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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado

No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado ni se puede enseñar a quien no quiere aprender. Lamentablemente para mí, aprendí esas lecciones tarde en mi vida. De hecho, recién ahora las estoy aprendiendo, por lo que erróneamente aún creo que se debe ayudar al necesitado y educar a quien lo necesite. Pero, aunque me cueste admitirlo, ya no es así.

Hace solamente unas pocas décadas, cuando la gente asistía a una clase de inglés, lo hacían con la intención de aprender ese idioma, o eso es lo que yo creía. Ahora, la “clase de inglés” se ha transformado en una especie de coto de caza, en el que cada supuesto “estudiante” no estudia inglés, sino a su “presa”. 

Por eso, lejos de prestar atención al inglés (o a finanzas, o a nutrición, o a lo que fuera), se presta atención a quién se puede vender qué, o a quién podemos invitar a nuestro evento, o cuántos “Me gusta” podemos generar en esa clase.

Aún peor, y me ha pasado recientemente un par de veces (y hasta me da vergüenza confesarlo) están aquellos que llegan a la clase ya sabiendo inglés, pero pretenden que no lo saben, solamente para robarse descaradamente el material y luego llevarse a los alumnos a “sus” clases. 

Y esa misma gente, que no quiere aprender, luego viene con una larga lista de sus problemas y exige que uno se los solucione. No piden que uno los ayude a solucionar los problemas, sino que uno se los soluciones, sin ellos aportar nada por ellos mismo ni ofrecer nada a cambio.

Y también están aquellos que, pretendiendo enseñar, no lo hacen. Pero nada se les puede decir porque semana tras semana se paran delante de cientos y cientos de personas, a veces miles, repitiendo lo mismo una y otra vez, y recibiendo a cambio estruendosos aplausos por parte de sus admiradores quienes ni entendieron ni prestaron atención a lo que se les dijo.

Recientemente, por ejemplo, escuché a un “dirigente” (por darle alguna designación) “enseñarles” a un grupo de padres que no deberían prestarles atención a las nuevas tecnologías y que “si la tecnología llega a ser un problema, nos regresamos a nuestros países”. Como si cambiar de geografía y retrotraerse a un pasado nostálgicamente inexistente fuese la solución.

Y luego está el caso de aquella persona quien, ante cientos de sus seguidores (y yo, por casualidad sentado entre ellos), afirmó que “las cosas están tan mal en el mundo actual que el índice de mortalidad entre humanos ya casi llega al 100 por ciento”. Me hubiese gustado preguntarle qué quiso decir con “casi llega al 100 por ciento”, pero no pude. 

En otras palabras, ¿cuál es el porcentaje de ser humanos, por ínfimo que sea, que no son mortales? Si él lo sabe, o si él es uno de esos inmortales, sería bueno que lo compartiese. Pero en realidad era pura charlatanería en busca de narcisistas aplausos. 

Que cada uno saque sus propias conclusiones. 

Nuestra civilización ya tiene fecha de vencimiento (no es broma ni profecía)

La civilización occidental, ahora tecnologizada y globalizada, ya tiene fecha de vencimiento: desaparecerá en las próximas décadas y será reemplazada por una meta-inteligencia artificial (Meta-IA) que controlará el planeta, mientras cada ser humano vivirá encerrado dentro de su burbuja tecnológica, afirman reconocidos expertos. Y lo que dicen tiene sentido.

Como expresamos en el título, este tema no es una broma (porque se basa en reportes de reconocidos expertos) ni una profecía (porque se basa en el futuro que ya está emergiendo en el presente, no en una proyección del presente al futuro).

Según el futurista Thomas Frey, del Instituto Davinci (cerca de Denver, Estados Unidos), cerca del año 2040 ya no existirá un “conocimiento común” (al que podríamos llamar, como se llamaba antes, “sentido común”, sino fuese porque esa frase ya está totalmente diluida y dilapidada).

En pocas décadas, dijo Frey en un reporte publicado en marzo pasado, “cada persona vivirá dentro de su propia experiencia hiper-individualizada”. Y tanta será la diferencia entre persona y persona que “prácticamente nadie podrá relacionarse con la vida de los otros”. Frey le da un nombre a esa nueva situación: divergencia de las experiencias humanas.

A la vez, el reconocido experto en nuevas tecnologías Shelly Palmer presentó en su columna del fin de semana pasado una situación similar, a la que él denomina “la Gran Desconexión”, que básicamente (es decir, súper simplificadamente) significa que los seres humanos se “desconectarán” no solamente entre ellos, sino también del planeta, y una Meta-IA se hará cargo de controlar a las inteligencias artificiales que a su vez controlan a los humanos.

Según Palmer, será un futuro de “inútiles humanos, conscientes, pero no inteligentes”, controlados por una inteligencia artificial planetaria que puede, o no, llegar a ser autoconsciente.

Sea como fuere, aquello que alguna vez sirvió de base a la civilización occidental, esa unidad filosófica o metafísica a la que Heráclito hace dos milenios y medio llamó (en griego) logos (algo así como “conexión significativa fundacional”, que puede o no ser percibida), es lo que se está perdiendo, si entendemos bien la “divergencia” de la que habla Frey y la “desconexión” de la que habla Palmer.

Y a ellos se pueden sumar varios otros, como Yuval Noah Harari, en Homo Deus (inteligencia separada de la consciencia) y Otto Scharmer, en Liderando desde el Futuro Emergente (triple brecha social, ecológica y espiritual.)

En definitiva, aquel logos griego que en algún momento llegó a ser filosófica y existencialmente tan importante que los cristianos primitivos lo recontextualizaron y ubicaron en el centro de su mensaje (“En el principio era el Logos”) está disipándose tan rápido como la desaparición de la inteligencia y de la consciencia humanas.

Sin esa base fundamental, todas las estructuras subsecuentemente construidas sobre esa base se desmoronarán, exactamente como lo estamos viendo y viviendo. Y si volver al pasado no es una opción, permanecer en el presente es imposible y llegar al futuro es aterrador, entonces, ¿qué nos queda? Quizá debamos releer a Nietzsche, que no estaba tan equivocado.

Si digo que ya entendí, entonces no entendí nada

Una situación con la que me encuentro con demasiada frecuencia (para mi gusto) al presentar un nuevo tema o una nueva idea a un grupo de estudiantes (sean jóvenes o adultos) es la reacción “Eso ya lo sé”, seguida de la mención de alguna fuente, mayormente una película, en la que aparece un tema remotamente relacionado con la idea presentada.

Dicho de otro modo, los estudiantes o los participantes asumen, erróneamente, que ya saben algo simplemente porque en algún momento escucharon, leyeron o vieron algo similar en algún otro lado, aunque esa similitud sea mínima y aunque jamás estudiaron seriamente en el tema.

Esa cerrazón mental, ese negarse a abrirse a una nueva idea, un nuevo concepto, una nueva conexión con el universo, generalmente se justifica con frases como “Ya lo explicaron en la película…”, o “En un programa de televisión hablaron de eso”, o, aún peor, “Vi una frase sobre este tema en las redes sociales”.

Y, sobre la base de ese “conocimiento” previo, que en realidad no es conocimiento en absoluto, el “estudiante” deja de ser tal, se autoengaña haciéndose creer a sí mismo que ya sabe algo que no sabe, y además, por eso mismo, minimiza lo que está escuchando como algo conocido y, de hecho, tan conocido que no se le debe prestar ninguna atención.

Esa confusión entre tener una vaguísima idea de un tema y creerse experto en un tema es tan grande que le roba al “estudiante” de la humildad necesaria para aprender, ya que el que cree que sabe no sabe ni aprende. Y, sin humildad, el “estudiante” se coloca a sí mismo como el juez de todo conocimiento, considerándose con la habilidad de realizar ese juicio de valor.

En la gran mayoría de los casos, poco se puede hacer para invitar a la persona que “ya lo sabe todo” a abrirse a nuevas posibilidades de conocimiento. En algunos casos excepcionales, sin embargo, las nuevas ideas producen tal disonancia cognitiva que obligan a la persona por lo menos a revisar sus ideas y opiniones y, a veces, incluso a confesar “Yo no sé”.

En ese momento, cuando nos bajamos del trono epistemológico y gnoseológico en el que nos hemos colocado, que un nuevo mundo se abre ante nosotros, un mundo del que quizá ya no seamos el “centro” porque ideas como “centro” y “control” ya no se aplican. Pero, para ser sinceros, ese nivel de madurez intelectual y personal es infrecuente.

Lo más común es referirse a una “celebridad” o incluso simplemente a un cierto medio o plataforma (“Lo vi en la televisión”, “lo leí en Internet”) como una indicación de que todo el conocimiento necesario sobre el tema ya ha sido adquirido y, por lo tanto, ya no existe ninguna necesidad de pensar o hablar sobre ese tema.

Como consecuencia, nos encerramos en lo que poco que sabemos sin jamás ver “lo verdaderamente nuevo en lo verdaderamente viejo” (citando a Lloyd Dickie) y sin llegar al nivel de empatía generativa y creativa.

¿Que yo sé mucho? No. En realidad, no sé nada

“Usted sabe mucho”, me dijo un participante luego de una reciente presentación sobre los desafíos de integración social y cultural. Obviamente, esa persona está equivocada en su apreciación de mis conocimientos y, aunque con sincero agradecimiento por sus palabras, así se lo hice saber.

“Muchas gracias”, le dije, “pero no, yo no sé mucho”. “En el mejor de los casos, quizá aprendí algo antes que otros y por eso ahora puedo compartirlo”, le expliqué.

Debería haber agregado “Pero saber, no, no sé nada”. Y no se trata de una ostentosa e irreverente repetición de lo que alguna vez dijo Sócrates. En mi caso, mis conocimientos son tan reducidos que el oráculo de Delfos jamás ni siquiera me prestaría atención.

Si vamos a hablar de personas no solamente conocedoras de interminables temas, sino a la vez imbuidas de profunda sabiduría, entonces deberíamos hablar de mi mentor, quien durante una década me acompañó durante mis estudios de filosofía. Hasta hoy no sé cómo pudo tener tanta paciencia conmigo.

Además de escribir incontables libros y artículos y pertenecer a numerosas academias, mi mentor había completado cinco doctorados en distintas especialidades, siempre relacionadas con humanidades. Comparado con él, con su exquisito dominio de varios idiomas antiguos y modernos, con su autoridad al hablar, con su impecable razonamiento, yo no sé nada.

Y tampoco jamás podría compararme con un profesor de filosofía en la universidad, con quien tuve el privilegio de haber estudiado durante varios años. El, a su vez, había estudiado en Alemania con algunos de los más reconocidos filósofos europeos del siglo pasado. Y luego regresó para dar clases en la universidad. En este caso tampoco me explico cómo tuvo tanta paciencia con nosotros.

Pero no se trata sólo de personas de mi pasado, sino también del presente, como en el caso de mi propia hija quien actualmente está completando un doctorado en una prestigiosa universidad. A pesar de que la duplico en edad y que tengo muchos más años de educación formal de los que ella tiene, aun así, no llego ni remotamente a los conocimientos que ella ya tiene.

Alguien podrá decir, y con razón, que resulta irrelevante saber cuánto sabía mi mentor o mi profesor o cuánto sabe me hija, o, de hecho, cuán poco sé yo. Y alguien más, seguramente con las mejores intenciones, me dirá que no debo compararme, que yo soy quien soy, y que debo estar agradecido por lo que yo he aprendido.

Todo eso es verdad. Pero también es verdad que hubo muchas lecciones que yo debería haber aprendido y no lo hice y otras que debería haber aprendido antes y tardé demasiado en hacerlo. Además, muchas lecciones que aprendí ya las olvidé. Y una cantidad infinita de lecciones nunca las aprenderé.

Y eso me lleva a la conclusión: todo lo que hago, digo, comparto o enseño se basa más en mi ignorancia que en lo que otros creen que yo sé. De hecho, mis acciones y palabras revelan mi ignorancia. Lo sabio es reconocerlo.

El Titanic se hundió por seguir las reglas. Y a tu vida, ¿qué reglas la hunde?

Francisco Miraval

Según un libro recientemente publicado por el periodista investigador Senan Molony, una de las razones que provocó hundimiento del Titanic el fatídico 15 de abril de 1912 fue que la tripulación a cargo del barco “siguió estrictamente el protocolo naval”. Dicho de otra manera, si, en vez de ser tan estrictos hubiesen sido creativos, 1500 vidas se hubiesen salvado.

Más específicamente, según cuenta Molony en su libro El Titanic: Por qué chocó, por qué se hundió y por qué no tendría que haber navegado, la decisión de virar el barco a la derecha para evitar al famoso témpano causó la tragedia. Esa decisión se tomó porque, según las reglas establecidas en 1850, esa era la maniobra que los barcos debían realizar. 

El tema es que esa regla se había establecido para evitar choques frontales entre barcos navegando en direcciones opuestas, no para evitar choques con témpanos. En otras palabras, aunque la regla en cuestión no se aplicaba a la situación que ellos enfrentaban, los tripulantes del Titanic decidieron seguirla, porque así lo establecía “el libro”, con trágicos resultados.

Obviamente, esa no fue la única causa del hundimiento del Titanic, como bien dice y explica Molony. Otro factor que contribuyó al inesperado desenlace incluye el hecho de que el oficial Joseph Boxhall, encargado de avistar los peligrosos témpanos, estaba en su camarote y no avistando témpanos. 

Y desde su salida desde Belfast cinco días antes del hundimiento, se había desatado un incendio en la bodega de carga de carbón del Titanic. El incendio, que no se pudo controlar, debilitó el casco del barco, precisamente donde luego fue averiado irreparablemente por el témpano. 

De las muchas lecciones que el Titanic aún hoy nos enseña, una de esas lecciones, en la forma de una inevitable pregunta, es esta: ¿Qué libro (credo, doctrina, ideología, enseñanza), escrito hace décadas o siglos, estás tu siguiendo en tu vida para tomar “decisiones “correctas” pero que lenta e inexorablemente te llevan al hundimiento de tu vida?

Como en el caso del Titanic, una y otra vez he visto a personas que tratan de resolver los nuevos desafíos del presente con las ideas del pasado, como si fuese posible depositar vino nuevo en odres viejos, como alguien alguna vez indicó.

Y cuando esas personas se “hunden” (financiera, emocional e incluso existencialmente) ya resulta demasiado tarde descubrir que se mantuvieron más adeptos a sus creencias que a la realidad. 

Una pregunta más: ¿quién debería estar en el puesto de mando de tu vida avistando los peligros a evitar, pero que, en vez de hacerlo, está cómodamente descansando en su camarote? Quizá ese “quién” sea tu pareja, tu maestro, tus padres, o alguien importante en tu vida. Pero en la mayoría de los casos, ese “quién” eres tú mismo. 

Y finalmente, ¿qué fuego interno te está consumiendo que, como sucedió con el Titanic, te debilita tanto que un choque con la vida que no debería afectarte te hunde? Quizá es hora de tomar nuestras vidas con más seriedad que nuestras creencias. 

¿De qué color es tu chaleco de fuerza?

En 1970 se publicó por primera vez el conocido libro ¿De qué color es tu paracaídas?, en el que Richard Nelson Bolles proveía consejos sobre cómo buscar y encontrar empleo. Medio siglo después, con todo respeto a Bolles, la pregunta ha cambiado y ahora el libro debería llamarse ¿De qué color es tu chaleco de fuerza? 

Y aún más, al contrario de lo que sucede con el paracaídas, algo que debemos preparar con anticipación al momento en el que vamos a usarlos, el chaleco de fuerza no es algo que nos preparamos para usar, sino que nos obligan a usar. 

Pero ahora vivimos en una época tan alocada que hasta elegimos, por así decir, el color de nuestro chaleco de fuerza y permitimos que nos lo coloquen, como si fuese algo normal y deseable. 

Obviamente, de la misma manera que Bolles no hablaba de un paracaídas real, sino que usaba esa imagen como una metáfora, yo tampoco hablo de un chaleco de fuerza “real”, aunque eso no significa que no llevemos uno puesto y que lo hagamos voluntariamente.

El chaleco de fuerza del que hablo es aquel que nos imponemos nosotros a nosotros mismos al restringir la realidad, las ideas y las oportunidades a aquello que ya sabemos o, peor aún, a aquello que nos enseñaron y que hemos adoptado como credo indiscutible y como doctrina inamovible. 

“No puedo dejar que tú compartas esas ideas con mi grupo porque eso puede confundir a los participantes del grupo y pueden hacer preguntas que los llevarán a cuestionar lo que creen”, me dijo alguien recientemente.

Traducción: “No puedo permitir que ni tú ni nadie les haga ver a los miembros del grupo el chaleco de fuerza que yo les impuse, porque entonces ellos se lo van a quitar y se van a ir. Y yo mismo tendré que pensar sobre mi propio chaleco de fuerza, que lo llevo puesto desde hace tanto tiempo que ya no puedo ni quiero quitármelo”.

En la época en la que vivimos, como se ha comprobado trágicamente una y otra vez (pero también a lo largo de la historia), las mentes cerradas y los corazones cerrados tienen tanta fuerza que el mismo Procusto se sentiría envidioso de cómo nosotros logramos reducir todo a nuestras propias narcisistas dimensiones.

Como bien dijo Bernardette Roberts en su libro El Sendero hacia el No-Yo (1985), “Nada se gana y mucho se pierde cuando reducimos nuestra experiencia a un marco de referencia aceptable y lo hacemos sin pensar en lo que estamos haciendo”.

Cuando así lo hacemos, cuando orgullosa e inconscientemente elegimos el color del chaleco de fuerza que vestiremos, “no expandimos nuestro conocimiento”, “quedamos atrapados en la ilusión” y “no progresamos interiormente”, subraya Roberts. 

Como dice Roberts, si no dejamos “la puerta abierta”, no solamente ya no escuchamos las opiniones de otros, sino que nos cerramos a las “infinitas posibilidades” propias de la multidimensionalidad humana. 

Entonces, ¿de qué color es tu chaleco de fuerza y por qué todavía lo llevas puesto? 

“Una pregunta: ¿cuál es tu espiritualidad?

En el contexto de una reciente e interesante conversación, mi inesperado interlocutor lanzó sin previo aviso una pregunta: “¿Cuál es tu espiritualidad?” No dijo “¿Cómo es (o está) tu espiritualidad?”, sino “cuál”, sugiriendo que en mi respuesta yo debería precisar cuál, entre muchas opciones espirituales, era la que yo había seleccionado para mi vida.

Pero en realidad, como quedó inmediatamente claro incluso antes de que yo respondiese (lo cual, dicho sea de paso, no hice), la pregunta no era una pregunta, sino una especie de examen o de prueba, para ver si yo sería o no aceptado como una persona digna de dialogar, dependiendo de mi “espiritualidad”. 

Dicho de otro modo, no fue una pregunta (porque no buscaba una respuesta que hubiese sido aceptada y respetada como tal), sino un cuestionamiento. Algo debo haber dicho o hecho en el diálogo antes de llegar a la pregunta mencionada como para que mi interlocutor se inquietase y dudase de mi espiritualidad. 

La pregunta me trasladó inesperadamente a la etapa inicial de mi vida cuando, en un contexto cultural y social muy diferente al actual, continuamente se analizaban, cuestionaban, criticaban y corregían mis infantiles creencias, en el doble sentido de creencias que yo tuve en mi infancia y creencias que se vuelven inaceptables cuando uno progresa en la vida.

En aquella época, pocos era mis conocimientos como para saber qué hacer y cómo responder al ser cuestionado sobre mis creencias espirituales por mis padres, o por los maestros o los dirigentes religiosos. Y ahora, con más experiencias y con algo más (no mucho) de conocimientos, todavía no sé cuál es la mejor manera de responder. 

¿Debo dar una respuesta detallada de las bases filosóficas, históricas y teológicas de lo que creo (asumiendo que yo las conociese, lo cual no es el caso)? ¿Debo fingir que estoy de acuerdo con el enfoque que la otra persona tiene sobre la vida espiritual, no por el deseo de ocultar mis creencias, sino para evitar un innecesario conflicto? 

¿Acaso debo ser directo y expresarle a la otra persona que yo sé que él o ella ya tomó la decisión de no aceptar mi vida espiritual (cualquier que fuere) porque no se ajusta exactamente a lo que él o ella creen y practican? 

O, como alguna vez me sugirió un buen amigo mío, ¿debo solamente sonreír y fingir demencia, calmada y cortésmente ignorando la pregunta?

Todas esas opciones son válidas y cada una de ellas ofrece sus varias ventajas. Pero ninguna de ellas me pareció adecuada, porque, como quedó dicho, no se trataba de una pregunta en busca de una respuesta, sino de una trampa para que, sin importar lo que yo dijese, mi respuesta convalidase las dudas sobre la “ortodoxia” de mi espiritualidad. 

La situación me molestó, porque reveló que las niñerías de mi niñez aún siguen presentes, varias décadas después, en aquellos que se creen con el derecho de cuestionar a otros sólo por no creer exactamente lo que ellos creen. ¿Quién, entonces, mantiene creencias infantiles? 

Todos sufrimos de miopía existencial, pero no lo reconocemos

Alguna vez leí, y me resultó interesante el dato, que los bebés hasta cierta edad sólo ven lo que está hasta 30 centímetros por delante de sus ojos. Cualquier cosa que se ubique a una distancia mayor, simplemente quedará fuera de su vista. 

Y no sólo eso, sino que a la vez le lleva cierto tiempo al cerebro del bebé procesar las imágenes en la dirección “correcta”. Dicho de otro modo, cuando los bebés ven algo, lo ven “invertido” en comparación de la manera que nosotros, los adultos, lo vemos. 

En definitiva, durante cierta etapa de su desarrollo, los bebés solamente ven a corta distancia y lo que ven lo ven invertido. Pero ellos, los bebés, no son conscientes ni de ninguna de esas dos limitaciones. 

Y aunque en el caso de la mayoría de los bebés esas “limitaciones” se corrigen solas durante el desarrollo normal de las criaturas, en el caso de muchos de nosotros, ya adultos y, podríamos decir, con ojos y cerebros adecuadamente desarrollados, aún así nos aferramos a visiones limitadas e invertidas.

Por ejemplo, recientemente me encontré con alguien que me indicó que él se sentía muy complacido de jamás haber cambiado sus creencias religiosas desde su niñez y ahora, ya adulto, las practicaba como siempre las había practicado. Pero en este caso, “ya adulto” significa una familia con varios hijos también adultos y una empresa de tamaño respetable. 

Le pregunté entonces si, precisamente por las experiencias que él había acumulado en su vida, eso mismo no lo había llevado como mínimo a cuestionar sus creencias, y, aunque no necesariamente a cambiarlas por otras, por lo menos a profundizarlas o a descubrir nuevas dimensiones de esas creencias. Su respuesta fue que no entendía la pregunta.

En otro caso, me encontré con una persona que me comentó que ella educaba a su hija para ser ama de casa, de la misma manera que su madre la había criado a ella, basándose en cómo su abuela había criado a su madre, y así sucesivamente por varias generaciones. 

Le pregunté cómo aplicaba ella ese enfoque a una nueva generación cuando ya no estaba ella en su país natal, su hija habla un idioma distinto que el que ella habla, y el mundo cambió profundamente desde los tiempos de su madre y de su abuela. Su respuesta fue que no entendía la pregunta.

Ejemplos como los dos citados (aunque yo podría compartir muchos otros ejemplos similares) me hacen pensar que muchos de nosotros padecemos de una especie de miopía existencial no reconocida ni asumida que no solamente limita lo que podemos ver con nuestra mente y nuestro corazón, sino que también nos hace creer que lo que vemos es toda la realidad. 

Y, a diferencia de los bebés, el paso del tiempo no viene acompañado de un sano desarrollo para expandir el campo de nuestra visión, para rectificar mentalmente lo que nos llega por medio de los sentidos y, en definitiva, para llegar a ser plenamente humanos (si fuese posible.)

No sabemos quiénes somos y ahora quizá nunca lo sabremos

Este es el tema: la inteligencia artificial está cambiando nuestro lenguaje y, por lo tanto, cambiando nuestro cerebro. Y, al hacerlo, nos hace dudar de nosotros mismos y, como consecuencia, nos genera una incertidumbre cada vez mayor sobre lo que significa ser humano y sobre nuestro propio futuro como humanidad. Ahora, expliquémoslo. 

Según una reciente publicación por Byron Reese, gerente general de GigaOM (empresa líder a nivel global en investigaciones de nuevas tecnologías) en el sitio de la Escuela de Economía de Londres, nuestro lenguaje ha comenzado a cambiar para adaptarse a la nueva realidad presentada por la inteligencia artificial. 

No se trata solamente de palabras que ahora son de uso cotidiano, como “hashtag” o “chat”, sino nuevas palabras que representan nuevas situaciones en la que los humanos nos encontramos debido a la inteligencia artificial. 

Por ejemplo, dice Reese, ya se usa la palabra iaporía, mezcla de IA (inteligencia artificial) y aporía (una situación contradictoria y sin salida). El nuevo concepto se aplica específicamente a aquellas situaciones en las que un humano no sabe si está hablando con otro humano o con un IA, y no tiene forma de saberlo o de determinarlo.

Debo confesar que me he visto en esa situación varias veces recientemente, por ejemplo, al hacer reservaciones en un hotel e incluso en algo tan sencillo como pagar mi servicio mensual de Internet. 

Y conozco personalmente el caso de un muchacho que se desilusionó profundamente al enterarse que la muchacha con quien él hablaba en línea todos los días sobre temas de cómo recuperarse de adicciones no era una persona de carne y hueso, sino un algoritmo programado para responder a preguntas sobre ese tema.

Reese propone varias otras palabras, entre ellas, ianigna, mezcla de IA y enigma, para describir el hecho de que los seres humanos cada vez comprendemos menos las decisiones que toma la IA, como el listado de los sitios web en los buscadores o lo que podemos o no podemos ver en nuestras redes sociales. 

Pero a la vez que eso sucede y precisamente porque eso sucede, queda claro que la inteligencia artificial y la tecnociencia que nos rodean ya han superado ampliamente nuestra capacidad de entenderlas y nuestros parámetros éticos y morales, para parafrasear al argentino Andy Stalman, considerado como uno de los expertos globales en marcas (branding). 

En ese contexto, dice Stalman, los humanos hemos comenzado a dudar de nuestra propia inteligencia y, por eso, tanto nos enfocamos en quién es más inteligente, si nosotros o nuestros teléfonos, que dejamos de lado otros elementos claves del hecho de ser humanos, como la bondad, la generosidad, la empatía y la creatividad.

En definitiva, agrego yo, nos estamos olvidando de quiénes somos o de quiénes podríamos ser, y hasta nos estamos olvidando que del olvido. Ya no nos creemos irremplazables porque ya no creemos en nada. 

Y mientras algunos buscan refugio en un inexistente pasado nostálgico o sueñan con una nueva utopía para el futuro, la mayoría simplemente hemos dejado de pensar. 

 

Paradojas existenciales, sí. Contradicciones narcisistas, no.

Las paradojas existenciales han sido parte de la humanidad desde que la humanidad es tal, precisamente porque nosotros, los humanos, aún no estamos totalmente seguros de qué o quiénes solos realmente ni mucho menos de cuál es nuestro propósito o destino, aquí o en el más allá (si es que lo hay).

Por eso, el filósofo griego Heráclito pedía “esperar lo inesperado”, una obvia contradicción, porque si algo es inesperado no se lo puede esperar. Pero allí precisamente radica la validez del pedido. 

En el contexto de la tradición judeocristiana, esas paradojas se presentan frecuentemente. Uno de los principales impulsores del cristianismo en su etapa inicial, Pablo, afirmaba que él hacía lo que no quería y que no hacía lo que quería. Y el desconocido escritor (o escritora) de la llamada Epístola a los Hebreos (11:7) habla de vivir como “viendo al invisible”.

Ver lo invisible es tan contradictorio como esperar lo inesperado. Y el lamento del Pablo sobre las contradicciones internas se transforma en celebración con Walt Whitman cuando en su Canto a Mí Mismo (parte 51) declara “¿Me contradigo a mí mismo? Muy bien. Entonces me contradigo a mí mismo”, agregando “Yo contengo multitudes”.

Esas paradojas existenciales y esas contradicciones esenciales al ser humano han sido conocidas y magistralmente expresadas a lo largo de la historia por filósofos, teólogos, artistas, poetas y escritores, y obviamente por incontables seres humanos “comunes y corrientes”, por así decirlo. 

Quizá por eso, como bien dijo el filósofo alemán Richard David Precht en el título de uno de sus libros, la pregunta “¿Quién soy?” debe ser seguida por “¿Cuántos soy?”

Pero, como ya lo había advertido Herbert Marcuse, esa paradójica multidimensionalidad del ser humano se ha reducido en nuestro contexto social y cultural a un ser humano unidimensional, una caricatura de lo que realmente somos o podemos ser y, de hecho, una monstruosidad condenada al olvido, como Nietzsche y Kafka, de distintas maneras, lo indicaron. 

Quizá por eso, las paradojas existenciales se han transformado en caprichos narcisistas, en los que la edad del caprichoso ya resulta irrelevante y en los que ya no se ve la paradoja existencial como tal (porque eso obligaría a reconocer al otro y a lo otro en uno mismo), sino que cada uno sólo se ve a sí mismo, al mejor estilo de Narciso contemplando incansablemente su propia imagen.

Los griegos antiguos tenían una palabra para describir esas contradicciones narcisistas, ese creerse más de lo que uno es, ese querer insensatamente modificar el universo por capricho. Ellos la llamaban hybris, algo así como orgullo exagerado o insolencia. Y no se trata sólo de una mera actitud sin consecuencias, sino de una “incongruencia monstruosa e implausible”, como dice el filósofo francés Luc Ferry. 

¿Y por qué esas contradicciones narcisistas resultan peligrosas para la comunidad en su totalidad, incluyendo la comunidad global? Porque mientras las paradojas mantienen nuestras mentes y corazones alertas, el narcisismo siempre lleva a la destrucción propia y ajena al mantener cerrados los corazones y las mentes. 

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