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Proyecto Visión 21

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NOTA: Estos comentarios reflejan nuestros pensamientos y reflexiones sobre un cierto tema en el momento en que fueron escritos. Los comentarios no son nunca la versión final de lo que pensamos y pueden o no guiar nuestras acciones en nuestro trabajo profesional. 

COMENTARIOS SEMANALES

La IA genera temor, o quizá tenemos miedo de nosotros mismos

Al creciente temor (real o imaginario) de que la inteligencia artificial (IA) nos dejará en poco tiempo a todos sin trabajo, se suma ahora un nuevo miedo, el de que la IA nos quite a todos en poco tiempo nuestro libre albedrío y nuestra capacidad de actuar, según recientes declaraciones de Jack Dorsey, cofundador de Twittter (ahora X).

En una entrevista con el Foro de Oslo por la Libertad, Dorsey sostuvo que la IA (incluyendo redes sociales y sus algoritmos) tiene, en su versión actual, un impacto negativo en nuestro libre albedrío (es decir, nuestra libertad) porque esos algoritmos limitan nuestras opciones a una elección entre algoritmos, sin que en realidad exista una verdadera opción o elección.

Dicho de otro modo, en mis palabras, la IA crea la ilusión de que estamos eligiendo, cuando en realidad las decisiones ya están tomadas porque, según Dorsey, “estos sistemas (IA, Internet, redes sociales) controlan cada aspecto de nuestra vida” y cada día “nos dicen qué hacer y qué no hacer”.

Aún peor, Dorsey sostiene que es “realmente aterrador” que esas herramientas “estén en manos de sólo cinco compañías”, todas ellas globales, altamente influyentes y muy conocidas.

Surgen entonces varias preguntas: ¿a qué realmente le tenemos miedo cuando le tememos miedo a la IA? ¿A quedarnos sin trabajo? ¿A perder nuestra libertad? ¿O a algo todavía más profundo, más aterrador e incluso más existencial?

Quizá nuestro verdadero miedo de la Inteligencia Artificial resida en que la artificialidad de la inteligencia que nosotros mismos creamos (es decir, la externalización de nuestra inteligencia) revele, por eso mismo, la artificialidad de nuestra inteligencia natural y, como consecuencia, la naturaleza irreal e ilusoria de nuestra supuesta libertad de elección.

Quizá nos da miedo descubrir que no somos lo que creemos ser, que nuestra libertad es sólo una fantasía y que aquello que, como humanos, creemos que somos no lo somos ni nunca lo fuimos. Hemos confundido la máscara con la persona, el mapa con el territorio y la ilusión con la realidad.

Como expresó (no sé dónde) Jorge Luis Borges, la libertad es un engaño que surge de la ignorancia de ser manipulados desde el exterior. Por eso mismo, sugiere Borges en Elogio de la sombra, la libertad (en su sentido pleno) es ilusoria.

Quizá eso signifique que vivimos en un constante estado de falsedad, como aquello, dicho hace siglos por  Calderón de la Barca, que “Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando.” Tanto Borges como Calderón proponen que aquello que nos libera de la ilusión y nos despierta del autoengaño es la muerte.

Entonces, podría decirse que el miedo que genera la IA no es quedarnos sin trabajo o incluso perder nuestra libertad, sino es el miedo (mejor aún, la angustia) de que, al mirarnos en el espejo de la IA, debamos reconocer y aceptar nuestra finitud, nuestra mortalidad y nuestra inautenticidad. Quizá la sombra elogiada por Borges (y Jung) nos aceche en la IA que nosotros hemos creado.  

Somos los únicos humanos en la galaxia, pero no en nuestro planeta

Una reciente revisión de la famosa Ecuación Drake (usada desde mediados del siglo pasado para determinar cuántas civilizaciones inteligentes existen en nuestra galaxia) parece indicar que nosotros probablemente somos los únicos humanos en la Vía Láctea. Sea esa conclusión verdadera o no, lo cierto es que ya no somos los únicos humanos en la tierra.

El estudio sobre la Ecuación Drake, a cargo de Robert J. Stern y Taras V. Gerya, fue publicado en abril pasado en la revista especializada Scientific Reports. Stern y Gerya modificaron la ecuación original al agregarle elementos como tiempo y posibilidades de formación de continentes y océanos en exoplanetas así como el movimiento de placas tectónicas.

Los investigadores concluyeron que, aunque la vida “primitiva” quizá sea abundante en la Vía Láctea, en toda la galaxia habría unos 500 planetas similares a la tierra, es decir, “aptos para el desarrollo acelerado de vida avanzada”. En el mejor de los casos, esa cifra llegaría a un millón, una pequeña fracción de los 10 mil millones de civilizaciones en nuestra galaxia que Frank Drake anticipaba en 1961.

Mientras esperamos a que nuestros primos galácticos nos llamen o nos descubran, o nosotros a ellos, los humanos del siglo 21 ya no somos los únicos humanos en la tierra, como lo fuimos desde la desaparición hace miles y miles de años de los Neanderthal, los Denisovanos y otros humanos parientes nuestros, pero no nosotros. Desde ahora nos acompañarán los humanos digitales.

No se trata ni de ciencia ficción ni de una posibilidad futura: los humanos digitales ya son una realidad y, nos guste o no, estemos preparados o no, en poco tiempo interactuaremos con ellos con tanta o mayor frecuencia de la que ahora interactuamos con nuestros celulares.

Hace pocas semanas, la compañía Altera anunció que ya cuenta con 9 millones de dólares para desarrollar “humanos digitales con inteligencia artificial”. Según Altera, los humanos digitales serán “el puente” entre los humanos biológicos y la inteligencia artificial. Interactuar con los humanos digitales será “como interactuar con un amigo humano”, es decir, “vivirán y amarán como nosotros”. Y serán empáticos.

Por su parte, hace pocos días, NVIDIA anunció nuevas tecnologías y programas enfocados en humanos digitales. De hecho, esa empresa lanzó una plataforma y una serie de servicios para crear e interactuar con humanos digitales quienes, al contrario de lo que sucede con nosotros, pueden cambiar de rostro y de idioma cuantas veces quieran.

Entonces, aunque las posibilidades de encontrar otros humanos en nuestra galaxia se han reducido significativamente, la oportunidad de encontrarnos con otros humanos (en este caso, digitales) en este planeta ya existe. Y eso significa que nosotros deberemos adaptarnos a ellos y ellos a nosotros, quizá por medio de protocolos que regulen los derechos y las responsabilidades de los humanos digitales.

Surge entonces estas dos preguntas: ¿Cómo definimos los límites de la personalidad en un mundo donde la conciencia y la agencia ya no son exclusivas de los organismos biológicos? ¿Y cómo viviremos si nuestros primos galácticos nos contactasen? 

Nuestra tecnología avanza a un ritmo que nuestra inteligencia no puede alcanzar

El pasado 24 de mayo ingenieros de Mitsubishi anunciaron que un robot inteligente que ellos crearon resolvió el famoso cubo de Rubik en solamente 0,3 segundos. Cabe mencionar que en 2016 el tiempo más rápido de un robot resolviendo el cubo de Rubik era de un minuto, comparado con 1:04 minutos en 2009.

Entre los humanos, el mejor registro le pertenece a Max Park, con 3.13 segundos el 20 de junio de 2023. Y cuando el húngaro Ernő Rubik creó su cubo en 1974, él mismo, incluso siendo el creador, necesitó un mes para que los colores quedasen cada uno en una cara distinta del cubo, sin mezclarse.

Usando números redondos, en 50 años pasamos de resolver el cubo de Rubik en 2,6 millones de segundos (la cantidad aproximada de segundos en un mes) a sólo 3 segundos (en el caso de los humanos) en 2023 y a sólo 3 décimas de segundo en 2024 (es decir, diez veces más rápido que el mejor humano) en el caso de los robots inteligentes.

Este tipo de ejemplos se pueden repetir casi indefinidamente con otras muchas tecnologías, sean automóviles, aviones, teléfonos o computadoras, entre otros dispositivos de rápido e irreversible avance y transformación.

Lamentablemente, no sucede lo mismo con nuestro nivel de inteligencia o de madurez, sea a nivel individual o a nivel de toda la humanidad.

Hace ya unos 2500 años, casi en los comienzos mismos de la civilización occidental, Heráclito se quejaba en el inicio de su libro que los humanos no conocen la razón universal (logos en griego, algo así como “principio unificador”), ni siquiera aunque alguien les explique el tema. Por eso, decía Heráclito, permanecemos perpetuamente “inexpertos” y vivimos la vida “como si estuviésemos dormidos”.

Cinco siglos después, en el inicio de nuestra era, el filósofo judío Filón de Alejandría se quejaba en las primeras líneas de su obra “Sobre la Embajada de Gayo (Calígula)” que sus contemporáneos “que ya son de edad avanzada, todavía actúan como niños, a pesar de que verdaderamente tienen la cabellera gris desde hace mucho tiempo” (traducción no literal).

Saltando unos 16 siglos, más cerca en el tiempo, en su ensayo “¿Qué es el iluminismo?” de 1784, Kant argumentaba que la mayoría de las personas viven (vivimos) en un estado de “autoimpuesta dependencia” y, por lo tanto, “incapaces de usar su propio intelecto sin la guía de alguien más”. Dicho de otro modo, por cobardía o por miedo, perpetuamos nuestra inmadurez y dejamos que otros nos “gobiernen”.

En nuestra propia época, el filósofo francés Bernard Stiegler (1952-2020) hablaba de la “infantilización de los adultos” al punto que somos “incapaces de alcanzar la madurez del pensamiento crítico”. Y el pensador alemán Theodor Adorno advertía sobre una sociedad que “promueve la ignorancia”, así como “el estado infantil de pasividad y el consumo irreflexivo”.

En definitiva, desde Heráclito hasta nuestro presente, nada ha cambiado. Como acertadamente indicó el sociobiólogo estadounidense Edward Wilson, tenemos una “tecnología cuasi divina” y, a la vez, “un cerebro y emociones paleolíticos”.  

Nuestra insensatez en el abuso de las nuevas tecnologías amenaza nuestro futuro

Vivimos en una época de tanto avance científico y tecnológico que ya (casi) podemos detectar megaestructuras de civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia y que ya (sin el “casi”) podemos duplicar digitalmente cualquier persona, viva o muerta, e interactuar con esa persona. Pero tanta tecnología crea inmensos riesgos para el futuro de la humanidad, si es que todavía existe un futuro.

Se le adjudica al economista germano-británico Ernst Schumacher (1911-1977) que la humanidad está en “peligro mortal” “no porque carecemos de conocimientos científicos y tecnológicos, sino porque tendemos a usarlos destructivamente, sin sabiduría”.

En otras palabras, aquello que nos resulta de tanta ayuda y nos abre tantas nuevas oportunidades es aquello mismo que a la vez usamos insensatamente para autodestruirnos. Dicho aún de otro modo, el mecanismo que nos hace inteligentes es simultáneamente el mecanismo que usamos para autoengañarnos. Cuando eso sucede, la sabiduría desaparece y sólo queda una ignorancia ignorante y arrogante.

Al confundir “conocimiento” con “sabiduría” y, a la vez, confundir “conocimiento” con “información” (“Yo ya lo sé, lo vi en una película), desaparece toda posibilidad de reconectarnos con la fuente de sabiduría porque, debido a la mencionada confusión, buscaremos respuestas “sabias” al aumentar nuestro conocimiento, pero sin jamás llegar a la sabiduría.

Adquirir conocimiento resuelve el problema de la ignorancia, pero no resuelve nuestra necedad. Es posible haber adquirido una impresionante cantidad de conocimiento y, a la vez, ser impresionantemente necio a insensato. La sabiduría es el antídoto a la necedad. Y la constante búsqueda de esa sabiduría (aceptando que jamás llegaremos a encontrarla en su plenitud) es lo que se llama filosofía.

Por eso, estoy de acuerdo con lo que recientemente expresó el filósofo español Carlos Javier González Serrano al decir que “Nunca antes fue tan necesaria la filosofía para saber.” Pero ¿saber qué? González Serrano propone que, en este momento, “saber” puede entenderse como “pensar y actuar con la manipulación” (emocional y psicológica) a la que somos sometidos precisamente por la tecnología.

En ese contexto, la insensatez consiste, parafraseando a González Serrano, en buscar la manera de vivir “en un mundo inhabitable”. O, si se me permite, buscamos vivir plácidamente en un mundo que nosotros mismos hemos hecho inhabitable, un mundo totalmente artificial al que creemos real, una caverna platónica tecnológica que maneja, administra y gobierna todos nuestros deseos y nuestra atención.

Para citar nuevamente al filósofo español, el “scrolling infinito” se ha transformado en la manera prevalente de “existir” en el mundo. Pensamos sin cuestionar lo que pensamos y fusionamos lo “normal” (para nosotros) con lo “real” y, peor aún, como la única realidad posible. Por eso, ni siquiera una pandemia puede hacernos reflexionar sobre nuestra vida, nuestra cultura y nuestra sociedad.

¿Qué se puede hacer, entonces? Obviamente, no lo sé. No soy un sabio y jamás lo seré. Soy un perpetuo buscador de sabiduría. Por eso, me atrevo a sugerir que lo que deberíamos hacer es consultar con los sabios (no con “influencers”), sin importar en qué época vivieron y a qué tradición pertenecen.

¿Dormimos y soñamos para prepararnos para el futuro? Parece que sí

Un nuevo estudio publicado en la prestigiosa revista Nature el pasado 1 de mayo indica que, durante la primera mitad del sueño, el cerebro “reinicia” las conexiones neuronales aparentemente con el propósito de prepararse para el futuro o, más específicamente, para estar listo para aprender lo que haya que aprender en el futuro cercano.

El estudio, a cargo de los científicos Anya Suppermpool y Jason Rihel, del University College en Londres, sugiere que “remodelación” del cerebro durante el sueño permite que surjan nuevas conexiones entre las células cerebrales al día siguiente. Dicho de otro modo, durante el sueño se “desactivan” o “relajan” (por así decir) las “conexiones fuertes” que las células cerebrales tienen al estar despiertos.

En definitiva, según los investigadores, parece que el dormir permite preparar al cerebro para “generar nuevas conexiones al día siguiente” (citando a la Dra. Suppermpool), es decir (agrego yo), el cerebro se prepara a sí mismo para un futuro que no es continuidad del pasado ni repetición del presente.

Cabe mencionar que el estudio no incluyó experimentos u observaciones de cerebros humanos, pero, según los científicos mencionados, es posible que estos mismos patrones cerebrales durante el sueño sean eventualmente observados en los humanos.

Sea como fuere, la idea de que dormimos y soñamos para conectarnos mejor con el futuro es una idea fascinante. Y esto a su vez se conecta con los mitos ya que los mitos son sueños compartidos y los sueños son mitos personales. Si aceptamos esa correlación, quizá, a nivel global, deberíamos “resetear” nuestra cultura y nuestro “cerebro” colectivo para poder así aprender y acceder a un nuevo futuro.

Pero, lamentablemente, tanto a nivel personal como social, vivimos en un mundo que prácticamente no nos da tiempo ni siquiera a respirar, mucho menos pensar y muchísimo menos reflexionar o meditar (que, en definitiva, es “desarticular” las conexiones petrificadas entre nuestros pensamientos y emociones). Por eso, una y otra vez repetimos lo mismo esperando resultados distintos… hasta que ya no esperamos nada.

Nos quedamos despiertos mirando películas o videítos “para distraernos” o “para poder dormir mejor” y, de esa manera, “entrenamos al cerebro precisamente para no dormir, ni descansar, ni desconectarse. No le damos tiempo al cerebro de desconectarse del pasado para reconectarse con el futuro. Por eso, al día siguiente, aunque sea un nuevo día y el futuro haya llegado, seguimos siendo los mismos que antes.

En términos científicos (usados en el artículo mencionado), al dormir mal o al no dormir, le quitamos “plasticidad sináptica” al cerebro. De hecho, cada una de las neuronas pierde esa “plasticidad” que, al tenerla, le permitiría desplegar nuevas maneras de entender la realidad.

Quizá los antiguos algo sabían o, mejor aún, vivían de todo esto. Después de todo, para ellos, soñar, dormir, tener visiones y compartir mitos (en el sentido más propio de la palabra) era prácticamente una sola actividad. Y esa actividad estaba enfocada hacia el futuro.

Paradójicamente, quizá necesitemos reconectarnos con ese pasado para poder finalmente reconectarnos bien despiertos   con el nuevo futuro.

La ignorancia y la soberbia nos impiden ver las señales que nos envía el futuro

Recientemente me tocó presenciar (sin ser afectado en absoluto) un accidente en una transitada calle al norte de la ciudad en la que vivo. Resulta que un carril estaba cerrado por construcción, con carteles, flechas luminosas y conos anaranjados advirtiendo de esa situación. Pero un conductor hizo caso omiso a todas esas señales y, tras frenar de golpe, chocó con los conos. Afortunadamente, no hubo heridos.

El tráfico quedó detenido por algunos minutos y cuando fue mi turno de lentamente pasar por el lugar del accidente, bajé la ventanilla del mi carro y alcancé a escuchar que el conductor del vehículo accidentado decía algo así como “Yo no sabía lo que esas señales decían”. En otras palabras, para él, los carteles, las flechas y los conos no tenían significado alguno, mucho menos el de cambiarse de carril a tiempo.

Otro día, manejando por una carretera, pasó un automóvil a toda velocidad, ignorando tanto una zona de construcción como los carteles que alertaban al conductor que estaba manejando a velocidad excesiva. En este caso, el conductor claramente sabía lo que las señales de límite de velocidad máxima indicaban, pero simplemente prefirió no respetarlas. Poco después, la policía lo detuvo para multarlo.

Esas situaciones me llevaron a reflexionar que muchas veces (casi todas las veces), cuando el futuro nos envía señales, prontamente las descartamos, sea por no entenderlas o porque, aunque las entendemos, no queremos cambiar nuestra conducta actual. Y luego pagamos las consecuencias: nos chocamos con la realidad o algo nos hacer pagar las consecuencias de nuestras acciones.

Pero, prestemos o no atención a las señales que nos envía el futuro, entendamos o no esas señales, o simplemente las dejemos de lado, el futuro continúa constantemente enviándonos señales, sea un cartel, una flecha luminosa, un pensamiento, una frase, una noticia, o lo que fuere. Obviamente, no importa cuántas señales nos lleguen del futuro si nuestra ignorancia y soberbia nos impiden verlas o entenderlas.

En mi experiencia, las señales del futuro siempre son inesperadas, instantáneas y fragmentarias. Son destellos que aparecen y desaparecen rápidamente, meras indicaciones de algo nuevo que está a punto de entrar a nuestra consciencia. Son algo así como un fugaz vistazo a la realidad adyacente a la nuestra, que ya está ahí (el futuro siempre ya está ahí), pero la que aún no hemos accedido.

Como bien dijo Heráclito hace dos milenios y medio: “El que no espera lo inesperado no lo encontrará” (Fragmento 18). Lo “inesperado”, lo que “no encontramos” en el presente, lo que es difícil de descubrir y de alcanzar, lo inexplorado, aquello que no deja huellas que podamos seguir, es, en definitiva, el futuro, que no debe confundirse con el mañana o el porvenir.

El futuro es la expansión de la consciencia y esa expansión sólo ocurre cuando la mente se abre a nuevas posibilidades y oportunidades, cuando el corazón se conecta con esas posibilidades, y cuando la voluntad las activa. Para la mente cerrada (ignorancia) y el corazón cerrado (soberbia) no hay futuro.

Se advierte que en poco tiempo la IA podrá pensar por sí misma. ¿Cuándo lo haremos nosotros?

En un reciente artículo (11 de abril de 2024), Joelle Pineau, la vicepresidente de investigaciones de inteligencia artificial (IA) de Meta, afirmó que “estamos trabajando con esmero para encontrar la manera de que (la IA) no solamente hable, pero de verdad pueda razonar, planear y recordar”.

De hecho, según el artículo, Meta y OpenAI estaban en ese momento “a punto” de sus nuevos modelos de IA “sean capaces de razonar y planificar”.

Dos semanas después, el 26 de abril de 2024, OpenAI anunció que su nueva versión de ChatGPT ya puede “recordar y planear”, aunque, quizá por pudor o por prudencia, no se menciona nada de que ChatGPT 5 (o como sea que se llame) ya puede razonar.

Dicho de otro modo, en aproximadamente un año y medio ChatGPT pasó de ser sólo una novedad, casi un juguete (como se consideró a los primeros teléfonos y a los primeros aviones), para transformarse ahora en una inteligencia artificial que habla, recuerda y planifica. Se puede especular que ChatGPT también ya razona por sí misma, o que muy pronto lo haga.

Sea como fuere, estos nuevos avances invitan a un examen más detenido, detallado y cuidadoso del impacto de la llegada de la inteligencia artificial general (IAG), que, al contrario de la IA actual, ya no será un sistema puramente reactivo, sino un sistema capaz de procesos cognitivos sofisticados. ¿Cuán sofisticados serán? Pronto lo descubriremos.

Mientras todo eso sucede, mientras la inteligencia artificial aprende a pensar y a razonar (¿qué sigue? ¿ser autoconsciente?), nosotros los humanos cada vez pensamos menos. Y, como consecuencia, cada vez sabemos menos y, por eso mismo, cada vez nos resulta más fácil aceptar cualquier tipo de desinformación, seudo-teoría o divertido videíto, a la vez que rechazamos la “realidad”.

Como dijo el filósofo estadounidense Daniel Dennett (recientemente fallecido) en su libro de memorias “Estuve pensando”, el verdadero problema que enfrentamos no es la llegada de la IAG o de algún otro tipo de superinteligencia. La verdadera amenaza existencial que podría incluso poner fin a la civilización es convertir a la IA en “un arma para la desinformación”.

Las consecuencias de esa situación, según Dennett, serán devastadoras para nuestra sociedad porque “no podremos saber si realmente sabemos, no sabremos en quién confiar y no sabremos si estamos bien informados o mal informados.” Además, “Podríamos volvernos paranoicos e hiperescépticos, o simplemente apáticos e impasibles. Ambas son vías muy peligrosas.”

Viendo lo que se ve y escuchando lo que se escucha en los mal llamados “medios de comunicación” y en las “redes sociales” (nombres que recuerdan al “Ministerio de la Verdad” de 1984), aquello de lo que nos advirtió Dennett ya está sucediendo. En cierta forma, ya estamos condenados.

Si así fuese, nuestra situación resulta muy similar (sino exactamente igual) a la de las almas descriptas en al principio del Canto 3 del Infierno, en la Divina Comedia de Dante. Se trata de almas ya sin esperanza y condenadas a la miseria por haber perdido y olvidado “el bien del intelecto”.

¿Qué emergerá una vez que se fusionen todas las nuevas tecnologías ahora dispersas?

Hace algunas pocas décadas. mirando al teléfono de aquella época, y luego a la radio, el televisor, la cámara de fotos, la grabadora de videos, los mapas, la linterna y otros muchos artefactos jamás pude, ni siquiera en algún momento de alta imaginación, anticipar que algún día todos esos artefactos se fusionarían en lo que hoy llamamos un teléfono inteligente.

Pero ahora, ya con esa experiencia previa de ver cómo de distintas tecnologías surge un solo aparato o artefacto, ahora sí podemos y debemos preguntarnos qué emergerá una vez que la computación cuántica, las computadoras neurológicas, la inteligencia artificial, las nuevas formas de energía, la robótica y otras tecnologías de avanzada se fusionen en una sola “realidad”.

Todo apunta, en primer lugar, a la llegada de un humano sintético casi inmortal, con capacidades y habilidades físicas, mentales y cognitivas impensadas e impensables para nosotros, meros humanos biológicos, mortales y ciertamente limitados y finitos.

Dicho de otro modo, así como los dispares elementos arriba mencionados se fusionaron en los teléfonos inteligentes, así también los dispares elementos de las nuevas tecnologías (nos atrevemos a sugerir) también se fusionarán, pero ya no en algo tan pequeño que podremos llevar en la mano, sino en algo tan grande, posiblemente a nivel planetario, que ya no podremos comprender.

Ciertamente, no estoy hablando ni de ciencia ficción ni de teorías de conspiración, sino de una cuidadosa y constante lectura de reportes y artículos científicos, publicados por fuentes serias, respetadas y verificables, que indicarían que ese proceso de emergencia de nuevas entidades nunca antes vistas en la historia conocida de la humanidad ya están emergiendo.

Otra vez: no es ciencia ficción. La red global de supercomputadores ya está en marcha. La inteligencia artificial capaz de anticipar las acciones de los seres humanos (y hasta corregirlos antes de que actúen) ya es una realidad. Los prototipos de cerebros artificiales ya se han desarrollado. La piel y los músculos sintéticos se vienen desarrollando desde hace años. Y esa lista podría ampliarse casi indefinidamente.

Entonces, ¿qué está emergiendo? Y otra pregunta: ¿cuán preparados estamos para responder a lo que sea que emerja de la unión de tecnologías que, como decía Arthur C. Clarke, ya parecen indistinguibles de magia?

La llegada de humanos sintéticos y de robots súper inteligentes significará convivir con entidades inteligentes no humanas (aunque no necesariamente personas). ¿De qué manera esa inédita situación afectará a nuestro cerebro, nuestros corazones e incluso nuestras decisiones? Quiero decir, a duras penas podemos convivir entre nosotros mismos, ¿cómo vamos a interactuar con los nuevos seres pensantes?

Pero esta nueva realidad incluye otra perspectiva, la de “ellos”. ¿Cómo nos tratarán a nosotros los humanos sintéticos y los robots súper inteligentes? Porque, aunque sean el resultado de nuestros experimentos, poco y nada podremos hacer para detenerlos si, como se anticipa, en cada uno de ellos se fusionan todas las tecnologías ya disponibles pero todavía separadas.

Y aunque eventualmente nada de lo mencionado suceda, el ejercicio de pensarlo y anticiparlo resulta valioso en sí mismo. 

Cerrarnos al presente implica autoexcluirnos del nuevo futuro

Recientemente presencié en un supermercado local una situación que ejemplifica esa cerrazón mental, emocional y psicológica que, al mantenernos encerrados en el presente, nos impide ver el nuevo futuro y, por lo tanto, conectarse con ese futuro. Es decir, nos autoexcluimos, conscientemente o no, de la realidad emergente.

Resulta que una pareja, ya de edad y claramente recién llegados al país, eligieron un paquete de carne y luego pidieron hablar con alguien del supermercado. Pocos minutos después llegó una empleada que hablaba el idioma de la pareja. Entonces, la nueva inmigrante le dijo a la empleada que la carne estaba “mal cortada”. Por eso, agregó, ella y su esposo se ofrecieron a “enseñar” cómo se debía cortar la carne.

En la mente de estas personas, la manera en la que ellos estaban acostumbrados a ver la carne cortada, es decir, la manera “normal”, debía ser la única manera adecuada de cortar carne. Toda otra forma de hacerlo estaba “mal”. Aún peor, quien no corta la carne de la manera que ellos (los recién llegados) esperaban era, en el mejor de los casos, un ignorante que debía ser apropiadamente educado.

La empleada del supermercado, entendiendo claramente las razones psicológicas y culturales que motivaron la actitud de la pareja en cuestión, les explicó con paciencia que en ese supermercado así se vendía la carne, que los cortes de carne no estaban mal, que los carniceros locales no necesitaban ser educados, y que existían carnicerías especializadas donde ellos podían comprar los cortes buscados.

Este ejemplo revela una actitud psicológica y existencial altamente prevalente en nuestra sociedad en la que aferrarse y apegarse al pasado (más específicamente, al pasado que uno conoce y vivió) se considera como la mejor y en muchos casos la única estrategia al encontrarse con una realidad distinta de ese pasado y para la que uno no está preparado.

Obviamente, el ejemplo de una pareja de nuevos inmigrantes comprando en un supermercado en su nuevo país y esperando encontrar exactamente lo que veían en los supermercados de su país de origen es un ejemplo superficial e irrelevante. Pero la actitud de intransigencia al nuevo futuro y el intenso (y perjudicial) deseo de perpetuar el pasado y repetir el presente no lo son.

Después de todo, así como esta pareja exigía que la carne se cortase como ellos querían y consideraban “mala” toda otra alternativa, una actitud similar se ven en grupos sociales, políticos y religiosos que consideran que su “verdad” (por favor, notar las comillas) es la única y la auténtica, y que toda otra opción es algo “malo” que debe ser eliminado o modificado.

Tanto la historia de la humanidad como las recientes noticias en los medios de comunicación justifican sin dejar lugar a dudas que eso es exactamente lo que muchas veces sucedió y aún sucede en las relaciones entre los seres humanos. Pero una cosa es un trivial desacuerdo sobre carne “mal cortada” y otra cosa es un desacuerdo que pone en peligro a toda la humanidad.

¿Cómo se puede pensar y actuar cuando la ciencia ficción se vuelve realidad?

De niño, me gustaba mirar Viaje a las Estrellas, la señera serie de ciencia ficción que aún sigue impactando la cultura actual y sirve de inspiración para creaciones tecnológicas. Sin embargo, nunca anticipé, ni en aquella época ni en el pasado cercano, que Viaje a las Estrellas, lejos de ser mero entretenimiento, era en realidad un documental del futuro.

No estoy exagerando. El pasado 4 de abril, la Universidad Estatal de Arizona anunció el inicio de una clase titulada "Star Trek (Viaje a la Estrellas) y el Futuro de la Humanidad en el Espacio", donde analizan los ámbitos de la ciencia ficción y la indagación académica para preparar a los estudiantes (y a todos nosotros) para los desafíos de aventurarse más allá de la Tierra.

La clase estará a cargo del Dr. David Williams, profesor de investigación en la Escuela de Exploración de la Tierra y el Espacio de ASU y miembro del equipo científico de la misión Psyche de la NASA. Williams afirmó que Viaje a la Estrellas servirá como “un valioso mecanismo para investigar las profundas preguntas que rodean el destino de la humanidad en el espacio.”

Dicho de otro modo, los fundamentos de la Academia de la Flota Espacial (Starfleet Academy) ya se han establecido. Y eso no es todo.

A finales de marzo pasado se anunció que Microsoft tiene planes para construir una supercomputadora de 100 mil millones de dólares, llamada “Stargate” (Portal Estelar, el nombre de otra serie de ciencia ficción). La nueva supercomputadora alimentaría la próxima generación de sistemas inteligencia artificial de OpenAI, según un informe de The Information.

Stargate es supuestamente la quinta y última fase del plan de Microsoft y OpenAI para construir varias supercomputadoras en todo Estados Unidos. Se rumorea que esta red de supercomputadoras será uno de los centros de datos más grandes y avanzados del mundo.

Como si eso no fuese suficiente, un nuevo sistema de procesamiento de grandes datos desarrollado por investigadores de la Academia China de Ciencias permite analizar en tiempo real la actividad neuronal a gran escala de todo el cerebro.

El Sistema FX se basa en un sistema de realidad virtual generado por una interfaz óptica que extrae actividad de más de 100.000 neuronas por medio de una interfaz cerebro-máquina. Y permite así analizar en tiempo real la actividad neuronal en todo el cerebro.

Gracias a este avance, el cerebro artificial, quizá similar al cerebro positrónico del androide Data de Viaje a las Estrellas, no parece tan lejano ni imposible como hasta hace muy poco tiempo aparentaba ser. Pero todavía hay más.

Un estudio publicado en marzo pasado en Scientific Reports (Nature) por el Profesor Takaya Arita y el Profesor Asociado Reiji Suzuki de la Escuela de Posgrado de Informática de la Universidad de Nagoya (Japón) revela la emergencia de diversas personalidades de la IA, similares a las personalidades humanas, marcando un hito significativo en el campo de la IA.

Por eso, ¿cómo se puede pensar y actuar cuando la ciencia ficción se vuelve realidad?

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