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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

El futuro llegó y nosotros miramos en la dirección opuesta

Recientemente, un muchacho joven me dijo que estaba buscando trabajo y me pidió que, si yo sabía de alguna oportunidad en su área de interés, le informase. Poco después, se presentó una oportunidad que inmediatamente compartí con él, sólo para enterarme días más tarde que él no la había aceptado.

Le pregunté por qué había rechazado la oportunidad y su respuesta fue clara. “Yo no quiero trabajar todo el día en un sótano hablando por teléfono para escuchar los problemas de las personas”. El argumento, aunque aceptable, tenía un gran problema: no se ajustaba a la realidad.

El trabajo del que yo le había hablado era en una amplia y luminosa oficina en un edificio comercial de fácil acceso y amplio estacionamiento. No era un sótano. Y el trabajo consistía en hacer presentaciones de educación comunitaria, no en escuchar problemas por teléfono. 

Le pregunté entonces al muchacho cómo y por qué había llegado a una conclusión tan distante de la realidad y me dijo que hace algunos años él había buscado trabajo en una organización similar y que la entrevista inicial había sido en un sótano donde había personas atendiendo llamadas telefónicas. 

Quizá esa experiencia fue tan traumática o memorable que la única opción para este muchacho fue aferrarse a ella y proyectarla en el futuro y en el presente en cada oportunidad posible, asumiendo (erróneamente) que lo sucedido en el pasado le serviría para entender el futuro y decidir sus acciones sobre esa base.

Pero cuando ese futuro llegó y no era lo que él esperaba, en vez de cambiar sus expectativas y su manera de entender, en vez de abrir su mente y su corazón a otras posibilidades, este muchacho se encerró dentro de su creencia y, como consecuencia, quedó atrapado en su pasado, sin poder entrar al futuro.

Seamos honestos: todos estamos en esa situación. Nos aferramos a un pasado, aunque sea imaginario y nostálgico, sin, por eso mismo, poder ver el nuevo futuro y, como consecuencia, sin poder crear un mapa mental del nuevo futuro.

Por ejemplo, en los últimos días, se publicaron historias sobre la creación de “metales líquidos” (al mejor estilo Terminator), robots inteligentes personales, fotografías de interacciones cuánticas, y progreso en la conexión entre cerebros humanos y máquinas inteligentes (Neurolink, de Elon Musk.)

Además, continúa mejorando la preparación para viajes comerciales al espacio, ya existen vidrios (cristales) inteligentes que “saben” lo que tienen a su alrededor y almacenan esa información, y los robots creadores (músicos, pintores) ya comienzan a ser contratados en reemplazo de humanos e incluso ganan premios antes reservados a los humanos. 

Si no entendemos todo lo que eso significa, es porque todavía vivimos encerrados dentro de nuestro propio sótano mental, emocional, intelectual y espiritual, donde, sea por miedo o por narcisismo, sólo vemos y creemos las fantasías que nosotros mismos hemos creado. 

Mientras tanto, el nuevo futuro ya ha llegado, y nosotros, como lo hizo el muchacho de la historia, lo rechazamos porque no se ajusta a lo que creíamos. 

¿De qué nos sirve hablar de una nueva consciencia planetaria?

Hace ya casi tres milenios y medio, el faraón Akhenaton sorprendió a propios y extraños cuando decidió que Egipto debía abandonar los dioses tradicionales y aceptar una especie de monoteísmo, que, aunque nunca fue aceptado en Egipto, tras numerosos cambios históricos y transmutaciones culturales aún sigue vigente en amplios sectores del mundo.

Si lo que hizo Akhenaton en el siglo 14 antes de nuestra era fue sorprendente, aún más sorprendente fue para mí encontrarme inesperadamente con Akhenaton en persona recientemente en mi oficina y poder conversar con él de un tema también inesperado: la nueva consciencia planetaria. 

Obviamente, el Akhenaton contemporáneo que me visitó y con quien hablé no se parece a la persona del mismo nombre de hace 3500 años ni creo por un momento que sea su reencarnación. De hecho, yo no creo en la reencarnación, ni tampoco lo creí en ninguna de mis vidas anteriores, aunque no puedo recordarlo bien.

El Akhenaton del siglo 21 no hablaba egipcio antiguo ni se presentó como el padre de Tutankamón (aunque yo tampoco le pregunté si lo era). Simplemente es alguien que llegó a mi oficina (sin cita previa) y usó ese inusual nombre para presentarse, explicando que alguien le había dicho que yo era una persona con quien se podía conversar.

La situación, en cuanto al nombre, es similar a encontrarse con alguien llamado “Jesús” o “Moisés”, sin que eso represente ninguna otra conexión con quien previamente llevó ese nombre que tener el mismo nombre. Algo similar les sucede a aquellas personas “desconocidas” que comparten nombres similares a los de ciertas celebridades.

Sea como fuere, yo nunca había tenido la oportunidad de hablar con alguien que ni siquiera como seudónimo usase “Akhenaton” para darse a conocer, teniendo en cuenta que su ilustre predecesor fue considerado por sus connacionales como un “enemigo” y “criminal”, una situación bastante común entre los reformadores religiosos. 

Más allá de la cuestión del nombre, el Akhenaton moderno también tiene sus propias intenciones de reforma religiosa y espiritual, basadas en una nueva consciencia planetaria y en el acceso a conocimientos cósmicos, disponibles, dijo, para todos nosotros con la preparación adecuada (de la misma manera, agrego yo, que no se puede aprender matemáticas avanzadas sin primero aprender a sumar y a restar.)

Akhenatón (llamémoslo así) presentó el tema como algo positivo, como algo que ya está sucediendo. Pero, con mi habitual visión más pesimista (el pesimista es un optimista mejor informado), se puede realmente dudar que nuestra consciencia global humana esté mejorando. 

En una época en donde la diferencia entre realidad y fantasía se ha vuelto irrelevante, en donde la historia cambia más rápidamente que en 1984 de Orwell, y en donde la satisfacción narcisista del ego es la principal motivación de la vida, incluso si lleva a la destrucción del planeta y de la humana, ¿vale la pena hablar de una nueva consciencia, aunque lo diga Akhenaton? 

¿Qué nueva consciencia puede emerger cuando el campo social de la negatividad no deja lugar para construir un futuro? 

 

Los robots ya tienen su propia sangre. ¿La derramarán por nosotros?

Recientes reportes (disponibles en línea) por parte de dos prestigiosas universidades (Harvard y Cornell) explican que los robots ya tienen su propia “sangre”, es decir, un líquido que circula por dentro de los robots y que lleva energía a todo el robot para que el robot pueda cumplir con las tareas que tiene asignadas. 

Se debe aclarar que este líquido, conocido como sangre robótica, se usa en los llamados robots blandos, o suaves, y no, por el momento, en los más conocidos robots metálicos. La sangre robótica les permite a los robots blandos (claramente precursores de humanos artificiales) mantener su forma o incluso recobrarla, en caso de ser aplastados.

Sea como fuere, la idea de sangre robótica parece tener consecuencias más allá de cuestiones de robots, máquinas, ciencia e inteligencia artificial. De hecho, a lo largo de la historia, los humanos han asociado la sangre (propia o de animales) con todo tipo de creencias y de rituales, desde sacrificios para apaciguar a los dioses hasta promesa de inmortalidad.

¿Debemos entonces ahora sumar a los robots a esa corta lista de seres vivientes con sangre propia en este planeta? En otras palabras, ¿qué significa que los robots, sean blandos o metálicos, grandes o pequeños, inteligentes o no, tengan ahora su propia sangre? 

Quizá una mejor pregunta sea si debemos adjudicarle a la sangre robótica todas o por lo menos algunas de las creencias que asociamos comúnmente con la sangre humana y de los animales. Quiero decir: ¿sacrificaremos robots en un altar como antes se sacrificaban corderos o toros?

Sea cual fuere la respuesta a esa pregunta, la conoceremos pronto, quizá en sólo diez años, porque otros reportes científicos de fuentes confiables indican que hacia el 2030 la integración entre robots y humanos llegará a tal nivel que prácticamente resultaremos inseparables unos de los otros, no porque nos volveremos robots o ellos humanos, sino porque los robots serán parte de nuestra vida cotidiana.

Entonces, en este mundo conflictivo y cada vez más intolerante, con un creciente campo social de la negatividad que no necesariamente moviliza a que crezca el campo social de la positividad, la pregunta del título cobra una nueva urgencia y significado: ¿derramarán los robots su sangre por nosotros? ¿O quizá lo hará un solo robot para salvarnos a todos? 

En su última entrevista para un periódico en Alemania, el filósofo Martin Heidegger (sí, estoy al tanto de sus muchos aspectos controversiales) afirmó que no podemos hacer que la divinidad venga a nosotros, pero podemos ayudar a crear la esperanza de que la divinidad venga. 

Más allá de lo que Heidegger haya realmente dicho o pensado, los avances tecnológicos y científicos de nuestra época pueden interpretarse como el deseo de crear (o recrear) nuestra propia divinidad o llegar nosotros mismos a ser divinos. Y quizá lo estemos haciendo y logrando.

Me pregunto qué narrativa se contará dentro de 2000 años sobre lo que ahora se está gestando para el futuro de la humanidad y que muchos aún no lo perciben.  

El Universo crece más rápido de lo que podemos conocerlo

Prestemos atención y cuidadosamente pensemos en este dato: cada segundo unas 20.000 estrellas se mueven más allá del Universo visible, por lo cual nunca más podremos ver (analizar, estudiar) esas estrellas. Eso significa que cada año unos 630 mil millones de estrellas se escapan para siempre de nuestra vista. 

La información proviene de un video recientemente difundido por el Dr. Don Lincoln, profesor de física en la Universidad de Notre Dame e investigador de partículas químicas en el Laboratorio Nacional Fermi (donde funciona un acelerador de partículas).

Según Lincoln, la expansión del Universo se está acelerando por lo que la luz que vemos ahora, que tardó 14 mil millones de años en llegar a la tierra, se originó cuando el Universo era una esfera con un radio de 42 mil millones de años luz. En la actualidad, el radio del Universo llega a los 46 mil millones de años luz, es decir, 92 mil millones de años luz de un extremo a otro.

Y como el Universo se sigue expandiendo, jamás podremos ver nada que esté a más de 15 mil millones de años luz de la tierra. Pero ¿cómo podemos decir que el Universo mide 92 mil millones de años luz si sólo vemos la sexta parte de esa distancia? 

Porque, explica Lincoln, los objetos que ahora están a 46 mil millones de años luz de nosotros los vemos cómo esos objetos eran hace 15 mil millones de años luz. Es decir, vemos su pasado, pero no su presente. (Obviamente, las explicaciones son mucho más complejas y profundas que este simple resumen que aquí presentamos.)

En definitiva, cada vez vemos menos del Universo y los objetos que vemos los vemos como eran en el pasado, pero no como son ahora. 

Si somos honestos y entendemos lo que eso significa, debemos admitir entonces que cada vez sabemos menos (20.000 estrellas e incontables planetas se escapan de nuestra vista cada segundo) y que lo que sabemos ya es obsoleto en el momento mismo que lo sabemos. 

Nos creemos los reyes de la creación, la cúspide de la evolución y el Universo se ríe en nuestra propia cara. 

A un nivel mucho más terrenal, la situación me hizo acordar a la conversación que recientemente tuve con un hombre en un país latinoamericano a quien le pedí direcciones para ir a un cierto lugar. El hombre me dijo que yo debía ir “por la carretera” y agregó: “Cuando usted vea esa carretera, no va a querer usar ninguna otra”. 

La carretera en cuestión no resultó nada espectacular y, de hecho, no está al nivel de las grandes carreteras de Europa o de América del Norte. Pero el bueno hombre, protegido por su aislamiento cultural y geográfico, no estaba comparando “su” carretera con una Autobahn, sino con los polvorientos caminos que él conoció en el pasado. 

A nivel cósmico sucede lo mismo: no conocemos la realidad, sino solamente el pasado. Nos creemos “los mejores” porque insistimos en ignorar la verdadera dimensión de nuestra ignorancia.  

Viajar representa la oportunidad de reencontrarse con uno mismo

Se ha dicho, y con razón, que una de las mejores maneras de conocerse a uno mismo es viajar. Pero viajar no es solamente un mero cambio geográfico, no es trasladarse de un lugar a otro, sino que es estar plena y conscientemente abierto a la experiencia que nuestra realidad cotidiana no es ni toda la realidad ni la única realidad.

Conozco muchas personas (y, de hecho, he padecido a varias de ellas) que se trasladan de un lugar a otro, pero que nunca salen de sí mismos. Llegan a un lugar al otro lado de la ciudad, del país o del mundo y pretenden y exigen que todo sea exactamente igual al lugar en el que ellos viven.

Son personas que llegan a un cierto lugar y lo primero que hacen es buscar las direcciones de las mismas cadenas de restaurantes y de cafeterías que ellos frecuentan para ir a comer allí, sin jamás visitar, ni querer visitar, los restaurantes locales.

Son personas que exigen que se les hable en su idioma, aunque estén en un país en el que su idioma no es ni el idioma oficial ni un idioma predominante. Aún peor, exigen que las personas del otro país (de la otra cultura) se comporten según las expectativas y deseos del recién llegado, sin el más mínimo intento de entender la cultura del lugar al que llegaron.

Son personas que viven dentro de su propia y pequeña burbuja narcisista, la única que (lamentablemente) han conocido durante toda su vida y que por eso (lamentablemente) llevan a todos lados y confunden con los límites de la realidad.

Viajan, cambian de lugar, pero, sin importar dónde estén, no ven a los otros, y, si los ven, los ven como algo exótico, algo interesante para fotografiar, algo divertido para un posteo en las redes sociales. Pero nunca es un encuentro transformador con el otro que a la vez es y no es como yo y que, por eso, me obliga a cuestionarme a mí mismo.

Con esas “burbujas de narcisismo” no hay diálogo posible porque no hay diálogo de ellos con ellos mismos. No tienen un diálogo interior. No importa a dónde vayan, nunca salen de dónde están.

Por el contrario, todo verdadero viaje, sea al otro lado de la ciudad o al otro lado del mundo, es un viaje de descubrimiento y, por lo tanto, de autodescubrimiento. 

Básicamente, uno descubre que lo que uno creía “normal” era solamente aquello a lo que uno estaba acostumbrado. Y que la “verdad” que uno había aceptado era, en el mejor de los casos, una verdad válida solamente en un cierto contexto cultural e histórico. 

Y la mención de la historia nos lleva a otro punto importante: no todos los viajes de autodescubrimiento son viajes geográficos. Los viajes al pasado y al futuro también lo son. 

¿Quieres conocerte a ti mismo? Sal de la burbuja de narcisismo en la que estás encerrado y allí mismo donde estás ya habrás viajado a otra realidad. 

La peor respuesta jamás recibida: “De eso no se puede hablar”

Francisco Miraval

De todas las repuestas que jamás yo he recibido a mis preguntas, las respuestas más desagradables han sido “De eso no se puede hablar” porque, lejos de ser una respuesta, esa frase oscila entre una actitud escapista, algo de condescendencia y mucho de ignorancia, haciendo imposible el pensamiento y el diálogo.

Pero ¿por qué “de eso no se puede hablar”? Si quien expresa esa afirmación fuese honesto, debería decir algo así como “Ese es un tema que, en el marco de nuestras creencias, valores y doctrinas, preferimos evitar o debemos evitar”. 

Sin embargo, tal nivel de honestidad no existe, y, por el contrario, la afirmación “De eso no se puede hablar” se repite en una miríada de variaciones, incluyendo “Esas preguntas no se hacen” y “Las cosas son como son y así hay que aceptarlas”. 

Es verdad que mi mentor nunca respondía a mis preguntas, pero lo hacía como un método didáctico y pedagógico, del que él era plenamente consciente, para guiarme desde la ignorancia reflejada y expresada en mis preguntas hasta un mejor entendimiento de las preguntas que hiciese que esas preguntas se volviesen obsoletas y otras surgiesen, repitiendo el ciclo.

Pero no estoy hablando de no responder como una forma de elevar la conciencia del interlocutor, sino de no responder como una forma de terminar todo diálogo o por lo menos de restringirlo a límites reducidos, es decir, a los límites del pensamiento propio, acríticamente adquirido y considerado en muchos casos como los límites mismos de la realidad.

En ese contexto, todo criticismo y desafío de lo “ya sabido” resulta inaceptable. Por eso, preguntas teológicas, filosóficas, políticas, históricas o sobre temas controversiales, desde sexualidad hasta eventos paranormales, resultan inadmisibles dentro de ciertos paradigmas.

Pero los paradigmas van y vienen, como magistralmente lo explicó Thomas Kuhn, y, por eso, aquellos temas de los que “no se debe hablar” sirven como indicaciones de los límites del paradigma y como señales o semillas del nuevo paradigma. 

Es decir, una mirada atenta a los temas prohibidos es una mirada atenta al horizonte de la realidad imperante y al nuevo amanecer más allá de ese horizonte. Esa mirada atenta, aunque profundamente contemplativa, también es profundamente activa, es un llamado a la acción. Y no es solamente una mirada, ya que también implica escuchar lo dicho y no lo dicho. 

Sinceramente me desagrada pensar en la cantidad de veces que, en mi niñez y adolescencia, las respuestas a mis preguntas fueron “De eso no se habla”. Sólo puedo imaginarme cuán distinta hubiese sido mi realidad y mi futuro si las respuestas hubiesen sido: “Esa es una buena pregunta. ¿Por qué no buscamos la respuesta juntos? O, “Desconozco la respuesta, pero no dejes de preguntar”. 

Sea como fuere, imponer límites al diálogo y al preguntar, controlar el discurso y la narrativa, determinar de qué se puede hablar y de qué no se puede hablar significa limitar nuestra propia humanidad. Y eso debe y merece ser cuestionado, porque de eso sí debemos hablar y hacer preguntas. 

El apego emocional a la ilusión quita toda prioridad de la realidad

Recuerdo aquella época cuando, todavía en mis primeros grados de la escuela primaria, me gustaba mirar una vez por semana en un pequeño televisor en blanco y negro un programa de lucha libre. Pero un día dejé de mirarlo cuando, para horror de mi mente infantil, uno de los luchadores quedó ensangrentado (a pesar de que yo lo veía solamente en blanco y negro).

Mi reacción emocional ante la sangre corriendo por el rostro del luchador enmascarado fue tan inmediata que recuerdo haber apagado el televisor (el único que había en toda la casa) y haberme ido a mi habitación, alarmado y disgustado por el “espectáculo”.

También recuerdo que años después, cuando uno de esos luchadores enmascarados de mi infancia se jubiló, le hicieron una entrevista para uno de los periódicos locales y en esa entrevista reveló que aquella pelea que lo había dejado ensangrentado era, como todas las otras peleas de su carrera, solamente una actuación en la que nunca hubo sangre real. Todo había sido una ilusión.

Me sentí, entonces, nuevamente disgustado, pero esta vez conmigo mismo, al reconocer que mis sentimientos y mi entendimiento de la realidad habían sido inteligentemente manipulados por actores. Mi única defensa fue recordar que, en el momento del incidente, yo era un niño pequeño incapaz de distinguir plenamente entre realidad y actuación.

Aquel incidente, que durante años quedó ignorado en algún polvoriento rincón de mi memoria, retornó inesperadamente a mi mente cuando leí en los últimos días un reporte indicando que, en Estados Unidos, entre 10 millones a 40 millones de personas, según distintas estadísticas, faltarían a sus trabajos para poder ver o por haber visto el final de una conocida serie de ficción.

Se trata de millones y millones de trabajadores, y no de niños de 6 años, para quienes saber quién se queda con un cierto trono imaginario es más importante, aunque sea por un día, que las obligaciones y responsabilidades de la vida diaria. Y esa prioridad que se le adjudica a la fantasía se basa en el apego emocional hacia los personajes de ficción.

Recuerdo haber leído cómo, tras el episodio final de la serie Friends en mayo de 2004, durante varias semanas los servicios de salud mental y de consejería psicológica en Florida y en otros estados se vieron desbordados por llamados o visitas de personas que reaccionaron ante el final de Friends con la misma sintomatología que hubiesen reaccionado ante el fallecimiento de una persona real cercana a ellos.

Situaciones similares se vivieron tras la cancelación o finalización de otras series e incluso tras la “muerte” de personajes de ficción, que numerosos televidentes erróneamente creían que se correspondía con la muerte real del actor o actriz que representaba a ese personaje.

En definitiva, las llamadas relaciones parasociales (relaciones psicológicamente activas entre una persona real y un personaje de ficción) son, paradójicamente, muy reales. De hecho, son tan reales que esconden la realidad y, por eso, se vuelven la realidad. Los enmascarados siguen engañándonos con sus actuaciones.  

¿Cómo se resuelve un rompecabezas que cambia cada vez que se agrega una pieza?

Creo que hay algo peor y más complicado que tratar de resolver un rompecabezas sin una imagen completa que sirva como guía y es tratar de resolver un rompecabezas que cambia cada vez que uno le agrega una pieza, de modo que aún teniendo todas las piezas no existe ni existirá una imagen completa para guiarse.

Hagamos ese ejercicio mental. Pensemos que tenemos todas las piezas de un rompecabezas y que ya hemos conectados varias de esas piezas entre sí, aunque las que faltan conectar son muchísimas más. Y supongamos que cada vez que conectamos una pieza más, la imagen de las piezas ya conectadas cambia, precisamente porque un nuevo elemento ha sido agregado.

Asumamos también que tenemos una idea bastante clara del modelo final y que eso nos ayuda a elegir la siguiente pieza que queremos agregar al rompecabezas. Pero una vez que esa pieza está en su lugar, todo cambia, por lo que ninguna imagen puede tomarse como la imagen definitiva.

Para complicar aún más el tema, otras personas también están constantemente agregando (o quitando) piezas del rompecabezas, a veces acertadamente (es decir, en concordancia con la imagen modelo) y a veces alocadamente (aunque eso no significa que no surgirá una nueva imagen).

En definitiva, las piezas se agregan una por una, sin ningún orden en particular y sin que necesariamente la nueva pieza se conecte como uno hubiese anticipado con las piezas ya conectadas. Y cada nueva pieza cambia toda la imagen. 

¿Es posible en esas condiciones resolver el rompecabezas? Ciertamente lo es, aunque no existen garantías que se podrá llegar a un “final”, con todas las piezas ya estáticas y con una imagen inmóvil, más parecida a un cuadro que a algo en movimiento.

Pero ¿para qué sirve este experimento? Sirve entender lo que está actualmente sucediendo con los avances científicos y tecnológicos relacionados con la búsqueda de la inmortalidad humana y, más específicamente, con la llegada de un transhumanismo tecnocientífico. 

Como en el rompecabezas de nuestro experimento mental, muchas de las “piezas” para llegar (potencialmente) a la inmortalidad ya están surgiendo, como conexiones entre cerebros y computadoras, conexiones tecnológicas entre cerebros, súper computadoras cuánticas y hasta nuevas clases de materiales y de estados de la materia hasta ahora impensables. 

Pero cada vez que una nueva pieza se agrega al rompecabezas de la tecno-inmortalidad humana, todo el rompecabezas cambia, al punto que en muchos casos ya no se ve la interconexión entre todas las piezas. No es que la interconexión se ha perdido, sino que la imagen que conecta a las piezas ha cambiado. 

Para la persona desatenta, los distintos anuncios de avances científicos y tecnológicos parecen carecer de una meta unificadora, de una “imagen guía”. Pero esa imagen existe y día tras día se vuelve más y más clara, para delicia de Ray Kurzweil. 

Obviamente, siguiendo con el ejemplo antes propuesto, no hay garantías que se llegará a resolver el rompecabezas de manera definitiva. Pero ¿y si el rompecabezas se resuelve y nos volvemos inmortales? 

El “segundo génesis” de la humanidad es inminente. Y no estamos preparados

El “segundo génesis” de la humanidad no solamente es inevitable, sino que es inminente, e incluye la confirmación científica de la existencia de vida extraterrestre, modificando así todos los aspectos de nuestra vida en este planeta, afirma un renombrado científico australiano. 

Según el Dr. Cathal D. O’Connell, investigador y director del Centro BioFab3D en el Hospital St. Vincent de la Universidad de Melbourne, Australia, una serie de “remarcables descubrimientos” durante las últimas dos décadas (incluyendo la identificación de miles de exoplanetas) ha cimentado la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre.

Los cálculos actuales, dice O’Connell, indican que existen por lo menos 40 mil millones de planetas como la tierra en el universo observable por la ciencia, una cantidad suficiente para indicar que la vida es “inevitable”. 

Y cuando la existencia de esa vida se confirme, esa confirmación significará un “segundo génesis” para la humanidad, porque obligará a repensar todos los aspectos de la vida humana, desde la biología y la psicología hasta la teología y la filosofía.

Ese “segundo génesis” podría profundizarse y ramificarse de maneras aún imposibles de predecir si la vida hallada en otro planeta es totalmente distinta de la que conocemos, por ejemplo, una vida no basada en el ADN. 

Pero ¿qué significa que la confirmación del hallazgo de vida extraterrestre es “inminente”? ¿Qué factor o elemento sirve de base a O’Connell para realizar tan profunda observación? En sus propias palabras: “La antigua pregunta ‘¿Estamos solos?’ se ha graduado de ser un debate filosófico a ser una hipótesis (científicamente) verificable”.

¿Cómo y cuándo se verificará esa hipótesis? A partir de 2021, dice el científico australiano, cuando el telescopio espacial “James Webb” comience a analizar en detalle los exoplanetas similares a la tierra ya descubiertos. Y poco después, telescopios aún más avanzados serán capaces de tomar fotografías de esos planetas. 

Por eso, O’Connell sugiere que “deberíamos prepararnos” para para respuesta que el telescopio espacial “James Webb” podría darnos en pocos años. Deberíamos estar preparados para el “No. No estamos solos en el universo”. 

Pero, agrego yo, no estamos preparados y difícilmente lo estemos. Después de todo, día tras día vemos incontables ejemplos de la intolerancia de nosotros, los humanos, hacia otros humanos, con quienes compartimos el ADN y el planeta. Y vemos y padecemos la destrucción del planeta y de sus muchos habitantes no humanos. 

¿Por qué destruimos al otro? Porque no piensa como nosotros, o no habla como nosotros, o no cree lo que nosotros creemos. O simplemente porque es otro y eso ya es razón suficiente para darle rienda suelta al pensamiento tribal. 

¿Y por qué destruimos al planeta? Porque lo vemos como un “recurso”, como algo que podemos y, por eso mismo, debemos “explotar”. Y entonces el “otro” también se transforma en un recurso que explotamos.

Si esa es nuestra actitud hacia aquellos con quienes compartimos el planeta y hacia el planeta mismo en el que vivimos, ¿qué haremos cuando se descubra vida extraterrestre? ¿O qué nos harán a nosotros cuando ellos nos descubran? 

“La realidad ha muerto. Y nosotros la hemos asesinado”

Con perdón de Nietzsche, por irrespetuosamente parafrasearlo, llegó la hora de proclamar que “La realidad ha muerto. Y nosotros la hemos asesinado”. Dicho de otra manera, la ilusión que nosotros hemos creado se ha vuelto tan real que nos hemos olvido que se trata de una ilusión y, por eso mismo, nos hemos olvidado de la realidad. Y el olvido es una forma de matar.

Permítaseme compartir un ejemplo. Recientemente, al leer la portada de un importante diario de un país sudamericano atravesando una de sus tantas crisis políticas y económicas, me encontré con lo siguiente: la nota principal de ese diario no era sobre la crisis, ni sobre las potenciales medidas para resolverla, sino sobre cómo sería o debería ser el final de Game of Thrones.

En otras palabras, el destino de personajes ficticios viviendo en reinos imaginarios ocupaba más lugar, con más explicaciones, y con más fotografías que el destino de personas reales viviendo en un país real y enfrentando una crisis real. Pero, ante Game of Thrones, la realidad, por más crítica que sea, pasa a un segundo lugar, o se desvanece completamente.

El tema, obviamente, no es nuevo. Hace unos 2300 años, Platón ya advertía en su famosa Alegoría de la Caverna que, en las condiciones adecuadas, nosotros, los seres humanos, confundiremos la ilusión con la realidad y viviremos toda la vida creyendo que esa es la realidad y que hemos aprendido algo de la realidad, cuando sólo se trata de una fantasía.

Pero en el caso de la Alegoría de la Caverna, para que la ilusión funcionase, las personas dentro de la caverna debían ser prisioneros sostenidos por cadenas en sus posiciones, para que siempre estuviesen mirando en una misma dirección. 

Y además se necesitaba un fuego detrás de los prisioneros y también se necesitaba que alguien que, usando ese fuego, proyectase sombras sobre la pared opuesta de la caverna, para que los prisioneros viesen esas sombras (y creyesen que esas sombras eran toda la realidad.)

Más de dos milenios después, la caverna ya no es necesaria y los creadores de sombras tampoco lo son. En la actualidad, nosotros mismos, sin necesidad de cadenas físicas, proyectamos las imágenes (sombras) frente a nuestros ojos, usando todo tipo de pantallas y artefactos. Y, a la vez, somos nosotros mismos quienes creamos esas imágenes (simulaciones) a las que luego tomamos como más reales que la misma realidad.

Nosotros mismos somos nuestros propios prisioneros, y, aún más, prisioneros de nuestras propias ilusiones, sin saber que se trata de ilusiones ni que nosotros somos nuestros propios captores. Por eso mismo, ya no sabemos quienes somos nosotros y esa alienación extrema nos lleva a un narcisismo, ahora usado como arma de combate, que nos aleja de los otros y del universo.

Como bien dijo en un reciente artículo la escritora Emma Rubio: “Lo triste de todo esto es que. ante esta simulación, ya no sabemos qué hacer con el mundo real, ya no vemos la necesidad de ese residuo llamado existencia”. 

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