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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Hemos dejado el futuro en manos de adultos con mentes cerradas e infantiles

Recientemente escuché a un pastor predicándoles a los varios cientos de miembros de su congregación y diciéndoles que, según recientes estudios científicos, “casi el ciento por ciento” de los seres humanos algún día van a morir. Lamentablemente, no tuve la oportunidad de preguntarle qué significa ese “casi”.

Después de todo, si este buen hombre tiene acceso a un estudio científico que demuestra que la mortalidad humana es de menos del ciento por ciento, sería bueno que comparta con nosotros ese estudio para ver, como mínimo, si el “casi” es del 0,01 por ciento, o del 1 por ciento, o la cifra que fuese. 

Y luego me tocó, por casualidad, escuchar una conversación en la que alguien hablaba de un oso que fue cazado a balazos, despellejado, descuartizado y su cabeza cortada. Y la otra persona preguntó: ¿Pero el oso se murió? Dado que la conversación no era conmigo, no me correspondió decir nada, aunque me quedé pensando como alguien podía siquiera hacer esa pregunta.

La razón por la que alguien necesita explicaciones para determinar si un oso baleado, despellejado, descuartizado y descabezado murió es la misma razón por la que alguien afirma que la mortalidad humana es de “casi” el ciento por ciento: infantilismo. Pero esa afirmación necesita ser explicada. 

En su clásico y controversial libro de 1987 El Cierre de la Mente Estadounidense, Allan Bloom ya decía que la educación en Estados Unidos había “empobrecido el alma” de los estudiantes. Y luego, en 2000, Jeffrey Jensen Arnett, Christian Smith y otros investigadores comenzaron a hablar de la adultez emergente, es decir, el largo tiempo que le llevaba a los jóvenes madurar. 

Pero según recientes estudios, ya no se trata de una mente cerrada (como Bloom anticipó) ni de que la adolescencia ahora dura hasta casi los 40 años (como Arnett explicó), sino de que los adultos siguen siendo y actuando como niños.

En 2014, el Centro Lumen de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanísticas (en Rumania) publicó un artículo del Dr. Jacopo Bernardini, titulado La infantilización del adulto postmoderno (es decir, para aclararlo, nosotros). Según Bernardini, el adulto contemporáneo vive en un estado de perpetua “inmadurez consciente” que le permite “escapar de sus responsabilidades”.

Y eso es posible, dice Bernardini, porque vivimos en una sociedad en la que “las actitudes infantiles y el modelo de vida adolescente son promovidos en los medios y tolerados por las instituciones”. Dicho de otro modo, ser joven “no tiene nada que ver con la edad, sino que es un estilo de vida” que hace que “la juventud ya no sea una etapa transitoria de la vida”. 

En definitiva, infantilización es “una regresión colectiva” de la sociedad postmoderna que le da prioridad a “la velocidad y las posibilidades”, al “modelo eficaz de la juventud”, con el consecuente “rechazo psicológico de la condición de adulto”. 

Así, nuestro futuro queda en manos de mentes cerradas, infantiles y narcisistas. Me gustaría escribir mucho más sobre este tema, pero llegó la hora de ver mis dibujos animados favoritos. 

¿Cuántos años más viviremos y para qué?

Recientemente le comenté a una persona amiga que las compañías de seguro ahora (de hecho, desde hace ya algún tiempo) emiten coberturas hasta los 120 años, anticipando que en poco tiempo esa será la duración de nuestra vida activa y saludable. Obviamente, mi comentario fue rechazado con total escepticismo, tanto por razones “científicas” como “teológicas”.

Sea como fuere, y dejando de lado el hecho que en la visionaria serie animada Futurama el Profesor Farnsworth se mantiene activo a los 160 años, un reciente estudio clínico publicado en California indica que un “cóctel” de tres medicamentos comunes puede retrotraer la edad biológica de una persona en hasta 2,5 años. 

Dicho de otro modo, y para que no queden dudas, con esos medicamentos la persona rejuvenece 2,5 años. Y eso se logra con los conocimientos y la tecnología ahora disponibles, lo que permite pensar que, una vez que progresen tanto los conocimientos como la tecnología, crecerá el número de años de rejuvenecimiento. 

Debido además a que el desarrollo tecnocientífico actual es exponencial, se puede pensar que en poco tiempo la cantidad de años que una persona podrá recuperar (o rejuvenecer) será una cantidad considerable, quizá incluso en decenas de años. De hecho, según el reporte mencionado, eso es exactamente lo que ya sucede en experimentos con animales. 

Pero, como ya lo decían los antiguos, un cuerpo sano necesita una mente sana. Y, en ese sentido, los recientes estudios en el cerebro humano ya han confirmado tanto el fenómeno de la neurogénesis (el cerebro crea nuevas neuronas, contrariamente a lo que se enseñaba antes) y el fenómeno de neuroplasticidad (el cerebro crea nuevas conexiones entre las neuronas).

Y si a ese nuevo entendimiento del cerebro se le suma el deseo de Elon Musk (y otros) de establecer una conexión directa entre el cerebro humano y la inteligencia artificial, el “nuevo” cerebro seguiría operando a máxima capacidad durante años y años.

De hecho, según un reciente artículo en la revista especializada Naturaleza y Biotecnología, dos científicos de Harvard, Shaun Patel y Charles M. Lieber, ya han desarrollado un sistema que permite, por medio de una red de implantes neuronales (y conexiones directas entre el cerebro y la computadora) tratar enfermedades (Parkinson, Alzheimer) y adicciones, e incluso es posible “prevenir que el cerebro se degrade con la edad”. 

Cuando ese cerebro humano mejorado (un proyecto que ya está en marcha) se “fusione” (como dijo Patel) con la inteligencia artificial, el cerebro será no solamente capaz de percibir sus propios pensamientos, sino de “manifestarlos”, incluyendo entonces la cura de sus enfermedades.

Teniendo en cuenta esos avances, y teniendo en cuenta que hasta hace poco más de un siglo la expectativa de vida era de menos de 50 años, es entonces claramente posible pensar que en poco tiempo vivir una vida activa y sana hasta los 120 años o aún más allá ya no es una simple fantasía, y no es algo contrario a la ciencia ni, de hecho, a la teología.

Entonces, ¿para qué viviremos?

¿Para qué quieren leer nuestros pensamientos, sino para controlarlos?

Un reciente reporte (29 de agosto) publicado por la Universidad de California en San Diego revela que biólogos de ese centro de altos estudios han logrado desarrollar mini-cerebros de laboratorio que, tras algunos meses de crecimiento, ya tienen sus propias redes neuronales funcionando. Y ese es sólo el principio de la creación de cerebros humanos completos. 

El informe completo, en el número más reciente de la revista especializada Cell Stem Cell, explica que los mini-cerebros en cuestión, totalmente gestados fuera de toda asociación con un cuerpo humano, desarrollan ondas cerebrales similares a las de los bebés en gestación. 

La meta, según los investigadores a cargo del experimento, es que estos organoides cerebrales eventualmente desarrollen redes neuronales “sofisticadas”, es decir, maduras e interconectadas. Al entender cómo se produce ese desarrollo, los científicos podrían “modelar” los nuevos cerebros humanos, por ejemplo, eliminando enfermedades o acelerando su evolución,

Y en ese contexto, la verdadera meta de estos estudios es llegar a conectar el cerebro humano con la inteligencia artificial, algo que tanto Neuralink (Elon Musk) como Facebook anunciaron recientemente por separado que ya están haciendo, por lo menos en su etapa inicial. 

No se trata de ciencia ficción. Neuralink confirmó hace pocos días (31 de agosto) que está desarrollando un “implante cerebral” para conectar el cerebro directamente con una computadora. Y Facebook afirmó que planea crear un dispositivo que pueda “leer” la mente de las personas para que las personas puedan enviar información “con sólo pensarlo”.

Ante la casi inminente posibilidad de cerebros humanos rediseñados en un laboratorio (por lo tanto, sin enfermedades y más evolucionados) conectados con una inteligencia artificial global, todo lo que ahora somos y tenemos resulta obsoleto y primitivo. Y toda la ciencia ficción se presenta como un cuento infantil poco imaginativo. 

En definitiva, aquellos que quieran aumentar su capacidad cerebral y cuenten con los medios para hacerlo (como los súper multimillonarios del mundo tecnológico) podrán recibir implantes de cerebros “orgánicos” (quizá tantos como quieran) y a la vez conectarse con la inteligencia artificial de su propia creación, la misma inteligencia artificial que cada día controla más y más de nuestras vidas. 

Aunque esa situación de agregar nuevos cerebros a los que ya tenemos y luego conectarlos con inteligencia artificial aún no existe, es decir, se nos dice que hoy todavía no existe, los reportes oficiales indican que esa es la dirección de marcha de las investigaciones actuales, con resultados altamente prometedores. 

El transhumanismo está, parece, a la vuelta de la esquina, quizá en 2029, como lo anticipó en varias ocasiones Ray Kurzweil. O, dicho de otro modo, la extensión casi indefinida de la existencia biológica y la inmortalidad digital pueden ser reales en diez años. Si eso sucede, ¿por qué Silicon Valley quiere leer nuestros pensamientos? 

La respuesta es obvia: para controlarlos, como ya sucede en la actualidad, al punto que nos angustiamos si no recibimos todos los “Me gusta” que esperábamos. Pero ¿para qué quieren controlar nuestros pensamientos? Para no aburrirse. Pero ese ya es otro tema. 

Caminamos a oscuras por la vida, innecesariamente

Mi carro, aunque no nuevo, funciona bien y, excepto por el mantenimiento normal, no presenta mayores problemas. Sin embargo, las luces delanteras, según descubrí recientemente, ya no iluminaban como antes, por lo que un “experto” me sugirió cambiarlas, con un costo estimado en cientos de dólares.

Antes de decidirme a pagar esa suma, una rápida consulta con verdaderos expertos me llevó a comprar un paquete para restaurar esas luces y, por sólo 15 dólares y tras menos de una hora de trabajo, las luces volvieron a brillar. 

De hecho, el problema no eran las luces. No hacía falta cambiarlas. Sólo era necesario remover aquello que las oscurecía, pero que las oscurecía de tal manera y con tal lentitud, que la diferencia de iluminación entre un día y el otro era tan pequeña que uno casi no la notaba y entonces, erróneamente, uno asumía que las luces seguían iluminando como antes.

Aún peor, una vez que el problema se volvió imposible de negar, cuando quedó claro que las luces ya no iluminaban como antes, la solución propuesta por el “experto” resultaba tan costosa (tanto en tiempo como en dinero) que parecía imposible de lograr. La verdad, sin embargo, era que la restauración de la luz era sencilla, rápida y a un costo reducido.

La situación me hizo pensar que a lo largo de la vida nuestra luz interior deja de iluminar nuestro camino, y no porque esa luz interior se apague, sino porque nosotros mismos la vamos ocultando con nuestras creencias, credos, dogmas, ideologías, tendencias, modas, y autoengaños. 

Poco a poco, casi imperceptiblemente, agregamos una nueva y delgada capa de oscuridad frente a nuestra luz interior que hoy, por eso, ilumina un poco menos que ayer. Pero no nos damos cuenta. No le prestamos atención. No lo consideramos ni como un pequeño problema actual ni como un gran problema a largo plazo.

Y un día, por el motivo que sea, nuestra luz interior deja de brillar. Pero no se extinguió, sino que está solamente oculta detrás de todo el polvo de lo cotidiano, de lo temporal, que hemos dejado que se acumule sobre ella. Y, peor aún, a ese polvo de la inautenticidad, de la superficialidad, le agregamos una capa de olvido. 

Entonces, la luz que antes iluminaba nuestro camino ya no lo hace, no porque no pueda brillar, sino que nosotros se lo impedimos. Y cuando, en desesperación de volver a encontrar algo de luz para nuestra vida buscamos revertir la situación, acudimos a “expertos” que fácilmente nos convencen que la única alternativa es una costosa y larga respuesta. Pero no es así.

Al contrario de lo que sucede con las luces de los carros, cuando se trata de nuestra luz interior no existen “expertos”, porque, en primer lugar, es la luz brillando dentro de nosotros y, en segundo lugar, esa luz no se ha ni perdido. Sólo se trata de remover todo aquello que, a sabiendas o no, hemos depositado sobre la luz, impidiendo que se vea su resplandor. 

 

¿Qué estamos realmente creando al recrearnos a nosotros mismos y al planeta?

En su interesante libro La Cuarta Edad, Byron Reese propone que cada vez que la humanidad accede a una nueva tecnología, la humanidad cambia y, con ella, el planeta. Por eso, cabe la pregunta, ¿en qué realmente nos estamos transformando ahora que la tecnología nos está transformando a nosotros y al planeta?

Reese sostiene que hace 100.000 años, los seres humanos aprendieron a usar el fuego y, gracias a ello, desarrollaron el lenguaje. Luego, hace unos 10.000 años, el nacimiento de la agricultura llevó al nacimiento de las ciudades. Y más recientemente, quizá sólo cinco o seis milenios, el invento de la escritura tuvo con resultado la creación de naciones.

Ahora, sin embargo, el fuego, el idioma y la agricultura lucen primitivos al compararlos con robots inteligentes y conscientes, es decir, la “cuarta era” de la que habla Reese. Lo que todavía no sabemos es qué surgirá como resultado de estas nuevas tecnologías.

Por el momento (apartándonos ahora del libro), queda claro que el lenguaje que usamos ya no resultado del todo apropiado para describir la nueva realidad, por lo que tenemos que usar expresiones como “realidad expandida” o “realidad virtual”. 

Y, como queda indudablemente en evidencia en el mundo actual, las mismas nociones de “ciudad”, “nación” y “estado” se han visto grandemente desafiadas en cuanto a su viabilidad y futuro precisamente por la aparición de las nuevas tecnologías. Tanto es así que para muchas personas la única alternativa parece ser volver a un pasado de supuesta grandeza.

Mientras tanto, Estados Unidos y Rusia recientemente anunciaron por separado el desarrollo de naves espaciales de combate, a la vez que varias empresas privadas anunciaron el inminente lanzamiento de viajes de turismo espacial. 

Y los planes para terraformar Marte en las próximas décadas continúan avanzando. ¡Qué paradoja! Queremos transformar a Marte para que sea como la Tierra a la vez que destruimos la Tierra. 

Simultáneamente, los robots inteligentes desarrollan su propio lenguaje y su propia ética y, lenta pero inexorablemente, se hacen cargo de todas las cosas. “Cosas” como en “Internet de las Cosas”, desde carros autónomos hasta casas inteligentes, y desde decisiones judiciales (jueces robots) hasta decisiones espirituales (sacerdotes robots).

En todo ese contexto, aunque sabemos aproximadamente dónde hemos estado, los humanos aún no sabemos a dónde vamos a llegar, es decir, si estamos entrando en un futuro prometedor en el que muchas de las expectativas y deseos de la larga historia de la humanidad se verán cumplidos, o si esta es la última etapa de la existencia humana antes de ser desplazados y reemplazados por nuestra propia creación. 

Pero entonces la pregunta inicial debe ser reformulada, porque quizá ya no resulte suficiente preguntarse solamente en qué nos estamos transformando nosotros gracias a las nuevas tecnologías, sino que debemos preguntarnos en qué se están transformando las tecnologías gracias a lo que ellas mismas están descubriendo. 

A la humanidad le llevó unos 100.000 años llegar la inteligencia artificial. ¿Cuánto tiempo le llevará entonces a la inteligencia artificial para completar su propia evolución? 

El curioso caso de llevar puesta una ideología sin saberlo

Recientemente participé en un evento comunitario que requería cierta formalidad, por eso me sorprendió encontrarme en el lugar con un muchacho que, sin el saco y la corbata que los otros hombres usaban, llegó vestido con una camiseta (playera) del Barcelona, el conocidísimo club de futbol español. 

Al final del encuentro, me acerqué al muchacho para felicitarlo por la excelente elección de su camiseta (y también lo hubiese felicitado si la camiseta hubiese sido del Boca Juniors, pero no muchos otros clubes.) Aproveché entonces a preguntarle si le gustaba el Barcelona (algo que me pareció obvio) y el futbol en general. 

Su respuesta fue una sola palabra: “¿Qué?”

Luego, el muchacho explicó que se había comprado esa camiseta porque le gustaron los colores, desconociendo toda conexión de esos colores con el Club Barcelona o con el fútbol. Y la pregunta sobre si conocía a Leonel Messi fue respondida con “¿Quién?”, dejando en claro que, para ese muchacho, “su” camiseta era sólo una conjunción de agradables colores y nada más. 

La situación me recordó a imágenes que se repiten con cierta frecuencia en los medios sociales y en campañas de recaudación de fondos en las que se muestra a niños en situación de pobreza vistiendo camisetas de equipos del fútbol americano de los que, casi con toda seguridad, esos niños no conocen absolutamente nada. 

Pero la experiencia de haberme encontrado con alguien que viste una camiseta del Barcelona sin saber nada del Barcelona me hizo pensar en algo distinto, es decir, en la posibilidad de “vestirnos” de cierta creencia, dogma o ideología y “llevarla puesta”, sin conocer nada en absoluto de esa ideología. 

Se dice que la ideología más difícil de entender es precisamente aquella que aceptamos y en la que creemos, porque se nos presenta como algo “normal” e incluso “obvio” que, por eso mismo, no necesita ser pensada, ni repensada, ni desafiada. 

Y luego caminamos por la vida mostrando los colores de esa ideología, sin saber en realidad de qué se trata. Y si alguien nos felicita o nos critica por “vestir” esa ideología y nos pregunta por qué la hemos adoptado, probablemente responderemos, como me respondió el joven antes mencionado, “Porque me gusta”. 

De hecho, existen numerosos casos así, sin importar que se trate de política, de religión, de economía o de lo que fuere. La persona en cuestión se viste con “su” camiseta y la lleva puesta a todos lados, sea prudente o no hacerlo, sea cortés o no hacerlo, en muchos casos ignorando el significado de los colores qué está mostrando.

Peor aún, esa ignorancia, sumada al apego a los colores, impide todo diálogo y las respuestas, si las hay, se limitan a monosílabos generalmente enmarcados en una sonrisa teñida de desdén.

Seamos honestos: todos llevamos puesta una “camiseta de ideología” que no vemos o que desconocemos. Por eso, leemos libros sagrados como si fuesen manuales de economía y hasta contribuimos alegremente a nuestra propia deshumanización. 

Si alguien te pregunte por tu camiseta, abre los ojos. 

 

 

Aún ni siquiera conocemos completamente a nuestro propio planeta

La NASA recientemente anunció el descubrimiento de un exoplaneta cerca de la estrella CJ357 que, por sus características, podría ser similar a la tierra. El descubrimiento de exoplanetas similares a la tierra no resulta ninguna novedad, pero lo que sí resulta novedoso es que casi simultáneamente Facebook anunció que gran parte de la tierra aún carece de mapas precisos. 

A ver, entonces, si nos entendemos: a la vez que podemos saber que el planeta CJ357d (“d” significa que es el cuarto planeta en su sistema planetario) está en la llamada “zona habitable” y que podría tener agua, a unos 200 años luz de la tierra, aún no hemos podido realizar mapas completos de Tailandia y de Indonesia. 

Las cámaras de TESS (el satélite que la NASA usa para descubrir exoplanetas) permitieron determinar que CJ357d tendría una atmósfera lo suficientemente densa como para que exista agua líquida en ese planeta. 

Pero, hasta el momento, la mayoría de las rutas de Tailandia y de Indonesia, según la información difundida por Facebook, aún no figuran en ningún mapa. De hecho, el proceso de creación de esos mapas comenzó hace diez años y hasta ahora no se completó porque el trabajo lo realizan voluntarios y los mapas se crean manualmente.

En definitiva, podemos estudiar un distante planeta con un alto grado de precisión y, simultáneamente, carecemos de información precisa sobre amplias zonas de nuestro planeta. ¡Qué paradoja! Vemos lo distante, lo alejado, pero no vemos lo cercano y lo cotidiano.

La paradoja no es nueva, aunque ahora la hemos llevado a un nivel cósmico y hemos involucrado a la inteligencia artificial. De hecho, ya en la antigüedad un conocido maestro itinerante enseñaba que resulta más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el ojo propio.

El mismo maestro decía que primero debemos remover la viga de nuestro ojo antes de intentar remover la paja del ojo de la otra persona. Con el debido respeto, esa enseñanza podría entenderse como la necesidad de conocer el universo interior antes de conocer el universo exterior, aunque una y otra acción son, en esencia, inseparables. 

Sabemos, por ejemplo, que la estrella en torno a la que gira CJ357d tiene un tercio de la masa de nuestro Sol y es un 40 por ciento más frío que el Sol. Pero sobre la tierra, millones de kilómetros de caminos (calles, carreteras, puentes) en todo el mundo aún no figuran en ningún mapa. Conocemos, entonces, lo distante, pero no conocemos lo cercano.

Quizá, sin descuidar los exoplanetas, debamos cambiar la dirección de la mirada y mirar a nuestro propio planeta y dejar de verlo como una acumulación de material inerte que podemos extraer, explotar y descartar. Debamos mirar aún más profundamente dentro de nosotros para descubrir qué nos lleva a explotar y destruir nuestro propio planeta. 

Surge otra pregunta: si todavía no tenemos suficiente información sobre millones de kilómetros de caminos en nuestro planeta, ¿cuántas otras cosas seguimos ignorando de la tierra y de nosotros mismos? 

¿Cómo nos escaparemos de una inteligencia artificial que sabe todo sobre nosotros?


Ya existe una inteligencia artificial (IA) que no solamente sabe qué emociones estamos sintiendo, sino que puede reproducirlas por medio de sus propios códigos, según un reciente anuncio por parte de la Universidad de Colorado en Boulder. Y según el Instituto Tecnológico d Massachussets (MIT), ya existe una IA que sabe si estamos besando a otra persona.

Además, según un reciente artículo en El País, es inminente la llegada de las denominadas “superapps”, es decir, las conocidas aplicaciones (apps) que todos tenemos en nuestros teléfonos inteligentes, pero que, a diferencia de las apps que conocemos, las superapps pueden ofrecer hasta 100.000 servicios, y ya se habla de superapps con hasta 200.000 servicios.

La meta de las superapps, dice el artículo en El País, es que cada uno de nosotros podamos tener “toda nuestra vida en nuestras propias manos”. Pero, dejando de lado el hecho de que nadie me preguntó si yo quiero tener toda mi vida en la palma de mi mano, ¿no sería más correcto decir que estamos dejando nuestra vida en manos de las superapps, es decir, de la IA?

En definitiva, como lo explica (brevemente) en su comunicado la Universidad de Colorado en Boulder, la IA que sabe qué sentimos no sólo lo sabe, sino que sabe que lo sabe. Y eso resulta interesante, porque muchas veces nosotros mismos no sabemos lo que sentimos. 

En otras palabras, ¿cómo podremos ocultarnos de una IA que sabe de nosotros más de lo que nosotros sabemos de nosotros mismos? Tomemos, por ejemplo, la otra IA, la de MIT, que sabe si besamos a alguien. Supongamos que esa IA de MIT trabaja junto con la Boulder. Entonces, no solamente sabrá si besamos a alguien, sino también lo que sentimos al besar a esa persona.

Y también supongamos, aunque no hay nada disparatado en esta suposición, que toda esa información resulta de fácil acceso por medio de una superapp, como ahora resulta fácil volverse viejo (por lo menos en imágenes) gracias a una conocida aplicación. Entonces, gracias a esa fusión de distintas tecnologías, todo el mundo podrá saber si se trató de un beso sincero, si hubo engaño al besar, si fue una expresión de pasión o si hubo rechazo. 

Y esa sería solamente una de las decenas de miles y probablemente centenares de miles de “servicios” que las IA, en forma de superapps, nos ofrecerá, incluyendo el “servicio” de poner todo el conocimiento sobre toda nuestra vida en un solo lugar. Y eso, como mínimo, resulta peligroso en una sociedad en la que la información es poder y la inmadurez es reina. 

Por eso, ¿podremos escaparnos de una IA que todo lo sabe y que todo lo ve, que controla toda nuestra vida y que hasta nos incita a no pensar porque ella, adoptando un engañoso nombre de mujer, ya tiene todo resuelto para nosotros? Difícilmente podremos hacerlo. Pero una jaula de oro, por más que sea de oro, sigue siendo una jaula. 

¿Entonces, Alexa, qué alternativas tenemos? ¿Cómo que ninguna? 

Cada vez faltan menos piezas para completar el rompecabezas

Uno de los errores más comunes de nuestro razonamiento es asumir que la pieza de conocimiento que tenemos equivale a todo el conocimiento disponible. Es decir, generalizamos y universalizamos nuestras limitaciones y, como consecuencia, no las vemos, ni tampoco vemos que otras piezas, distintas a las que ya teníamos, se siguen agregando al rompecabezas.

Pero cuantas más piezas se agregan al rompecabezas, más clara se va haciendo la figura final, aunque falten detalles y precisiones. Y más difícil resulta aferrarse a esa única pieza que tenemos y que antes, erróneamente, creíamos que era la única que existía. 

Dicho menos metafóricamente, el nuevo presente y el inminente futuro resultan incompatibles con nuestras creencias y vivencias del pasado. 

¿A qué me refiero? A que al conectar las piezas hasta ahora dispersas y ubicarlas una junto a la otra la imagen es clara: el humano artificial y quizá inmortal está a punto de llegar. Quizá sea lo mejor que le pueda pasar a la humanidad. O quizá sea lo peor. O quizá lo mejor y lo peor sean inseparables. 

¿Cuáles son las piezas del rompecabezas que apuntan en esa dirección? Entre otros elementos, los reportes científicos describiendo nuevos descubrimientos y desarrollos como piel sintética más sensible que la piel humana, músculos artificiales más fuertes y veloces que los humanos, o sensores de luz y movimiento con mayor capacidad de percepción que sus equivalentes en los humanos.

Pero esos reportes y anuncios nunca aparecen juntos. Nunca presentan la imagen final, sino que cada uno aporta por separado lo que, en conjunto, claramente se ve como la aparición de una humanidad transhumana y quizá transbiológica, posiblemente híbrida.

Por eso, también siguen progresando los estudios sobre la conectividad entre el cerebro humano y la inteligencia artificial, a la vez que la misma inteligencia artificial acelera su propio crecimiento, tanto abarcando sectores cada vez más amplios de la vida planetaria como incluso creando sus propias leyes y lenguaje. 

Al unir todas las piezas del rompecabezas hasta ahora disponibles (seguramente existen otras que todavía no han dado a conocer), ese ejercicio mental de conectar entre sí las piezas se facilita al asumir que la conexión se basa en la formación tecnocientífica de una humanidad artificial, transhumana. 

Y se puede asumir que esa nueva humanidad no tardará mucho en llegar, convirtiendo en obsoleta y anticuada la humanidad actual, siendo la nueva humanidad tan distante y distinta de nosotros como nosotros lo somos de nuestros más remotos antepasados. 

Pero entonces surge otro rompecabezas, con todavía menos piezas que el de la creación de una humanidad artificial. Y es el rompecabezas que trata de explicar por qué nosotros, los humanos, estamos empeñados en crear seres transhumanos. ¿Estamos respondiendo a un llamado cósmico a progresar en la escala universal o es sólo otra muestra de nuestra perenne ineptitud? 

La búsqueda de la inmortalidad y de la trascendencia es tan antigua como la humanidad misma y tan actual como el sol de cada mañana. Pero parece que el rompecabezas está cerca de completarse. 

 

El futuro llegó y nosotros miramos en la dirección opuesta

Recientemente, un muchacho joven me dijo que estaba buscando trabajo y me pidió que, si yo sabía de alguna oportunidad en su área de interés, le informase. Poco después, se presentó una oportunidad que inmediatamente compartí con él, sólo para enterarme días más tarde que él no la había aceptado.

Le pregunté por qué había rechazado la oportunidad y su respuesta fue clara. “Yo no quiero trabajar todo el día en un sótano hablando por teléfono para escuchar los problemas de las personas”. El argumento, aunque aceptable, tenía un gran problema: no se ajustaba a la realidad.

El trabajo del que yo le había hablado era en una amplia y luminosa oficina en un edificio comercial de fácil acceso y amplio estacionamiento. No era un sótano. Y el trabajo consistía en hacer presentaciones de educación comunitaria, no en escuchar problemas por teléfono. 

Le pregunté entonces al muchacho cómo y por qué había llegado a una conclusión tan distante de la realidad y me dijo que hace algunos años él había buscado trabajo en una organización similar y que la entrevista inicial había sido en un sótano donde había personas atendiendo llamadas telefónicas. 

Quizá esa experiencia fue tan traumática o memorable que la única opción para este muchacho fue aferrarse a ella y proyectarla en el futuro y en el presente en cada oportunidad posible, asumiendo (erróneamente) que lo sucedido en el pasado le serviría para entender el futuro y decidir sus acciones sobre esa base.

Pero cuando ese futuro llegó y no era lo que él esperaba, en vez de cambiar sus expectativas y su manera de entender, en vez de abrir su mente y su corazón a otras posibilidades, este muchacho se encerró dentro de su creencia y, como consecuencia, quedó atrapado en su pasado, sin poder entrar al futuro.

Seamos honestos: todos estamos en esa situación. Nos aferramos a un pasado, aunque sea imaginario y nostálgico, sin, por eso mismo, poder ver el nuevo futuro y, como consecuencia, sin poder crear un mapa mental del nuevo futuro.

Por ejemplo, en los últimos días, se publicaron historias sobre la creación de “metales líquidos” (al mejor estilo Terminator), robots inteligentes personales, fotografías de interacciones cuánticas, y progreso en la conexión entre cerebros humanos y máquinas inteligentes (Neurolink, de Elon Musk.)

Además, continúa mejorando la preparación para viajes comerciales al espacio, ya existen vidrios (cristales) inteligentes que “saben” lo que tienen a su alrededor y almacenan esa información, y los robots creadores (músicos, pintores) ya comienzan a ser contratados en reemplazo de humanos e incluso ganan premios antes reservados a los humanos. 

Si no entendemos todo lo que eso significa, es porque todavía vivimos encerrados dentro de nuestro propio sótano mental, emocional, intelectual y espiritual, donde, sea por miedo o por narcisismo, sólo vemos y creemos las fantasías que nosotros mismos hemos creado. 

Mientras tanto, el nuevo futuro ya ha llegado, y nosotros, como lo hizo el muchacho de la historia, lo rechazamos porque no se ajusta a lo que creíamos. 

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