
Recientemente tuve el privilegio de coordinar un proyecto comunitario de varias semanas que, en el último encuentro, abrió un espacio para que los participantes compartiesen sus opiniones y experiencias sobre el proyecto. Una señora mayor inmediatamente tomó la palabra y durante los próximos 20 minutos contó detalles de los desafíos y penurias de su vida.
Nadie se rio ni se incomodó. Nadie pidió que la mujer se callase o que le permitiese hablar a otros. Los participantes escucharon con atención, sin interrumpir ni hacer preguntas. Simplemente, el grupo permitió algo que estaba fuera de libreto: que alguien, quizá por primera vez, compartiese instantes importantes de su vida que seguramente pocos conocían.
Me costó semanas de reflexión entender que, en un momento liminal (el final de los encuentros) esta señora encontró que la comunidad temporal que se había creado era lo suficientemente segura, psicológicamente hablando, como para compartir espontáneamente (conscientemente o no) información tan personal que le permitió a ella misma descubrir su historia al contarla.
Dicho de otro modo, los encuentros le permitieron a esta señora no solamente aprender el material presentado, sino también (y más importante) hilvanar acontecimientos separados y dispares que, al conectarlos, restauraron tanto su memoria como su coherencia narrativa. La historia de la mujer, entonces, fue su devolución, su comentario y su opinión sobre el proyecto.
En el extremo opuesto, conozco a un hombre quien, tras haber adquirido cierta reputación en una cierta área, considera que esa “autoridad” puede ser inmediatamente transferida a todo otro tema, por más alejado que ese tema esté de su área de estudios y experiencia. Y así lo hace, hablando y pontificando sobre política, religión, deportes, películas, salud mental o lo que fuere.
Es bien sabido que la confianza en el conocimiento propio aumenta, en vez de disminuir, entre las personas con poco conocimiento (efecto Dunning-Kruger), produciéndose un desajuste epistemológico que (conscientemente o no) le impide a esa persona estimar con precisión cuánto realmente conoce o no de un tema, pero no le impide expresarse sobre ese tema.
La sociedad actual, al desdibujar los límites entre reacción personal y análisis informado, recompensa precisamente a aquellos quienes, en vez de preguntarse “¿Soy la persona apropiada para expresarse sobre este tema?”, se preguntan, “¿Qué tengo para decir de este tema?” La reacción positiva de la audiencia lleva a que esa la persona considere validadas sus opiniones.
Me pregunto qué pasaría si la mujer mencionada arriba le contase su historia al hombre mencionado arriba, pero ese ejercicio mental quedará para otro momento. Sin embargo, al superponer los dos enfoques de interacción, queda claro que la mujer decía “Quiero que conozcan algo de mí” y el hombre, “Quiero que sepan que tengo algo importante que decir.”
Para la mujer, esa fue quizá su única oportunidad de contar su vida y por eso lo hizo con autenticidad y vulnerabilidad. El hombre, por su parte, debe “actuar” con autoridad ante una audiencia que le exige su constante presencia: autorrevelación auténtica versus autopresentación performativa. Entonces, ¿qué persona somos?







