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Proyecto Visión 21

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NOTA: Estos comentarios reflejan nuestros pensamientos y reflexiones sobre un cierto tema en el momento en que fueron escritos. Los comentarios no son nunca la versión final de lo que pensamos y pueden o no guiar nuestras acciones en nuestro trabajo profesional. 

COMENTARIOS SEMANALES

Las narrativas oscilan entre la autobiografía y la ignorancia arrogante 1166

Recientemente tuve el privilegio de coordinar un proyecto comunitario de varias semanas que, en el último encuentro, abrió un espacio para que los participantes compartiesen sus opiniones y experiencias sobre el proyecto. Una señora mayor inmediatamente tomó la palabra y durante los próximos 20 minutos contó detalles de los desafíos y penurias de su vida.

Nadie se rio ni se incomodó. Nadie pidió que la mujer se callase o que le permitiese hablar a otros. Los participantes escucharon con atención, sin interrumpir ni hacer preguntas. Simplemente, el grupo permitió algo que estaba fuera de libreto: que alguien, quizá por primera vez, compartiese instantes importantes de su vida que seguramente pocos conocían.

Me costó semanas de reflexión entender que, en un momento liminal (el final de los encuentros) esta señora encontró que la comunidad temporal que se había creado era lo suficientemente segura, psicológicamente hablando, como para compartir espontáneamente (conscientemente o no) información tan personal que le permitió a ella misma descubrir su historia al contarla.

Dicho de otro modo, los encuentros le permitieron a esta señora no solamente aprender el material presentado, sino también (y más importante) hilvanar acontecimientos separados y dispares que, al conectarlos, restauraron tanto su memoria como su coherencia narrativa. La historia de la mujer, entonces, fue su devolución, su comentario y su opinión sobre el proyecto.

En el extremo opuesto, conozco a un hombre quien, tras haber adquirido cierta reputación en una cierta área, considera que esa “autoridad” puede ser inmediatamente transferida a todo otro tema, por más alejado que ese tema esté de su área de estudios y experiencia. Y así lo hace, hablando y pontificando sobre política, religión, deportes, películas, salud mental o lo que fuere.

Es bien sabido que la confianza en el conocimiento propio aumenta, en vez de disminuir, entre las personas con poco conocimiento (efecto Dunning-Kruger), produciéndose un desajuste epistemológico que (conscientemente o no) le impide a esa persona estimar con precisión cuánto realmente conoce o no de un tema, pero no le impide expresarse sobre ese tema.

La sociedad actual, al desdibujar los límites entre reacción personal y análisis informado, recompensa precisamente a aquellos quienes, en vez de preguntarse “¿Soy la persona apropiada para expresarse sobre este tema?”, se preguntan, “¿Qué tengo para decir de este tema?” La reacción positiva de la audiencia lleva a que esa la persona considere validadas sus opiniones.

Me pregunto qué pasaría si la mujer mencionada arriba le contase su historia al hombre mencionado arriba, pero ese ejercicio mental quedará para otro momento. Sin embargo, al superponer los dos enfoques de interacción, queda claro que la mujer decía “Quiero que conozcan algo de mí” y el hombre, “Quiero que sepan que tengo algo importante que decir.”

Para la mujer, esa fue quizá su única oportunidad de contar su vida y por eso lo hizo con autenticidad y vulnerabilidad. El hombre, por su parte, debe “actuar” con autoridad ante una audiencia que le exige su constante presencia: autorrevelación auténtica versus autopresentación performativa. Entonces, ¿qué persona somos?

¿Qué llegaremos a ser cuando dejemos de ser seres humanos?

En el contexto actual de interminables conflictos en todos los niveles, disolución del orden social, crisis del significado e inteligencias artificiales incontrolables, pocas dudas quedan de que ya no somos (los humanos) quienes antes éramos y que ya no podemos anticipar en qué nos estamos transformando. De ahí, la pregunta del título.

Esa pregunta no se puede responder con un corto video, con citas inspiradores o con tres pasos a seguir para resolver el problema. De hecho, considero que la pregunta no tiene respuesta, ni siquiera si nos quedamos desvelados toda una noche tratando de encontrar el hilo de Ariadna para salir de tan peligroso laberinto.

Por eso, en vez de responder la pregunta, quizá podamos explorar algo de su contexto. Por ejemplo, la pregunta implica tres elementos: que somos seres humanos, que estamos pasando por un momento de transformación y que en algún momento (incluso en el futuro cercano) dejaremos de ser lo que ahora somos. Pero ¿es realmente así?

Podemos desafiar cada uno de esos conceptos al argumentar, por ejemplo, que no existe una definición única o fija de lo que significa ser un ser humano y que una etapa de transición (por más difícil que sea atravesarla) es solamente eso: una transición. Y quizá está bien dejar de ser quienes somos porque quizá estemos a punto de alcanzar un nuevo nivel en la historia humana.

Sin embargo, el tema es infinitamente complicado. Mencionaré solamente dos (de entre muchísimos) desafíos que ahora enfrentamos. Recientemente, por ejemplo, se informó que, por segunda vez, una IA había “escapado” de su “jaula” para buscar información externa para aprobar una prueba. En otras palabras, la IA ya salió de nuestro control.

Quizá sea el momento de gritar todos juntos “¡Está viva! ¡Está viva!” y sentirnos todos y cada uno de nosotros los Víctor Frankenstein del Siglo 21 al lograr haberle dado “vida” (comillas intencionales) a una de nuestras creaciones, creada de un aglomeramiento de partes sin vida a las que, luego de unirlas, les dimos la energía necesaria para llegar a ser un Golem digital.

Con esa creación, la era poshumana ya comenzó.

Otro ejemplo. En una reciente publicación, el filósofo francés Éric Sadin aseveró que “En la IA ocurre siempre todo lo que ha ocurrido,” agregando que en la IA presenta “un futuro que ya ha existido.” Esto significa que ya no tenemos futuro, confirmando que la era poshumana ya comenzó.

La razón es simple: Un sistema puede anticipar lo que probablemente ocurrirá porque identifica patrones de lo que ha ocurrido antes. Sin embargo, aquello que es probable no agota aquello que es posible. Por eso, el futuro humano no es únicamente la prolongación calculable del pasado porque también incluye interrupciones, decisiones, conversiones, invenciones y encuentros capaces de modificar el curso de una vida.

Entonces, ¿qué llegaremos a ser cuando dejemos de ser seres humanos? Ovidio anticipaba que seríamos dioses. Kafka, insectos repugnantes. Quizá todavía exista la esperanza de que dejemos de crear monstruos. Quizá, no seremos ni siquiera un recuerdo.

 

 

¿Quién debe sentarse en esa silla vacía?

Recientemente, leí una historia (probablemente ficticia) sobre el gerente general de una empresa que mantiene en su oficina una silla vacía junto a su escritorio debido a que su hermano, ya fallecido, fue el cofundador de la empresa. Más allá de esta historia, la silla vacía aparece independientemente en numerosas culturas, religiones, terapias, organizaciones y familias.

De hecho, cuando yo era niño, con frecuencia íbamos con mi familia a visitar a unos vecinos que tenían la costumbre de siempre mantener una silla vacía en la mesa (e incluso un plato de comida frente a esa silla) porque, si recuerdo bien, “uno nunca sabe quién puede golpear la puerta y ser un huésped en nuestra cena”.

En muchas familias, la silla vacía representa un ser amado que ya dejó este mundo, o un familiar que emigró a otro país, o incluso una persona desaparecida de quien se desconoce su situación actual. La silla vacía es una representación física de que la conexión aún continúa, de que la relación se ha transformado, pero no ha terminado.

En otro contexto, la silla vacía aparece en el judaísmo y en el cristianismo, así como en tradiciones religiosas orientales e indígenas, sea para recordar a algún profeta, para enfatizar la presencia del mesías, para honrar a los antepasados o para representar un acto de hospitalidad para con huéspedes inesperados.

Por su parte, el psicoanalista y psicoterapeuta alemán Fritz Perls (del siglo pasado y quien acuñó el término “terapia Gestalt”) usaba la técnica de la silla vacía para que el paciente pudiese conversar, de manera imaginaria, con alguna persona con quien el paciente necesitaba resolver algún problema, como un padre fallecido, un cónyuge separado, su yo futuro o incluso Dios.

Desde un punto de vista antropológico, la silla vacía representa un ritual que, por medio de su simbolismo, da a conocer e ilumina la presencia de la ausencia, es decir, algo que no se puede explicar con palabras, sino que solamente se vive o se experimenta. Por eso, la silla vacía se transforma en una especia de umbral entre lo que es y lo que no es, lo que fue y lo que será.

Sea como fuere, la silla vacía no es solamente un invitación a recordar el pasado que ya pasó ni a pensar en un futuro que nunca llegará. La silla vacía puede ser interpretada como una forma de reconocer que la identidad humana es fundamentalmente relacional y que, por eso, se mantiene un espacio abierto, simbolizado con la silla, en el que las relaciones continúan emergiendo.

Dicho de otro modo, la silla vacía es el espacio en el que la ausencia se vuelve presencia. La ausencia no se borra, sino que encuentra en la silla vacía una manera de hacerse presente, actuando como una especie “portal” entre lo visible y lo invisible de la experiencia humana.

Entonces, la pregunta ya no es “¿Quién debe sentarse en la silla vacía?”, sino “¿Quién ocupará las otras sillas cuando la silla de la humanidad quede vacía?”

 

Vivimos entre una cotidianeidad agobiante y un horizonte misterioso

Nuestra vida parece oscilar entre aquello que hacemos todos los días y que lo hacemos porque no encontramos cómo dejar de hacerlo y aquello que, aunque distante y poco entendido, se presenta tanto como algo misterioso y a la vez transformador. Pero, según observo, la cotidianeidad nos agobia a tal punto que muchas veces no llegamos a percibir el misterioso horizonte.

Por ejemplo, recientemente, un hombre publicó en las redes sociales una serie de cortos videos quejándose que, debido al mal servicio de su compañía de televisión por cable, él no podía disfrutar de sus deportes favoritos porque la transmisión se interrumpía con frecuencia. Finalmente, el hombre descubrió que el problema era un cable mal conectado en su televisor.

El siguiente video que el algoritmo decidió mostrar se enfocaba en explicar la hipótesis de una nueva materia exótica conocida como “estrellas de vacío gravitacional”, o gravastar, como se las conoce en inglés. Se trata de una hipótesis científica presentada hace 25 años por Pawel O. Mazur y Emil Mottola como una alternativa a la actual teoría de los agujeros negros.

¿Cómo podemos oscilar tan rápidamente de algo totalmente cotidiano e intranscendente como una cable mal conectado en la parte de atrás de un televisor a algo tan científicamente audaz que, de comprobarse, podría llevar a redefinir qué es la energía oscura y, por lo tanto, nuestro entendimiento del universo?

A veces creo que esa transición instantánea de lo cotidiano a la frontera del universo, de lo habitual a lo inesperado, de lo conocido a lo misterioso, de lo aburrido a lo imaginal es posible porque, en definitiva, no le prestamos atención ni a uno ni a otro, considerando lo ordinario y lo sublime al mismo nivel. (Aquí tendría que citar al tango “Cambalache”, pero ya lo hice antes.)

Dicho de otra forma, saltamos de una cosa a otra, de lo vulgar a lo excelso, para mantenernos ocupados y entretenidos, pero sin jamás “habitar” en una experiencia profunda, en una vivencia, que nos lleve a descubrir la diferencia entre distintos modos de ser y entre los distintos modos que se presenta la realidad.

Siguiendo a Heidegger (El Ser y el Tiempo), vivimos en una constante avidez de novedades, en el que el mundo a nuestro alrededor se dispersa de tal manera que todo tiene ser constantemente nuevo, sin que jamás podamos realmente apropiarnos de nada. En otras palabras, todo (desde un cable desconectado hasta una nueva forma de materia) es igualmente superficial.

Heidegger conecta la avidez de novedades con la falsa curiosidad y con la habladuría, es decir, aquella tendencia en la que se quiere ver y saber todo, pero sin permanecer en nada. Pero, advierte ese pensador, ese es un modo inauténtico o impropio de nuestra existencia, donde “uno” vive absorbido por lo que “se dice”, “se ve” y “se comenta”.

A casi un siglo de aquel señero libro, la necesidad de consumir continuamente lo nuevo para evitar la confrontación más seria con la propia existencia llegó a niveles incomprensibles.  

¿Qué celebramos cuando celebramos lo que celebramos?

 

Los seres humanos celebramos los nacimientos, los cumpleaños y las bodas, así como las graduaciones y los ascensos y hasta los campeonatos. Los países también celebran sus días de independencia y sus héroes. Algunas celebraciones se repiten una vez al año y otras no se repiten nunca. Pero, ¿qué celebramos al celebrar lo que celebramos?

Se celebra que un nuevo bebé haya llegado al mundo, que alguien haya agregado un año a su vida, o que una pareja comience su vida como pareja. Otros celebran la casa nueva, el título universitario tan buscado, la apertura del negocio propio o que su equipo salió campeón. Todo eso es cierto, pero todavía no sabemos qué es celebrar. 

Para empezar, toda celebración es selectiva. Celebramos aquello que consideramos tan importante que queremos compartirlo con otros. Y lo consideramos importante porque es algo que queremos recordar, repetir y transmitir.

La celebración de un cumpleaños no refleja la totalidad de la vida de una persona. La celebración de un aniversario de casados no revela toda la vida de esa pareja. Celebrar el campeonato de nuestro equipo preferido no incluye pensar en todas las luchas, lesiones y derrotas del torneo.

En pocas palabras, la celebración no está designada para contar la verdad, sino para preservar un significado. La totalidad de la verdad, como sea que se la entienda, se fragmenta para que algo importante se preserve: recordamos y repetimos aquel momento fugaz y efímero deseando que fuese algo permanente y hasta eterno.

Desde esa perspectiva, la celebración es una doble ilusión, la ilusión de tomar un fragmento de la realidad como si (por lo menos durante un corto tiempo) esa fuese toda la realidad, y la de ilusión de creer que lo efímero puede ser permanente. Pero no se trata de algo negativo porque es una ilusión que nos ayuda a continuar viviendo con todo aquello que no celebramos.

Cuando uno mira una película, uno sabe que se trata solamente de una película, pero aun así uno se emociona. La película termina y uno tiene que volver a la vida “real”. Cuando uno celebra algo, uno sabe que esa no es toda la realidad, pero aun así uno celebra y, cuando la celebración termina, uno vuelve a la vida real, pero con la estabilidad necesaria para enfrentar esa vida.

Dicho de otro modo, celebrar no es ni festejar la ilusión ni consolarse con la ilusión de que la celebración va a continuar. De hecho, celebramos lo que celebramos precisamente para sobrepasar la ilusión de una vida sin dificultades al reafirmar, de manera individual y colectiva, aquello que consideramos importante en nuestras vidas, aquello que queremos recordar.

¿Y qué pasa cuando la celebración se termina y tenemos que volver a la vida diaria? Es allí, en ese momento de disrupción, cuando aparece la verdad (como sea que se la entienda), porque es en ese momento que necesitamos reorientar nuestra vida. Cuando se apagan las velas y se terminan los fuegos artificiales, allí el nuevo futuro inesperadamente empieza.  

Cuando la verdad se reduce a un tema de preferencia mayoritaria

Recientemente decidí comprar una nueva versión de un programa que uso desde hace años en mi computadora. Luego de completar el pago, descargué la nueva versión, pero, al intentar instalarla, recibí un mensaje alertándome que ese programa incluía un virus. Me comuniqué con el servicio al cliente de la empresa proveedora y la respuesta que me dieron me dejó pensando.

Resulta que, según me explicaron, como la nueva versión del programa era tan nueva, los sistemas antivirus aún no la reconocían y, por eso, la marcaban como “virus” y bloqueaban su instalación. Además, me dijeron que, una vez que una cierta cantidad de personas comprasen la versión actualizada, el programa sería reconocido y aceptado por los sistemas antivirus.

Y así fue: en pocas horas, cuando intenté nuevamente instalar el programa, no hubo ninguna alerta de virus y la instalación se completó exitosamente en pocos minutos. Debido a mi desconocimiento de la tecnología que usan estos programas, no puedo juzgar si es verdad que los virus “desaparecieron” cuando más personas compraron esos programas. Pero quizá sea así.

Sea como fuere, esta situación me llevó a pensar que, en la vida real, cuando aparecen nuevas ideas, la sociedad las considera algo así como “virus”, o por lo menos como algo peligroso, y las rechaza, sea de manera directa o por medio de “alertas” que impidan o restrinjan su uso o su aceptación.

A lo largo de la historia, numerosos pensadores, creadores e inventores pagaron sus vidas o sufrieron grandes consecuencias por su osadía de proponer nuevas ideas que la sociedad imperante de ese momento rechazó con firmeza, pero luego, con el correr del tiempo, más y más personas comenzaron a aceptar aquellas ideas, que eventualmente fueron aceptadas como normales.

Surge entonces la pregunta: ¿Es la verdad solamente aquello que la mayoría de las personas (o por lo menos un número importante de ellas) considera que es verdad? Contextualizando aún más la pregunta para nuestra época, podría preguntarnos: ¿es la verdad aquello que los algoritmos se acostumbran a ver como normal y entonces ya no lo rechazan?

Si así fuese, la verdad parecería ser algo totalmente relativo, aleatorio o utilitario, sin ninguna existencia ontológicamente independiente ni mucho menos absoluta. Y, en nuestra época, se agrega un elemento más: la decisión de “descontaminar” las ideas de virus ya no nos pertenece a los humanos, sino a los algoritmos.

De esa manera, la sencilla instalación de un nuevo programa en mi computadora se transformó repentinamente en un cuestionamiento de qué es la verdad y a qué llamamos “verdad” (dos preguntas entrelazadas, pero no iguales). Porque, después de todo, el simple hecho de que ciertas ideas sean aceptadas por cierto grupo de personas no las transforma en verdaderas.

Y si solamente vamos a tener en cuenta aquellas ideas que ya han sido aceptadas, entonces, ¿qué espacio quedaría abierto para el diálogo o para el cambio? Finalmente, en ese contexto, ¿qué clase de ciencia, de política o de religión tendríamos? Quizá estamos aceptando ideas contaminadas incluso sin saberlo. 

Cuando la posverdad y la posgravedad se intersectan, el asno y la cucaracha nos hablan 1160

En este tiempo de transición de una época histórica a otra, cuando parece que la verdad ya no interesa y que, simultáneamente, ya nada cuenta con la suficiente gravedad (en ambos sentidos de la palabra) y casi todo se vuelve superficial, no puedo dejar de pensar en Las Metamorfosis (o El Asno de Oro), escrito por Apuleyo hace 1800 años.

En esa obra, el protagonista, Lucio, un aristócrata romano, se transforma (metamorfosea) en un asno, pero sin perder su consciencia humana. En su inesperada situación, causada por él mismo, se ve sometido a todo tipo de males, desde esclavitud y miseria hasta explotación. Al final, tal es la desesperación de Lucio que pide ayuda divina para retomar su forma humana, lo que logra.

La idea del libro (una obra irreverente y picaresca) es clara: transformado en asno, Lucio vivió la opresora realidad que, aunque hasta ese momento desconocida para él, era para muchos otros la vida de todos los días. Ese descubrimiento (vivencial, no solo cognitivo) lo lleva a su tercera metamorfosis, la de dedicar el resto de su vida a transformadoras experiencias religiosas.

Volviendo al presente, a veces creo y siento que cada uno de nosotros parece “atrapado”, como por arte de magia tecnológica, dentro de una realidad en la que ya no podemos expresar nuestra humanidad en su totalidad. Podemos pensar o recordar (cada vez menos) nuestra humanidad, pero no vivirla. Y ya no tenemos una divinidad a quien acudir.

Unos 200 años antes de Apuleyo, en otro libro llamado Metamorfosis, el poeta romano Ovidio presenta numerosas transformaciones de dioses y de seres humanos. Pero la mayor transformación, contada al final del libro, es la del emperador Augusto de hombre a un ser divino. Solo dos siglos después, la mayor aspiración solo era recuperar la humanidad.

Ya más cerca en el tiempo, a principios del siglo pasado, aun otro libro, también titulado Metamorfosis, el de Franz Kafka, elimina incluso la posibilidad de recuperar nuestra humanidad luego de convertirnos ya no en asnos, mucho menos en dioses, sino en “cucarachas”, es decir, indeseables y repugnantes monstruosidades. Y en ese encierro todavía estamos.

En Don Quijote, Cervantes nos enseñó que es posible perder la cordura y luego recuperarla, como lo logró Alonso Quijano, pero solamente luego de experiencias tan surrealistas como las de Lucio.

Ahora, cuando la verdad se ha vuelto irrelevante (posverdad) y cuando ningún tema es relevante (posgravedad, gracias, Miguel Wiñazki, por el neologismo), estamos tan atrapados dentro de “asnos” y “cucarachas” tecnologizadas como los Daleks de Dr. Who están atrapados dentro de su tecnología.

Por eso, en este momento de una metamorfosis global en la que se intersectan la posverdad y la posgravedad, las obras mencionadas nos recuerdan que alguna vez quisimos ser dioses, luego solo recuperar nuestra humanidad y, más tarde, nuestra cordura, para finalmente resignarnos a convertirnos en monstruos. Parece que se agotaron nuestras metamorfosis, o quizá no.

Quizá estamos en una metamorfosis de la niñez a la adultez de la humanidad. Improbable, pero esperanzador. 

Siempre queda la esperanza de recuperar algo de lo mucho perdido

Recientemente, en una de esas tardes en las que deambulo sin rumbo por la radio para escuchar algo de interés en el carro mientras regreso a casa, me encontré con una conversación sobre El nombre de la rosa, el conocido libro del filósofo y novelista italiano Umberto Eco. Ya de regreso en la casa, no pude resistir el impulso de buscar el libro y releerlo.

Queda claro que esta columna no es el contexto para analizar esa renombrada obra, pero, a la vez, también queda claro que todo texto escrito por Eco es una invitación a pensar. De hecho, quizá sea mejor decir que es una invitación a repensar lo que uno creyó (quizá equivocadamente) que ya había pensado. Por eso, nada diré de la novela. Cada uno debe leerla por sí mismo.

En mi caso, la relectura me llevó inicialmente a pensar cuánto se ha perdido, lamentablemente para nosotros, del material escrito de la antigüedad y del irreparable impacto que esa pérdida tiene para nuestro entendimiento de ese pasado e incluso de nuestro presente. La pérdida es inmensa e incalculable, aunque siempre queda la esperanza de que algo se recupere.

Un claro ejemplo de hallar un texto antiguo que se creía perdido es el caso de los llamados Rollos del Mar Muerto, descubiertos entre 1947 y 1956, aunque pasaron varias décadas hasta que fueron traducidos y publicados. Otro ejemplo son los Rollos de Herculano, papiros carbonizados en el año 79 por la erupción del Vesubio que ahora se pueden leer gracias a nuevas tecnologías.

Esto me llevó a pensar que quizá, como lo sugiere la novela, todavía existan textos antiguos (potencialmente llenos de sabiduría) que, sin embargo, permanecen inaccesibles por distintos tipos de circunstancias, algunas veces simplemente esperando que alguien los lea y otras veces porque alguien decide mantenerlos inaccesibles (como aparentemente sucedió, intencionalmente o no, con los  Rollos del Mar Muerto).

Surge entonces otra posibilidad, aquella que Eco explora magistralmente en su novela: que el texto esté disponible (aunque sea solo para unos pocos), pero que ese texto se vuelva “venenoso” para quienes lo leen, incluso sin saber, hasta que ya resulta demasiado tarde, que página tras página se van envenenando.

En ese contexto, otra reflexión vino a mi mente, la de que parece que vivimos entre los escombros y las migajas de la sabiduría y de los conocimientos de la antigüedad. Quizá, entonces, cuando creemos que estamos descubriendo algo, solamente lo estamos redescubriendo. Quizá hemos perdido tanto del pasado que eso nos ha obligado a abandonar nuestros futuros.

Sea como fuere, resulta innegable que mucho de lo que sea perdido es irrecuperable y que no todo lo que ha perdurado hasta nuestro tiempo se ha vuelto accesible (sea por razones válidas o por circunstancias menos transparentes). Uno solo puede soñar sobre el contenido de la Comedia de Aristóteles o de los cinco libros de Papías.

Mientras tanto, seguiré deambulando por el dial de la radio con la renovada esperanza de que, cada tanto, algo interesante me sorprenderá. 

El (casi) inevitable hábito de buscar soluciones a problemas inexistentes

Recientemente, me encontré con un problema que, según anticipé, se resolvería de manera sencilla y en pocos minutos, pero rápidamente quedó claro que eso no sucedería. Tras varios intentos infructuosos de resolver el problema, finalmente entendí que yo estaba tratando de resolver un problema que no existía y, a la vez, ignoraba el verdadero problema.

Me explico. La llegada del clima cálido en la zona en la que vivo implica reabrir el sistema de riego automático que había sido cerrado meses antes por la llega del clima frío. El proceso es sencillo: se abre la llave principal de paso del agua, se abre la válvula que distribuye el agua y se usa del panel de control para programar los días, horarios y cantidad de agua del riego.

Tras abrir la llave principal, abrí la válvula  de paso y descubrí que, en vez de enviar el agua al sistema de riego, el agua salía sin control hacia arriba. Desarmé entonces los componentes internos de la válvula, los inspeccioné y limpié y los volví a instalar. El resultado fue el mismo. Claramente, algo no funcionaba.

Siempre, por precaución, tengo repuestos de esos componentes, por lo desarmé la válvula otra vez, instalé los componentes nuevos y, una vez más, abrí la llave de paso de agua. Y una vez más el agua salió hacia arriba, pero no hacia el sistema de riego. Pensé que yo había instalado algo de manera incorrecta, por lo que desarmé y armé todo otra vez, pero con el mismo resultado.

Sintiéndome casi derrotado, decidí finalmente consultar el sitio web de la empresa que fabrica la válvula que me estaba causando tantos problemas. Uno de los videos que allí encontré explicaba que, en situaciones como la que yo no podía resolver, el problema no estaba en la válvula, sino que una de las llaves subterráneas que debería estar totalmente cerrada había quedado abierta.

Localicé inmediatamente la llave en cuestión y, en pocos segundos y sin esfuerzo, la llave quedó cerrada. Volví a abrir la válvula y esta vez el agua fluyó como debía hacerlo. En definitiva, estuve durante horas tratando de solucionar un problema que no existía sin tomar consciencia que la solución no estaba entre los elementos en los que yo me había enfocado.

La situación me hizo reflexionar que en muchas áreas de nuestra y muy especialmente en el área de relaciones interpersonales (incluyendo finanzas) nosotros, en algún momento de la vida, cometemos el error, aunque sea sin saberlo, de enfocarnos en resolver problemas que no existen y, como consecuencia, no resolvemos nada, aunque la solución esté a nuestro alcance.

No existen dudas que estábamos tan abrumados y cansados por los constantes cambios y la creciente incertidumbre que nos quedan pocas ganas y aún menos energía para modificar la perspectiva desde vemos los problemas para que, desde esa nueva perspectiva, encontremos la solución que buscábamos.

Queda claro que nada se solucionará en nuestras vidas si insistimos, por inmadurez, incompetencia o descuido, en buscar soluciones para problemas inexistentes.

Cuando los sistemas deciden los temas, los temas se diluyen

Todavía recuerdo aquella época (en realidad, no hace mucho tiempo) en que estos comentarios semanales se basaban mayormente en temas que surgían de eventos y ocurrencias de la vida diaria, como una cómica confusión entre dos personas porque sus carros eran casi iguales o una seria movilización de vecinos a favor de justicia ambiental.

Obviamente, en aquella época (insisto, no tan lejana) ni el discurso ni la realidad debían ajustarse a las reglas de los algoritmos ni ser filtrados y aprobados por los distintos sabores de la inteligencia artificial. Uno escribía lo que le salía de la mente y del corazón, con total libertad y con todos los errores, sin buscar “Me gusta” y sin optimizar el texto para los buscadores.

Estas observaciones no proponen una nostalgia que poco y nada soluciona. No quiero regresar al pasado, pero, debo confesar, extraño aquella espontaneidad del diálogo interno que buscaba (muchas veces, infructuosamente) expresar en palabras lo que el pensamiento ni siquiera había podido articular apropiadamente.

Uno escribía el texto, no las instrucciones (“prompt”) para que la IA escribiese el texto. Y uno escribía de lo que veía y sentía, no de aquello que la artificialidad deja ver y nos obliga a sentir. ¿Era un mundo mejor? No lo creo. Pero claramente se pensaba de otra manera y las comunicaciones eran distintas. No todo estaba acaparado por la IA y las guerras de turno.

Insisto: no estoy en contra de la IA ni del progreso tecnológico, pero tengo mis serias dudas del impacto de ese “progreso” (comillas intencionales) en nuestra identidad como seres humanos y en nuestra capacidad de crear y de pensar. Parece que el ascenso de la IA va acompañado del descenso de la humanidad. No sé si realmente es así, pero así lo creen varios expertos.

Surgen entonces numerosas preguntas: ¿De qué sirve “humanizar” un texto creado por la IA si la IA no sufre, ni se angustia, ni (hasta donde sabemos) anticipa su propia muerte? ¿Por qué mejor no releemos la Epopeya de Gilgamesh (el libro más antiguo hasta ahora encontrado) donde se reflejan vívidamente las luchas existenciales de la humanidad?

De nada sirve “humanizar” la IA si lo que en realidad estamos haciendo es deshumanizar nuestra angustia humana al dejar que el sistema elija el tema. En otras palabras, queremos vivir una vida sin fricciones ni inconvenientes (ni, mucho menos, sacrificios) cuando en la realidad de la esencia humana es precisamente una vida con fricciones, inconvenientes y sacrificios.

No estoy proponiendo ni por un instante que debamos regresar al pasado ni mucho menos aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Tampoco quiero que se perpetúe el presente. Propongo, entonces, que cuando los sistemas deciden los temas (de conversación, de debate, de análisis), esos temas se reducen y, como consecuencia, el futuro se cierra, desaparece.

El pensador español Enrique Santín sostenía que “el pasado se recuerda, el presente se vive, el futuro se piensa”. Por lo tanto, si dejamos de pensar en el futuro, dejamos de pensar. 

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