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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

¿Qué dejamos erróneamente en el pasado que ahora debemos recuperar?

Cuenta la mitología que cuando los griegos iban hacia Troya para pelear la famosa guerra, uno de ellos, Filoctetes, fue abandonado por sus compañeros en una isla desierta porque, tras ser mordido por una serpiente, sus gritos y su hedor se volvieron intolerables para los otros soldados. Pero ese no es el final de la historia. 

Según la mitología, los griegos solamente ganarían la guerra sólo si, en las batallas, usaban el arco que alguna vez había usado el mismísimo Hércules. Pero había un problema: quien tenía ese arco y el único que sabía usarlo era Filoctetes, a quien habían dejado abandonado y dado por muerto, pero que ahora necesitaban más que nunca. Y entonces lo fueron a buscar.

Quien quiera enterarse de todas las artimañas que Odiseo (Ulises) y otros personajes debieron emplear para ganarse nuevamente la confianza de Filoctetes y lograr que el eminente arquero se sumase a la guerra puede leer la tragedia que Sófocles escribió sobre el tema. Lo que aquí quedemos destacar es que algo (alguien) que había quedado descartado debía ser recuperado.

Como todo mito, este también tiene un innegable nivel psicológico que, aunque revestido de nombres inusuales para nosotros y en el marco de una leyenda (aunque la guerra de Troya fue real), sigue vigente en nuestra época y para nosotros. Después de todo, muchas veces descartamos algo en nuestra vida y después entendemos que fue un error. 

A veces, como en el caso de Filoctetes, desechamos, por así decir, a las personas con quien nos encontramos sólo porque hay algo que nos disgusta en ellas, o porque es un inconveniente estar junto a ellas o, aún peor, simplemente porque no queremos compartir su sufrimiento. Pero cuando repentinamente necesitamos a esas personas, allí vamos a buscarlas. 

A veces, se trata de ideas, lecciones o enseñanzas que hemos aprendido y que, llegado cierto momento, creemos que ya no nos sirven y las abandonamos con la misma facilidad que nos deshacemos de aquella ropa que ya nos queda chica o que a pasado de moda. Pero luego algo sucede y resulta que esas enseñanzas adquieren un nuevo valor y volvemos a ellas. 

Y a veces nos deshacemos de cosas, de objetos, a los que consideramos inservibles no porque haya nada malo con ellos, sino porque el mercado nos inunda con objetos más nuevos. Pero “nuevo” no significa “mejor”, y entonces, cuando lo nuevo falla, nos vemos obligados a recurrir a lo que considerábamos obsoleto para resolver el problema. 

Como decía mi abuela: “Aquel que guarda, siempre tiene”. 

Pero, más allá de lo que descartemos, la sabiduría consiste en aceptar, cuando llega el momento, que fue un error descartarlo y que debemos recuperarlo, incluso si eso significa regresar al lugar o al momento cuando lo descartamos y buscar un reencuentro que permita corregir el error y continuar juntos hacia el futuro.  

Saber qué debemos llevar con nosotros al futuro es tan importante cómo saber qué debemos dejar en el pasado y qué debemos recibir del futuro.  

Nuestro universo ni es el primero, ni el único, ni el último

Recientemente, el científico Roger Penrose, ganador de un Premio Nobel, indicó que nuestro universo surgió de un universo anterior y que algunas de las “ruinas” de ese otro universo aún existen en el nuestro. Dicho de otro modo, nuestro universo no es ni el primero ni el único ni tampoco será el último.

Casi inmediatamente surgieron todo tipo de respuestas para Penrose, indicándole cuán equivocado estaba él ya que, según otros científicos, no existe evidencia de un universo anterior al nuestro, ni tampoco habría evidencia de que un nuevo universo surgirá después de que termine el universo en el que ahora vivimos, ni existen universos paralelos. 

Obviamente, yo no cuento ni siquiera con los conocimientos más mínimos relacionados con cosmología como para comenzar a entender quién tiene razón, si Penrose, quien sostiene que nuestro universo es sólo uno en un círculo, o sus oponentes, que sostienen que nuestro universo es el único que existe.

Pero puedo decir lo siguiente: todas las ideas científicas novedosas (y lo mismo podría decirse de ideas filosóficas, artísticas y espirituales) fueron inicialmente rechazadas por los “expertos” de la época en la que esas ideas fueron presentadas. Y, además, siempre nos ha gustado a los humanos ser los únicos y estar en el centro del universo. 

Cuando varios siglos antes del inicio de nuestra era Aristarco propuso que la tierra giraba alrededor del sol y casi en la misma época Eratóstenes midió la circunferencia de la tierra, ni la teoría heliocéntrica ni la redondez de la tierra fueron aceptadas. De hecho, pasaron dos milenios antes que se aceptase el heliocentrismo. 

Y luego, durante siglos y siglos se consideró que la Vía Láctea (nuestra galaxia) era todo el universo. De hecho, sólo en el siglo 20 se determinó que Andrómeda era otra galaxia. Aún así, se siguió diciendo que no había planetas en otras estrellas, hasta que los exoplanetas comenzaron a descubrirse. Y entonces se dijo que la Tierra era un planeta único para la vida, cosa que no es así. 

Una y otra vez los humanos buscamos excusas para ubicarnos “en el centro” o para ser “únicos”, quizá para satisfacer nuestra irracional necesidad de creernos especiales o de creer que tenemos un lugar especial en el cosmos. Y ahora creemos que nuestro universo es único, cuando posiblemente no lo sea. 

Pero, así como ahora se rechaza la idea de los universos cíclicos (una idea ampliamente aceptada en la antigüedad), en su momento se negó la idea de que los gérmenes causasen enfermedades, o que lavarse las manos ayudase a evitar contagios, o algo más pesado que el aire pudiese volar, o que los continentes cambiasen de lugar. 

Dicho de otro modo, vivimos adictos a lo que conocemos y nos aferramos con todas nuestras fuerzas a un ficticio lugar de la humanidad en el cosmos. Pero cuánto más conocemos, más consciencia tomamos de nuestra propia pequeñez.

Tan pequeños somos que, según aterradoramente parece, lo único que le podremos dejar al siguiente universo son las ruinas del actual. 

¿Pueden las “coincidencias” revelar nuevos conocimientos?

Recientemente, por medio de las redes sociales, me llegó un video enviado por alguien que no conozco, indicándome que el tema sería de mi interés. Básicamente, se trataba de una grabación hecha hace 15 años en Perú en la que una “profetiza” explicaba que en esta época comenzaría una “gran enfermedad” en el agua del mundo.

Debo confesar que, por curiosidad, miré unos pocos minutos del video antes de interrumpirlo (ni la calidad de las imágenes ni el contenido eran buenos), pero ese tiempo fue suficiente para entender que la mujer en cuestión había tenido un sueño en el que se le decía que el agua del mundo se contaminaría y que el problema se originaría en Estados Unidos. 

Descarté el tema y lo coloqué al mismo nivel que tantos otros videos y mensajes que recorren las redes sociales y que requieren un alto nivel de credulidad para darles la más mínima atención. Fui entonces al correo a buscar mi correspondencia y, entre las cartas, había una de la ciudad en la que vivo diciendo que el embalse que se usa para el agua de la ciudad estaba contaminado.

La carta de la municipalidad local no daba detalles de las razones de la contaminación, aunque explicaba que era lo suficientemente seria como para que se prohibiesen todas las actividades humanas en el lugar, incluyendo natación, pesca, andar en bote e incluso caminar por la zona. El aviso no decía nada de cuándo se reabriría el embalse de agua contaminada.

La situación me molestó: minutos después de haber visto un video grabado en Perú hace una década y media sobre agua contaminada en Estados Unidos, recibo una notificación oficial de la ciudad donde resido informándome de agua contaminada. ¿Simple coincidencia? ¿Mensaje del universo? No lo sé. Pero que sucedió, sucedió. 

Y también sucedió lo siguiente. Hace pocos días, manejando de regreso a la casa luego del trabajo en la oficina, escuché en la radio que los aviones comerciales comenzarán a volar en formación, como lo hacen las aves y los aviones militares, como una manera de reducir el costo de esos viajes aéreos. 

Desde hace unos 25 años vivo muy cerca de un aeropuerto internacional y con frecuencia veo varios aviones aterrizando casi simultáneamente. Pero nunca los vi volando en formación. Tras escuchar la noticia, me quedé pensando que me gustaría algún día ver en la vida real una formación de ocho a diez aviones comerciales, tal como se los describía en la radio.

Pocos minutos después, eso es exactamente lo que vi: ocho aviones de distintas aerolíneas (por sus colores) volando lo suficientemente cerca unos de los otros como para verlos todos a la vez, y, obviamente, lo suficientemente alejados como para que no hubiese ningún peligro. ¿Otra simple coincidencia? ¿Otro mensaje del universo? 

Esas experiencias me resultan difíciles de aceptar porque la transformación de lo que en un momento es una noticia o un relato a una experiencia personal al momento siguiente oscila entre lo inquietante y lo aterrador. 

Porque tú no veas algo eso no significa que ese “algo” no exista

A los dos meses de nacer, los bebés solamente pueden ver hasta 30 centímetros frente a sus ojos y todavía no pueden enfocarse en objetos ni distinguir colores. Reconocen instintivamente el rostro de su madre y no mucho más. Pero eso no significa que no exista un mundo más allá de lo que los bebés pueden ver. 

A los seis meses, los bebés ya pueden ver hasta medio metro y pueden enforcarse en objetos y reconocer colores. Han progreso sólo 20 centímetros en su experiencia del mundo a su alrededor. Su percepción del espacio se ha acrecentado, pero pasarán muchos años antes de que comiencen a entender el tiempo. 

A los niños le cuesta entender el concepto de “pasado” y se sorprenden al descubrir que sus padres alguna vez también fueron niños. Y la idea de un pasado lejano y de un futuro aún por llegar queda fuera de lo pueden procesar. De hecho, no lo harán en su plenitud sino hasta llegar a ser adultos (y si es que alguna vez lo hacen.)

Pero eso no significa que no haya existido un pasado que los precedió o que (muy probablemente) habrá un futuro sin ellos. 

Si pasamos de los bebés individuales a la humanidad en su totalidad, debemos reconocer que hubo una época similar en la historia humana, cuando la ciudad en la que uno vivía se consideraba el centro del universo y el horizonte de lo que uno podía ver marcaba el límite de la realidad. 

Se dice que entre los antiguos griegos se creía que la distancia entre la superficie de la tierra y el límite del universo era de sólo 30 kilómetros. Y la creencia de que la tierra tiene unos pocos miles de años es bien conocida. En uno y otro caso, la actitud es la misma: lo que no podemos ver (sea en tiempo o en espacio), no existe. Pero esa creencia no presta atención a los bebés. 

Sólo porque algo no forma parte de nuestra percepción espaciotemporal, no significa que ese “algo” no existe, sino que simplemente no lo percibimos. Sin ayuda de instrumentos adecuados, no podemos ver la luz infrarroja o ultravioleta. Pero eso no significa que no esas luces no existan.

A nivel cósmico, nuestros instrumentos nos permiten ver hasta unos 14 mil millones de años luz, muy cerca de la gran explosión que dio origen al universo. Pero todo lo que esté más allá de esa distancia espaciotemporal queda fuera de nuestra percepción, pero no quiere decir que no exista.

En cierto sentido, aunque nos cueste reconocerlo, somos bebés cósmicos, con una consciencia tan pequeña que sólo vemos lo que vemos y, aún peor, creemos que esa es toda la realidad. Y en actual contexto de una globalización tecnocientífica narrada por las redes sociales del capitalismo, nuestra consciencia es aún más pequeña porque se limita a lo que nos dejan ver. 

Por eso, muchas personas no pueden ver el futuro. Pero eso no significa que el futuro aún no existe.  

¡Ya basta de decir “No sé cómo hacerlo”!

Los cerebros artificiales, las computadoras cuánticas y los viajes espaciales comerciales ya son una realidad. Pero es una realidad que muchas personas desconocen y con la cual no se conectan porque, mientras los estudios de universos paralelos y multidimensionales con cada vez más profundos y exitosos, muchos no saben cómo resolver los mínimos desafíos.

Es verdad que vivimos en una época en la que los presidentes ya no saben gobernar, los maestros ya no saben enseñar y los médicos ya no saben curar. Una época en la que todos los valores se han transmutado, pero no para liberarnos, sino para esclavizarnos aún más y convertirnos en monstruosidades sin consciencia ni recuerdos de lo que fuimos o podríamos haber sido. 

Pero a la vez todo se agrava cuando alguien, por ejemplo, no sabe completar un formulario básico para que su hijo o hija reciban comidas gratis o a precio reducido en la escuela. Y en vez de admitir que no sabe responder a unas pocas y simples preguntas porque nunca quiso aprender a hacerlo, esa persona acusa a todos a su alrededor de no querer ayudarla.

“Señora”, le dije, “puede completar el formulario en línea. Está en su idioma”. La respuesta fue inmediata. “Pero yo de esas cosas de Internet no entiendo nada”. 

“Existe otra opción. Llame a este número y la ayudan a completar el formulario por teléfono”, le dije. Otra respuesta inmediata: “Sí, pero solamente se puede llamar en el horario que yo estoy trabajando y cuando llamo no me atienden”. 

“Entonces quizá pueda enviar un correo electrónico a…” Nueva respuesta inmediata: “No tengo correo electrónico. Bueno, sí tengo, pero como nunca lo uso no recuerdo la contraseña. Mi hija me lo puso en el teléfono, pero yo no sé cómo leerlo”. 

“Está bien. Ya que estamos hablando por teléfono en este momento, ¿me podría dar sus datos? ¿Cuál es su teléfono?”. Respuesta sorpresa: “No tengo teléfono. Estoy usando el de una persona amiga. El mío se perdió. No sé cuándo voy a tener teléfono otra vez”. 

La conversación duró unos pocos minutos más en los que descubrí que esta persona hacía casi 30 años que estaba en el país, pero carecía de los elementos y habilidades básicos como para conectarse con los recursos disponibles para mejorar su presente y, por eso, no podía construir un mejor futuro para ella y sus hijas. 

Su última pregunta antes de terminar la conversación fue “Pero ¿cómo lo hago?” Debo confesar, estoy cansado de escuchar esa pregunta. Vivimos en una época en la que casi inmediatamente podemos acceder a la información que necesitamos y, por lo tanto, decir que uno no sabe cómo resolver algo sencillo resulta inadmisible. (Dicho sea de paso, se pudo ayudar a la señora). 

Pero esta mujer no es la única. Muchas personas parecen haber pedido la capacidad de resolver sus problemas, superar sus desafíos, asumir sus responsabilidades y hacerse cargo de su vida. Lamentablemente, el nuevo futuro ya llegó y ciertamente no esperará a que nos preparemos. 

 

 

¿Qué excusas usamos para no comprometernos con el nuevo futuro?

Recientemente mantuve una corta conversación con una persona muy conocida en la comunidad y con una excelente formación profesional. El tema fue el nuevo futuro creado no solamente por la pandemia, sino también por el desmoronamiento del proyecto eurocéntrico de la modernidad. Esta persona me dijo, sin embargo, que ella no tenía tiempo para el futuro. 

“No tengo tiempo para el futuro”, fueron sus palabras exactas. No tener tiempo para el tiempo es, sin dudas, una expresión paradójica y autocontradictoria.  Pero también es una expresión de angustia, de encierro y de desesperación.

No tener tiempo para el tiempo, dicho por un ser temporal como somos los seres humanos, es una forma de decir que ya no nos interesa nuestro propio ser, que ya hemos dejado de ser humanos y nos hemos cosificado a nosotros mismos. Nos tratamos como atemporales y tratamos, en vano, de cercenar nuestra temporalidad.

Antes de que yo dijese nada (y no es que yo pensaba decir algo), esta persona agregó: “No tengo tiempo para el futuro porque tengo que renovar mi oficina”. En un principio creí entender la explicación: la pandemia nos ha forzado a rediseñar nuestros lugares de trabajo, para maximizar la efectividad de trabajar allí.

En el contexto actual, tener una oficina ergonómica y ecológicamente amigable es una gran ventaja. Y si a eso se le suman nuevas tecnologías, esa oficina deja de ser un lugar de trabajo para convertirse en un punto de encuentro con el mundo.

Pero no fue eso lo que intentó decir la persona con quien yo estaba conversando. Sentí que ella decía algo así como “Tengo que refugiarme en mi oficina”, en el doble sentido de “Mi trabajo es mi mundo” y “Mi oficina es un lugar donde yo estoy a cargo y puedo controlar”. 

En cierta forma, esta persona busca transformar su oficina en una “cueva” en la que ella pueda invernar todo el tiempo que sea necesario hasta que pase la pandemia, algo similar a lo que hacen los osos cada vez que llega el invierno. Y es ese encierro, tanto físico como existencial, lo que le impide a esta persona conectarse con el nuevo futuro.

“Remodelar la oficina” puede entenderse como el deseo de repetir el pasado y perpetuar el presente, para olvidarse de que el futuro ya cambió y para retrotraer el tiempo a una situación más satisfactoria que la de enfrentarse a cambios profundos, inevitables e irreversibles. 

Dicho de otro modo, “remodelar la oficina” es una confesión de haberse vuelto adictos a nosotros mismos, es decir, de no querer dejar de ser lo que somos en este momento, incluso si de alguna manera entendemos que esa manera de ser ya es obsoleta. De nada sirve construir un castillo de gruesas paredes si los atacantes llegan con cañones y pólvora. 

La pregunta entonces es: ¿Qué “oficina” o qué “cueva” o qué “castillo” estamos construyendo cada uno de nosotros para no enfrentar el nuevo futuro? ¿Y qué precio pagaremos por hacerlo? El futuro emergente lo relevará. 

El camino que seguimos, incluso con mapas, quizá no sea el correcto

Llegué recientemente a un parque al sur de la ciudad donde vivo y, poco después de comenzar a caminar en el sendero que comienza en la puerta del parque, me encontré con una joven pareja que caminaba en dirección contraria. Justo al cruzarnos, el hombre, mapa en mano, le dijo a su compañera: “Caminamos tanto que ya debemos estar cerca de llegar al dique”. 

Ellos siguieron su camino y yo el mío, sin ninguna oportunidad de que yo les dijese nada. Pero si yo hubiese tenido esa oportunidad, entonces les hubiese dicho que el dique que ellos buscaban no estaba cerca de la puerta del parque sino precisamente en el otro extremo del parque, a varios kilómetros de distancia. 

En pocas palabras, la joven pareja había estado caminado probablemente por un largo tiempo y confundió la duración de su caminata con el acercamiento al destino al que ellos querían llegar. Pero, contrariamente a lo que ellos suponían y esperaban, cada paso que daban los alejaba de su destino. Cada paso empeoraba las cosas, incluso con el mapa en la mano. 

Estoy seguro de que la pareja eventualmente llegó a la puerta del parque y en ese momento le deben haber preguntado a alguien en la casilla de entrada donde estaba el dique, sólo para descubrir que habían caminado en la dirección equivocada. Quizá lo tomaron como una aventura y quizá hasta lo compartieron risueñamente entre sus conocidos. 

Pero en el camino de la vida caminar por el camino equivocado no es una aventura, sino una desgracia. Y no es una comedia, sino una tragedia. De hecho, en una antigua compilación de proverbios se lee que “Hay camino que a las personas se les presenta como derecho (conveniente), pero es un camino que lleva a la muerte (autodestrucción)”. 

Encontrar el camino correcto significa tener la capacidad de desconfiar del mapa que uno tiene en la mano, sea cual fuere ese mapa (libro, dogma, enseñanza, idea, creencia, gurú o lo que fuere). El mapa y el territorio no son lo mismo. Si yo tengo un mapa de París en mi mano eso no significa que conozco París. Además, el mapa puede ser incorrecto o quizá uno no sepa interpretarlo. 

Entre los filósofos griegos, encontrar y seguir el camino correcto (“camino” en griego se dice “odós”) era encontrar un “método”. Además, los primeros seguidores del maestro de Nazaret (quien simplemente dijo “Yo soy el camino”) se llamaban a sí mismos “Los del camino”. Y, como sabemos, en Oriente “camino” tiene un nombre que aún hoy se usa: Tao. 

Tan importante era encontrar y seguir el buen camino que Heráclito enseñaba que “el camino hacia arriba y hacia abajo es el mismo”, una enseñanza que hoy se ha alejado de nuestras mentes y corazones. No caben dudas que hemos perdido el camino, incluso con el mapa en el mano. Por eso, deambulamos por la vida sin rumbo, ni dirección, ni sentido. 

Como dijo Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. 

La culpa es nuestra por no escuchar ni a los sabios ni a la historia

En el contexto de la pandemia, profesionales de salud expresan una y otra vez sus consejos para evitar nuevos contagios y para mantenerse saludable tanto mental como físicamente en el marco de una cuarentena y de una incertidumbre que, querámoslo o no, nos afectan a todos nosotros a veces de maneras inesperadas. 

Entre esos profesionales figura un médico italiano que propuso un enfoque “amplio e integral” para enfrentar a la pandemia, no solamente por su impacto como una enfermedad, sino también por su impacto en la sociedad y en la economía. Y, en ese contexto, según este médico, se busca incesantemente la cura. 

Algunos de los consejos que este médico italiano compartió figuran comer alimentos limpios y saludables, limpiarse las manos y limpiar las cosas que uno toca y pasar tanto tiempo al aire libre como sea posible. 

Además, dijo el médico, es necesario reconocer que la pandemia nos llena la mente de emociones y de tensiones. Y esas tensiones, ese estrés, “es donde se alojan las enfermedades”. Dicho de otro modo, no se trata solamente de combatir la pandemia en sí, aunque eso debe hacerse, sino que también se deben combatir “los males sociales” que agravan la pandemia. 

El ejemplo que provee este médico italiano es simple y directo: para no contagiarse hay que mantenerse limpio, pero, si alguien carece de los recursos necesarios (por ejemplo, para acceder a cuidados médicos o para satisfacer las necesidades básicas de la vida), entonces no se podrá evitar el contagio.

El médico en cuestión, y ya es hora de decirlo, es Marsilio Ficino, quien vivió en el siglo 15 (1433-1499) y quien proveyó esos consejos, aún válidos, hace más de 500 años luego de que plagas y epidemias afectasen Italia cuatro veces durante su vida. 

Seamos aún más claros: hace medio milenio un médico italiano ofreció consejos contra la pandemia que aún hoy usamos. Sin embargo, luego se escucha en los medios y dicho por las autoridades que “nadie podía anticipar la pandemia” y que “nos tomó por sorpresa y no sabíamos qué hacer”. 

Eso es simplemente una gran mentira. 

Sería mejor decir que “Hemos decidido ignorar la historia, cercana y lejana, y, por eso, creemos que somos los primeros en vivir lo que ahora vivimos”. Aún mejor, sería un gran momento de honestidad reconocer que “Preferimos ser ignorantes y mantener a otros ignorantes para poder así controlarlos”. 

¿Por qué nos mantenemos ignorantes? Porque pensamos que nunca nos iba a pasar a nosotros. Nos escondemos detrás de la ciencia y de la tecnología y nos autoproclamamos “inteligentes” o, aún peor, “más inteligentes” que nuestros antepasados. Pero luego llega un virus y pone en jaque al planeta. 

En definitiva, no escuchamos ni a los sabios ni a la historia porque creemos saberlo todo. Y ese es el mayor pecado y el peor error de cálculo en el que la humanidad actual ha caído: hubris, esa desmesura de la que ya hablaban los griegos, advirtiendo sobre el destructivo narcisismo en la que se basa. 

Muchos se preparan para la vida, pero luego nunca dan ni el primer paso

En recientes caminatas por un parque cerca de mi casa que ofrece senderos entre bosques y arroyos, me encontré en varias ocasiones con familias y grupos de personas perfectamente preparadas para la caminata, pero que luego, por distintas razones, no dieron ni siquiera el primer paso. Muchos viven la vida de esa manera.

En un caso, un grupo de jóvenes llegó al estacionamiento del parque en una camioneta y en pocos segundos todos los jóvenes bajaron del vehículo y frenéticamente comenzaron a prepararse para la caminata. Por ejemplo, pusieron botellas de agua y refrigerios en sus mochilas, se aplicaron protector solar y repelente de insectos, y tomaron sus palos para escalar.

Luego, cuando todos estuvieron listos, uno de ellos abrió un mapa y sugirió ir por un cierto sendero. Otro joven, parado junto a un gran mapa del parque pintado sobre un cartel, indicó que había otro sendero mejor. Aún otro participante del grupo, usando el mapa de su teléfono inteligente, opinó que él había elegido el mejor sendero para todos. 

Siguió entonces lo que pareció una interminable discusión (probablemente unos diez minutos) entre quién tenía razón, cuál sendero deberían elegir y qué mapa estaba equivocado y cuál no. Luego del acalorado debate, llegaron a una conclusión con la que todos estuvieron de acuerdo: se subieron a la camioneta y se fueron, sin haber dado ni un solo paso en ninguno de los senderos. 

Muchas personas hacen eso: se preocupan más por tener razón que por recorrer el camino de la vida y tanto se cierran en sus creencias que prefieren que nadie salga a caminar por la vida antes de aceptar que, en esta vida, hay más de un camino y hay caminos para todos.

En el otro incidente, una familia completa (abuelos, padres y niños) llegaron al inicio del sendero con equipo relucientemente nuevo. La madre procedió a enseñarles a los niños cómo usar el bastón para escalar, incluyendo el ángulo correcto del codo y del cuello para que el bastón sea eficiente. Y luego les enseñó cómo leer un mapa y cómo usar una brújula. 

A continuación, el padre de la familia dirigió a la familia entera en ejercicios de precalentamiento, primero sin el bastón y luego usando el bastón para hacer estiramiento de piernas y de brazos. Tras el precalentamiento, todos compartieron un pequeño refrigerio y, cuando parecía que estaban listos para comenzar a caminar, llegaron nuevas instrucciones. 

La madre les recordó a los niños que debían usar sus máscaras y mantener el distanciamiento social, que no deberían tocar o tomar nada, que no tenían que hablar con extraños y que no deberían alejarse de sus padres. 

Completadas todas esas indicaciones, volvieron a su vehículo, se subieron y se fueron. Aunque todo lo que habían hecho estaba bien y todas las indicaciones eran verdaderas y acertadas, no caminaron ni un solo paso por un sendero. Muchos viven así: siempre preparándose y nunca actuando. 

La vida no es un ensayo: o la vivimos o ya estamos muertos.

Lo que no vemos ni sabemos puede ser lo verdaderamente importante

Ya sabemos lo que enseñaba El Principito: Lo esencial es invisible a los ojos. Pero de saber esa verdad a vivirla y practicarla existe una gran distancia que, por su tamaño, nos lleva a aceptar como esenciales cosas que no lo son y no nos permite ver los fundamentos y las fuentes verdaderamente esenciales. Dicho de otro modo: juzgamos sin base ni conocimientos.

Ese pensamiento recientemente vino a mi mente cuando, al caminar por un parque al sur de la ciudad en la que vivo me encontré con un árbol torcido o, mejor dicho, inclinado como la Torre de Pisa. Era el único árbol en esa condición entre numerosos otros árboles que habían crecido sin desviarse de un crecimiento estrictamente vertical. 

La situación del árbol torcido me hizo recordar aquel refrán que dice que las personas, como los árboles, son difíciles de enderezar si nacen y crecen torcidos. Quizá vivan largas y productivas vidas, quizá, literal o metafóricamente, alcancen impresionantes alturas. Pero estarán siempre torcidos y, por eso, serán fácilmente detectados y atacados.

Pero al seguir caminado y al acercarme al árbol torcido noté algo que desde lejos no se veía: había crecido sobre una gran roca. Mientras todos los otros árboles estaban sobre el suelo firme, el árbol torcido estaba sobre una roca y, aún peor, la roca estaba al borde de un pequeño acantilado. Un paso en falso, por así decir, y el árbol caería al vacío. 

Debido al lugar en el que el árbol torcido había crecido, sus raíces no estaban enterradas, sino que quedaban a la vista, literalmente aferradas a la roca. Y esa era la clave: el árbol torcido había nacido y crecido en un lugar en el que necesitaba usar todas sus energías para aferrarse a la vida, sin importar cuán torcido o no estuviese ni, mucho menos, lo que otros dijesen de él. 

Lo esencial de ese árbol, sus raíces externas aferradas a una roca, permaneció invisible a mis ojos no solamente hasta que me acerqué lo suficientemente al árbol para ver sus raíces, sino hasta que dejé de lado mis prejuicios y mis juicios sobre “árboles torcidos”, fuesen plantas o personas. 

Para usar otra metáfora, si solamente vemos la parte visible del témpano y creemos que esa es toda la realidad, nuestros pensamientos y nuestro entendimiento estarán distorsionados y limitados. Muchas veces la realidad, lo esencial, queda sumergida dentro de dos grandes mares: la historia y el subconsciente (para llamarlo de alguna manera). 

Todo lo que hoy creemos y lo que creemos saber tiene un origen histórico. Y mucho de lo que creemos y decimos creer no lo creemos ni lo decimos conscientemente, sino que forma parte de ese nivel no consciente de nuestra mente. 

Por eso, no podemos ver lo que el témpano esconde debajo del agua, ni tampoco los orígenes históricos de nuestras ideas y situaciones, ni lo que realmente se esconde dentro de nuestra mente. Las ocultas fuentes de la realidad sólo pueden ser vistas con ojos adecuadamente entrenados. 

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