalle los exoplanetas similares a la tierra ya descubiertos. Y poco después, telescopios aún más avanzados serán capaces de tomar fotografías de esos planetas. 

Por eso, O’Connell sugiere que “deberíamos prepararnos” para para respuesta que el telescopio espacial “James Webb” podría darnos en pocos años. Deberíamos estar preparados para el “No. No estamos solos en el universo”. 

Pero, agrego yo, no estamos preparados y difícilmente lo estemos. Después de todo, día tras día vemos incontables ejemplos de la intolerancia de nosotros, los humanos, hacia otros humanos, con quienes compartimos el ADN y el planeta. Y vemos y padecemos la destrucción del planeta y de sus muchos habitantes no humanos. 

¿Por qué destruimos al otro? Porque no piensa como nosotros, o no habla como nosotros, o no cree lo que nosotros creemos. O simplemente porque es otro y eso ya es razón suficiente para darle rienda suelta al pensamiento tribal. 

¿Y por qué destruimos al planeta? Porque lo vemos como un “recurso”, como algo que podemos y, por eso mismo, debemos “explotar”. Y entonces el “otro” también se transforma en un recurso que explotamos.

Si esa es nuestra actitud hacia aquellos con quienes compartimos el planeta y hacia el planeta mismo en el que vivimos, ¿qué haremos cuando se descubra vida extraterrestre? ¿O qué nos harán a nosotros cuando ellos nos descubran? 

“La realidad ha muerto. Y nosotros la hemos asesinado”

Con perdón de Nietzsche, por irrespetuosamente parafrasearlo, llegó la hora de proclamar que “La realidad ha muerto. Y nosotros la hemos asesinado”. Dicho de otra manera, la ilusión que nosotros hemos creado se ha vuelto tan real que nos hemos olvido que se trata de una ilusión y, por eso mismo, nos hemos olvidado de la realidad. Y el olvido es una forma de matar.

Permítaseme compartir un ejemplo. Recientemente, al leer la portada de un importante diario de un país sudamericano atravesando una de sus tantas crisis políticas y económicas, me encontré con lo siguiente: la nota principal de ese diario no era sobre la crisis, ni sobre las potenciales medidas para resolverla, sino sobre cómo sería o debería ser el final de Game of Thrones.

En otras palabras, el destino de personajes ficticios viviendo en reinos imaginarios ocupaba más lugar, con más explicaciones, y con más fotografías que el destino de personas reales viviendo en un país real y enfrentando una crisis real. Pero, ante Game of Thrones, la realidad, por más crítica que sea, pasa a un segundo lugar, o se desvanece completamente.

El tema, obviamente, no es nuevo. Hace unos 2300 años, Platón ya advertía en su famosa Alegoría de la Caverna que, en las condiciones adecuadas, nosotros, los seres humanos, confundiremos la ilusión con la realidad y viviremos toda la vida creyendo que esa es la realidad y que hemos aprendido algo de la realidad, cuando sólo se trata de una fantasía.

Pero en el caso de la Alegoría de la Caverna, para que la ilusión funcionase, las personas dentro de la caverna debían ser prisioneros sostenidos por cadenas en sus posiciones, para que siempre estuviesen mirando en una misma dirección. 

Y además se necesitaba un fuego detrás de los prisioneros y también se necesitaba que alguien que, usando ese fuego, proyectase sombras sobre la pared opuesta de la caverna, para que los prisioneros viesen esas sombras (y creyesen que esas sombras eran toda la realidad.)

Más de dos milenios después, la caverna ya no es necesaria y los creadores de sombras tampoco lo son. En la actualidad, nosotros mismos, sin necesidad de cadenas físicas, proyectamos las imágenes (sombras) frente a nuestros ojos, usando todo tipo de pantallas y artefactos. Y, a la vez, somos nosotros mismos quienes creamos esas imágenes (simulaciones) a las que luego tomamos como más reales que la misma realidad.

Nosotros mismos somos nuestros propios prisioneros, y, aún más, prisioneros de nuestras propias ilusiones, sin saber que se trata de ilusiones ni que nosotros somos nuestros propios captores. Por eso mismo, ya no sabemos quienes somos nosotros y esa alienación extrema nos lleva a un narcisismo, ahora usado como arma de combate, que nos aleja de los otros y del universo.

Como bien dijo en un reciente artículo la escritora Emma Rubio: “Lo triste de todo esto es que. ante esta simulación, ya no sabemos qué hacer con el mundo real, ya no vemos la necesidad de ese residuo llamado existencia”. 

No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado

No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado ni se puede enseñar a quien no quiere aprender. Lamentablemente para mí, aprendí esas lecciones tarde en mi vida. De hecho, recién ahora las estoy aprendiendo, por lo que erróneamente aún creo que se debe ayudar al necesitado y educar a quien lo necesite. Pero, aunque me cueste admitirlo, ya no es así.

Hace solamente unas pocas décadas, cuando la gente asistía a una clase de inglés, lo hacían con la intención de aprender ese idioma, o eso es lo que yo creía. Ahora, la “clase de inglés” se ha transformado en una especie de coto de caza, en el que cada supuesto “estudiante” no estudia inglés, sino a su “presa”. 

Por eso, lejos de prestar atención al inglés (o a finanzas, o a nutrición, o a lo que fuera), se presta atención a quién se puede vender qué, o a quién podemos invitar a nuestro evento, o cuántos “Me gusta” podemos generar en esa clase.

Aún peor, y me ha pasado recientemente un par de veces (y hasta me da vergüenza confesarlo) están aquellos que llegan a la clase ya sabiendo inglés, pero pretenden que no lo saben, solamente para robarse descaradamente el material y luego llevarse a los alumnos a “sus” clases. 

Y esa misma gente, que no quiere aprender, luego viene con una larga lista de sus problemas y exige que uno se los solucione. No piden que uno los ayude a solucionar los problemas, sino que uno se los soluciones, sin ellos aportar nada por ellos mismo ni ofrecer nada a cambio.

Y también están aquellos que, pretendiendo enseñar, no lo hacen. Pero nada se les puede decir porque semana tras semana se paran delante de cientos y cientos de personas, a veces miles, repitiendo lo mismo una y otra vez, y recibiendo a cambio estruendosos aplausos por parte de sus admiradores quienes ni entendieron ni prestaron atención a lo que se les dijo.

Recientemente, por ejemplo, escuché a un “dirigente” (por darle alguna designación) “enseñarles” a un grupo de padres que no deberían prestarles atención a las nuevas tecnologías y que “si la tecnología llega a ser un problema, nos regresamos a nuestros países”. Como si cambiar de geografía y retrotraerse a un pasado nostálgicamente inexistente fuese la solución.

Y luego está el caso de aquella persona quien, ante cientos de sus seguidores (y yo, por casualidad sentado entre ellos), afirmó que “las cosas están tan mal en el mundo actual que el índice de mortalidad entre humanos ya casi llega al 100 por ciento”. Me hubiese gustado preguntarle qué quiso decir con “casi llega al 100 por ciento”, pero no pude. 

En otras palabras, ¿cuál es el porcentaje de ser humanos, por ínfimo que sea, que no son mortales? Si él lo sabe, o si él es uno de esos inmortales, sería bueno que lo compartiese. Pero en realidad era pura charlatanería en busca de narcisistas aplausos. 

Que cada uno saque sus propias conclusiones. 

Nuestra civilización ya tiene fecha de vencimiento (no es broma ni profecía)

La civilización occidental, ahora tecnologizada y globalizada, ya tiene fecha de vencimiento: desaparecerá en las próximas décadas y será reemplazada por una meta-inteligencia artificial (Meta-IA) que controlará el planeta, mientras cada ser humano vivirá encerrado dentro de su burbuja tecnológica, afirman reconocidos expertos. Y lo que dicen tiene sentido.

Como expresamos en el título, este tema no es una broma (porque se basa en reportes de reconocidos expertos) ni una profecía (porque se basa en el futuro que ya está emergiendo en el presente, no en una proyección del presente al futuro).

Según el futurista Thomas Frey, del Instituto Davinci (cerca de Denver, Estados Unidos), cerca del año 2040 ya no existirá un “conocimiento común” (al que podríamos llamar, como se llamaba antes, “sentido común”, sino fuese porque esa frase ya está totalmente diluida y dilapidada).

En pocas décadas, dijo Frey en un reporte publicado en marzo pasado, “cada persona vivirá dentro de su propia experiencia hiper-individualizada”. Y tanta será la diferencia entre persona y persona que “prácticamente nadie podrá relacionarse con la vida de los otros”. Frey le da un nombre a esa nueva situación: divergencia de las experiencias humanas.

A la vez, el reconocido experto en nuevas tecnologías Shelly Palmer presentó en su columna del fin de semana pasado una situación similar, a la que él denomina “la Gran Desconexión”, que básicamente (es decir, súper simplificadamente) significa que los seres humanos se “desconectarán” no solamente entre ellos, sino también del planeta, y una Meta-IA se hará cargo de controlar a las inteligencias artificiales que a su vez controlan a los humanos.

Según Palmer, será un futuro de “inútiles humanos, conscientes, pero no inteligentes”, controlados por una inteligencia artificial planetaria que puede, o no, llegar a ser autoconsciente.

Sea como fuere, aquello que alguna vez sirvió de base a la civilización occidental, esa unidad filosófica o metafísica a la que Heráclito hace dos milenios y medio llamó (en griego) logos (algo así como “conexión significativa fundacional”, que puede o no ser percibida), es lo que se está perdiendo, si entendemos bien la “divergencia” de la que habla Frey y la “desconexión” de la que habla Palmer.

Y a ellos se pueden sumar varios otros, como Yuval Noah Harari, en Homo Deus (inteligencia separada de la consciencia) y Otto Scharmer, en Liderando desde el Futuro Emergente (triple brecha social, ecológica y espiritual.)

En definitiva, aquel logos griego que en algún momento llegó a ser filosófica y existencialmente tan importante que los cristianos primitivos lo recontextualizaron y ubicaron en el centro de su mensaje (“En el principio era el Logos”) está disipándose tan rápido como la desaparición de la inteligencia y de la consciencia humanas.

Sin esa base fundamental, todas las estructuras subsecuentemente construidas sobre esa base se desmoronarán, exactamente como lo estamos viendo y viviendo. Y si volver al pasado no es una opción, permanecer en el presente es imposible y llegar al futuro es aterrador, entonces, ¿qué nos queda? Quizá debamos releer a Nietzsche, que no estaba tan equivocado.

Si digo que ya entendí, entonces no entendí nada

Una situación con la que me encuentro con demasiada frecuencia (para mi gusto) al presentar un nuevo tema o una nueva idea a un grupo de estudiantes (sean jóvenes o adultos) es la reacción “Eso ya lo sé”, seguida de la mención de alguna fuente, mayormente una película, en la que aparece un tema remotamente relacionado con la idea presentada.

Dicho de otro modo, los estudiantes o los participantes asumen, erróneamente, que ya saben algo simplemente porque en algún momento escucharon, leyeron o vieron algo similar en algún otro lado, aunque esa similitud sea mínima y aunque jamás estudiaron seriamente en el tema.

Esa cerrazón mental, ese negarse a abrirse a una nueva idea, un nuevo concepto, una nueva conexión con el universo, generalmente se justifica con frases como “Ya lo explicaron en la película…”, o “En un programa de televisión hablaron de eso”, o, aún peor, “Vi una frase sobre este tema en las redes sociales”.

Y, sobre la base de ese “conocimiento” previo, que en realidad no es conocimiento en absoluto, el “estudiante” deja de ser tal, se autoengaña haciéndose creer a sí mismo que ya sabe algo que no sabe, y además, por eso mismo, minimiza lo que está escuchando como algo conocido y, de hecho, tan conocido que no se le debe prestar ninguna atención.

Esa confusión entre tener una vaguísima idea de un tema y creerse experto en un tema es tan grande que le roba al “estudiante” de la humildad necesaria para aprender, ya que el que cree que sabe no sabe ni aprende. Y, sin humildad, el “estudiante” se coloca a sí mismo como el juez de todo conocimiento, considerándose con la habilidad de realizar ese juicio de valor.

En la gran mayoría de los casos, poco se puede hacer para invitar a la persona que “ya lo sabe todo” a abrirse a nuevas posibilidades de conocimiento. En algunos casos excepcionales, sin embargo, las nuevas ideas producen tal disonancia cognitiva que obligan a la persona por lo menos a revisar sus ideas y opiniones y, a veces, incluso a confesar “Yo no sé”.

En ese momento, cuando nos bajamos del trono epistemológico y gnoseológico en el que nos hemos colocado, que un nuevo mundo se abre ante nosotros, un mundo del que quizá ya no seamos el “centro” porque ideas como “centro” y “control” ya no se aplican. Pero, para ser sinceros, ese nivel de madurez intelectual y personal es infrecuente.

Lo más común es referirse a una “celebridad” o incluso simplemente a un cierto medio o plataforma (“Lo vi en la televisión”, “lo leí en Internet”) como una indicación de que todo el conocimiento necesario sobre el tema ya ha sido adquirido y, por lo tanto, ya no existe ninguna necesidad de pensar o hablar sobre ese tema.

Como consecuencia, nos encerramos en lo que poco que sabemos sin jamás ver “lo verdaderamente nuevo en lo verdaderamente viejo” (citando a Lloyd Dickie) y sin llegar al nivel de empatía generativa y creativa.

¿Que yo sé mucho? No. En realidad, no sé nada

“Usted sabe mucho”, me dijo un participante luego de una reciente presentación sobre los desafíos de integración social y cultural. Obviamente, esa persona está equivocada en su apreciación de mis conocimientos y, aunque con sincero agradecimiento por sus palabras, así se lo hice saber.

“Muchas gracias”, le dije, “pero no, yo no sé mucho”. “En el mejor de los casos, quizá aprendí algo antes que otros y por eso ahora puedo compartirlo”, le expliqué.

Debería haber agregado “Pero saber, no, no sé nada”. Y no se trata de una ostentosa e irreverente repetición de lo que alguna vez dijo Sócrates. En mi caso, mis conocimientos son tan reducidos que el oráculo de Delfos jamás ni siquiera me prestaría atención.

Si vamos a hablar de personas no solamente conocedoras de interminables temas, sino a la vez imbuidas de profunda sabiduría, entonces deberíamos hablar de mi mentor, quien durante una década me acompañó durante mis estudios de filosofía. Hasta hoy no sé cómo pudo tener tanta paciencia conmigo.

Además de escribir incontables libros y artículos y pertenecer a numerosas academias, mi mentor había completado cinco doctorados en distintas especialidades, siempre relacionadas con humanidades. Comparado con él, con su exquisito dominio de varios idiomas antiguos y modernos, con su autoridad al hablar, con su impecable razonamiento, yo no sé nada.

Y tampoco jamás podría compararme con un profesor de filosofía en la universidad, con quien tuve el privilegio de haber estudiado durante varios años. El, a su vez, había estudiado en Alemania con algunos de los más reconocidos filósofos europeos del siglo pasado. Y luego regresó para dar clases en la universidad. En este caso tampoco me explico cómo tuvo tanta paciencia con nosotros.

Pero no se trata sólo de personas de mi pasado, sino también del presente, como en el caso de mi propia hija quien actualmente está completando un doctorado en una prestigiosa universidad. A pesar de que la duplico en edad y que tengo muchos más años de educación formal de los que ella tiene, aun así, no llego ni remotamente a los conocimientos que ella ya tiene.

Alguien podrá decir, y con razón, que resulta irrelevante saber cuánto sabía mi mentor o mi profesor o cuánto sabe me hija, o, de hecho, cuán poco sé yo. Y alguien más, seguramente con las mejores intenciones, me dirá que no debo compararme, que yo soy quien soy, y que debo estar agradecido por lo que yo he aprendido.

Todo eso es verdad. Pero también es verdad que hubo muchas lecciones que yo debería haber aprendido y no lo hice y otras que debería haber aprendido antes y tardé demasiado en hacerlo. Además, muchas lecciones que aprendí ya las olvidé. Y una cantidad infinita de lecciones nunca las aprenderé.

Y eso me lleva a la conclusión: todo lo que hago, digo, comparto o enseño se basa más en mi ignorancia que en lo que otros creen que yo sé. De hecho, mis acciones y palabras revelan mi ignorancia. Lo sabio es reconocerlo.

El Titanic se hundió por seguir las reglas. Y a tu vida, ¿qué reglas la hunde?

Francisco Miraval

Según un libro recientemente publicado por el periodista investigador Senan Molony, una de las razones que provocó hundimiento del Titanic el fatídico 15 de abril de 1912 fue que la tripulación a cargo del barco “siguió estrictamente el protocolo naval”. Dicho de otra manera, si, en vez de ser tan estrictos hubiesen sido creativos, 1500 vidas se hubiesen salvado.

Más específicamente, según cuenta Molony en su libro El Titanic: Por qué chocó, por qué se hundió y por qué no tendría que haber navegado, la decisión de virar el barco a la derecha para evitar al famoso témpano causó la tragedia. Esa decisión se tomó porque, según las reglas establecidas en 1850, esa era la maniobra que los barcos debían realizar. 

El tema es que esa regla se había establecido para evitar choques frontales entre barcos navegando en direcciones opuestas, no para evitar choques con témpanos. En otras palabras, aunque la regla en cuestión no se aplicaba a la situación que ellos enfrentaban, los tripulantes del Titanic decidieron seguirla, porque así lo establecía “el libro”, con trágicos resultados.

Obviamente, esa no fue la única causa del hundimiento del Titanic, como bien dice y explica Molony. Otro factor que contribuyó al inesperado desenlace incluye el hecho de que el oficial Joseph Boxhall, encargado de avistar los peligrosos témpanos, estaba en su camarote y no avistando témpanos. 

Y desde su salida desde Belfast cinco días antes del hundimiento, se había desatado un incendio en la bodega de carga de carbón del Titanic. El incendio, que no se pudo controlar, debilitó el casco del barco, precisamente donde luego fue averiado irreparablemente por el témpano. 

De las muchas lecciones que el Titanic aún hoy nos enseña, una de esas lecciones, en la forma de una inevitable pregunta, es esta: ¿Qué libro (credo, doctrina, ideología, enseñanza), escrito hace décadas o siglos, estás tu siguiendo en tu vida para tomar “decisiones “correctas” pero que lenta e inexorablemente te llevan al hundimiento de tu vida?

Como en el caso del Titanic, una y otra vez he visto a personas que tratan de resolver los nuevos desafíos del presente con las ideas del pasado, como si fuese posible depositar vino nuevo en odres viejos, como alguien alguna vez indicó.

Y cuando esas personas se “hunden” (financiera, emocional e incluso existencialmente) ya resulta demasiado tarde descubrir que se mantuvieron más adeptos a sus creencias que a la realidad. 

Una pregunta más: ¿quién debería estar en el puesto de mando de tu vida avistando los peligros a evitar, pero que, en vez de hacerlo, está cómodamente descansando en su camarote? Quizá ese “quién” sea tu pareja, tu maestro, tus padres, o alguien importante en tu vida. Pero en la mayoría de los casos, ese “quién” eres tú mismo. 

Y finalmente, ¿qué fuego interno te está consumiendo que, como sucedió con el Titanic, te debilita tanto que un choque con la vida que no debería afectarte te hunde? Quizá es hora de tomar nuestras vidas con más seriedad que nuestras creencias. 

¿De qué color es tu chaleco de fuerza?

En 1970 se publicó por primera vez el conocido libro ¿De qué color es tu paracaídas?, en el que Richard Nelson Bolles proveía consejos sobre cómo buscar y encontrar empleo. Medio siglo después, con todo respeto a Bolles, la pregunta ha cambiado y ahora el libro debería llamarse ¿De qué color es tu chaleco de fuerza? 

Y aún más, al contrario de lo que sucede con el paracaídas, algo que debemos preparar con anticipación al momento en el que vamos a usarlos, el chaleco de fuerza no es algo que nos preparamos para usar, sino que nos obligan a usar. 

Pero ahora vivimos en una época tan alocada que hasta elegimos, por así decir, el color de nuestro chaleco de fuerza y permitimos que nos lo coloquen, como si fuese algo normal y deseable. 

Obviamente, de la misma manera que Bolles no hablaba de un paracaídas real, sino que usaba esa imagen como una metáfora, yo tampoco hablo de un chaleco de fuerza “real”, aunque eso no significa que no llevemos uno puesto y que lo hagamos voluntariamente.

El chaleco de fuerza del que hablo es aquel que nos imponemos nosotros a nosotros mismos al restringir la realidad, las ideas y las oportunidades a aquello que ya sabemos o, peor aún, a aquello que nos enseñaron y que hemos adoptado como credo indiscutible y como doctrina inamovible. 

“No puedo dejar que tú compartas esas ideas con mi grupo porque eso puede confundir a los participantes del grupo y pueden hacer preguntas que los llevarán a cuestionar lo que creen”, me dijo alguien recientemente.

Traducción: “No puedo permitir que ni tú ni nadie les haga ver a los miembros del grupo el chaleco de fuerza que yo les impuse, porque entonces ellos se lo van a quitar y se van a ir. Y yo mismo tendré que pensar sobre mi propio chaleco de fuerza, que lo llevo puesto desde hace tanto tiempo que ya no puedo ni quiero quitármelo”.

En la época en la que vivimos, como se ha comprobado trágicamente una y otra vez (pero también a lo largo de la historia), las mentes cerradas y los corazones cerrados tienen tanta fuerza que el mismo Procusto se sentiría envidioso de cómo nosotros logramos reducir todo a nuestras propias narcisistas dimensiones.

Como bien dijo Bernardette Roberts en su libro El Sendero hacia el No-Yo (1985), “Nada se gana y mucho se pierde cuando reducimos nuestra experiencia a un marco de referencia aceptable y lo hacemos sin pensar en lo que estamos haciendo”.

Cuando así lo hacemos, cuando orgullosa e inconscientemente elegimos el color del chaleco de fuerza que vestiremos, “no expandimos nuestro conocimiento”, “quedamos atrapados en la ilusión” y “no progresamos interiormente”, subraya Roberts. 

Como dice Roberts, si no dejamos “la puerta abierta”, no solamente ya no escuchamos las opiniones de otros, sino que nos cerramos a las “infinitas posibilidades” propias de la multidimensionalidad humana. 

Entonces, ¿de qué color es tu chaleco de fuerza y por qué todavía lo llevas puesto? 

View older posts »

ArCHIVOS

Comments

There are currently no blog comments.