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Proyecto Visión 21

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NOTA: Estos comentarios reflejan nuestros pensamientos y reflexiones sobre un cierto tema en el momento en que fueron escritos. Los comentarios no son nunca la versión final de lo que pensamos y pueden o no guiar nuestras acciones en nuestro trabajo profesional. 

COMENTARIOS SEMANALES

¿Cómo se puede pensar y actuar cuando la ciencia ficción se vuelve realidad?

De niño, me gustaba mirar Viaje a las Estrellas, la señera serie de ciencia ficción que aún sigue impactando la cultura actual y sirve de inspiración para creaciones tecnológicas. Sin embargo, nunca anticipé, ni en aquella época ni en el pasado cercano, que Viaje a las Estrellas, lejos de ser mero entretenimiento, era en realidad un documental del futuro.

No estoy exagerando. El pasado 4 de abril, la Universidad Estatal de Arizona anunció el inicio de una clase titulada "Star Trek (Viaje a la Estrellas) y el Futuro de la Humanidad en el Espacio", donde analizan los ámbitos de la ciencia ficción y la indagación académica para preparar a los estudiantes (y a todos nosotros) para los desafíos de aventurarse más allá de la Tierra.

La clase estará a cargo del Dr. David Williams, profesor de investigación en la Escuela de Exploración de la Tierra y el Espacio de ASU y miembro del equipo científico de la misión Psyche de la NASA. Williams afirmó que Viaje a la Estrellas servirá como “un valioso mecanismo para investigar las profundas preguntas que rodean el destino de la humanidad en el espacio.”

Dicho de otro modo, los fundamentos de la Academia de la Flota Espacial (Starfleet Academy) ya se han establecido. Y eso no es todo.

A finales de marzo pasado se anunció que Microsoft tiene planes para construir una supercomputadora de 100 mil millones de dólares, llamada “Stargate” (Portal Estelar, el nombre de otra serie de ciencia ficción). La nueva supercomputadora alimentaría la próxima generación de sistemas inteligencia artificial de OpenAI, según un informe de The Information.

Stargate es supuestamente la quinta y última fase del plan de Microsoft y OpenAI para construir varias supercomputadoras en todo Estados Unidos. Se rumorea que esta red de supercomputadoras será uno de los centros de datos más grandes y avanzados del mundo.

Como si eso no fuese suficiente, un nuevo sistema de procesamiento de grandes datos desarrollado por investigadores de la Academia China de Ciencias permite analizar en tiempo real la actividad neuronal a gran escala de todo el cerebro.

El Sistema FX se basa en un sistema de realidad virtual generado por una interfaz óptica que extrae actividad de más de 100.000 neuronas por medio de una interfaz cerebro-máquina. Y permite así analizar en tiempo real la actividad neuronal en todo el cerebro.

Gracias a este avance, el cerebro artificial, quizá similar al cerebro positrónico del androide Data de Viaje a las Estrellas, no parece tan lejano ni imposible como hasta hace muy poco tiempo aparentaba ser. Pero todavía hay más.

Un estudio publicado en marzo pasado en Scientific Reports (Nature) por el Profesor Takaya Arita y el Profesor Asociado Reiji Suzuki de la Escuela de Posgrado de Informática de la Universidad de Nagoya (Japón) revela la emergencia de diversas personalidades de la IA, similares a las personalidades humanas, marcando un hito significativo en el campo de la IA.

Por eso, ¿cómo se puede pensar y actuar cuando la ciencia ficción se vuelve realidad?

Una narrativa limitante muy peligrosa: la narrativa tecno-determinista

Buscando noticias recientes relacionadas con el futuro, me encontré con el artículo "¿Cuánto de Nuestra Humanidad Estamos Dispuestos a Externalizar a la IA?" por Sage Cammers-Goodwin y Rosalie Waelen, (The Nation, 27 de marzo de 2024), en donde los autores cuestionan la aceptación pasiva de la inteligencia artificial (IA) y de los sistemas avanzados de IA como AGI (Inteligencia Artificial General).

Esa aceptación acrítica de un futuro tecnológico se conoce como una narrativa tecno-determinista, es decir, un sistema de creencias que considera el progreso tecnológico como inevitable e inherentemente deseable, a menudo eclipsando reflexiones críticas sobre sus implicaciones más amplias para la sociedad.

La narrativa tecno-determinista, al sugerir que el único tema de debate son las implicaciones éticas, sociales y existenciales de la IA, impide otro diálogo más profundo, urgente y necesario sobre cómo regular y optimizar los sistemas de IA. Dicho de otro modo, la narrativa del determinismo tecnológico se refuerza a sí misma.

Esta narrativa, presentada y aceptada como la única alternativa posible, moldea sutilmente nuestra conciencia colectiva, fomentando una mentalidad que acepta pasivamente la trayectoria del avance tecnológico sin cuestionar sus suposiciones subyacentes o sus posibles consecuencias.

Al enmarcar a la IA y la AGI como fuerzas inevitables de progreso, corremos el riesgo de pasar por alto futuros alternativos y de renunciar a la agencia en la configuración del papel de la tecnología en nuestras vidas.

Como destacan Cammers-Goodwin y Waelen en su artículo, esta perspectiva tecno-determinista nos insta a reevaluar nuestras prioridades y valores como sociedad. ¿Estamos dispuestos a sacrificar elementos de nuestra humanidad en aras del avance tecnológico? ¿La búsqueda implacable de eficiencia y automatización se realiza a expensas de la conexión humana, la creatividad y el significado?

Además, los autores cuestionan la sabiduría de aceptar a ciegas sistemas de IA generativos. Si bien estos sistemas pueden ofrecer promesas tentadoras de innovación y comodidad, debemos examinar críticamente sus implicaciones para la privacidad, la autonomía y el bienestar societal. De hecho, esos sistemas podrían agravar las desigualdades existentes y erosionar el tejido de la cohesión social.

Para navegar por este paisaje complejo, debemos trascender las limitaciones de una narrativa tecno-determinista y cultivar una sabiduría, una inteligencia y un entendimiento que no reduzcan la realidad y el futuro sólo a más y más tecnología, por más tentador que resulte delegar nuestras vidas y nuestros futuros en la IA.

En definitiva, la narrativa tecno-determinista presenta tanto oportunidades como desafíos en la configuración de nuestro futuro con la IA. Al interrogar sus suposiciones subyacentes e implicaciones, podemos trazar un rumbo hacia un futuro donde la tecnología sirva como catalizador para el florecimiento humano en lugar de ser un determinante de nuestro destino.

Es hora de responder al llamado, a la convocatoria de evaluar y reevaluar críticamente el impacto de la tecnología en nuestras vidas y participar activamente en la formación de un futuro que se alinee con nuestros valores, aspiraciones y bienestar colectivo. La vida humana es demasiado valiosa como para que el futuro humano ya no sea humano.

¿Sobreviviremos el umbral del 2030? Quizá sí, pero debemos preparamos

Por algún motivo, el 2030 se presenta como un año interesante en la historia de la humanidad, un momento bisagra en el que, aparentemente, cruzaremos un umbral hacia una nueva realidad para la que no estamos preparados y que a duras penas podemos describir. Y no se trata ni de especulación ni de ciencia ficción, sino sólo de prestar atención a recientes avances en ciencia y tecnología.

Por ejemplo, en abril de 2030 la nave espacial Europa Clipper de la NASA comenzará a orbitar Júpiter (un viaje de 2600 millones de kilómetros desde la tierra), pasando unas 49 veces cerca de Europa, una de las lunas de Júpiter, para estudiar por medio de avanzados instrumentos la posibilidad de vida en esa luna, debido a que allí existe un océano.

Según declaró Fabian Klenner, astrobiólogo y experto en ciencias planetarias en la Universidad de Washington, se anticipa que la sonda espacial “detectará formas de vida similares a las de la tierra”, sea en Europa o en otras lunas con océano orbitando Júpiter o Saturno.

Por su parte, el conocido futurista Ray Kurzweil recientemente declaró que, tal como ya él lo había anticipado en 1999, para 2029 la inteligencia artificial alcanzará un nivel de inteligencia similar al de los humanos “debido al crecimiento exponencial de la tecnología”.

Y el mismo Kurzweil, quien durante los últimos 30 años anticipó de manera correcta el 86 por ciento de sus predicciones, afirmó hace dos semanas que 2030 podría ser el año en el que los humanos alcancemos la inmortalidad, gracias a una combinación de avances en genética, nanotecnología y robótica que permitirá no solamente curar enfermedades ahora incurables, sino también rejuvenecer a las personas.

Además, según Nick Spencer and Hannah Waite, autores del nuevo libro Playing God (Jugando a ser Dios), a la vida extraterrestre, a la inmortalidad humana y a la inteligencia artificial verdaderamente inteligente (y quizá consciente) se le suman otros posibles avances irreversibles, como la ingeniería genética, y grandes desafíos aún sin respuesta, como el cambio climático y la destrucción del planeta.

Todos estos elementos en conjunto nos “hacen pensar” (y, agrego, dudar) “de la naturaleza y del destino de la humanidad”, afirman Spencer y Waite. Y tienen razón. En un mundo en donde reina la corrupción y se expande el autoritarismo y el populismo, donde las guerras son interminables, el hambre crece y los recursos naturales se reducen, ¿cómo responderemos a los grandes desafíos mencionados?

¿Nos ayudará la inteligencia artificial general a resolver nuestros problemas? ¿Nos dará la inmortalidad más tiempo para restaurar el planeta? ¿Será el hallazgo de vida extraterrestre la inspiración para la cooperación global? Quizá, pero la historia no está a favor de resultados positivos.

Creo que existe una mayor probabilidad de que la inteligencia artificial exacerbe el autoritarismo y la desigualdad social, la inmortalidad provoque el deseo de “reducir” la población del planeta y la vida extraterrestre desencadene agitación social e inestabilidad global.

¿Sobreviviremos entonces el umbral sin retorno del 2030? Quizá sí, pero ya debemos preparamos.

¿Dejaremos nuestras decisiones y nuestro futuro en manos de “sabios de silicio”?

El rápido avance de la inteligencia artificial (creada por nosotros mismos, vale la pena recordar), sumadas a las constantes pruebas de nuestra ineptitud para vivir en armonía con el planeta y con los otros, han motivado a un creciente número de personas a insistir que la IA debe tomar importantes decisiones sobre nuestro futuro y quizá incluso gobernar nuestras vidas.

La nueva situación ha sido catalogada por el Dr. John Vervaeke, neurocientífico y filósofo de la Universidad de Toronto, como la llegada del “sabio de silicio” (“silicon sage”, en inglés). Por su parte, el divulgador científico español Ignacio Crespo describe la nueva tendencia como el arribo del “augur binario” (excelente descripción sin dudas).

Más allá del nombre que se utilice, queda claro que ante nuestra propia y evidente incapacidad como humanos de resolver nuestros propios problemas muchas personas (cuántas personas no se sabe) asumen que sería mejor que la IA tome las decisiones. Y, cuando se trata de decisiones políticas, sobran las razones y los ejemplos que indican que sería mejor que los políticos no decidan.

Pero ¿dónde quedamos nosotros los humanos? Quiero decir: ¿de qué nos sirve ser humanos si ya no podemos o no queremos decidir por nosotros mismos? Dicho de otro modo, ¿en qué nos hemos convertido (o estamos a punto de convertirnos) si hasta tenemos que delegar, o tenemos la intención de delegar, en la IA nuestras más importantes decisiones?

Parece que no nos resulta suficiente que los algoritmos decidan qué debemos comprar en línea o qué película debemos ver o qué mensaje en las redes sociales es o no es para nosotros. Parece que tampoco nos resulta suficiente que la IA monitoree nuestros correos electrónicos o genere textos e imágenes (casi) al nivel de los creadores humanos. Ahora queremos dejar nuestras vidas enteras en manos de la IA.

Esa situación, esa tendencia poco tiene de progreso y mucho de retroceso porque parece concederle al augur binario, al sabio de silicio un nivel de sabiduría y de justicia por encima de cualquier ser humano y, por lo tanto, se considera apropiado y hasta necesario depositar toda nuestra confianza (y apostar nuestro futuro) a las decisiones que tome la IA, es decir, nuestra propia creación.

¿Dónde quedaron entonces las grandes tradiciones de sabiduría que durante milenios han sido transmitidas, escritas y repensadas en casi todas las culturas alrededor del mundo? Me atrevo a decir que quedaron atrapadas (es decir, devaluadas y tergiversadas) dentro de incontables “videítos” publicados en las redes sociales mayormente por aquellos que nada saben de esas grandes tradiciones.

No estoy sugiriendo ni volver al pasado ni desconectar la IA. Pero, a la vez, me desagrada la idea de que la humanidad llegue al punto de rendirse ante su propia creación, de dejar de lado toda capacidad de recordar, vivir y pensar. De hecho, me aterra esa situación.

Como bien decía Dante en el Canto 1 del Infierno, quienes entran al infierno son quienes se olvidaron de las bondades del intelecto, quienes dejaron de pensar.

Poco ha cambiado nuestra sociedad en los últimos dos milenios y medio

Recientemente leí que alguien expresó que en nuestra sociedad “todo está perdido” porque “los malos sirven de buen ejemplo y los buenos de burla”. Esa queja refleja la “desintegración de los pilares fundamentales” de la sociedad actual, y, más específicamente, los grandes “desafíos éticos” que enfrenta el mundo en estos momentos.

Pero esa no fue la única queja que encontré publicada en medios de comunicación en los últimos tiempos.

Alguien más se quejaba, por ejemplo, de que vivimos en un momento en el que  “aquellos que aún no han sido humillados por la vida ni conocen sus propias limitaciones”, al mejor estilo narcisista, “se exaltan a sí mismos” y se creen “iguales a los mejores”, aunque en realidad no lo son y difícilmente lleguen a serlo.

Y otra persona, enfocándose en los jóvenes, sostuvo que la juventud actual no respeta “ni a la autoridad, ni a los mayores, ni a los maestros”, agregando que los jóvenes prefieren “chatear” en vez de trabajar o de ejercitarse. Por eso, los de menor edad se han vuelo los “dictadores de padres y maestros”.

Todas esas observaciones (aún reconociendo que son generalizaciones y que las excepciones son muchas) parecen representar apropiadamente la situación actual de nuestra sociedad, en donde poco importan las consecuencias de las acciones propias, en donde es “lo mismo un burro que un gran profesor” (como dice el tango Cambalache), y en donde todos se creen mejores a todos y con el derecho de desmerecer al otro.

Además, las nuevas tecnologías, como Internet y las redes sociales, en vez de facilitar el diálogo, lo impiden y a la vez restringen la comunicación a textos cortos, divertidas imágenes o simplemente a un “Me gusta” (en el mejor de los casos). Por eso, las observaciones sobre la sociedad actual compartidas en los párrafos anteriores parecen acertadas y por eso mismo debemos ofrecer un importante detalle:

Las tres quejas arriba mencionadas fueron expresadas hace más de 2000 años.

La primera cita es del filósofo griego Demócrates, probablemente del siglo 1 antes de nuestra era, es decir, contemporáneo de Julio César y del emperador Augusto. Demócrates, que algunos dicen tuvo pensamientos similares a los de la democracia moderna, se quejaba del alto nivel de corrupción en la sociedad de su tiempo.

La segunda cita es del conocido filósofo Aristóteles, del siglo 4 antes de nuestra era. En este caso, la queja se enfoca en aquellos quienes, porque saben algo, creen que ya lo saben todo. Se trata (agrego yo) de una situación peor que la ignorancia, porque la ignorancia puede remediarse con conocimiento, pero el autoengaño pocas veces tiene remedio.

Y la tercera cita es de Sócrates hablando de los jóvenes de Atenas hace unos 2400 años, aunque podría aplicarse a los jóvenes de casi cualquier lugar del mundo en nuestros propios días. Pero los padres también son responsables por su incapacidad de aceptar la identidad de una nueva generación.

En definitiva, en 2500 años de “civilización” occidental, no hemos avanzado ni mejorado (casi) nada.

La realidad no sólo no mata los relatos, sino que ni siquiera les hace mella

Se repite con cierta frecuencia aquello de que “la realidad mata los relatos”, buscando expresar así que existen ciertos hechos o datos irrefutables que, al ser presentados o al tomar conocimiento de ellos, anulan relatos infundados o inverificables sobre la realidad. Lamentablemente, no es así.

Por ejemplo, los datos y las advertencias sobre las nocivas consecuencias de fumar, aunque se basen en sólida evidencia científica, poco hacen para cambiar la conducta de aquellos que desean fumar. Y lo mismo podría decirse de muchos otros productos y actividades que, aunque perjudiciales, siguen consumiéndose, usándose o practicándose.

De la misma manera, los argumentos racionales, las investigaciones históricas, las evidencias arqueológicas o lo que fuere que uno presente poco y nada hacen para cambiar los relatos de aquellos que prefieren seguir apegados a sus creencias, dogmas y doctrinas en vez de abrir su mente y corazón a la curiosidad y al asombro.

Y allí radica el centro de esta cuestión: nuestra peor adicción no es la adicción a las drogas, al dinero o a actividades inmorales. Nuestra peor adicción es que nos hemos vuelto adictos a nosotros mismos, como expresó el Padre Richard Rohr (si lo recuerdo bien).

Tan adictos nos hemos vuelto a nosotros mismos que todo pensamiento que no se ajuste a nuestras creencias o expectativas resulta inmediatamente rechazado y el causante de ese pensamiento indeseado queda marcado como hereje, traidor o mentiroso, siendo expulsado, anatematizado, excomulgado y enviado a un exilio real o social propio de otros tiempos.

En ese contexto, poco lugar queda (de hecho, no queda ningún lugar) para aquella actitud de curiosidad, aceptación y sana indignación que proponía Paulo Freire como base de una educación para la liberación. Y, como consecuencia, se repiten una y otra vez los mismos relatos sin otra base ni sustento que una mente y un corazón adictos sí mismos y separados de otros y del universo.

Eso relatos, o, mejor dicho, esas narrativas limitantes no solamente empequeñecen el mundo de los individuos, sino que resultan inmunes al diálogo creativo y a la empatía, perpetuando así (y hasta reproduciendo y expandiendo) un pensamiento acrítico, domesticado y superficial en el que se basan los actuales “órdenes sociales injustos” de los que hablaba Freire.

Como bien subrayaba este influyente pedagogo y pensador brasilero, (parafraseando) no hay un cambio en la educación sin que primero ocurra un cambio en el nivel de consciencia de los educadores. En un contexto más amplio, la Teoría U (Otto Scharmer) sostiene que todo cambio depende del nivel de consciencia del agente de cambio.

Pero los relatos limitantes no permiten cambio alguno, sino que sólo conducen a repetir el pasado o perpetuar el presente, negándose por eso a todo diálogo con “hechos” o con “datos” porque eso significaría un acto de introspección y una actitud de humildad.

Como ya indicamos, los datos no matan los relatos, por más descabellados que sean esos relatos. Ni siquiera les hacen un pequeño raspón. Pero los relatos pueden acallar los datos y cerrar la realidad.

Al hablar de temas serios, humor sí, risitas no

Recientemente participé de un encuentro de dirigentes comunitarios, empresarios y estudiantes convocado por los organizadores para conversar sobre un tema de innegable importancia: los grandes desafíos que enfrenta la humanidad en este histórico momento de transición a una nueva época. Para mi asombro (y molestia), la conversación se llenó casi inmediatamente de risitas.

Pocos días después (no por casualidad, sino por sincronicidad), leí un artículo escrito por el Dr. Eric Haseltine (neurocientífico) y publicado por Psychology Today, en donde Haseltine analiza los peligros del llamado “factor risitas” cuando las “risitas” se usan como mecanismo de defensa para no hablar de temas complicados o que representan una amenaza.

Según Haseltine, el factor risitas se activa cuando uno se encuentra en una situación “muy removida de la experiencia normal”, tan removida que produce “tensiones al alejarnos de nuestra zona de comodidad” y, por eso mismo, nos hacer perder “la ilusión de control y de predictibilidad de nuestro futuro”.

Dicho de otro modo, las risitas surgen cuando nos enfrentamos con innegable evidencia de “cambios impredecibles e incontrolables” en nuestras vidas, de modo que simplemente desestimamos esa evidencia, sea el cambio climático, la injusticia social, la inteligencia artificial, o la posibilidad de vida extraterrestre. No nos reímos de felicidad o alegría, sino por miedo.

Dos ejemplos me vienen a la mente. Por ejemplo, hace ya varias décadas, viajé con un grupo de amigos a otro país y al llegar a cierta ciudad en la que las personas se vestían de manera totalmente distinta a la nuestra, uno de los integrantes del grupo comenzó a reírse de tal manera que las risitas iniciales se transformaron en incontrolables carcajadas.

Y, más cercano en el tiempo, cuando yo ingresé al salón de clases de una universidad privada para dictar una clase de filosofía, una de las estudiantes me miró y comenzó con risitas, para luego reírse de tal manera que debió salir del aula para calmarse. No se trató de una falta de respeto, sino que, como ella me explicó, nunca en sus estudios había tenido un profesor latino.

En ninguno de esos dos casos hubo peligro alguno para nadie, pero el peligro de las risitas surge cuando los temas son tan serios que afectan a países enteros e incluso a la humanidad en general, como el cambio climático, la reciente pandemia, las actuales guerras y numerosos otros desafíos similares.

En esos contextos, las risitas son la expresión de “un ajuste inconsciente de nuestras percepciones para reducir el estrés asociado con un fenómeno potencialmente disruptivo”, como la inteligencia artificial reemplazando y desplazando a los humanos. En vez de responder al desafío, nos reímos y agregamos frases como “Eso nunca va a pasar” o “Dios no lo permitirá”.

Pero en nuestra época las “perturbaciones no anticipadas e inconfortables” ya suceden casi a diario, como bien lo dice Haseltine. Por eso, además de las risitas, ahora también se acude a ridiculizar y desestimar a quienes comparten serias preguntas sobre serios problemas. Pero recordemos que quien ríe último ríe mejor.

Vivimos en una época tan confusa que se nos dificulta incluso vivir

Recientemente leí un artículo en un conocido sitio de noticias internacionales en el que se decía que vivimos en una época probablemente sin precedentes históricos en la que las reglas, las leyes y los acuerdos ya no se respetan y en la que todo se enfoca insaciablemente en lograr más dinero, más atención, más ‘Me gusta’ como la meta de la vida.

Dicho de otro modo, vivimos en la época del hipernarcisismo en la que no se reconoce la existencia del otro como otro como yo y, de hecho, no se reconoce la existencia del otro. Mientras que el individualista dice “Yo soy el centro del universo”, el narcisista dice “Yo soy todo el universo”.

En ese contexto, las reglas, leyes y costumbres sociales, sea pagar impuestos, respetar las señales de tránsito o mantener la puerta abierta para que alguien entre primero, siempre son única y exclusivamente para otros, pero nunca se aplican a nosotros.

Y, por eso mismo, cada uno siente que ya no debe participar de una realidad colectiva, creando su propia “realidad” personal, que poco y nada tiene en común con la realidad compartida. Esta capacidad de autoengañarse al extremo (tan antigua que ya Heráclito hablaba de ella) impide, obviamente, todo diálogo genuino y creativo.

Por eso mismo, todo encuentro con otra persona se transforma en una competencia, en un conflicto y, en muchos casos, en una pelea. No se trata de escuchar y aprender, sino de escuchar para responder, para ganar un argumento. Ante la carencia de humildad y respeto, cada interacción se ve como una oportunidad de mostrarse como superior a la otra persona.

A la vez, y como consecuencia, ya prácticamente nadie asume la responsabilidad por sus acciones ni, mucho menos, por su propia vida. Ya no existe el hecho de ser responsable ante nada ni nadie y si, por esas vueltas del destino, alguien nos exige ser responsables, entonces lo consideramos una injusticia o una persecución, y buscamos a quien “echarle la culpa”.

Si recuerdo bien, en 2012 un estudio publicado por Harvard indicó que en ese año la actitud psicológica que acabamos de describir había llegado a ser la actitud psicológica prevalente entre los adultos de Estados Unidos, anticipando acertadamente que en el futuro cercano (es decir, ahora) esa actitud se globalizaría, como efectivamente sucedió, con trágicas consecuencias.

En el contexto de la Teoría U (una teoría de cambio basada en la autoconsciencia del agente de cambio), la situación aquí descripta se conoce como “ausentamiento interior”, es decir, una existencia basada en cerrar los ojos a la realidad, buscar a quien culpar y (en muchos casos) usar violencia física o psicológica para destruir (literal y figurativamente) al otro.

Esta patología social representa una dinámica de destrucción y autodestrucción (claramente visible para quien la quiera ver) porque bloquea todo acceso a vivir una vida basada en alcanzar nuestro verdadero potencial. En otras palabras, nosotros mismos bloqueamos la posibilidad de crear un futuro diferente. Tanto es así, que estamos colapsando interiormente sin siquiera saberlo

No debemos confundir el conocer nuestros problemas con el conocer nuestra vida

Recientemente, luego de una presentación comunitaria, una persona se acercó y me dijo: “Yo pensé que yo conocía mi vida, pero en realidad yo sólo conocía mis problemas”. Mi inesperada interlocutora ofreció un corto agradecimiento y prontamente se fue, dejándome con la sensación que su breve declaración expresaba y a la vez ocultaba una multitud de problemas.

Sin quererlo, o quizá plenamente consciente de lo que decía, esta persona expresó una verdad que muchas veces pasa desapercibida por la mayoría de nosotros: conocer nuestros problemas no significa conocer nuestra vida. Lamentablemente, esa confusión de “problemas” con “vida” reduce toda la vida a una interminable serie de problemas irresueltos.

Surge entonces la pregunta: ¿Por qué razón confundimos tener problemas con vivir? Entiéndase bien: la pregunta no es “¿Por qué siempre existen problemas en nuestra vida?”, una pregunta a la que filósofos, teólogos, poetas y fundadores de religiones, entre otros, han dado incontables respuestas. 

Nuestra pregunta no se enfoca en la razón de los problemas (o del sufrimiento, o del mal, como se lo quiera considerar), sino en la razón que nos lleva a asumir que vivir y tener problemas son una y la misma “cosa” (aunque, claro está, la vida no es una “cosa”). Una posible razón, si podemos acudir a Carl Jung, es nuestro nivel de madurez, o, mejor dicho, inmadurez.

Parafraseando a Jung, podemos decir que los problemas no se resuelven, sino que uno madura hasta superarlos. Pero para madurar debemos hacernos responsables de nuestras propias acciones y de los resultados de esas acciones. Por el contrario, lejos de invitarnos a asumir esa responsabilidad, nuestro contexto sociocultural nos invita a buscar a quién podemos culpar.

Por eso, como bien enseña el Padre Richard Rohr, pocos (si es que alguno lo logra) alcanzan esa “segunda mitad” de la vida, que no es una mitad cronológica, sino precisamente el asumir la responsabilidad por la propia vida, problemas incluidos. Pero esa tarea de meditación y de contemplación requiere mucho más esfuerzo que el de mirar un video o seguir a un influencer.

Una posible segunda respuesta sobre qué nos lleva a confundir “vida” con “problemas” es la creciente incapacidad de pensar que existen alternativas, es decir, que existen oportunidades y posibilidades aún no exploradas. Cuando el único mensaje que escuchamos es que para nosotros no existen opciones, tarde o temprano comenzamos a creerlo, incluso si ese mensaje es falso.

Esa situación me recuerda a la antigua historia de un elefante que, tras años de vivir encadenado, cuando finalmente se le remueven las cadenas sigue realizando el mismo recorrido que hacía antes, aunque podría caminar por hacia donde quisiese. Nuestras cadenas psicológicas son más pesadas y fuertes que las que se usan para encadenar a elefantes.

Existe aún otra posible respuesta: estamos tan distraídos que no le prestamos atención a nuestra propia vida. Como dice el conocido refrán, la vida es lo que nos pasa cuando estamos ocupados haciendo y pensando en otra cosa. Olvidarse de la vida significa olvidarse de sí mismo.

Vivimos en el mundo del revés y tenemos las pruebas para comprobarlo

Recientemente leí una noticia sobre el director de una escuela secundaria en algún lugar de Estados Unidos que fue a comprar una taza de café y, al pagar, entregó 75 centavos en lugar de pagar un dólar. El empleado de la tienda, en vez de alertar al educador sobre los 25 centavos faltantes, llamó a la policía y presentó una denuncia por robo.

La policía respondió y el director de la escuela fue arrestado y acusado de robo, a pesar de que él insistió que se trató de un error (había tomado sin querer el tamaño de taza equivocado) y ofreció pagar la diferencia. Pero el empleado insistió que era un robo y que, por eso, se presentarían cargos. Cuando eso sucedió, el director fue despedido de la escuela.

Todo por 25 centavos.

Mientras tanto, otras personas que seguramente no trabajan 60 horas a la semana (como, según las estadísticas, trabajan los educadores), ni ganan un salario mínimamente por encima del salario promedio (según datos oficiales), ni les interesa la educación o las generaciones futuras, comenten con toda impunidad atrocidades innombrables.

Están aquellos que se roban millones y millones de dólares, o que saquen sitios de alto valor histórico, o que venden absoluta basura haciéndola pasar como “medicina” o “comida”, y allí siguen con su gran vida, su abultadísima cuenta bancaria y su incontable colección de objetos prontamente destinados a la obsolescencia.

Y también están aquellos que matan a diestra y siniestra, o que envían a otros a hacerlo por ellos, que roban la cultura, el alma y el futuro de la gente, y desmantelan toda muestra de esperanza y de solidaridad. Y a pesar de todo eso y quizá por eso mismo, son recompensados, pero no castigados, por sus acciones.

Mientras tanto, si un educador, quizá cansado por un largo día de trabajo o quizá con el ánimo disminuido ante las continuas quejas de los maestros a su cargo, decide comprar una taza de café y elige el tamaño equivocado, entonces se lo considera un ladrón, se presentan cargos en su contra y se lo despide del trabajo.

Todo por 25 centavos. Si este no es un convincente ejemplo del mundo del revés, entonces no sé qué ejemplo nos puede convencer de que vivimos en una sociedad con el nivel de espiritualidad de un show en Las Vegas, el nivel de inteligencia de un parque de diversiones, y el nivel de ética de un niño pequeño, caprichoso y con hambre.

Y todo esto sucede precisamente cuando los problemas que enfrentamos como humanidad son desafíos sin precedentes y cuando esos desafíos se presentan muchas veces a nivel global, sin anuncio previo, de manera irreversible y sin solución a la vista.

Vivimos en una sociedad “mal educada, que desprecia la autoridad y no respeta a sus mayores. Chismea mientras debería trabajar y maltrata a sus maestros”, como ya lo decía Sócrates hace 2400 años. El problema es que, dos milenios y medio después, nada cambió y todavía nos negamos a madurar.

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