Menu

Proyecto Visión 21

AUDIO

NOTA: Estos comentarios reflejan nuestros pensamientos y reflexiones sobre un cierto tema en el momento en que fueron escritos. Los comentarios no son nunca la versión final de lo que pensamos y pueden o no guiar nuestras acciones en nuestro trabajo profesional. 

Presentación visual

COMENTARIOS SEMANALES

Los dinosaurios nos arruinaron la vida. ¿Haremos nosotros lo mismo?

Los dinosaurios reinaron en la tierra durante cientos de millones de años y ese reinado, afirma un científico, aún impacta a todos los seres humanos del presente de una manera increíble y casi impensable: una de las consecuencias directas de la existencia de los dinosaurios es que los humanos tenemos vidas más cortas de las que de otro modo tendríamos.

En un reciente estudio, el Dr. João Pedro de Magalhães, microbiólogo de la Universidad de Birmingham, afirma que en la Era Mesozoica (es decir, hace 252 hasta 66 millones de años), cuando los reptiles dominaban la vida en la tierra, los mamíferos debieron “elegir” vidas cortas que les permitiesen reproducirse lo antes posible (antes de ser comidos por los dinosaurios).

Específicamente, “Algunos de los primeros mamíferos se vieron obligados a vivir en la parte inferior de la cadena alimentaria y, probablemente, pasaron 100 millones de años —durante la era de los dinosaurios— evolucionando para sobrevivir mediante una rápida reproducción”, explica de Magalhães.

Y agrega, “Ese largo periodo de presión evolutiva tiene, según propongo, un impacto en la forma en que los seres humanos envejecemos”, lo que él llama la “hipótesis del cuello de botella de la longevidad”, que significa que, por los dinosaurios, los primeros mamíferos, debido a una prolongada presión evolutiva, perdieron o desactivaron los genes asociados con la longevidad.

Como consecuencia, los mamíferos carecen de la capacidad de reparar sus cuerpos como lo hacen los reptiles, sus dientes dejan de crecer (con algunas excepciones) e incluso es posible que el cáncer afecte más a los mamíferos que a otras especies que mantienen activos sus genes de longevidad. Y todo eso gracias a los dinosaurios.

Obviamente, no podemos “culpar” a los dinosaurios de haber intencionalmente reducido los años de vida de los humanos. A la vez, resulta interesante pensar en cuán distinta hubiese sido la vida humana si los dinosaurios nunca hubiesen existido. Quizá hubiésemos gozado de larguísimas vidas llenas de salud, como ya lo imaginaban los sumerios y otras culturas antiguas.

Y eso lleva a considerar que ya en la Epopeya de Gilgamesh (la obra literaria más antigua conservada, probablemente de hace unos 4000 años), los sumerios reflexionaban que, aunque la inmortalidad personal no es posible para los humanos, la perpetuación milenaria de la especie humana es posible por medio de la reproducción.

Así que, mientras que los dinosaurios no eran conscientes de que su sola presencia acortaba la vida de los mamíferos que, a su vez, se vieron obligados a reproducirse para sobrevivir, los sumerios y otras culturas del pasado no solamente eran conscientes de que la búsqueda de la inmortalidad era inalcanzable, excepto, quizá, por medio de descendientes que nos recuerden.

Todo esto me llevó a pensar que nosotros, los humanos del siglo 21, quizá seamos tan inconscientes como lo fueron los dinosaurios del impacto que nuestra mera existencia tendrá en la vida futura de este planeta dentro de millones de años. Y, a la vez, parece que hemos perdido la consciencia sobre nuestra propia mortalidad. 

¡Por favor, no hable de filosofía! ¡Le hace mal a mi hijo!

El pedido fue claro y directo: “¡Por favor, no hable de filosofía!”. Luego, como para enfatizar la urgencia e importancia del pedido, ella agregó: “¡La filosofía le hace mal a mi hijo!”. Y por las dudas de que yo no hubiese entendido lo que se me pedía, esta madre añadió: “Desde que mi hijo comenzó a leer filosofía, él ya no quiere creer lo que antes creía”.

Esa fue la reacción (respetable y entendible, por cierto) de una madre preocupada por la salud intelectual y mental de su propio hijo (cuya edad nunca se mencionó, pero con suficiente edad como para aventurarse a pensar por cuenta propia), a quien, como toda madre protectora, le quería evitar el inconveniente de encontrarse con nuevas ideas.

Todo comenzó con un corto mensaje que publiqué en una conocida red social. Asumí que se trataba de algo genérico y sin mayor importancia. Y también asumí que, como sucede con la gran mayoría de todos mis otros mensajes, nadie lo iba a leer, ni mucho menos iba a responder o a reaccionar. Pero, según parece, decir “filosofía” genera todo tipo de reacciones.

Brevemente y con sincero respeto, le agradecí a esta madre por su mensaje, enfatizando su claro amor por su hijo. A la vez, mencioné que “filosofía” tiene muchos significados y puede entenderse de distintas maneras, no todas ellas negativas. Y luego comenté que mi mensaje se basaba en mis estudios académicos en filosofía.

Llegó entonces una respuesta inesperada. La madre, también con un tono respetuoso, me “recordó” que, según las escrituras cristianas (Colosenses 2), la filosofía es un engaño, una vanidad, una tradición inútil. Por lo tanto, es un tema del que no solamente no se puede hablar, sino que ni siquiera se debe mencionar.

Le agradecí nuevamente a esta señora por sus palabras y allí terminó nuestro intercambio. Mi agradecimiento fue sincero por dos obvios motivos. En primer lugar, pude entender la perspectiva desde la cual esta madre presentaba su mensaje. En segundo lugar, me llevó a pensar que, muchas ocasiones, lo que consideramos “pensar” es en realidad un autoengaño sofisticado.

Desconozco, obviamente, qué tipo de filosofía o qué filósofos leía el hijo de esta señora. Quizá se leía El concepto de la angustia, de Kierkegaard; o Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche; o El Ser y la Nada, de Sartre. Esa yuxtaposición de existencialismo y nihilismo puede ser difícil de sobrellevar sin la preparación adecuada.

O quizá se trataba de libros de autoayuda maquillados de filosofía, como los muchos libros que presentan versiones superficiales del estoicismo antiguo, reduciendo pensamientos estoicos a meros “slogans” y las prácticas estoicas a actividades desestresantes. Sea como fuere, el muchacho leía y pensaba lo suficiente como para alarmar a su madre.

Pregunto: ¿Acaso deben enmudecer los filósofos porque alguien comienza a pensar por cuenta propia? ¿No se trata acaso de fomentar el pensamiento crítico como una condición necesaria para la madurez y la autonomía? ¿Tan fácil es considerar “engañoso” todo aquello con lo que no estamos de acuerdo?

La desaparición del Otro nos encerró dentro de una inexpugnable burbuja existencial

La semana pasada, dos personas (un hombre joven y una mujer ya de edad) me dijeron por separado que habían vivido mucho tiempo dentro de “una burbuja”. Las circunstancias de la vida (un viaje inesperado y positivo para el joven, una lamentable tragedia para la mujer) los llevaron a abandonar esa “burbuja”. Muchos otros, sin embargo, nunca lo logran.

La situación ciertamente no es nueva. Ya Platón nos advertía hace unos 2400 años en su Alegoría de la Caverna que podríamos estar viviendo dentro una cueva sin siquiera saberlo. Pero en aquel caso la “cueva” o “burbuja” era compartida. Ahora, sin embargo, la “burbuja” se ha vuelto no solamente un mundo individual, sino que, en muchos casos, se ha vuelto todo el mundo.

Además, mientras que en la caverna de Platón existía la posibilidad (aunque remota) de escaparse de ese encierro y de que alguien entrase a la caverna para liberar a los allí recluidos, las tecno-“burbujas” existenciales de nuestra época posmoderna funcionan como filtros de la realidad. Por eso, las posibilidades de “escape” son aún menores que las de la alegórica caverna.

Menores, pero no imposibles. El hombre me dijo que su primer viaje fuera de su país natal lo llevó a tomar consciencia de que, hasta ese momento, había vivido tan encerrado dentro de su burbuja que él pensaba que todo el mundo vivía, hablaba y actuaba como el “mundo” que él conocía. El comprender que ese no era el caso lo llevó a abandonar su burbuja.

La mujer, por su parte, sufrió una pérdida imposible de recuperar en su vida, algo que ella pensó que jamás iba a suceder. Pero no fue esa tragedia, sino la reacción de aquellos a su alrededor (familiares, amigos, compañeros de trabajo) ante la tragedia que la llevaron a repensar sus propias creencias y prioridad y, en definitiva, a salir de su burbuja.

Lamentablemente, mi experiencia indica que estos dos casos (absolutamente reales, lo enfatizo) representan casos excepcionales. Considero que muchas personas, quizá incluso la mayoría, han dejado de lado los encuentros con otras personas y con la vida real para encerrarse dentro de burbujas de plataformas digitales y algoritmos.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe a esas “burbujas” como “prisiones digitales” o “cárceles transparentes” cuya principal característica es servir como “cámaras de eco” que repiten una y otra vez mensajes de auto confirmación sin que esos mensajes sean jamás interrumpidos por desafíos (intelectuales o prácticos) o por mensajes diferentes.

En las tecno-burbujas de la actualidad no existen fricciones, ni retrasos, ni sorpresas. Dicho de otro modo, no existe el Otro. Como explica Han, el Otro ha desaparecido y ha sido reemplazado por la mismidad y por una seudo comunicación que solamente busca “Me gusta”.  Toda diferencia con el Otro se elimina o se opaca.

Debemos entonces preguntarnos qué mundo estamos creando cuando expulsamos al Otro de nuestras vidas sabiendo que sin la distancia, la resistencia (fricción) y la otredad del Otro no puede existir una vida humana (individual o colectiva) saludable. 

La infancia perdida lleva a peligrosas acciones con impensables consecuencias

Las noticias resultan aterradoras no solamente a nivel mundial, sino incluso a nivel local, como lo demuestran recientes incidentes, todos ellos protagonizados por niños y adolescentes, ocurridos en las últimas semanas en la ciudad en la que resido.

En un caso, un adolescente de 16 años fue arrestado por la policía por conducir a más de 160 kph en una angosta carretera con carriles cerrados por construcción. Además, el menor no tenía licencia para conducir y el vehículo carecía del seguro apropiado. Aún peor, el hermano del adolescente (un niño de 12 años) viajaba en el asiento de adelante sin cinturón de seguridad.

En otro caso, un niño de 13 años también terminó detenido por la policía cuando, sin permiso de sus padres, decidió usar la camioneta de la familia para pasear por su vecindario. Lamentablemente, el paseo terminó cuando la camioneta chocó a alta velocidad contra una casa, causando serias heridas a una mujer.

Pero el peor caso fue el de un niño de 11 años, ahora en custodia de las autoridades, acusado formalmente en la corte local de haber asesinado a su hermano de solo 5 años. Por razones obvias, se desconocen los pormenores del caso, aunque se sabe que en algún momento del fatídico día hubo algún tipo de pelea o enfrentamiento entre los hermanos.

Algunos podrían preguntarse dónde estaban los padres cuando todo eso sucedía. (De hecho, todos los padres involucrados en las historias mencionadas están o fueron investigados y, en el caso del adolescente de 16 años, enfrentan cargos). Pero quizá la pregunta ahora sea otra: ¿qué clase de sociedad hemos construido como para que esto esté sucediendo?

Dicho de otra forma, ¿de qué manera estamos todos (no solo los padres) educando a nuestros niños (todos ellos) para que a tan temprana edad de la vida, cuando la energía y la imaginación superan mucho al sentido común y a la mesura, los niños actúen como actúan (como lo demuestran casos nacionales e internacionales mucho peores que aquí no mencionaremos)?

El filósofo y educador español Gregorio Luri ofrece una respuesta: estamos educando y criando a niños sin infancia, es decir, a niños que ya no disfrutan de una infancia libre, específicamente, “los niños actuales se han quedado sin espacios en los que puedan vivir sus aventuras” (conferencia “AprendemosJuntos BBVA, 4 de septiembre de 2025).

Ya no hay espacios de aventura porque (agrego yo) la infancia se ha transformado en una serie de citas y actividades controladas y supervisadas, incluyendo el encuentro con otros niños. Las áreas de juego ya no raspan las rodillas ni rompen los pantalones. Y los rápidos saltos de la clase de danza al campo de futbol antes de ir a la clase de inglés son comunes e interminables.

Según Luri, estamos criando generaciones de “seres narcisistas con miedo al fracaso”, quizá por el propio miedo de los adultos (también narcisistas) de enfrentarse a la realidad. Por eso (digo), las aventuras infantiles de antaño son ahora peligrosas actividades con consecuencias de por vida. 

¿Qué se pierde cuando desaparece el asombro?

Sin dudas, uno de los grandes logros tecnológicos de nuestra época es el reinicio de los viajes a la luna, sea para verla de cerca o, eventualmente, para visitarla en persona. En ese contexto, una de las imágenes más asombrosas es ver la tierra desde el espacio, una imagen que no se veía desde 1972. Pero, a diferencia de aquella imagen, esta nueva imagen ya no causa asombro.

Inmediatamente después de publicarse, (seudo) expertos de toda clase comenzaron a “analizar” la imagen, haciendo una disección de cada elemento para demostrar si era o no era real, es decir, si realmente se veía la tierra o si se trataba de otra de las tantas imágenes generada por inteligencia artificial. Pero no hubo asombro ni siquiera mirando la asombrosa perspectiva.

Muchos “comentaristas” vieron formas y colores, pero no vieron el planeta. No vieron los miles de millones de personas allí fotografiadas. No vieron que no vieron fronteras ni “países” cada uno de un color distinto en el mapa. No vieron la tierra porque no se vieron a ellos mismos. Y no se vieron a ellos mismos porque no se asombraron.  

La situación me recordó a una corta anécdota que cuenta Anthony De Mello en El canto del pájaro. Según esa historia, cuando Buda les pidió a sus discípulos que explicasen qué es una flor, uno de ellos hizo un estudio botánico, otro se enfocó en los colores y otros dieron otras opiniones. Un discípulo miró a la flor y se sonrío. Solo él, dijo Buda, entendió la flor.

Existen momentos en los cuales la realidad no puede ni reducirse ni entenderse por medio de mediciones, cuantificaciones o incluso algoritmos. En esos momentos, la realidad solamente se entiende al vivirla, al participar en la experiencia, al reencontrarse con uno mismo al reconocerse a uno mismo como parte de esa realidad. Es decir, al asombrarse.

Entonces, ¿qué se pierde al dejar de asombrarnos? Y, peor aún, ¿qué se pierde al dejar de asombrarnos porque delegamos en la IA la interacción con la realidad? Sócrates nos acerca a una respuesta al decir que la filosofía no comienza en ningún otro lado sino en el asombro, una idea repetida por Platón y por Aristóteles. Sin asombro, perdemos la capacidad de pensar.

Ver la tierra desde el espacio no es solamente ver una imagen, sino que es una experiencia cognitiva que nos hacer tomar consciencia de la fragilidad de la existencia humana y lo extremadamente pequeño y absurdo de los conflictos que nosotros mismos creamos. Lamentablemente, vivimos en una época sin asombro y, por eso, de reducción del pensamiento.

Delegamos preguntas, respuestas, decisiones. No porque no podamos pensar, sino porque cada vez lo hacemos menos. La inteligencia artificial ha intensificado nuestra ignorancia natural al llevarnos a renunciar a todo esfuerzo de comprender. De hecho, “estudiar” viene del latín “studiare”, es decir,  “aplicar esfuerzo físico o mental a una tarea”.

Sin asombro, no hay profundidad, no podemos habitar la complejidad y perdemos la capacidad de hacer preguntas transformadoras.

Vivimos tan dormidos que ya no distinguimos la realidad de la percepción

Cuando yo todavía estaba en la escuela primaria, la filosofía salió a mi encuentro en forma de un libro de historia de la filosofía y de una copia de las “Meditaciones Metafísicas” de Descartes. Cinco décadas después, aquella convocatoria aún me convoca cada día a encontrar mis mejores ideas en las mentes y los libros de grandes pensadores, famosos o no.

En ese contexto, uno de los filósofos que siempre me ha inspirado (a mí y muchísimos otros) es Heráclito, quien nació, vivió y murió en Éfeso, hoy Turquía, hace unos 2500 años. Conocido como “El Oscuro”, Heráclito ha tenido tanta influencia en nuestro pensamiento que grandes científicos como Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger y Niels Bohr lo citan en sus obras.

Heráclito escribió un libro del que, lamentablemente, solo quedan unos 129 fragmentos, siendo el primero el más largo y completo. El más conocido es el Fragmento 12, sobre la imposibilidad de entrar dos veces en el mismo río. Mis fragmentos preferidos son el 50 (escuchar al logos y no a las personas) y el 119 (qué significa ser verdaderamente humano).

Por eso, cuando recientemente me encontré en la publicación Semana (España) con una nota cuyo título comenzaba con “Heráclito, filósofo” me decidí a leer ese artículo inmediatamente. Después de todo, uno se cruza con Heráclito todos los días al navegar por Internet. Pero la anticipación inmediatamente se transformó en profunda desilusión.

La explicación es sencilla: el artículo se centra en una frase que, aunque presentada como de Heráclito, Heráclito nunca la dijo. No voy a repetir la frase. Solo basta señalar que el influyente filósofo griego que ahora nos ocupa está más cerca de la física cuántica que la autoayuda motivacional, sin haber hablado de “envidia” o de “emociones incómodas”.

Una simple y rápida búsqueda en línea (probablemente dos clics) hubiesen revelado que la frase en cuestión no era de Heráclito, sino que fue inventada y publicada por un sitio web que se dedica a adjudicar frases a personas famosas, pero sin nunca proveer la fuente exacta de esas frases.

Cuando yo dictaba clases de filosofía a nivel universitario, siempre les decía a mis estudiantes: “Como famosamente dijo el presidente Abraham Lincoln, no crean todo lo que leen en Internet”. (En ocasiones, reemplacé a Lincoln por otros personajes del siglo 19). A los estudiantes les llevaba algún tiempo procesar esa “advertencia” y luego, en su mayoría, se sonreían.

Ahora, una década después de aquellas clases, queda claro que el ecosistema digital se mueve a tal velocidad que se nos obliga a darle prioridad a la formación de nuestra percepción de la “realidad” por sobre la verificación de la verdad, acelerando así la difusión de información falsa y de narrativas engañosas. 

Desde clones digitales hasta influencers sintéticos, todo apunta a desdibujar los límites de lo que antes se consideraba “real” o “auténtico”, erosionando la confianza en el otro y socavando toda comunicación.

Heráclito afirmaba (Fragmento 1) que los humanos no sabemos lo que hacemos porque vivimos dormidos. Cuánta razón tenía.

Nos hemos olvidado del futuro y seguimos estancados en el pasado

Pasan los años, los siglos y los milenios y queda claro que la humanidad no ha aprendido las lecciones del pasado ni ha aprehendido las oportunidades del futuro, insistiendo en volver o permanecer en un pasado irrecuperable y el restringir el horizonte del futuro al olvidarse (intencionalmente o no) de los futuros posibles.

Durante las últimas dos décadas, yo he repetido en numerosas ocasiones que el futuro cambió y que, por eso mismo, el nuevo futuro (o futuro emergente) solo puede ser conocido desde el futuro. Pero eso no significa desligarse del pasado y querer vivir en el infinitesimal y escurridizo momento presente, aunque parece que esa es la actitud prevalente en nuestro tiempo.

Dos recientes publicaciones indicarían que durante los últimos 2000 años no hemos ni avanzado ni evolucionado ni progresado tanto como creemos haberlo hecho, ni somos tan inteligentes como suponemos serlo.

Según un nuevo estudio (febrero de 2026) publicado por expertos de varias universidades italianas en la revista especializada Heritage, las murallas norte de Pompeya (la ciudad destruida por el Vesubio en el año 79) revelan que marcas en esas murallas habrían sido causadas por un antepasado de la ametralladora moderna, llamado el políbolo.

Otra historia reciente, un video-ensayo publicado por Ecos de los Clásicos, explora la obra Pro Archia Poeta (A favor del poeta Arquias), escrita por Cicerón en el siglo 1 antes de nuestra era, en la que el famoso orador romano defiende a Aulo Licinio Arquias (su tutor),  llevado a juicio tras ser acusado de incumplimiento de las leyes de inmigración y ciudadanía de aquella época.

Han pasado más de dos milenios desde el ataque con políbolos a Pompeya y desde la intervención de Cicerón ante el Senado romano, y todavía usamos armas automáticas altamente destructoras y llevamos a juicio a personas que repentinamente son consideradas como indocumentadas debido a la aprobación de nuevas leyes.

Al tomar conciencia de esa situación, ya no se puede decir que el futuro emergente puede ser conocido solamente desde el futuro, porque esa tarea resulta imposible si estamos estancados en el pasado y si nos negamos a ver el nuevo futuro en el pasado y el nuevo futuro en el futuro.

En el caso del políbolo, los investigadores usaron escaneo láser y fotogrametría para crear modelos tridimensionales para determinar el uso de un mecanismo repetitivo que permitía lanzar múltiples dardos de manera continua durante el asedio de Pompeya a cargo del general Lucio Cornelio Sulla en el 89 aec.  

Cambios de leyes inmigratorias en el 65 aec llevaron a la deportación de extranjeros residentes en Roma que no pudiesen presentar la documentación apropiada, como le pasó a Arquias. Cicerón describió al juicio contra su tutor como “ridículo” y “contradictorio”, argumentando que el acusado ya era ciudadano antes de llegar a Roma. (Se desconoce el resultado del juicio.)

En la actualidad enfrentamos circunstancias muy similares, aunque sin murallas que detengan los proyectiles y sin un Cicerón que elocuentemente nos defienda. Solo recordando el futuro podremos repensar y re-conocer el pasado.

Ahora vivimos en el mundo que nos queda

Se ha dicho que el futbol es lo más importante entre las cosas menos importantes de la vida. Por eso el futbol puede enseñarnos, a veces, lecciones para la vida. Eso me sucedió recientemente cuando, después de un partido que Boca Juniors debería haber ganado y no lo hizo, un conocido periodista deportivo escribió: “Esto no es Boca, sino lo que queda de Boca.”

Al leer esa frase en el contexto actual de nuestro planeta, me vino a la mente una versión distinta de esa afirmación: “Esto no es el mundo, sino lo que queda del mundo”. El mundo ya no es nuestro hogar. No nos sentimos cómodos en un mundo empequeñecido en el que poco y nada queda de lo que se esperaba de la humanidad.

A lo largo de la historia han sucedido numerosas crisis, algunas de ellas tan catastróficas que casi llevan a la extinción de nuestra especie. La catástrofe más reciente, el colapso de la Edad de Bronce hace 3200 años, resultó tan terrible que (creo) aún no nos hemos recuperado plenamente de aquel duro golpe.

Sin embargo, parece que no hemos aprendido las lecciones del pasado, pero deberíamos hacerlo. Esta no es la primera vez que el mundo (en el sentido sociocultural) colapsa a nuestro alrededor. Por eso, resulta difícil encontrar razones o excusas para no ver que estamos viviendo en lo que queda del mundo.

Alguna vez leí que los osos polares prefieren, cuando buscan alimento, acercarse a las focas pequeñas porque las focas pequeñas no se alejan ni se esconden al ver venir al oso. Según parece, la falta de experiencia de esas focas con los osos les impide advertir el peligro en el que se encuentran, con desagradables consecuencias para ellas.

Los humanos hemos tenido en el pasado numerosas experiencias de transformaciones globales inconsultas, en muchos casos inesperadas y siempre irreversibles. Por eso, no hay excusas para no ver o no entender el momento de profunda transición que ahora enfrentamos.

Esa situación me trajo a la memoria un documental que alguna vez miré, en el que se analizaba la conducta de los alces al caminar por las vías del ferrocarril en el norte del continente americano. Lamentablemente para esos animales, muchos de ellos no aprendieron a correrse a tiempo cuando un tren transitaba por esas vías. ¿La razón? Los alces no “piensan” en trenes.

Algo similar ciertamente nos sucede a nosotros en nuestra vida cotidiana: recorremos una y otra vez  el mismo camino de siempre y lo hacemos de tal manera que no reaccionamos cuando el peligro se acerca, aunque se trate de un peligro real, innegable y llegando a toda velocidad.

Existe todavía otro factor que nos ciega a la realidad actual: el miedo, pero no el miedo al futuro, sino a los monstruos del abismo. “Quien con monstruos lucha debe cuidarse de no convertirse también en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.” (Nietzsche, Más allá del bien y del mal, 146, 1886). 

Dos preguntas ineludibles: dónde estamos y hacia dónde vamos

Recientemente me encontré con la siguiente pregunta: “Quo vadis, humanitas?” (“¿Hacia dónde vas, humanidad?”), que aparecía como título de un artículo en el que se invita a repensar el futuro de la humanidad desde un punto de vista filosófico, teológico y antropológico, sin delegar la decisión de nuestro futuro ni en las máquinas ni en los laboratorios.

Obviamente, el primer pensamiento que vino a mi mente fue “Domine, quo vadis?” (“Señor, ¿hacia dónde vas?”, Hechos de Pedro, 35), en el que, según ese texto, Pedro interpela a Jesús sobre el camino que Jesús seguía, solo para descubrir que él (Pedro), a pesar de sus buenas intenciones, iba en la dirección equivocada. 

Al conectar las dos preguntas, me pregunté entonces si no será que nosotros, la humanidad, no estamos yendo en la dirección correcta precisamente por buscar en lo intranscendente (algoritmos, IA) la respuesta a la pregunta por nuestro futuro y trascendencia. Entonces me encontré con la siguiente frase del filósofo español Simón Cano Le Tiec:

“Las fronteras entre la máquina y lo humano se encuentran muy difuminadas” (o, si se prefiere, desdibujadas, debilitadas, diluidas”), lo cual, según Cano Le Tiec, al impedir pensar la relación entre lo humano, la naturaleza y la tecnología, lleva a un “clima de cinismo” y a una “irresponsabilidad generalizada”.

Estamos buscando fuera de nosotros el significado, el sentido y la dirección que perdimos dentro de nosotros. Por eso, nunca vamos a poder responder de manera apropiada a la pregunta “¿Hacia dónde vas, humanidad?”, una pregunta existencial, si ni quiera sabemos quiénes somos o en qué nos estamos transformando. 

Ya no se trata de buscar respuestas, sino de realizar las preguntas apropiadas desde un nivel de consciencia irreducible a algoritmos e irremplazable por la IA. Y esto me llevó a pensar en otra pregunta, de hecho, la primera pregunta que aparece en las traducciones más populares de las escrituras hebreas:

“¿Dónde estás, humano?” (Génesis 3:9)

Se trata de una pregunta relacional y existencial que no busca información, sino que nos confronta a revisar nuestra propia humanidad, nuestra condición, nuestro lugar en la vida. Esa pregunta significa también “¿Cómo estás? y “¿En qué te has convertido?”. Nos pasamos la vida entera respondiendo a esas preguntas que también significan “Preséntate y hazte responsable”.

Gracias a nuevas tecnologías, aumentan las posibilidades de modificar totalmente los límites biológicos de los humanos e incluso sobrepasar esos límites. Y la IA está transformando la capacidad humana de actuar y estableciendo tantos nuevos procesos de toma de decisiones y nuevas estructuras sociales.

Surge entonces la necesidad de una reflexión ética más allá de las imposiciones del mercado o de la tecnología. Y también surge un llamado a la sabiduría colectiva para discernir la dirección futura de la humanidad.

Frente a estos temas ontológicos, teleológicos, antropológicos, existenciales y civilizacionales, debemos responder al llamado de hacernos presentes y responsables desde nuestro más alto nivel de consciencia emergente, porque la consciencia no puede removerse de la descripción de la realidad. Necesitamos dialogar sobre el nuevo futuro.  

¿Transición cognitiva o mala adaptación el nuevo futuro?

Experiencias recientes me han llevado a preguntarme cómo puede ser que, cuanto más conectados estamos, menos conectados estamos con otros en la vida real y más superficiales e irrelevantes se vuelven las conversaciones que tenemos con otros. Claramente, estamos en una etapa de transición cognitiva en la que ya no nos sirven las antiguas formas de socialización.

En el inicio de la evolución humana, los grupos sociales eran pequeños y la comunicación se reducía al tono de voz, la mirada, la proximidad física y las expresiones faciales. Se ha descrito esa situación como “escasez de señales sociales”. Pero en las últimas pocas décadas la situación se revirtió y existe una superabundancia de señales (llamados, notificaciones, alertas).

Evolucionamos como parte de un sistema de comunicaciones sociales importantes e intermitentes para vivir ahora en un ambiente de comunicaciones irrelevantes y continuas, casi sin reglas, que condicionan nuestras acciones y pensamientos. Como lo demostraron Hunt, Marx, Lipson y  Young (2018) en un artículo publicado en el Journal of Social and Clinical Psychology, pagamos un costo sicológico al vivir constantemente en las redes sociales.

Por su parte, los trabajos etnográficos de Sherry Turkle en Alone Together (2011) indican que cada vez esperamos más de la tecnología y menos de los humanos. Dicho de otro modo: a mayor conexión tecnológica, menor conversación humana. De hecho, para muchos, la presencia social de otras personas se ha vuelto intolerable.

Estamos constantemente bombardeados de estímulos, pero nunca estamos satisfechos. Las relaciones se han transformado en “disponibilidad”. El desplazamiento infinito en la pantalla no es una conducta accidental, sino el resultado.

Obviamente, se puede argumentar que la situación descrita revela un momento de transición entre los humanos similar al que ocurrió cuando la escritura extendió la memoria, los relojes permitieron la coordinación temporal y los mapas ampliaron el espacio cognitivo. Desde esa perspectiva, quizá nos estemos preparando para una inteligencia distribuida e interconectada.

Pero mientras eso nos sucede a los humanos, a la vez nos encontramos con los sistemas de IA que siempre responden, nunca se fatigan ni se adormecen y no padecen de las limitaciones propias de los humanos. Por un lado, la IA recibe todos nuestros pedidos y nos ayuda. Por otro lado, esas respuestas instantáneas y sin roces llevan a inevitables comparaciones con los humanos.

En ciertas circunstancias, hasta llegamos a pensar que los humanos somos un fracaso por no estar siempre disponibles y responder instantáneamente. Los “otros” esperan que nosotros respondamos con la velocidad y calidad de la IA y nosotros esperamos lo mismo de los “otros”. La IA recalibra nuestras expectativas de disponibilidad.

Martin Heidegger advertía en La pregunta por la técnica que la tecnología es una forma de revelación. En ese contexto, la presencia humana se vuelve “funcionalidad”. Y en La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han observa que se espera que estemos perpetuamente “al alcance”.

Entonces, ¿estamos mal adaptados evolucionariamente para esta transición debido a la sobreestimulación tecnológica de los sentidos y consecuente fragmentación de la atención? Quizá. La evolución nunca garantiza sabiduría.

View older posts »

ArCHIVOS DESDE 2008